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Authors: Curtis Garland

Tags: #Intriga, Terror

Boda de ultratumba

 

El disoluto millonario Desmond Doyle ha dilapidado su fortuna. Arruinado, abandonado por su novia, perseguido por multitud de acreedores y consciente, aunque tarde, de la descomposición moral en la que lo ha sumido una vida de vicio, decide poner fin a su vida.

Curtis Garland

Boda de ultratumba

ePUB v2.0

AngelF
04.07.12

Título original:
Boda de ultratumba

Curtis Garland, 1985.

Editor original: AngelF (v1.0 a v2.0)

ePub base v2.0

1

Desmond Doyle puso el revólver sobre la mesa mientras apuraba la copa de Oporto con lentitud, fija su mirada en el fuego de la chimenea.

Era su última copa. Su última noche. Sus últimos momentos en el mundo.

A su alrededor, los suntuosos muebles, las cortinas y cuadros formaban un ambiente hogareño y rico. Nadie hubiera comprendido fácilmente que un hombre como él, joven y apuesto, con una mansión como aquélla, pudiera poner fin a su vida en aquella fría noche de invierno.

Y, sin embargo, a Desmond Doyle le sobraban razones para todo eso.

Aquellos restos majestuosos de su herencia habían sido lo último que le quedara de ella. Por un tiempo al menos. Luego, había obtenido dinero hipotecándolo todo. Dinero para seguir jugando, divirtiéndose, frecuentando garitos y lupanares de Londres en una loca carrera contra el tiempo, para vivir en pocos años lo que otros no experimentaban ni en toda su vida.

Ahora, éstas eran las consecuencias.

La ruina, el deshonor, el fracaso absoluto.

Dentro de pocas horas, vendrían con coches de mudanzas a recoger todos los bienes muebles, antes de que otro acreedor se hiciera cargo de la finca. Se quedaría en la calle. Pero no por mucho tiempo. Había otras deudas que no podía pagar. Había sido denunciado. Un buen amigo suyo, policía, le había advertido de que sólo aplazarían su detención y encarcelamiento hasta el mediodía siguiente.

Un Doyle de Mayfair arruinado, deshonrado, hundido. El hazmerreír de Londres. Su matrimonio con la bella y rica Eileen, roto. La familia de ella, los orgullosos y puritanos Haversham, furiosos con él. Acreedores suyos también en un abuso de confianza imperdonable.

—He caído muy bajo —murmuró, contemplando siempre las brasas de aquellos últimos leños que crujían en el hogar, a punto de extinguirse en pavesas y ceniza—. Muy bajo. No vale la pena seguir. Cuando no se tiene valor para afrontar los propios errores, se debe tener para poner fin a una vida estúpida, vacía y sin sentido. Ni siquiera Eileen sentirá ya mi muerte. Nadie la sentirá en esta ciudad que creí mía y que ahora me cierra todas sus puertas, lo mismo que antes me las abrió, cuando era un mimado por la fortuna…

Como respuesta a su monólogo sombrío, uno de los leños chascó, rompiéndose en una lluvia de chisporroteos y pavesas, allá en la chimenea señorial. Fuera, contra los vidrios empañados de las ventanas, el viento y la llovizna de aquella noche brumosa, golpearon sorda, casi siniestramente.

Desmond Doyle tomó un sorbo más de Oporto. Dirigió una mirada indiferente a los ventanales que recibían el tamborileo sordo del agua en el exterior.

¿Qué podía importarle a él que la noche fuese realmente de perros? Tanto daba una así como otra serena y amable, cuando uno iba a poner fin a su vida. Bajo el cielo nuboso o estrellado, dentro de poco sería cadáver. Pero eso no le importaba demasiado.

