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Authors: George R. R. Martin

Tags: #Ciencia ficción, Relato

Los reyes de la arena (6 page)

BOOK: Los reyes de la arena
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Kress golpeó violentamente la ventana para hacerse notar.

—¡El castillo! ¡Acabad con el castillo! —gritó.

Lissandra, que se había quedado atrás junto al helicóptero, oyó a Kress e hizo un gesto. El tercer ayudante apuntó con el láser y disparó. El rayo vibró sobre la tierra y cortó la parte alta del castillo.

El hombre bajó el cañón rápidamente, tajando los parapetos de arena y piedra. Las torres se desplomaron. La imagen de Kress se desintegró. El láser quemó el suelo del castillo y sus alrededores. La fortaleza se desmoronó. Sólo quedó un montón de arena. Pero los móviles negros continuaron moviéndose. El vientre se hallaba enterrado a gran profundidad. Los rayos no lo habían alcanzado.

Lissandra dio otra orden. El ayudante dejó el láser, preparó un explosivo y salió disparado. Saltó sobre el cuerpo humeante del primero de sus compañeros que había muerto, cayó en tierra firme dentro del jardín de Kress y lanzó la bomba. El explosivo fue a caer justo encima de las ruinas del castillo negro. El resplandor del calor blanco quemó los ojos de Kress y se produjo una enorme salpicadura de arena, rocas y móviles. El polvo oscureció todo durante un instante. Siguió la lluvia de móviles y sus restos.

Kress observó que los móviles negros yacían muertos e inmóviles.

—¡La piscina! —gritó por la ventana—. ¡Destruid el castillo de la piscina!

Lissandra le comprendió rápidamente. El suelo estaba repleto de negros inmóviles, pero los rojos retrocedían apresuradamente y se reagrupaban. El ayudante pareció dudar, hasta que se agachó y cogió otro explosivo. Avanzó un paso, pero Lissandra le llamó y el hombre corrió hacia ella.

Todo fue muy sencillo a partir de aquel momento. El ayudante subió al helicóptero y Lissandra emprendió el vuelo. Kress se precipitó hacia la ventana de otra habitación para no perderse detalle. El aparato descendió justo sobre la piscina y el ayudante lanzó sus bombas al castillo rojo desde la seguridad que le daba el vehículo. Después de la cuarta pasada, el castillo quedó irreconocible y los reyes rojos dejaron de moverse.

Lissandra fue cuidadosa. Hizo que su ayudante bombardeara ambos castillos varias veces más. A continuación, el individuo utilizó el láser para barrer metódicamente la zona de las ruinas, asegurándose así que ni un solo ser viviente pudiese permanecer intacto bajo aquellos pequeños pedazos de tierra.

Finalmente llamaron a la puerta de Kress, que sonrió maniáticamente cuando les dejó pasar.

—Delicioso —dijo—. Delicioso.

Lissandra se quitó la mascarilla.

—Esto va a costarte caro, Simon. Dos ayudantes muertos, sin hablar del peligro que he corrido.

—Naturalmente —interrumpió Kress—. Te pagaré bien, Lissandra. Todo lo que pidas, pero en cuanto terminéis el trabajo.

—¿Qué queda por hacer?

—Tenéis que limpiar mi bodega. Hay otro castillo ahí abajo. Y tendréis que hacerlo sin explosivos. No quiero que mi casa se venga abajo.

Lissandra hizo un gesto a su ayudante.

—Ve afuera y coge el lanzallamas de Rajk. Tiene que estar intacto.

El hombre volvió armado, preparado, silencioso. Kress les condujo a la bodega.

La pesada puerta seguía cerrada con clavos, tal como Kress la había dejado. Pero sobresalía ligeramente hacia afuera, como si una enorme presión la combara. Kress se intranquilizó por ello tanto como por el silencio que reinaba. Se colocó bien alejado de la puerta mientras el ayudante de Lissandra arrancaba los clavos y tablas.

