Read Silencio sepulcral Online

Authors: Arnaldur Indridason

Silencio sepulcral (4 page)

BOOK: Silencio sepulcral
ads

—No había duda posible —dijo el estudiante de medicina—. He intervenido en autopsias y no había forma de equivocarse.

—¿Puedes decirnos cuánto tiempo estuvieron los huesos en la tierra? —preguntó Erlendur.

Tenía que esperar a los resultados del geólogo al que había llamado Elinborg, y también los del arqueólogo y el forense, pero le pareció que no se perdía nada por oír la opinión del estudiante.

—Examiné la tierra y a la vista del grado de putrefacción quizás estemos hablando de setenta años. No mucho más. Pero claro, yo no soy ningún experto.

—No, claro —dijo Erlendur—. El arqueólogo pensaba lo mismo y él tampoco es un experto. —Se volvió hacia Sigurdur Óli—. Tenemos que examinar las desapariciones de personas en esa época, quizás en torno a mil novecientos treinta o cuarenta. Incluso antes. A ver lo que encontramos.

Apagaron el fluorescente del entoldado. Los periodistas se habían marchado. El hallazgo de huesos fue la noticia principal en los informativos vespertinos. La televisión mostró imágenes de Erlendur y su gente en el fondo del foso y una cadena mostró el momento en que su reportero intentó que Erlendur dijera algo pero él le hizo señales de que se fuera y aquél tuvo que marcharse.

La calma había vuelto a instalarse en el barrio. Los martillazos se acallaron. Los que estaban trabajando en las casas a medio construir se habían ido. Quienes ya vivían allí estaban metiéndose en la cama. Ya no se oían gritos de niños. El joven estudiante de medicina también había regresado a casa con su hermanito. Dos policías, en un coche, estaban encargados de vigilar el terreno durante la noche. Elinborg y Sigurdur Óli se habían vuelto a sus casas. Los especialistas de la policía científica habían estado colaborando con los arqueólogos pero ya se habían marchado.

Erlendur, de pie junto al hoyo bañado en el sol del atardecer, miró hacia el norte, a Mosfellsdalur, Kollafjórdur y el monte Esja, las casas de Kjalarnes. Vio los coches por la carretera de Vesturland, bajo el monte Úlfarsfell, avanzando en dirección al centro de Reykjavik. Oyó un coche que subía hasta el hoyo; de él se apeó un hombre de edad semejante a la suya, en torno a la cincuentena, grueso, vestido con cazadora azul y gorra de visera. Cerró de golpe la puerta del coche y miró a Erlendur y el coche de policía, el desorden que reinaba en la excavación y la lona que ocultaba el esqueleto.

—¿Eres de Hacienda? —preguntó con brusquedad, caminando hacia Erlendur.

—¿De Hacienda? —repitió Erlendur.

—No dejáis a nadie en paz —dijo el hombre—. ¿Llevas un mandamiento, o...?

—¿Es tuya esta parcela? —preguntó Erlendur.

—¿Tú quién eres? ¿Y ese toldo? ¿Qué pasa aquí?

Erlendur le explicó lo sucedido. Aquel hombre, que dijo llamarse Jón, era contratista de obras y propietario de la parcela, pero estaba en bancarrota y acosado por los inspectores de Hacienda. Llevaban un tiempo sin trabajar en el solar, pero él iba allí con regularidad a comprobar si la obra había sufrido algún daño; los niños de los barrios nuevos eran unos bichos que echaban a correr hacia sus casas y desaparecían a toda velocidad como sabandijas. No había oído ni leído nada sobre el hallazgo de huesos y estaba mirando la excavación, desesperado, mientras Erlendur le explicaba los métodos de la policía y los arqueólogos.

—Yo no sé nada de eso, y los albañiles no vieron los huesos. ¿Es una tumba de esas antiguas? —preguntó Jón.

—Aún no lo sabemos —contestó Erlendur, no demasiado dispuesto a darle más detalles—. ¿Sabes algo de ese terreno que hay al este de aquí? —preguntó, señalando con el dedo en dirección a los groselleros.

