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Authors: Nele Neuhaus

Tags: #Intriga, Policíaco

Blancanieves debe morir

 

Un sombrío día de noviembre unos obreros encuentran un esqueleto humano en un antiguo aeródromo del Ejército norteamericano en un pueblo cerca de Frankfurt. Poco después alguien empuja a una mujer desde un puente. La investigación lleva a los comisarios Pia Kirchhoff y Oliver von Bodenstein al pasado: hace muchos años, en la pequeña localidad de Altenhain, desaparecieron dos muchachas sin dejar rastro. Un proceso judicial basado en pruebas circunstanciales hizo que el presunto autor Tobias acabara entre rejas. Ahora este ha vuelto a su pueblo. La desaparición de otra chica desatará una auténtica caza de brujas.

Nele Neuhaus

Blancanieves debe morir

Dos asesinatos, una condena y un muro de silencio

ePUB v1.0

GONZALEZ
25.05.12

Título original:
Schneewittchen muss sterben

Nele Neuhaus, 2010

Traducción: Maria José Diez

ePub base v2.0

Para Simone

Prólogo

La oxidada escalera de hierro era estrecha y empinada. Palpó la pared en busca del interruptor y, segundos después, la bombilla de veinticinco vatios iluminó la pequeña estancia con una luz crepuscular. La pesada puerta de hierro se abrió sin hacer ruido. Engrasaba a menudo los goznes para no despertar a la muchacha con aquellos chirridos cuando iba a verla. Lo recibió un aire cálido mezclado con el aroma dulzón de las flores marchitas. Cerró la puerta con cuidado, encendió la luz y permaneció inmóvil un momento. La habitación, grande, de unos diez metros de largo por cinco de ancho, tenía pocos muebles, y ella parecía encontrarse a gusto allí. Avanzó hasta el aparato de música y le dio al PLAY. La voz rota de Bryan Adams inundó la estancia. No es que le hiciera mucha gracia, pero a ella le encantaba el cantante canadiense, y él tenía en cuenta sus preferencias. Puesto que la mantenía escondida, al menos no debía faltarle de nada. Como de costumbre, ella no habló. No le decía una palabra, jamás respondía a sus preguntas, pero no le importaba. Apartó el biombo que dividía discretamente el cuarto. Allí estaba, inmóvil y bella en la cama angosta, las manos unidas sobre el vientre, el largo cabello desplegado alrededor de su cabeza como un abanico negro. Junto a la cama estaban sus zapatos, sobre la mesilla, un ramo de azucenas marchitas en un jarrón de cristal.

—Hola, Blancanieves —la saludó en voz baja.

El sudor le perlaba la frente. Hacía un calor insoportable, pero a ella le gustaba así. Antes siempre tenía frío. Su mirada se dirigió a las fotos que le había colgado al lado de la cama. Quería pedirle si podía añadir una nueva, pero tendría que formular esa petición en el momento adecuado para no molestarla. Se sentó con delicadeza en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso, y por un instante creyó que ella se había movido. Pero no. Nunca se movía. Alargó el brazo y le acarició la mejilla. Con los años, su piel había cobrado un tono amarillento, era seca y correosa. Tenía los ojos cerrados, como siempre, y aunque su tez ya no era tan suave y rosada, su boca seguía siendo tan bonita como antes, cuando aún le hablaba y le sonreía. Estuvo un buen rato sentado mirándola. El deseo de protegerla nunca había sido tan fuerte.

—Debo irme —dijo al cabo de un rato, no sin pesar—. Tengo mucho que hacer.

Se puso de pie, cogió las flores marchitas del jarrón y se aseguró de que la botella de coca-cola de la mesilla estaba llena.

—Si necesitas algo, dímelo, ¿eh?

A veces echaba de menos su risa, y ello lo entristecía. Por supuesto que sabía que estaba muerta; sin embargo, le resultaba más fácil hacer como si no lo supiera. En ningún momento había perdido la esperanza de verla sonreír.