—¿Será eso seguro ahí dentro? —se encontró murmurando Kress, al tiempo que señalaba el lanzallamas—. Tampoco quiero que haya un incendio, comprendedlo.

—Tengo el láser —dijo Lissandra—. Lo usaremos para la matanza. Probablemente no nos hará falta el lanzallamas. Pero quiero disponer de esa arma por si acaso. Hay cosas peores que el fuego, Simon.

Kress asintió en silencio.

La última tabla fue arrancada de la puerta de la bodega. Todavía no se había producido sonido alguno en el interior. Lissandra dio una orden y el subordinado se echó hacia atrás para situarse detrás de la mujer y apuntar el lanzallamas al centro de la puerta. Lissandra volvió a ponerse la mascarilla, alzó el láser, avanzó y abrió la puerta.

Ni un solo movimiento. Ningún sonido. El fondo de la bodega estaba oscuro.

—¿Hay alguna luz? —preguntó Lissandra.

—El interruptor está justo al lado de la puerta —contestó Kress—. A mano derecha. Cuidado con las escaleras. Son bastantes empinadas.

Lissandra cruzó el umbral, cambió el láser a su mano izquierda, alargó la derecha y tanteó con ella en busca del interruptor. No sucedió nada.

—Lo noto —explicó Lissandra—, pero no parece que…

Un instante después empezó a gritar y cayó hacia atrás. Un enorme rey blanco se había aferrado a la muñeca de la mujer. Brotó sangre del traje en el lugar donde las mandíbulas del móvil habían mordido. La criatura era tan grande como la mano de Lissandra.

La mujer realizó un grotesco pase de baile en la habitación y empezó a golpear con su mano la pared más cercana. Una y otra vez, sin cesar, produciendo un ruido sordo, carnoso. El rey de la arena cayó por fin.

Lissandra había soltado el láser cerca de la puerta de la bodega.

—No pienso bajar ahí —anunció el ayudante con voz clara y firme.

Lissandra alzó los ojos hacia él.

—No —le dijo—. Ponte en la puerta y quémalo todo, hasta que sólo queden cenizas. ¿Comprendes?

El otro asintió.

—Mi casa —se quejó Kress. Su estómago se revolvió. El móvil blanco había sido tan grande. ¿Cuántos más había allí abajo?—. No lo hagas —ordenó—. No toques nada. He cambiado de idea.

Lissandra no le comprendió. Mostró su mano herida. Estaba cubierta de sangre y de un líquido de color verdoso oscuro.

—Tu amiguito perforó mi guante con su boca y ya has visto lo que me ha costado quitármelo de encima. No me preocupa tu casa, Simon. Sea lo que sea, eso que hay ahí abajo va a morir.

Kress apenas la escuchó. Creyó distinguir movimientos en las sombras, al otro lado de la puerta. Imaginó que un ejercito de móviles blancos iba a surgir en tropel. Soldados tan enormes como el rey que había atacado a Lissandra. Se vio levantado por un centenar de brazos diminutos y arrastrado en la oscuridad hacia el lugar donde el vientre aguardaba sin poder contener su hambre.

Kress se aterrorizó.

—No hagáis nada —dijo.

Los otros dos no le hicieron caso.

Kress saltó hacia adelante y su hombro golpeó la espalda del ayudante en el momento que éste se preparaba para disparar. El ayudante gruñó, perdió el equilibrio y se precipitó en la oscuridad. Kress escuchó como el hombre caía por las escaleras. Después hubo otros ruidos… Sonidos suaves, chapoteos, crujidos…

Kress se dio vuelta para encararse con Lissandra. Estaba empapado en un sudor frío, pero una excitación malsana se apoderó de él. Un impulso casi sexual.

Los ojos fríos y tranquilos de Lissandra le miraron desde detrás de la mascarilla.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó mientras Kress recogía el láser que ella había soltado—. ¡Simon!