—Sólo sé que es buen terreno agrícola —respondió Jón—. No creo que me apeteciera ver a Reykjavik extendiéndose hasta ahí arriba.

—A lo mejor es vegetación silvestre —especuló Erlendur—. ¿Tienes idea de si los groselleros crecen silvestres en Islandia?

—¿Los groselleros? Ni idea. Nunca he oído tal cosa.

Charlaron un rato hasta que Jón se despidió y se marchó. Por lo que le había contado, Erlendur coligió que estaba perdiendo sus tierras a manos de los acreedores. Albergaba alguna esperanza si conseguía librarse de otro préstamo más.

Erlendur decidió marcharse a casa él también. El sol del atardecer teñía el horizonte del oeste de un bello color rojo que se extendía desde el mar y llegaba hasta la costa. Había empezado a refrescar.

Entró en la zona de la excavación y examinó la oscura turba. Restregó la tierra con un pie y paseó despacio por la zona, nada seguro de si estaría alterándola. Nadie lo aguardaba en casa, pensó dando una patada en la tierra. No tenía familia que lo esperase, ni esposa que le dijera cómo había pasado el día. Ni hijos que le contaran cómo habían ido los estudios. Solamente un televisor, un sillón, una alfombra medio rota, envoltorios de comida rápida en la cocina y las paredes llenas de libros que leía en soledad. Muchos de ellos trataban de personas desaparecidas en Islandia, de viajeros perdidos en los páramos y muertos en las montañas.

De pronto encontró resistencia en la tierra. Era como una piedrecilla que sobresalía del suelo. Le dio unos golpecitos con el pie, pero seguía firme. Se inclinó y se puso a escarbar con la mano la tierra que la cubría, aunque Skarphédinn le había dicho que no tocara nada mientras los arqueólogos estaban fuera. Erlendur tiró con desgana de la piedra pero no consiguió sacarla.

Cavó más hondo, y tenía las manos completamente embarradas cuando encontró otra punta de piedra del mismo tipo y finalmente una tercera, una cuarta y una quinta. Erlendur se arrodilló y esparció la tierra en todas direcciones. El objeto se veía con mayor claridad, y al cabo fijó la mirada en lo que según todo su saber y entender era una mano. Los huesos de cinco dedos y de la palma de la mano, que sobresalían de la tierra. Se puso en pie lentamente.

Los cinco dedos señalaban hacia arriba, separados unos de otros como si el que yacía allí abajo hubiera levantado el brazo para coger algo o para defenderse, quizá pidiendo clemencia. Erlendur estaba medio aturdido. Los huesos se extendían hacia él desde la tierra como pidiendo compasión, y en el frescor del anochecer le recorrió un escalofrío.

Vivo, pensó Erlendur. Dirigió sus ojos hacia los groselleros.

—¿Estabas vivo? —preguntó con fuerte voz.

Su teléfono móvil sonó en ese mismo instante. Necesitó un tiempo para darse cuenta de que el timbre rompía la quietud del anochecer, tan profundamente estaba enfrascado en sus pensamientos; pero sacó el teléfono del bolsillo del abrigo y lo abrió. Al principio no oyó más que un ronquido sordo.

—Ayúdame —dijo una voz que reconoció enseguida—.
Please
.

Y la comunicación se cortó.

Capítulo 4

Su teléfono mostraba los números, pero éste no pudo verlo. En la pantallita ponía «Privado». Era Eva Lind. Su hija. Se quedó mirando el teléfono con gesto dolorido como si fuera una astilla que se le hubiera clavado en la mano, pero no respondió a la llamada. Eva Lind tenía su número, pero la última vez que hablaron le llamó para decirle que no quería volver a verlo nunca más. Se quedó sin saber qué hacer y sin moverse del sitio, esperando otra llamada que nunca llegó.

  Y entonces echó a correr.

  Hacía ya dos meses que no tenía contacto alguno con Eva Lind. En realidad, aquello no era nada fuera de lo común. Su hija vivía su vida sin que él pudiera intervenir mucho en ella. Andaba por los treinta. Era drogadicta. Habían tenido una enésima discusión muy violenta la última vez que sus caminos se cruzaron. Fue en casa de él, en el apartamento del bloque en que vivía, y ella salió en estampida gritándole que era un asqueroso.

