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Authors: George R. R. Martin

Tags: #Ciencia ficción, Relato

Los reyes de la arena (7 page)

BOOK: Los reyes de la arena
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Era tan grande como el que había descubierto en el helicóptero la noche anterior. Se esforzó por no acobardarse.

—Yo… yo te alimentaré —dijo al rey de la arena—. Yo te alimentaré.

La boca de Kress estaba terriblemente seca, tanto como si fuera papel de lija. Humedeció sus labios y huyó de la habitación.

La casa estaba llena de móviles. Kress tuvo que estar muy atento para asegurarse donde pisaba. Todas las criaturas parecían estar ocupadas en sus propias diligencias. Estaban modificando la mansión, escondiéndose o saliendo de los muros, tallando extrañas cosas. En dos ocasiones Kress vio sus rasgos contemplándole desde lugares inesperados. Los rostros estaban retorcidos, curvados, lívidos de espanto.

Salió afuera para recoger los cadáveres que habían estado pudriéndose en la arena, confiando en aplacar así el hambre del vientre blanco. Los dos cuerpos habían desaparecido. Kress recordó la facilidad de los reyes de la arena para transportar objetos que superaban con mucho su peso.

Le resultó terrible pensar que el vientre todavía tuviera apetito después de haber comido todo eso.

Al volver a entrar a la casa, una columna de móviles avanzaba por las escaleras. Todos llevaban un fragmento del
shambler
de Kress. La cabeza pareció mirarle de modo reprobador mientras proseguía su camino.

Kress vació los frigoríficos, los armarios, todo, amontonando todo el alimento que había en la casa en el centro de la cocina.

Un grupo de móviles blancos aguardaron hasta poder llevárselo.

Evitaron la comida congelada, dejándola en medio de un gran charco a la espera que se calentara, pero se llevaron todo lo demás.

Una vez desaparecida toda la comida, Kress sintió que las punzadas del hambre se calmaban un poco, a pesar que no había comido nada en absoluto. Pero sabía que aquel respiro duraría muy poco. El vientre no tardaría en volver a estar hambriento. Kress tenía que alimentarlo.

Tenía el remedio. Se puso ante el videoteléfono.

—Malada —empezó a decir con aire casual al responder la primera de sus amistades—. Doy una pequeña fiesta esta noche. Ya sé que te lo digo con muy poco tiempo de adelanto, pero espero que vengas. Confío en ello.

A continuación llamó a Jad Rakkis y luego a los demás. Al concluir las llamadas, cinco de ellos habían aceptado la invitación.

Kress esperaba que eso bastara.

Kress recibió a sus invitados fuera de la casa. Los móviles habían limpiado la zona con notable rapidez, y el lugar tenía casi el mismo aspecto que antes de la batalla. Acompañó a sus amigos hasta la puerta y les cedió el paso. Pero no les siguió.

Tras entrar a la mansión el cuarto de ellos, Kress logró por fin envalentonarse. Cerró la puerta a espaldas del último invitado, sin hacer caso de sus exclamaciones de asombro que pronto se convirtieron en un agudo parloteo, y corrió hacia el helicóptero del hombre que acababa de llegar. Se deslizó en el interior, puso el pulgar en la placa de encendido y soltó una maldición, el aparato estaba programado para elevarse únicamente en repuesta a la impresión digital de su propietario, cosa lógica y natural.

Rakkis fue el siguiente en llegar. Kress corrió hacia el helicóptero del recién llegado antes que aterrizara y asió a su amigo del brazo cuando se disponía a salir del aparato.

—Vuelve a meterte ahí dentro, rápido —dijo Kress al tiempo que empujaba a Rakkis—. Llévame a la ciudad. De prisa, Jad. ¡Salgamos de aquí!

Pero Rakkis se limitó a mirarle y no hizo un solo movimiento.

—Caramba, ¿qué es lo que va mal, Simon? No te comprendo. ¿Qué me dices de tu fiesta?

