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Authors: Eric Van Lustbader

Tags: #Intriga, #Aventuras

El testamento

BOOK: El testamento
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Braverman Shaw —Bravo para sus amigos— siempre supo que su padre tenía secretos. Al morir éste, descubre que fue miembro de la Orden Gnóstica de San Francisco, una secta fundada por seguidores de San Francisco de Asís que, durante más de ochocientos años, ha protegido y conservado documentos antiguos de gran valor. Entre ellos se halla un Testamento atribuido a Jesús que podría sacudir los fundamentos del Cristianismo.

Otra sociedad secreta, Los Caballeros de San Clemente, fundada por el Papa, ha perseguido el Testamento desde la época de las Cruzadas. Los Caballeros no se detendrán ante nada para conseguir el tesoro. Dexter Shaw fue el último Guardián del testamento en un lugar en el que sólo Bravo podrá encontrarlo. En su aventura le ayudará Jenny Logan, Guardián de la Orden, pero cuando estalla una guerra radical entre creencias religiosas, Bravo descubrirá que no puede confiar en nada ni en nadie

Eric Van Lustbader

El testamento

ePUB v1.0

NitoStrad
02.05.13

Título original:
The Testament

Autor: Eric Van Lustbader

Fecha de publicación del original: septiembre 2006

Traducción: Gerardo Di Masso

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

Para Victoria y mis Poonies

La inspiración se presenta bajo muchos disfraces

PRÓLOGO

Agosto de 1442.

Monasterio de Sumela,

Trebisonda

E
N un sofocante atardecer veraniego, tres monjes franciscanos de la Orden de los Observantes Gnósticos hicieron un alto en su misión diaria de vigilancia del perímetro que rodeaba el monasterio. Al adentrarse con cautela a través de los frondosos bosques que rodeaban el monasterio de Sumela, donde actualmente estaban escondidos, agradecieron la sombra moteada y la densa luz verde esmeralda. El monasterio era un lugar apropiado para su obligado y bastante desesperado retiro. Había sido fundado durante el reinado de Teodosio I por los ortodoxos griegos, con quienes la orden mantenía un vínculo especial.

Si bien los hombres llevaban las vestimentas de muselina, bastas y sin teñir, de su orden ascética, patrullaban la zona fuertemente armados con espadas, cuchillos y arcos largos. Eran los guardianes, entrenados en el uso de las armas y el combate cuerpo a cuerpo, como así también en las palabras de Cristo y san Francisco. Su sagrada misión consistía en proteger al resto de los miembros de la orden, especialmente a aquellos que formaban el círculo íntimo y que dirigían la orden, la Haute Cour.

El sol abrasador, en su lento viaje hacia el horizonte, ya había calentado el aire normalmente fresco de las montañas, de modo que en las prendas de los guardianes se veían grandes manchas de sudor que se extendían desde las axilas hasta el centro de sus anchas y musculosas espaldas. Los tres se movían del mismo modo en que pronunciaban sus plegarias tres veces al día: la postura que adoptaban, la cautela reflejada en la mirada y el andar mientras recorrían la cuña occidental de terreno enmarañado bajo su jurisdicción sólo podían ser descritas como ritualistas.

Cerca de la séptima y última hora de su turno, tenían los músculos doloridos, las vértebras crujían una y otra vez cuando se inclinaban para examinar alguna huella o rastro para asegurarse de que era obra de un animal y no del hombre. Su entrenamiento exigía que fuesen cautelosos, como lo hacía la historia de la orden, durante tanto tiempo bajo la amenaza permanente del papa y su férreo puño cubierto de cota de malla, los caballeros de San Clemente de la Sangre Sagrada. Desde los tiempos de la primera cruzada, que se había iniciado en 1095, los caballeros habían establecido su base en la isla de Rodas. El peligro amenazó a la orden al ocultarse en un lugar tan próximo a Tierra Santa, donde sus enemigos estaban por todas partes, pero ellos conocían muy bien la sabiduría que suponía esconderse a plena vista. Durante el año y medio que la orden permaneció en Sumela, ningún caballero de San Clemente se aventuró en el monasterio, que no estaba y nunca había estado en sus dominios. El monasterio había pertenecido al emperador Justiniano, y luego a los Comnenos, la dinastía de emperadores de Trebisonda, sobre la costa suroccidental del mar Negro, con la región de Anatolia y la lucrativa ruta de los camellos que unía Isfahan y Tabriz a su espalda, un viaje de ocho días en barco desde Bizancio.

