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Authors: Adam Fawer

Tags: #Ciencia-Ficción, Intriga, Policíaco

El Teorema

 

David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero, lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa.

A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrado por un misterioso doctor de oscuras intenciones que lo uliliza para un experimento sobre la predicción del futuro basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace. Desde que inicia el tratamiento, Caine tiene visiones alucinatorias, que podrían ser tanto un signo de su recién adquirida habilidad predictiva como síntomas de episodios psicóticos, efecto secundario de la medicación.

Para escapar del enloquecido científico, Caine contará con la ayuda de su hermano gemelo, Jasper, y de la arisca agente de la CIA Nava Vaner. Los tres se verán envueltos en una trama de múltiples ramificaciones, y será la capacidad de Caine para ver el futuro lo que les permitirá resolver la compleja situación.

Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.

Adam Fawer

El Teorema

ePUB v1.0

LeoLuegoExisto
06.06.12

Título de la edición original:
Improbable

© Adam Fawer, 2004

Traducción del inglés: Alberto Coscarelli, 2005

Editor original: LeoLuegoExisto (v1.0)

ePub base v2.0

Citas de una conferencia sobre estadística de David T. Caine

Vale, hablemos de las probabilidades. Primero, el tema favorito de todos: la lotería.

Las probabilidades de ganar en al lotería son de aproximadamente de una contra 120 millones. Desde que se implantó en Estados Unidos en 1977, más de 50 personas han «desafiado las probabilidades» y se han llevado el primer premio, cosa que los convirtió en las personas más afortunadas y ricas del planeta. Odio a esas personas. Pero me aparto del tema.

Ahora hablemos de otro hecho con pocas probabilidades: que la civilización sea aniquilada por el choque de un asteroide gigante contra la Tierra. Los astrofísicos han calculado que la probabilidad de que esto ocurra en cualquier año es de aproximadamente de una entre un millón.

Dado que nuestros antepasados, los simios, han rondado por el planeta durante más de siete millones de años, la probabilidad de que un asteroide ya hubiese acabado con todos nosotros es ahora de aproximadamente 700%. En otras palabras, tendríamos que estar todos muertos. No una vez, ni dos, sino siete veces.

Sin embargo, como la mayoría de ustedes ya saben, a tenor de los archivos históricos de la humanidad, nunca hemos sido aniquilados.

Entonces, ¿adónde quiero ir a parar? Bueno, no es que todos acabaremos muertos por un asteroide. Pero sí quiero que comprendan algo sobre los acontecimientos con bajas probabilidades, y es lo siguiente: a veces ocurren desgracias.

Hechos médicos

Cuando las células nerviosas del cerebro se vuelven hiperactivas, emiten unas señales incontroladas y aparentemente al azar. Estas señales pueden causar sensaciones anormales, movimientos extraños o incluso aberraciones psíquicas. Estos trastornos se conocen comúnmente como ataques.

Un 2% de los adultos tendrá al menos un ataque antes de morir. La mayoría nunca volverá a tener otro. Sin embargo, algunos soportarán numerosos ataques durante sus vidas. Esta enfermedad ha sido conocida con muchos nombres a lo largo de la historia: lunatismo, enfermedad demoniaca, innombrable calamidad, e incluso el azote de Cristo. Hoy la llamamos epilepsia.

En ocasiones los médicos son capaces de rastrear la causa de un ataque epiléptico; por lo general son microscópicas cicatrices cerebrales, tumores cerebrales o genéticos. No obstante, al 75% de todos los epilépticos —más de 1,9 millones sólo en Estados Unidos— se les dice que su enfermedad es idiopática.

«Idiopatía» viene del griego,
idio
significa «peculiar, separado, distinto o propio» y
patía
significa «sentir o sufrir». Literalmente, «idiopatía» se podría traducir por «sufrimiento peculiar», aunque la definición moderna es «enfermedad sin ninguna causa conocida que la condicione».

En otras palabras, a pesar de los impresionantes avances de la ciencia médica durante los últimos siglos, los médicos continúan sin tener idea de por qué se producen la mayoría de los ataques epilépticos. Ninguna en absoluto.

PRIMERA PARTE
Víctimas de las circunstancias

Un jugador, ya sea alguien que apuesta a los caballos o encuentros deportivos, en los casinos o a las gotas de lluvia que bajan por los cristales de las ventanas, es alguien que juega con las probabilidades en contra. Un jugador de póquer, si sabe lo que hace, es alguien que apuesta con las probabilidades a favor. El primero es un romántico, el segundo un realista.

ANTHONY HOLDEN, jugador de póquer

Es casi siempre el juego lo que nos permite formarnos una idea bastante clara de la manifestación del azar; el juego dio origen al cálculo de probabilidades…, por lo tanto, es el juego lo que debemos esforzarnos por comprender, pero se debe entender en un sentido filosófico, libre de todas las ideas vulgares.

LOUIS BACHELIER, matemático

Capítulo 1

—Van veinte, Caine. ¿Vas o pasas?

David Caine oía las palabras, pero no podía responder. La nariz no le dejaba. El olor no se parecía a nada que hubiese olido antes: era como una asquerosa mezcla de carne rancia y huevos podridos flotando en un cubo de orina. Había leído en la red que algunas personas se suicidaban porque su olor se les hacía insoportable. En un primer momento no se lo había creído, pero ahora… ahora no le parecía tan desquiciado.