—Estoy haciendo las paces —dijo Kress—. Soltó una risita. Ellos no le harán daño a dios, no. No mientras dios sea bueno y generoso. Fui cruel. Los maté de hambre. Ahora debo reparar el daño, compréndelo.

—Estás loco —protestó Lissandra.

Fueron las últimas palabras. Kress hizo un agujero en el pecho de la mujer, tan grande que habría podido pasar el brazo a través del hueco.

Arrastró el cadáver por el suelo y lo arrojó por las escaleras de la bodega. Los ruidos aumentaron: ruidos cortos, raspaduras, ecos claros y confusos. Kress volvió a cerrar la puerta con clavos.

Cuando se apartó del lugar se sintió invadido por un profundo sentimiento de satisfacción que recubría su miedo como una capa de almíbar. Sospechó que tal sensación no le pertenecía.

Kress había planeado abandonar el hogar, volar hasta la ciudad y alquilar una habitación por una noche o quizá un año. En lugar de eso, empezó a beber. No estaba muy seguro del porqué. Bebió sin descanso durante varias horas y, bruscamente, vomitó toda la bebida en la alfombra de su salita. En un momento dado se durmió. Al despertar, la oscuridad era total en la casa.

Se encogió en el sofá. Escuchó ruidos. Algo se movía por las paredes.

Le rodeaban. Su oído se agudizó extraordinariamente. Todo diminuto crujido era la pisada de un rey de la arena. Cerró los ojos y esperó a sentir el terrible contacto de aquellas criaturas, temeroso de moverse por si topaba con una de ellas.

Kress sollozó y luego se quedó muy silencioso.

Transcurrió el tiempo, pero no ocurrió nada.

Kress abrió los ojos de nuevo. Se estremeció. Poco a poco, las sombras empezaron a debilitarse y disolverse. La luz de la luna se filtraba por los altos ventanales. Los ojos de Kress se acostumbraron a la oscuridad.

La salita estaba vacía. No había nada, nada. Sólo sus temores de borracho.

Se animó, se levantó y encendió una luz.

Nada. La habitación estaba desierta.

Prestó atención. Nada. Ningún sonido. Nada en las paredes. Todo había sido producto de su imaginación, de su terror.

Los recuerdos de Lissandra y lo sucedido en la bodega se presentaron de forma espontánea. Vergüenza y enojo se apoderaron de él. ¿Por qué había hecho eso? Él podía haber ayudado a Lissandra a quemarlo todo, a matar el vientre. ¿Por qué…? Él sabía el motivo. El vientre era el culpable, le había metido el miedo en el cuerpo. Wo había dicho que aquella criatura era psiónica, incluso cuando era pequeña. Y ahora era tan grande, tan grande… Se había dado un festín con Cath e Idi y ya tenía otros dos cadáveres allí abajo. Seguiría creciendo. Y había aprendido a saborear el gusto de la carne humana, pensó Kress.

Empezó a temblar, pero se dominó de nuevo. El vientre no le haría daño, él era dios. Los blancos siempre habían sido sus favoritos.

Recordó que había herido al vientre blanco con la espada, antes que se presentara Cath. Aquella condenada mujer…

No podía quedarse parado. El vientre volvería a tener hambre. Y dado su tamaño, no tardaría mucho en sentirla. Su apetito sería terrible. ¿Qué haría entonces? Kress debía marcharse, ponerse a salvo en la ciudad mientras el vientre aún estaba confinado en la bodega. Allí abajo sólo había yeso y tierra y los móviles podrían excavar y abrir túneles. Cuando estuvieran libres… Kress no quiso pensar en ello.

Fue a su dormitorio y preparó el equipaje. Cogió tres maletas. Sólo necesitaba una muda de ropa, eso era todo. El resto del espacio disponible lo llenó de sus posesiones de valor; joyas, obras de arte y otras cosas cuya pérdida no podría soportar. No esperaba volver nunca a su mansión.