Al llegar al borde de un claro en el bosque, los tres guardianes hicieron un alto para beber un trago de agua y comer un poco de pan ácimo. Incluso en este momento de relativa calma, su férrea disciplina les prohibía mantener conversación alguna, y sus ojos, en unos rostros marcados por la tensión, nunca descansaban. Mientras bebían y masticaban, los tres seguían escudriñando el claro umbroso que el disco descendente del sol bañaba con una luz rojiza. Con las manos apoyadas en la frente, los guardianes entornaban los ojos para ver más allá del resplandor.

Los pájaros gorjeaban y descendían en picado desde las copas de los árboles, los insectos zumbaban perezosamente, mariposas y abejas atravesaban la claridad en todas direcciones. Los tres estaban sentados, exhaustos y sudorosos, aplastados por el implacable sol. La atención de los guardianes se alteró momentáneamente cuando se oyó un leve crujido que provenía de la maleza, a unos veinte o treinta metros de donde ellos se encontraban. Esperaron, inmóviles y con la mirada fija en el monte bajo, los corazones golpeando en el pecho mientras el sudor se les acumulaba en la nuca y les caía luego en gruesas gotas por la espalda. El crujido volvió a oírse, esta vez más cerca, y uno de ellos se puso en cuclillas, colocó una flecha emplumada en el arco y tensó la cuerda con la punta de hierro forjado del dardo apuntando hacia la espesura.

Un momento después, una forma pequeña apareció entre la hojarasca y el arquero sonrió, aliviado. Sólo era un pequeño mamífero que merodeaba en la maleza. Otro de los guardianes sonrió por lo bajo y alzó la mano hacia el arco tensado de su compañero como si quisiera bajarlo.

Nunca tuvo oportunidad de hacerlo. Un zumbido breve y cruel sonó por encima del somnoliento cuchicheo de los insectos cuando una flecha atravesó el aire. El guardián, alcanzado en medio del pecho, cayó entre las sombras agitando los brazos. Su compañero arquero, aún acuclillado, tensó la cuerda de su arco, tratando desesperadamente de hacer puntería sobre el enemigo oculto, pero antes de que pudiese distender su arco, otra flecha voló desde el resplandor del sol y le atravesó el cuello. Lanzado de espaldas por la fuerza del impacto, soltó la cuerda del arco y su flecha salió disparada hacia el cielo, describiendo una trayectoria errática.

Fray Martin, salpicado por la sangre de sus hermanos, se arrastró para ponerse a cubierto y sacó la espada con los cinco sentidos en estado de alerta. Sus hermanos estaban muertos, ambos abatidos en cuestión de segundos por un asesino oculto en el bosque. Pero, por la forma en que ambos habían caído, él sabía dónde estaba escondido su enemigo.

Ahora debía tomar una decisión crucial. Podía avanzar describiendo un círculo, manteniéndose al amparo de las sombras mientras evitaba la zona iluminada por los rayos del sol poniente, atacar a los caballeros y vengar la muerte de sus hermanos, o podía retirarse discretamente, regresar a toda prisa al monasterio para avisar al
magister regens
y buscar refuerzos con los que perseguir al enemigo. La zona bañada por el resplandor del sol donde el arquero se había ocultado tan hábilmente impedía cualquier acción inmediata.

