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Authors: Arnaldur Indridason

Silencio sepulcral (2 page)

BOOK: Silencio sepulcral
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Fue a uno de esos solares adonde Tóti condujo al desconocido y a su madre, y a toda la tropa de la fiesta, y allí señaló el lugar donde había encontrado aquella extraña piedra blanca que pesaba tan poco, tan poco, que se la metió en el bolsillo y decidió quedársela. Recordaba exactamente dónde la había encontrado, y delante de ellos se metió en el foso de un salto y se dirigió sin dudarlo al lugar donde la había visto, en la tierra seca. Su madre ordenó al muchacho que no se moviera y descendió al hoyo con ayuda del joven. Cuando llegó, Tóti le quitó el hueso y lo situó en el suelo.

—La piedra estaba así —dijo, hablando del hueso como si no fuera más que una piedra rara.

Era ya viernes por la tarde y no quedaba nadie trabajando en el hoyo. Habían alzado las bases de los cimientos de la casa por dos lados, pero se distinguían los estratos en los lugares donde aún no se habían construido las paredes. El joven se acercó al talud y observó el lugar donde el chico decía que había encontrado el hueso. Arañó la tierra con la uña y con gran sorpresa encontró algo que no podía ser sino un húmero profundamente hundido en el paredón.

La madre observó al joven, abstraído en el talud, y siguió su mirada hasta que descubrió el hueso. Se acercó y creyó distinguir un maxilar y un par de dientes.

Dio un respingo, volvió a mirar al joven y luego a su hija, y se puso a limpiarle la boca de un modo inconsciente.

No se dio cuenta de lo que había pasado hasta que sintió el dolor en la sien. Le había golpeado con el puño cerrado en la cabeza sin previo aviso, de una forma tan repentina que ni vio llegar el golpe. O quizás es que no podía creer que le hubiera pegado. Era el primer golpe, y en los años siguientes pensaría si su vida habría sido distinta de haber roto con él de inmediato.

Si él se lo hubiera permitido.

No conseguía explicarse por qué le había dado de repente, y se quedó mirándolo un buen rato como tocada por un rayo. Nunca la habían tratado así. Aquello sucedía tres meses después de la boda.

—¿Me has pegado? —dijo llevándose la mano a la sien.

—¿Crees que no he visto cómo lo mirabas? —gruñó él, con aspereza.

—¿A quién? ¿Qué...? ¿Te refieres a Snorri? ¿Que miraba a Snorri?

—¿Crees que no lo vi? ¿Que no vi la lujuria en tus ojos?

Nunca había conocido aquel aspecto de su personalidad. Nunca lo había oído utilizar esa palabra. Lujuria. ¿De qué estaba hablando? Había cruzado unas palabras con Snorri un momento en la puerta del sótano, dándole las gracias por llevarle algo que se había olvidado al dejar el trabajo; no quiso invitarlo a entrar porque su marido llevaba todo el día de morros y no le apetecía hablar. Snorri dijo algo divertido sobre el comerciante en cuya casa había estado sirviendo, y los dos rieron y luego se despidieron.

—Era Snorri —dijo ella—; no seas así. ¿Por qué has estado de tan mal humor todo el día?

—¿Dudas de lo que estoy diciendo? —preguntó él acercándose a ella de nuevo—. Lo vi por la ventana. Vi cómo bailoteabas a su alrededor. ¡Como una zorra!

—No, no puedes...

Le golpeó de nuevo en el rostro con el puño cerrado, y la empujó contra el armarito de la cocina. Sucedió de una forma tan repentina que no tuvo tiempo ni de protegerse con la mano por delante.

—¡No se te ocurra mentirme! —gritó él—. Vi cómo lo mirabas. ¡Y vi cómo te le insinuabas! ¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Pedazo de puta!

Aquella palabra también la oía por primera vez.

—Dios mío —suspiró. Le había roto el labio superior y la sangre se le metía en la boca, y el sabor de la sangre se mezcló con el sabor salado de las lágrimas que le corrían por el rostro—. ¿Por qué me haces esto? ¿Qué he hecho yo?

Estaba encima de ella como si fuera a darle una paliza. Un gesto de furia llameaba desde el rostro enrojecido. Rechinó los dientes y golpeó el suelo con un pie, dio media vuelta y salió del sótano con pasos rápidos. Ella se quedó atrás sin acabar de comprender realmente lo que había sucedido.

Muchas veces le habían venido a la memoria esos momentos, y qué habría pasado de haber reaccionado inmediatamente ante tal violencia, si hubiera intentado dejarlo, si se hubiera marchado para no volver nunca, en vez de buscar razones para culparse a sí misma. Algo debía de haber hecho para que se comportara así. Algo que ella misma no acabó de entender en la conversación que mantuvieron a su vuelta, prometiendo corregirse y que todo volvería a ser como antes.