Y entonces ya fue demasiado tarde, porque toda la arena que les rodeaba empezó a agitarse. Ojos rojizos les miraban fijamente y las correspondientes mandíbulas se abrían y cerraban. Rakkis contuvo una exclamación y trató de volver al helicóptero, pero un par de mandíbulas se cerraron sobre sus tobillos y al instante quedó arrodillado en el suelo.

La arena pareció hervir de actividad subterránea. Rakkis se revolvió y lanzó terribles alaridos mientras era desgarrado por los móviles. Kress apenas pudo soportar la escena.

Después de esto no volvió a intentar la huida. Concluida la masacre bebió todo lo que quedaba en su mueble bar y se emborrachó a más no poder. Iba a ser la última ocasión en que gozaba de tal lujo, lo sabía perfectamente. El único alcohol que había en la casa se hallaba en la bodega.

Kress ni siquiera tocó un alimento durante todo el día, pero cayó dormido con la sensación de estar harto, finalmente saciado.

Aquel hambre espantosa había sido vencida. Sus últimos pensamientos antes de ser torturado por las pesadillas estuvieron relacionados con el problema de a quién invitaría mañana.

La mañana era calurosa y seca. Kress abrió los ojos y vio que el móvil blanco volvía a estar encima del tocador. Volvió a cerrar los ojos, abrigando una esperanza para que la pesadilla se desvaneciera. No fue así. Le fue imposible recuperar el sueño y pronto se encontró contemplando a la criatura.

La miró fijamente durante cinco minutos antes que comprendiera la extrañeza de la situación: el rey de la arena no se movía. A decir verdad los móviles podían permanecer inexplicablemente inmóviles. Kress los había visto aguardar y observar en infinidad de ocasiones. Pero siempre desarrollaban algún tipo de movimiento: las mandíbulas temblaban, las patas se crispaban, las alargadas y delicadas antenas se agitaban y vibraban.

Pero el móvil de su tocador estaba completamente inmóvil.

Kress se puso de pie, conteniendo la respiración, no atreviéndose a forjar ilusiones. ¿Estaría muerto aquel rey? ¿Acaso algo lo habría matado? Cruzó la habitación.

Los ojos de la criatura eran oscuros, vidriosos. Parecía estar hinchada de alguna forma extraña, como si sus entrañas fueran blandas y se hallaran en descomposición, como si estuviera rellenas de un gas que empujara hacia fuera las escamas de su blanco caparazón.

Kress alargó una temblorosa mano y tocó al móvil.

Lo notó cálido, incluso caliente, y aumentando progresivamente la temperatura corporal. Pero el móvil no se movió.

Kress retiró la mano y, al hacerlo, una porción del blanco dermatoesqueleto se separó del rey de la arena. La carne que apareció debajo era de idéntico color, pero más blanda en apariencia, hinchada y calenturienta. Y tuvo la impresión que palpitaba.

Kress se apartó y corrió hacia la puerta.

Otros tres móviles blancos yacían en el pasillo, todos con un aspecto muy parecido al de su dormitorio.

Bajó las escaleras a la carrera, saltando sobre más reyes. Ninguno se movió. La casa estaba repleta de ellos, todos muertos, agonizantes, comatosos o algo por el estilo. Kress no se preocupó por lo que les ocurría. La cuestión era que no podían moverse.

Encontró cuatro móviles más dentro de su helicóptero. Los agarró uno a uno y los lanzó tan lejos como pudo. Malditos monstruos…

Entró en la cabina, tomó asiento en la medio devorada silla y puso el pulgar sobre la placa de puesta en marcha.

No hubo respuesta.

Kress probó una y otra vez. Nada. Un hecho increíble. Se trataba de su helicóptero. Tenía que funcionar. ¿Por qué no despegaba? No lo comprendía.

Al fin salió del aparato y lo inspeccionó, temiendo lo peor.