Se preguntó, mientras encendía un cigarrillo, cómo había podido suceder todo aquello. A sus veinte años había ido reclutado al frente. Eran las postrimerías de la guerra y Europa seguía siendo un infierno. Luego llegó el armisticio y todo se acabó. El regreso al hogar, tras los meses vividos en las trincheras, había sido muy diferente a lo que imaginó. Los héroes no eran nadie en su vida civil, una vez dejada atrás la contienda. El año dieciocho había conocido muchas de esas desilusiones. Él quiso olvidar cosas. Cosas como los compañeros desangrándose junto a él entre el barro, cuerpos mutilados, bombas y granadas, estruendo, sangre y violencia. Y así comenzó a beber, a divertirse alocadamente, el juego y las mujeres completaban su programa habitual hasta el amanecer o hasta la misma salida del sol, de garito en garito, de cama en cama, de club en club o de pub, según los casos. Igual se pasaba las noches en el Soho, que en Mayfair mismo o en el propio Whitechapel, entre la miseria, el alcohol y las prostitutas del East End. Eso había sido su vida durante tres años. Ahora, en plena juventud, se sentía tan decrépito y depravado interiormente como podía serlo el propio Dorian Gray de Wilde. Sólo que él ni siquiera tenía un retrato donde contemplar la sordidez de su alma entregada a todos los excesos y sumergida en todos los errores.

Ahora, esto era el fin. La ruina, la humillación, la vergüenza…, y la muerte. Tal vez era un cobarde. Quizá su padre le hubiera dado un bofetón y le hubiese desafiado a seguir adelante, a enfrentarse a sus propias equivocaciones, a su nuevo estado tan lejos de los Doyle de siempre, ricos, orgullosos, estimados y respetables.

Miró el teléfono, allá sobre el muro empapelado, no lejos de él. Pensó en descolgarlo por un momento y llamar a Charles, su mejor amigo. Decirle lo que iba a hacer y despedirse de él. Charles Hayward, evidentemente, no le entendería. Nadie podía entenderle.

Desistió de esa idea casi de inmediato. No, no valía la pena molestar a Charles con todo eso. Ya se enteraría más tarde por los periódicos. Como Eileen, como todo el mundo.

Suspiró, apurando al fin su copa de Oporto. Aplastó el cigarrillo en el cenicero. Se arregló el cuello de la camisa sobre el jersey blanco y marrón, como si fuese a recibir a alguien, en vez de irse al otro mundo de un balazo en la sien. Abrió la gaveta y extrajo el sobre. Lo depositó sobre la mesa, ante él. Su destinatario era obvio: «Al juez».

Eso bastaba.

Tomó el revólver. Un viejo Smith & Wesson calibre 38, perteneciente a su padre. Era la única arma que tenía a mano. Serviría para la ocasión. Según el viejo Doyle, jamás le había fallado en sus guerras coloniales, allá en la India o en Egipto y Sudán. Triste destino para un arma que su padre consideraba llena de gloria castrense, recuerdo de batallas memorables por la Corona y por el Imperio.

Sonrió tristemente, meneando la cabeza. Amartilló el arma, calmoso.

Y se dispuso a poner fin a su vida.

Llevó el arma a la sien. Su dedo no temblaba en el gatillo. No tenía miedo. No es que le alegrara morir, abandonar este mundo. Pero tampoco temía el momento supremo. Tal vez era un modo de purgar muchos errores, pensó con amargura.

El cañón metálico rozó su sien. Frío, redondo, insensible.

Dominó un leve estremecimiento. Dentro de poco, ese acero ardería. Para entonces su cabeza estaría reventada, con un feo' aspecto. El guapo caballero Desmond Doyle, que, al decir de todas las damas londinenses, ya fuesen de la mejor o de la peor esfera social, era uno de los más atractivos y arrogantes hombres de la ciudad, mostraría entonces una apariencia repulsiva y atroz. Pero eso tampoco le importaba ya demasiado.

Su dedo se tensó sobre el gatillo. Se dispuso a apretarlo…

El tintineo de la campanilla fue como si el pistoletazo se produjera justo entonces. Sólo que más musical, aunque la insistencia y energía con que era pulsado el llamador hizo que sonara con cierta violencia, retumbando en la casa desierta, donde se encontraba él, sin servidumbre, invitados ni amigos, a diferencia de los tiempos en que le sobraba dinero.

Se puso rígido. La campanilla seguía resonando insistentemente, con premura, como si quien llamara tuviese excesiva impaciencia. Perplejo, bajó el arma. Se preguntó quién podría ser a aquellas horas. Miró el reloj del saloncito.