Nunca lo había visto comportarse así, ni con ella ni con nadie. Era un hombre tranquilo y un tanto serio. Conocía esa faceta de su personalidad desde sus tiempos de novios. Incluso quizá demasiado reservado. Trabajaba como bracero al norte de la ciudad, con un hermano del comerciante para el que trabajaba ella, e iba de vez en cuando a su casa a llevar mercancías. Así se conocieron, año y medio atrás. Eran de edad parecida y él hablaba de dejar aquel empleo y embarcarse. Eso sí que daba dinero. Y luego quería ser dueño de su propia casa. Ser su propio jefe. El trabajo de bracero rebajaba a la gente, era anticuado y no daba nada bueno.

Ella le dijo que estaba harta de servir en casa del comerciante. Era un avaro que fastidiaba constantemente a las sirvientas, y su mujer era una bruja que empleaba mano dura. No había hecho aún planes de a qué se iba a dedicar. Nunca había pensado en el futuro. No conocía otra cosa que el duro bregar desde la niñez. Para ella, la vida no era mucho más.

Él solía ir a casa del comerciante y era un huésped frecuente en la cocina. Una cosa condujo a la otra y ella le habló de su hija. Él respondió que ya lo sabía, que se había informado acerca de ella. Fue la primera vez que constató que estaba interesado en conocerla mejor. Le comentó que pronto iba a cumplir los tres años y fue a buscar a la niña, que jugaba con los hijos del comerciante en la parte de atrás.

Cuando hubo vuelto con ella, él le preguntó si había sido fruto de un desliz y sonrió circunspecto. Más tarde utilizaría contra ella, para aniquilarla, lo que él llamaba, sin compasión, su ligereza de cascos. A la niña nunca la llamó por su nombre, siempre utilizaba apodos; la llamaba «hijaputilla» y «gusarapo».

Pero la niña no era fruto de un «desliz». El padre de la niña era un marinero que se había ahogado en Kollafjórdur. Sólo tenía veintidós años de edad cuando su barco se vio envuelto en un temporal y murieron él y tres tripulantes más. Ella tuvo noticia de su muerte al mismo tiempo que del embarazo. No llegaron a casarse, de modo que no podía considerarse exactamente una viuda. Tenían planeada la boda pero él murió antes y la dejó sola con una hija natural.

El joven estaba sentado en la cocina, escuchando su historia, y la niña se apretaba contra ella. No era tímida, por regla general, pero se agarraba con fuerza a la falda de su madre y no se atrevió a soltarse cuando él le dijo que se acercara. Sacó un caramelito del bolsillo y extendió la mano hacia ella, pero la niña se enzarzó aún más en la falda y empezó a llorar: quería volver con los demás. Pero sí le encantaban los caramelos.

Dos meses más tarde, le propuso matrimonio. La proposición no tuvo nada de romántica, no se parecía a las que ella conocía por los libros. Habían salido varias tardes, habían asistido a fiestas, habían paseado por la ciudad e iban al cine a ver películas de Charlot. Ella se reía de buena gana con el pequeño vagabundo y miraba al joven, que no dejaba escapar ni una sonrisa. Una tarde, al salir del cine, cuando estaban esperando el autobús que iba al centro, él le preguntó si no deberían casarse. La atrajo hacia sí.

—Quiero que nos casemos —dijo.

Ella se quedó de lo más confusa, aunque no sucedía sino lo que ya estaba esperando, según reconoció mucho más tarde, pero aquello no era una proposición de matrimonio y en ningún momento le preguntó si ella lo deseaba también.

«Quiero que nos casemos.»

Ella ya había considerado la posibilidad de que le propusiera matrimonio. En realidad, su relación no había llegado aún tan lejos, pero la niña necesitaba un hogar. También ella quería ocuparse de un hogar que fuera suyo. Tener más hijos. No habían sido muchos los que se habían interesado por ella. Quizá por culpa de la niña. Quizá, pensaba, no tenía suficientes atractivos femeninos, pues era de baja estatura y un tanto regordeta, el rostro de rasgos grandes, los dientes un poquitín salidos hacia delante, las manos pequeñas y marcadas por el trabajo, y que nunca parecían estar quietas. Quizá no recibiría nunca una proposición mejor.

—¿Qué me contestas? —preguntó él.

Ella asintió con la cabeza. Él le dio un beso y se abrazaron. Poco más tarde se celebró la boda en la iglesia de Mosfell. Asistió poca gente: ellos dos, los amigos de la granja donde trabajaba él y dos amigas de ella de Reykjavik. El sacerdote los invitó a merendar después de la ceremonia. Ella le había preguntado por su familia, pero él no contó casi nada. Según dijo no tenía hermanos, su padre había muerto al poco de nacer él y su madre no tenía medios para mantenerlo, así que lo envió con una familia adoptiva. Vivió en diversas granjas hasta que empezó a trabajar en la de Kjós. Él no mostró interés alguno por saber algo de la familia de ella. No parecía tener curiosidad por el pasado. Ella le dijo que los dos andaban por un igual, pues no sabía quiénes eran sus padres. Fue niña de acogida y creció mal que bien en un hogar tras otro de Reykjavik, hasta que acabó sirviendo en casa del comerciante. Él asintió con la cabeza.

—Empezaremos de nuevo —dijo—. Olvidemos el pasado.