Encontró el fallo. Los móviles habían destrozado la unidad gravitatoria.

Estaba atrapado. Seguía estando atrapado.

Kress regresó a la mansión con aire sombrío. Se dirigió a su estudio y tomó el hacha que colgaba junto al lugar donde había estado la espada que utilizara con Cath m'Lane. Inició la tarea. Los móviles no se movieron ni siquiera cuando los despedazó. Pero salpicaron todo con el primer tajo y sus cuerpos casi estallaron. El aspecto de las entrañas era espantoso: extraños órganos semiformados, una sustancia espesa, viscosa y rojiza que recordaba la sangre humana, y el líquido amarillo.

Kress destruyó veinte reyes antes de comprender la futilidad de su acción. Los móviles no eran nada en realidad. Además, había tantos…

Podía dedicar todo el día y toda la noche y aún así no acabaría con todos. Tenía que bajar a la bodega y usar el hacha con el vientre.

Lleno de determinación, se encaminó hacia la puerta de la bodega. Pero se detuvo de repente.

Lo que tenía ante sus ojos había dejado de ser una puerta. Las paredes habían sido carcomidas, de modo que el hueco era el doble de grande que antes y, además, redondeado. Una concavidad, nada más que eso.

No quedaba un solo vestigio indicativo que allí hubo una puerta cerrada con clavos que obstaculizara la salida de aquel abismo sombrío.

Un olor atroz, asfixiante, fétido, parecía brotar del interior.

Y las paredes estában húmedas, llenas de sangre y recubiertas de capas de hongos blancuzcos.

Y lo peor de todo, el agujero respiraba.

Kress se quedó inmóvil y percibió el cálido viento que iba inundándole conforme era exhalado. Trató de no ahogarse y huyó en cuanto la corriente de aire cambió de dirección.

De vuelta a la salita, destrozó otros tres móviles y se derrumbó. ¿Qué estaba sucediendo? Kress no lo entendía.

Fue entonces cuando recordó a la única persona que sería capaz de comprenderlo. Kress se dirigió de nuevo hacia el videoteléfono, pisó un móvil en su precipitación y suplicó fervientemente que el dispositivo funcionara todavía.

Al responder Jala Wo, Kress explicó a la mujer todo lo sucedido, sin olvidar un solo detalle.

Wo le dejó hablar sin interrumpirle, falta de otro rasgo expresivo que no fuera una ligera contracción de su demacrado y pálido rostro. Cuando Kress acabó su relato, Wo se limitó a decir:

—Debería abandonarle ahí.

Kress rompió a llorar.

—¡No puede hacer eso! ¡Ayúdeme! Le pagaré…

—Debería hacerlo —dijo Wo—. Pero no lo haré.

—Gracias, Wo. Muchas gracias…

—Tranquilo. Escúcheme. Esto es obra de usted. Si se mantiene bien a los reyes de la arena, se comportan como elegantes guerreros rituales.

Usted ha transformado los suyos en otra cosa mediante el hambre y la tortura. Usted era su dios. Usted ha hecho que sean como son. Ese vientre de su bodega está enfermo, sigue padeciendo las consecuencias de la herida que usted le produjo. Es probable que esa criatura esté loca. Su conducta resulta… anormal.

«Debe abandonar su casa rápidamente. Los móviles no están muertos, Kress, sino en período de latencia. Ya le expliqué que pierden el dermatoesqueleto cuando aumentan de tamaño. De hecho, lo normal es que lo pierdan mucho antes. Jamás he oído hablar de reyes de la arena que crezcan tanto como los suyos mientras se hallan en la etapa de insecto. Esa es otra consecuencia de haber mutilado al vientre blanco, me atrevería a decir. No importa».