Jueves, 6 de noviembre

No dijo adiós. Nadie dice adiós cuando sale de la trena. En los diez años que habían pasado, había imaginado a menudo, muy a menudo, el día de su excarcelación. Ahora no pudo evitar constatar que en realidad su imaginación solo había llegado hasta el instante en que cruzaba el portón y abrazaba la libertad, que de pronto se le antojó amenazadora. No tenía ningún plan. Ya no. Sabía desde hacía tiempo, sin necesidad de oír las machaconas recriminaciones de los trabajadores sociales, que el mundo no lo esperaba y que debía contar con toda clase de reservas y derrotas en un futuro que ya no era muy halagüeño. Podía irse olvidando de ser médico, que era a lo que aspiraba tras sacar sobresaliente en selectividad. Quizá sirvieran de algo la carrera y el oficio de cerrajero que había aprendido en la trena. En cualquier caso, había llegado el momento de afrontar la vida.

Cuando la puerta dentada de hierro gris del centro penitenciario de Rockenberg se cerró a sus espaldas con un cencerreo metálico, la vio al otro lado de la calle. Aunque en los diez años que habían transcurrido ella fue la única de la antigua pandilla que le había escrito con regularidad, le sorprendió verla allí. Lo cierto es que esperaba a su padre. Estaba apoyada en el guardabarros de un todoterreno gris, con el móvil pegado a la oreja y un cigarrillo en la boca del que daba caladas apresuradas. Él se detuvo. Al reconocerlo, ella se irguió, se guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y tiró la colilla. Vaciló un instante antes de cruzar la calle adoquinada —la maletita con sus efectos personales en la mano izquierda— y detenerse delante de ella.

—Hola, Tobi —dijo, y sonrió con nerviosismo. Diez años eran mucho tiempo; un tiempo durante el que no se habían visto, ya que él no quiso que fuera a visitarlo.

—Hola, Nadja —repuso. Qué raro llamarla por ese nombre ajeno. En persona estaba mejor que en televisión. Más joven. Se hallaban el uno frente al otro, mirándose, titubeando. Un viento fresco arrastraba las hojas secas del otoño por la calle. El sol se había ocultado tras densos nubarrones. Hacía frío.

—Me alegro de que estés fuera. —Le rodeó la cintura con los brazos y lo besó en la mejilla—. Me alegro, de veras.

—Yo también me alegro.

Nada más pronunciar esa fórmula de cortesía se preguntó si era cierto. No era alegría esa sensación de extrañeza, de incertidumbre. Lo soltó, pues él no hizo ningún ademán de devolverle el abrazo. Antes, Nadja, su vecina, era su mejor amiga, y su presencia algo que daba por sentado. Era la hermana que no tenía. Pero ahora todo había cambiado, no solo su nombre. La Nathalie campechana que se avergonzaba de las pecas, la ortodoncia y el pecho se había convertido en Nadja von Bredow, una famosa y solicitada actriz. Había hecho realidad su ambicioso sueño; dejó el pueblo del que ambos procedían y había llegado hasta lo más alto de la escalera del prestigio social. Él, por su parte, ni siquiera podía ya poner el pie en el primer peldaño de esa escalera. A partir de ese día era un exconvicto, estaba marcado, y aunque había cumplido su condena, la sociedad no lo esperaba precisamente con los brazos abiertos.

—A tu padre no le dieron el día libre. —De repente retrocedió y rehuyó su mirada como si se le hubiese contagiado el apocamiento de él—. Por eso he venido a buscarte yo.

—Eres muy amable. —Tobias dejó la maleta en la parte de atrás del coche y se sentó en el asiento del copiloto. La piel de color claro no tenía ni un solo arañazo, el coche olía a nuevo—. ¡Guau! —comentó, sinceramente impresionado, y observó el salpicadero, que se parecía a la cabina de un avión—. Menudo coche.