No obstante, si el arquero era, de hecho, un caballero de San Clemente, seguramente había identificado a sus presas como miembros de la Orden de los Observantes Gnósticos. Si conseguía escapar y regresaba a Rodas para informar acerca del paradero de la orden, ellos enviarían a un auténtico ejército contra los monjes. Entonces tendrían que hacer frente a un ataque en toda regla y no podrían hacer nada para detener a sus enemigos. No, no había tiempo de ir al monasterio en busca de refuerzos. Tenía que encontrar a su enemigo ahora, identificarlo y matarlo antes de que pudiese informar a los caballeros de San Clemente de dónde se escondía la orden.

Fray Martin conocía muy bien ese bosque, recordaba que justo detrás de ese claro había un profundo barranco, protegido a ambos lados por riscos desnudos, que serpenteaba en dirección a la rica ciudad de Trebisonda, en la costa meridional del mar Negro. Decidió alejarse hacia la izquierda describiendo un amplio semicírculo. En ningún momento perdía de vista el claro, a través del cual las ráfagas de viento hacían susurrar las hojas de los árboles. Con los músculos tensos y la espada preparada, continuó avanzando hacia la izquierda, manteniendo siempre el claro iluminado en la periferia de su visión.

En una rama justo delante de él estaba posado un vencejo, la cabeza ladeada mientras lo miraba con cautela. De pronto, el pájaro levantó el vuelo y, con un hormigueo en la nuca, él se volvió violentamente hacia la izquierda. Al hacerlo, cambió la espada de mano y la hizo girar en un arco plano y letal. Cuando el acero forjado se encontró con la carne y el hueso, oyó el grito antes incluso de haber identificado a su enemigo como un caballero de San Clemente. El hombre se tambaleó al recibir el golpe de la espada y comenzó a bajar la suya propia hacia la cabeza de fray Martin con un movimiento destinado a partirle el cráneo. Fray Martin, deslizándose dentro de la guardia de su enemigo, desvió el brazo del caballero con una mano mientras, con la otra, clavaba la espada hasta la empuñadura en el cuerpo de su rival. El caballero le lanzó una mirada terrible con los ojos inyectados en sangre. Luego sus labios se curvaron, dejando la dentadura al descubierto, y una breve y profunda risa brotó de su boca un momento antes de que el estertor agónico se apoderase de él y cayera muerto sobre las hojas.

Fray Martin apartó el cuerpo con el pie. Una vez eliminado el peligro inmediato, continuó su camino con mayor seguridad a lo largo del borde de la cadena montañosa. No podía descartar la posibilidad de que hubiese otro caballero acechando en el bosque, pero no importaba: ahora él se convertiría en el cazador al acecho. Todos sus sentidos estaban en estado de máxima alerta.

Muy pronto llegó a una zona que había sido castigada por la última tormenta. Un árbol de grandes dimensiones había sido arrancado de cuajo y otros estaban parcialmente caídos, dejando expuestos grandes terrones de tierra roja como si de heridas se tratase. Esto le permitía disfrutar de una vista hasta entonces imposible del profundo barranco, la única vía para llegar y salir de Sumela.

La panorámica que se extendía ante sus ojos le heló la sangre en las venas. Filas de caballeros de San Bartolomé marchaban en dirección al monasterio, el último bastión de su orden. Había cometido un error fatal. El caballero que les había atacado a él y a sus hermanos no estaba solo, sino que era un soldado avanzado enviado para matar a los centinelas de la orden. Era de suponer que los caballeros habían despachado a otros asesinos para que se encargasen de los otros guardianes que patrullaban el bosque. No había ninguna duda, los caballeros habían lanzado un ataque a gran escala.

Cuando se volvió para dirigirse al monasterio, la saeta lanzada por una ballesta lo alcanzó en el brazo y le abrió un profundo corte. Se tambaleó hacia un lado, su bota derecha resbaló en la tierra húmeda y cayó al vacío.

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