Lo importante es la metamorfosis que están sufriendo sus reyes. Ha de saber que, conforme el vientre aumenta de tamaño, su inteligencia se desarrolla al unísono. Sus facultades psiónicas quedan reforzadas y su mente se vuelve más compleja, más ambiciosa. Los móviles acorazados son muy útiles mientras el vientre es pequeño y tan sólo semiconsciente, pero ahora necesita mejores servidores, organismos con mayores facultades. ¿Lo comprende? Los móviles van a dar nacimiento a una nueva casta de rey. No puedo decirle exactamente cuál será su aspecto.

Todo vientre idea un tipo distinto que satisfaga sus necesidades y deseos. Pero será bípedo, con cuatro brazos y pulgares oponibles. Será capaz de construir y manejar maquinaria avanzada. Los reyes en sí, individualmente considerados, no serán conscientes. Pero el vientre será francamente consciente.

Kress se quedó con la boca abierta ante la imagen de Wo en la pantalla.

—Sus operarios —dijo con grandes esfuerzos—. Los que vinieron aquí… los que instalaron el tanque.

Wo esbozó una suave sonrisa.

—Shade.

—Shade es un rey de la arena —repitió Kress, aturdido—. Y usted me vendió un tanque de… de… infantes…

—No sea absurdo. En su primera etapa, un rey es más bien un esperma que un niño. Las batallas templan y controlan su naturaleza. Sólo uno de cada cien alcanza la segunda fase. Sólo uno de cada mil llega a la tercera y definitiva y toma la forma de Shade. Los reyes adultos no se muestran sentimentales con los pequeños vientres. Son muchos, y sus móviles, plagas. —Wo suspiró—. Y toda esta charla nos está haciendo perder el tiempo. Ese rey blanco no tardará en despertar a la plena conciencia. Ya no necesitará más de sus servicios, Kress, y además le odia y tendrá mucha hambre. La transformación resulta agotadora. El vientre debe devorar enormes cantidades de alimentos antes y después de ella. De modo que usted ha de salir de ahí. ¿Me ha comprendido?

—No puedo hacerlo —contestó Kress—. Mi helicóptero está destruido y me es imposible poner en marcha alguno de los otros. No sé cómo reprogramarlos. ¿No puede venir a buscarme?

—Sí. Shade y yo partiremos inmediatamente, pero de Asgard a su casa hay más de doscientos kilómetros y necesitamos determinado equipo para ocuparnos del rey trastornado que usted ha creado. No puede esperarnos ahí, Kress. Dispone de dos piernas. Camine. Vaya hacia el este, con la máxima exactitud y rapidez que le sea posible. Podemos encontrarle fácilmente en una búsqueda aérea y usted se hallará a salvo, lejos de los reyes. ¿Ha comprendido?

—Sí. Sí, oh, sí.

Cortó la comunicación y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Había recorrido la mitad de la distancia cuando escuchó el ruido, un sonido que, por una parte parecía un crujido y, por otra, un estallido.

Uno de los reyes de la arena se había resquebrajado. De las grietas emergieron cuatro menudas manos cubiertas de sangre rosadoamarillenta y se pusieron a apartar a un lado la piel muerta.

Kress comenzó a correr.

No había tenido en cuenta el calor.

Las montañas estaban secas y abundaban en rocas. Kress se alejó de la casa con toda la rapidez que pudo. Corrió hasta que le dolieron las costillas y su respiración se hizo jadeante. Después se limitó a caminar, para volver a correr en cuanto estuvo recuperado. Durante una hora corrió y caminó, corrió y caminó, bajo un sol fiero y ardiente. Sudó en abundancia, deseó haberse acordado de llevar un poco de agua y levantó los ojos hacia el cielo esperando distinguir a Wo y Shade.

Kress no estaba hecho para soportar aquella situación. Hacía demasiado calor, el ambiente era excesivamente seco y él no estaba en forma. Pero se esforzó en continuar, recordando el modo en que el vientre había respirado, pensando en las serpenteantes criaturas que por entonces, con toda seguridad, debían estar arrastrándose por toda su casa. Confió en que Wo y Shade supieran cómo tratarlas.

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