Nadja esbozó una leve sonrisa, se puso el cinturón y apretó un botón. Sin necesidad de introducir la llave en el contacto, el motor arrancó emitiendo un discreto zumbido, y ella sacó con habilidad el imponente coche. La mirada de Tobias se detuvo en el par de soberbios castaños que crecían pegados al muro de la cárcel. Su visión desde la ventana de la celda había sido su único contacto con el mundo exterior durante los últimos diez años. Esos árboles, que iban cambiando con las estaciones, habían acabado siendo para él la única relación real con el exterior, mientras el resto del mundo desaparecía en una niebla difusa tras los muros de la cárcel. Y ahora él, después de ser sentenciado por el asesinato de dos muchachas y cumplir su condena, debía salir a esa niebla. Tanto si quería como si no.

—¿Adónde te llevo? ¿A mi casa? —preguntó Nadja de camino a la autopista. En sus últimas cartas le había ofrecido varias veces que se instalara con ella por el momento: su casa de Frankfurt era bastante grande. La perspectiva de no tener que volver a Altenhain y enfrentarse al pasado era tentadora; sin embargo, la rechazó.

—Tal vez más adelante —respondió—. Primero quiero ir a casa.

La inspectora mayor Pia Kirchhoff se hallaba en la antigua base aérea de Eschborn, bajo un aguacero. Llevaba su rubia melena recogida en dos trenzas cortas, se había calado una gorra de béisbol y, las manos bien hundidas en los bolsillos del plumífero, miraba con cara inexpresiva a sus colegas de Criminalística, que tendían una lona sobre el orificio que se abría a sus pies. Durante los trabajos de demolición de uno de los ruinosos hangares, el operario de una excavadora había encontrado huesos y un cráneo humano en uno de los depósitos de combustible vacíos y, para gran enfado de su jefe, llamó a la Policía. Ahora los trabajos llevaban dos horas parados, y Pia se veía obligada a escuchar la retahíla de insultos del malhumorado capataz, cuya multicultural cuadrilla de derribos se había visto diezmada de golpe y porrazo por la llegada de las fuerzas de la ley. El hombre encendió su tercer cigarrillo en un cuarto de hora y se encogió de hombros como si ello pudiera impedir que la lluvia se le colara por el cuello de la cazadora. Mientras tanto, no paraba de maldecir entre dientes.

—Estamos esperando al forense. Ya está de camino. —A Pia no le interesaba ni que en la obra hubiera trabajadores ilegales, cosa evidente, ni el calendario de los trabajos de demolición—. Váyase a derribar otro hangar.

—Eso es muy fácil de decir —se quejó el hombre, al tiempo que señalaba la excavadora y el camión inmovilizados—. Nos vamos a retrasar de lo lindo por unos huesos, va a costar una fortuna.

Pia se encogió de hombros y se giró. Un coche avanzaba dando sacudidas por el hormigón reventado. La maleza se había abierto paso entre las grietas hasta apoderarse del lugar, convirtiendo lo que antes fuera una pista lisa en una superficie completamente abombada. Desde que se desmanteló el aeródromo, la naturaleza había demostrado sobradamente que podía salvar cualquier obstáculo creado por el hombre. Pia dejó al capataz con sus quejas y se dirigió al Mercedes plateado que se había detenido junto a los vehículos policiales.

—Te has tomado tu tiempo, ¿eh? —Pia saludó a su exmarido con cara de pocos amigos—. Si me resfrío, será culpa tuya.

El doctor Henning Kirchhoff, segundo de a bordo del Instituto Anatómico Forense de Frankfurt, no se dejó atosigar. Con toda la tranquilidad del mundo, se embutió en el mono desechable de rigor, cambió sus relucientes zapatos de piel negra por unas botas de goma y se subió la capucha.

—Tenía una clase —replicó—. Y después me pilló un atasco en el recinto ferial. Lo siento. ¿Qué tenemos?

—Un esqueleto en uno de los viejos tanques a ras de suelo. La empresa de derribos lo encontró hace unas dos horas.

—¿Lo han movido?

—Creo que no. Solo han retirado el hormigón y la tierra, y después la parte superior del depósito, porque no podían llevarse el armatoste entero.

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