  Enriendar tenía también un hijo, Sindri Snaer, que tenía escasa relación con su padre. Eva Lind y él eran pequeños cuando Enriendar abandonó el hogar dejándolos con su madre. La esposa nunca perdonó a Erlendur y no le permitió que tuviera trato alguno con sus hijos. Él se resignó, aunque se arrepintió cada vez más de aquella decisión. Los dos lo buscaron cuando tuvieron edad para ello.

  El frío anochecer de primavera se posaba sobre Reykjavik cuando Erlendur salió en su coche, a toda velocidad, del barrio del Milenario, entró en la carretera de Vesturland y llegó a la ciudad. Tuvo la precaución de llevar encendido el móvil y de ponerlo en el asiento delantero. Erlendur no sabía muchos detalles sobre la vida de su hija y no tenía ni idea de por dónde empezar a buscarla, hasta que recordó el sótano de Vogar donde Eva Lind había vivido un año antes.

  Primero comprobó si había ido a su casa, pero no vio a Eva Lind por ningún sitio cerca del bloque de apartamentos donde él vivía. Dio una vuelta alrededor del bloque y luego entró en el portal. Eva tenía llave de su apartamento. Subió al piso y la llamó, pero no estaba. Pensó en llamar a su madre, pero no se decidió. Prácticamente no habían hablado en veinte años. Levantó el auricular y llamó a su hijo, pues sabía que él y su hermana mantenían relación, aunque fuera esporádica. Consiguió el número de Sindri en Información. Resultó que Sindri estaba trabajando en otra parte del país y no tenía ni idea del paradero de su hermana.

  Erlendur vaciló.

  —Maldita sea —suspiró.

  Volvió a llamar a Información para pedir el número de su ex mujer.

  —Soy Erlendur —dijo cuando ella respondió—. Creo que Eva Lind se ha metido en algún problema. ¿Sabes dónde puede estar?

  Se produjo un silencio en el teléfono.

  —Me llamó pidiéndome ayuda, pero se cortó la conexión y no sé dónde está. Creo que le pasa algo serio.

  La mujer no respondió.

  —¿Halldóra?

  —¿Me llamas después de veinte años?

  Sintió un frío odio en su voz tras todos aquellos años, y supo que había cometido un error.

  —Eva Lind necesita ayuda y no sé dónde está —dijo.

  —¿Que necesita ayuda?

  —Creo que le pasa algo serio.

  —¿Y es culpa mía?

  —¿Culpa tuya? No. No es...

  —¿Crees que yo no he necesitado ayuda? Sola con dos niños. A mí nunca me ayudaste.

  —Hall...

  —Y ahora tus hijos se han ido al demonio. ¡Los dos! ¿Empiezas a comprender ya lo que hiciste? ¿Lo que nos hiciste? ¿Lo que nos hiciste a mí y a tus hijos?

  —Te negaste a permitirme el contac...

  —¿Crees que no he tenido que salvarla yo un millón de veces? ¿Crees que no he tenido que dar la cara por ella? ¿Dónde estabas tú entonces?

  —Halldóra, yo...

  —¡Cabrón! —vociferó la mujer.

  Le colgó. Erlendur se maldijo a sí mismo por llamarla. Se metió en el coche, fue al barrio de Vogar y se detuvo delante de un destartalado edificio de apartamentos con varias plantas bajas, medio enterradas en la tierra. Llamó al timbre que colgaba del marco de la puerta de uno de ellos, pero no oyó sonido alguno en el interior y golpeó la puerta con la mano. Esperó impaciente a que se oyera algún ruido y se abriera la puerta, pero no sucedió nada. Agarró el pomo. La llave no estaba echada y Erlendur dio un paso al interior, con prudencia. Entró primero a un pequeño vestíbulo y oyó un débil llanto de niño procedente de alguna otra habitación de la casa. Un fuerte olor a orina y excrementos le golpeó al acercarse al salón.