Alquilaron una pequeña vivienda en un sótano en la calle Lindargata, que consistía en la sala y una cocina. El excusado estaba fuera, en el patio. Ella dejó el trabajo en casa del comerciante. Él buscó un trabajo en el puerto, para empezar, hasta conseguir plaza en un barco. Soñaba con embarcarse.

Estaba junto a la mesa de la cocina sujetándose el vientre con las manos. Lo esperaba de todo corazón. No se lo había dicho a él pero estaba segura de estar embarazada. Habían hablado de tener hijos, pero no estaba segura de los deseos de su esposo, tan poco comunicativo era. Ya tenía decidido cómo se llamaría el niño si era un varón. Quería un varón. Se llamaría Símon.

Había oído hablar de hombres que pegaban a sus mujeres. Había oído de mujeres que vivían sometidas a la violencia de sus esposos. Había oído historias. No creía que él pudiera ser uno de ésos, que pudiera hacer aquello. Aquello tenía que ser algo casual, se dijo a sí misma. Le vino el pronto de que ella estaba tonteando con Snorri, pensó: «Tengo que andarme con cuidado para que no se repita».

Se limpió la cara y se sonó la nariz. Qué furia la del marido. Había salido como una tromba, pero volvería enseguida y le pediría perdón. No podía comportarse con ella de aquella forma. No podía ser. No debía hacerlo. Entró furiosa en el dormitorio para atender a su hija Mikkelína, Había despertado con fiebre por la mañana, pero había dormido casi todo el día y aún seguía haciéndolo. La cogió en brazos y notó que estaba ardiendo de fiebre. Se sentó con ella en el regazo y empezó a canturrear en voz baja, aún aturdida y ensimismada tras la agresión.

Al pasar la barca,

me dijo el barquero:

las niñas bonitas

no pagan dinero.

La niña respiraba muy deprisa. La pequeña caja torácica subía y bajaba y emitía un silbido por la nariz. Tenía el rostro rojo. Intentó despertar a Mikkelína pero ésta no reaccionó.

Dejó escapar un gemido.

La niña estaba muy enferma.

Capítulo 2

Fue Elinborg quien recibió la notificación del hallazgo de unos huesos en el barrio del Milenario. Era la única que quedaba en la oficina, y estaba a punto de marcharse cuando sonó el teléfono. Vaciló un instante, miró al reloj, luego otra vez al teléfono. Tenía invitados a cenar esa noche, había tenido todo el día un pollo macerándose en
tandoori
. Dejó escapar un profundo suspiro y cogió el teléfono.

Elinborg tenía una edad indefinible, en algún lugar entre los cuarenta y los cincuenta, entrada en carnes aunque sin ser gruesa, y era muy glotona. Estaba divorciada y tenía cuatro hijos, entre ellos uno adoptivo que ya no vivía en casa. Se había vuelto a casar con un mecánico de automóviles que compartía con ella el amor por la comida, y vivía con él y sus tres hijos en un adosado en Grafarvogur. Tenía un viejo título de licenciada en Geología pero nunca se había dedicado a esa profesión. Empezó a trabajar en la policía de Reykjavik durante los veranos como sustituta, y acabó por quedarse allí. Era una de las pocas mujeres de la brigada de investigación.

Sigurdur Óli estaba en medio de una desenfrenada relación sexual con su compañera, Bergthóra, cuando empezó a sonar su busca. Lo llevaba sujeto al cinturón de sus pantalones, y los pantalones estaban en el suelo de la cocina, de donde surgía el insoportable pitido. Seguro que no se detendría hasta que se levantara de la cama. Había salido pronto del trabajo. Bergthóra había llegado a casa antes que él y lo había recibido con un profundo y apasionado beso. Una cosa llevó a la otra y dejó los pantalones en la cocina, desconectó el teléfono y apagó el móvil. Se olvidó del busca.

Sigurdur Óli suspiró pesadamente y miró a Bergthóra, que estaba sentada a caballo encima de él, sudorosa y con el rostro enrojecido. Vio por la expresión de su rostro que no pensaba detenerse en ese momento. Cerró los ojos, se tumbó encima de él y dejó que sus muslos trabajaran lenta y rítmicamente hasta que llegó al orgasmo y relajó todos los músculos de su cuerpo.

Pero Sigurdur Óli tendría que esperar un momento mejor. En su vida, el busca llevaba siempre la iniciativa.

Se escurrió por debajo de Bergthóra, que se quedó sobre la almohada como inconsciente.

Erlendur estaba en el restaurante Skúlakaffi ante un plato de carne salada. Comía allí de vez en cuando porque el Skúlakaffi era el único sitio de Reykjavik que ofrecía comida casera islandesa como la prepararía el mismo Erlendur si tuviera ganas de cocinar. La decoración también le agradaba, todo era de sórdido plástico marrón, viejas sillas de cocina, algunas con la gomaespuma saliendo por el revestimiento de plástico rajado, y el suelo de linóleo desgastado por las pisadas de cajoneros, taxistas y gruístas, de jornaleros y obreros. Se sentaba solo a una mesa, en una esquina, enfrascado en degustar la grasienta carne salada acompañada de patatas cocidas, guisantes y zanahorias, todo ello cubierto por una espesa y dulzona salsa blanca.

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