—Las once y media —murmuró—. ¿Quién diablos se descuelga ahora llamando a mi puerta?

El campanilleo no cesaba. Irritado, dejó el revólver sobre la mesa. Se incorporó, dispuesto a enviar muy lejos al inoportuno, fuese quien fuese. Mientras se dirigía al vestíbulo a través de las habitaciones y pasillos desiertos, se preguntó si no sería su amigo Charles quien acudía ahora, quizá movido por un oscuro presentimiento. La idea le pareció ridícula. Charles era una de las personas que difícilmente podrían llegar a tal grado de sensibilidad premonitoria. Era un gran muchacho, sí, pero no demasiado imaginativo.

Se detuvo ante la puerta de entrada.

El campanilleo era insistente, casi molesto, respiró hondo y, dispuesto a mostrarse bastante rudo con el inoportuno, abrió la puerta.

Una ráfaga de aire frío, envolviendo a la llovizna helada, le azotó el rostro y las ropas, haciéndole dar un paso atrás. La calle, totalmente difuminada por la bruma y el aguacero, sólo mostraba las farolas encendidas formando halos nebulosos en la noche.

Se quedó mirando al visitante con extrañeza.

—Buenas noches, señor Doyle —saludó éste.

No supo qué decir. El hombre era un perfecto desconocido. Pero sin saber por qué, su aspecto le impresionó.

—Buenas noches —dijo—. ¿Qué desea, para llamar con tanta insistencia?

—Verle a usted, señor Doyle. Y es urgente —respondió el desconocido.

Desmond enarcó las cejas sin dejar de contemplarle. Era un individuo alto, delgado, vestido enteramente de oscuro. Llevaba un gabán largo, negro, empapado de agua de lluvia, sombrero hongo de igual color y bufanda gris oscura. En conjunto resultaba un tipo lúgubre, pero no sólo por sus ropas. El rostro que vislumbró entre la bufanda y el sombrero era una pálida mancha alargada, de facciones angulosas, huesos prominentes en su mentón y pómulos, nariz halconada emergiendo como un pico sobre los labios delgados, y unos ojos oscuros y fríos como la misma noche.

—Lamento no poderle recibir —dijo secamente Doyle, reaccionando—. Estoy muy ocupado en estos momentos, caballero. Si quiere volver otro día…

—Otro día no sería posible —repuso el visitante. ¡Dios! pensó Desmond, no sabía él bien lo acertado que estaba. Y añadió con firmeza—: Debo verle ahora. El motivo de mi visita no admite demora, señor Doyle.

—Le repito que lo siento —se irritó el joven—. Ni siquiera le conozco, señor. No tengo el menor motivo para alterar mis planes y recibirle a semejantes horas.

Se equivoca —sonrió extrañamente el individuo—. Tiene muchas razones para recibirme, señor Doyle. Vengo a ofrecerle diez mil guineas en efectivo. Ahora mismo.

Diez mil guineas. La enormidad de esa suma le dejó estupefacto. Miró al hombre, empezando a temer que se las viera con un chiflado o un excéntrico. El otro entendió perfectamente lo que pasaba por su cabeza.

—No me interprete mal, señor Doyle —se apresuró a añadir—. Digo la verdad. Llevo encima mío esa suma. Y será de inmediato para usted, si me recibe y llegamos a un acuerdo.

—Diez mil guineas es mucho dinero —murmuró Desmond.

—Mucho. Suficiente para zanjar todas sus deudas y dejarle al día, ¿no es cierto?

—¿Cómo sabe…? —frunció el ceño, disgustado, pero recordó que un Doyle era alguien en Londres, y no resultaba raro por tanto que la gente supiera de sus cuitas. Tras un momento de indecisión, se decidió. Echándose a un lado, invitó—: Pase, caballero. Pero le aseguro que si esto es un engaño, le echaré a puntapiés de mi casa. Por cierto, ni siquiera sé su nombre…

—¿Qué más da eso? —rió entre dientes el otro, pasando por su lado, al interior del vestíbulo—. Llámeme Smith, si lo desea. El nombre de alguien que va a darle diez mil guineas a cambio de muy poco, debe importarle mínimamente, señor Doyle.

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