  Había una niña que no tendría más de un año sentada en el suelo del salón, aletargada de tanto llorar. Se agitaba en profundos sollozos, con el trasero desnudo y una camiseta asquerosa como único atuendo. El suelo estaba cubierto de latas de cerveza vacías y botellas de vodka igualmente vacías, y de envoltorios de comida rápida y productos lácteos echados a perder, cuyo violento olor acre se mezclaba con los aromas de la orina y los excrementos de la niña. En la sala había pocas cosas más, aparte de un sofá rajado sobre el que yacía una mujer desnuda de espaldas a Erlendur. La niña no le prestó atención alguna cuando se acercó al sofá. Él cogió la muñeca de la mujer y encontró el pulso. En el brazo tenía cicatrices de pinchazos.

  La cocina estaba anexa al salón y a su lado había una pequeña habitación donde Erlendur encontró una manta, que echó encima de la mujer del sofá. En el interior del dormitorio había un pequeño cuarto de baño con ducha. Levantó a la niña del suelo y la llevó al baño, donde la lavó de pies a cabeza con agua caliente y la envolvió en una toalla. La criatura dejó de llorar. Tenía el interior de los muslos completamente irritado por la orina. Supuso que estaría muerta de hambre pero no encontró nada comestible, excepto un trozo de chocolate que llevaba en el bolsillo del abrigo. Cortó un pedazo y se lo dio a la niña mientras le hablaba con calma. Se dio cuenta de que tenía llagas en los brazos y la espalda, e hizo una mueca.

  Encontró una cuna de barrotes, sacó de ella una lata de cerveza y envoltorios de hamburguesas y metió cuidadosamente a la niña. La furia le bullía por dentro cuando volvió al salón. No sabía si aquel bulto informe del sofá era la madre de la niña pero le daba igual. La levantó y la llevó en volandas al baño, la sentó en el suelo de la ducha y le dejó caer encima el agua helada. La mujer estaba como muerta pero despertó a la vida en cuanto notó el contacto del agua, dio un respingo, boqueó jadeante, gritó e intentó defenderse.

  La dejó en el agua un rato y al cabo cerró el grifo, le dio la manta, la condujo de nuevo al salón y la hizo sentarse en el sofá. Estaba despierta pero desorientada y miró a Erlendur con ojos indolentes. Luego miró a su alrededor como si le faltara algo. De pronto, recordó quién era.

  —¿Dónde está Perla? —preguntó, tiritando.

  —¿Perla? —dijo Erlendur irritado—. ¿La criatura?

  —¿Dónde está mi niña? —repitió la mujer.

  Debía de tener unos treinta años, llevaba el pelo muy corto y la boca pintada, aunque la pintura se le había corrido por todo el rostro. El labio superior estaba hinchado y tenía un gran chichón en la frente y el ojo derecho rodeado por un círculo azulado, señal de un golpe.

  —No tienes ningún derecho a preguntar por ella —le espetó Erlendur.

  —¿Qué?

  —¡Apagas cigarrillos en la piel de tu hija!

  —¿Cómo? ¡No! ¿Quién...? ¿Quién eres tú?

  —¿Es el imbécil que te pega a ti también?

  —¿Que me pega? ¿Cómo? ¿Quién eres tú?

  —Voy a quitarte a Perla —dijo Erlendur—. Y voy a meter entre rejas al hombre que le hace eso. Así que tienes que decirme dos cosas.

  —¿Quitármela?

  —Hace cierto tiempo vivía aquí una chica, hace un año quizá, ¿sabes algo de ella? Se llama Eva Lind. Delgada, morena...

ADS
15.4Mb size Format: txt, pdf, ePub
READ BOOK DOWNLOAD BOOK

Other books

Behind the Moon by Hsu-Ming Teo
A Closed Eye by Anita Brookner
Churchill's Hour by Michael Dobbs
The Color of the Season by Julianne MacLean
Guyaholic by Carolyn Mackler
Outlaw's Reckoning by J. R. Roberts
Kinky Bet by Maggie Nash
Indigo by Beverly Jenkins