El
shambler
le siguió por las escaleras, contemplándole con sus ojos malvados y relucientes. El animal estaba demacrado. Kress comprendió que llevaba muchísimo tiempo sin alimentarlo. En general, el
shambler
podía cuidarse de sí mismo, pero sin duda los residuos de comida habían ido escaseando cada vez más. Cuando el animal trató de agarrarse a su pierna, Kress refunfuñó y le dio una patada. El
shambler
se escabulló, evidentemente dolorido y ofendido.

Sosteniendo torpemente las maletas, Kress salió de la casa y cerró la puerta.

Por un instante permaneció pegado a la mansión, sintiendo en su pecho los latidos del corazón. Tan sólo unos metros le separaban del helicóptero. Tuvo miedo de dar los pasos necesarios. La luz de la luna era brillante y el terreno que se extendía ante su casa mostraba el resultado de la carnicería. Los cuerpos de los dos ayudantes de Lissandra yacían en el lugar donde habían caído, uno retorcido y calcinado, el otro hundido bajo una masa de inertes reyes de la arena. Y los móviles, negros y rojos, lo rodeaban por todas partes. A Kress le representó un esfuerzo recordar que estaban muertos. Casi tuvo la impresión que, simplemente, estaban aguardando, tal como habían hecho tantas y tantas veces anteriormente.

Es absurdo, se dijo Kress. Más temores propios de un borracho. Había visto estallar los castillos. Los móviles estaban muertos y el vientre blanco atrapado en su bodega. Respiró profunda y deliberadamente varias veces y avanzó entre los reyes de la arena, que crujieron bajo sus botas. Los machacó en la arena de una manera salvaje. Los animales no se movieron.

Kress sonrió y atravesó lentamente el campo de batalla, escuchando los sonidos, los sonidos de la seguridad.

Crunch, crac, crunch.

Dejó las maletas en el suelo y abrió la puerta del helicóptero.

Algo surgió de entre las sombras. Una forma oscura en el asiento del helicóptero. Tan larga como el brazo de Kress. Las mandíbulas de la criatura se juntaron con un ruido suave. Los seis ojillos dispuestos en torno al cuerpo miraron a Kress.

Kress se orinó en los pantalones y retrocedió con lentitud.

Hubo más movimientos dentro del helicóptero. Kress había dejado la puerta abierta. El rey de la arena salió y se dirigió cautelosamente hacia él. Otros lo siguieron. Se habían ocultado debajo de los asientos, se habían escondido en el tapizado. Pero ahora abandonaron su escondite.

Formaron un círculo cerrado en torno al helicóptero.

Kress humedeció sus labios, dio la vuelta y caminó con rapidez hacia el helicóptero de Lissandra.

Se detuvo a medio camino. También había cosas moviéndose en el interior de aquel aparato. Seres enormes, agusanados, apenas visibles a la luz de la luna.

Kress gimoteó y retrocedió hacia la casa. Cerca de la puerta, alzó los ojos.

Contó una docena de formas alargadas y blancas que se arrastraban de un lado al otro por las paredes del edificio. Cuatro de ellas estaban apiñadas en las proximidades del extremo del campanario, donde había anidado el halcón en otros tiempos. Se hallaban tallando algo. Una cara.

Una cara muy familiar.

Kress soltó un chillido y se apresuró a entrar en la casa. Se dirigió al mueble bar.

Una dosis suficiente de bebida le proporcionó el fácil olvido que buscaba. Pero despertó. Pese a todo, despertó. Se encontró con que tenía un terrible dolor de cabeza. Apestaba y tenía hambre. ¡Oh, qué hambre! Jamás había estado tan hambriento.

Kress sabía que no era su estómago el que protestaba.

Un móvil blanco le observaba desde la parte superior del tocador de su dormitorio, con las antenas moviéndose débilmente.

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