Aunque sabía que el olor era un subproducto de unas pocas células nerviosas despistadas, eso no contaba. Según su cerebro, el olor era real. Más real que la nube de humo que flotaba sobre la mesa. Más real que el olor grasiento a McDonald's de la cena de Walter, que aún flotaba en el aire. Más real que el olor de sudor mezclado con el desespero que impregnaba toda la habitación.

El olor era tan terrible que le lagrimeaban los ojos, pero a pesar de ello, Caine no lo aborrecía tanto como lo que representaba. El olor significaba que otro se aproximaba y a juzgar por la intensidad del hedor nauseabundo, prometía ser uno de los fuertes. Para colmo, venía deprisa, y de todos los momentos en que podía ocurrir, no podía permitirse que ocurriera ahora.

Caine cerró los ojos con fuerza durante un momento con la vana intención de detener el destino. Después los abrió y miró la aplastada caja roja y amarilla de las patatas fritas que Walter tenía delante. Latía ante sus ojos como un corazón de cartón. Caine se volvió, dominado por el súbito miedo de que pudiera vomitar.

—¿David, estás bien?

Caine sintió el contacto de una mano tibia en el hombro. Era la hermana Mary Straight, una antigua monja con una enorme dentadura postiza que tenía más años que él. Era la única mujer en la mesa. Diablos, era la única mujer en todo el club excepto por un par de esqueléticas camareras rumanas que Nikolaev tenía sólo para asegurarse de que nadie tuviese ningún motivo para levantarse. Pero la hermana Mary era la única que jugaba. A pesar de que todos la llamaban «hermana» era algo así como una madrastra para los hombres que vivían en el sótano. O como los rusos preferían llamarlo, el
podvaal
.

Técnicamente, nadie vivía de verdad en el
podvaal
, pero Caine estaba dispuesto a apostar a que si le preguntaba a cualquiera de los veintitantos hombres apiñados alrededor de las mesas dónde se sentían más vivos, responderían que allí, en el abarrotado sótano sin ventanas, cinco metros por debajo del East Village. Todos los habituales eran como Caine. Jugadores. Adictos. Claro que algunos tenían elegantes despachos en Wall Street o trabajos importantes en el centro y tarjetas con letras en relieve plateadas, pero todos sabían que nada de todo eso importaba. Lo único importante eran las cartas que te daban y si apostabas.

Todas las noches regresaban al abarrotado sótano debajo de Chernóbil, el club restaurante ruso de la avenida D. El bar era sucio, pero las partidas que organizaba Vitaly Nikolaev era limpias. Cuando Caine vio por primera vez a Vitaly, con su palidez enfermiza y los brazos delgados como los de una niña, hubiese dicho que era un contable del Estado más que un mañoso ruso.

Pero todas sus dudas desaparecieron la noche en que Vitaly Nikolaev le propinó una paliza de órdago a Melvin Schuster, un viejo inofensivo que escogió el club equivocado para hacer trampas. Antes de que Caine se diera cuenta de lo que estaba pasando, Nikolaev había transformado el rostro mofletudo del abuelete en una masa de pulpa sanguinolenta. Después de aquello nadie intentó hacer trampas en el
podvaal
.

Aun así, ése era el lugar que Caine prefería llamar «hogar». El minúsculo estudio que tenía en el Upper West Side no era más que el lugar donde dormía, se duchaba y de vez en cuando se afeitaba. A veces invitaba a alguna chica, pero eso no pasaba desde hacía tiempo. Nada sorprendente, si se consideraba que la única mujer con la que Caine tenía alguna relación era la hermana Mary.

—¿David, estás bien? —La pregunta de la hermana devolvió a Caine al mundo de los vivos. Parpadeó un par de veces y le hizo un gesto a la hermana con la cabeza, lo que fue suficiente para que reaparecieran las náuseas.

—Sí, de coña, hermana. Gracias.

—¿Estás seguro? Porque te veo un poco nervioso.

—Sólo intento ganar algunas fichas —respondió Caine con una media sonrisa.

¿Hemos acabado con la cháchara o vais a pedir una habitación? —se mofó Walter. Tenía los dientes amarillentos. Se acercó tanto a Caine que le olió el aliento a cebolla—. Veinte para ti. ¿Vas o pasas?

Caine miró su mano y luego otra vez las cartas descubiertas, al tiempo que levantaba los largos y nervudos brazos por encima de su cabeza de cabellos negros despeinados. Se tragó la náusea y se obligó a pasar del olor mientras decidía qué hacer.

Deja ya de calcular las probabilidades y apuesta —dijo Walter, que se tiraba de un padrastro.

Caine era famoso por hacer mentalmente complejas operaciones para calcular las probabilidades de casi todo. La única variable que Caine no podía cuantificar era la probabilidad de que sus oponentes se estuvieran echando un farol, pero de todas maneras lo intentaba. Caine tenía la sensación de que Walter intentaba meterle prisa, así que dedicó al viejo una mirada aburrida y continuó analizando la mesa.

Jugaban al póquer abierto, el Texas Hold 'Em y las reglas eran sencillas. Cada jugador recibía dos cartas, y luego seguía «el montón» que eran las tres cartas que se colocaban boca arriba para que todos las vieran. Entonces el crupier giraba una cuarta carta, conocida como «la vuelta», y a continuación la quinta y última carta, conocida como «el río». Se apostaba en cada ronda, en la que se repartían cartas, y luego los jugadores mostraban sus cartas. Aquel que tuviera la mejor mano —combinando las cinco cartas del centro de la mesa y las dos que tenía en la mano— ganaba.

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