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Authors: Kim Harrison

Tags: #Fantástico, Romántico

Fuera de la ley

BOOK: Fuera de la ley
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Para salvar la vida de sus amigos. Rachel ha cometido un error fatal: traficar con la magia demoníaca, algo totalmente prohibido. Pero ahora va a tener que pagar caros sus pecados.

Mientras intenta averiguar toda la verdad sobre un espeluznante crimen, una amenaza aún mayor se cierne sobre ella, y es que un antiguo enemigo, el demonio Algaliarept, en su afán por reclamarla, está arrasando con todo lo que se le pone por delante.

Al mismo tiempo, la revelación de un espantoso secreto familiar la obligará a replantearse toda su vida. Y si aspira a librarse de la marca demoníaca que la atenaza, antes tendrá que viajar al inframundo en busca de un antiguo saber perdido mucho tiempo atrás.

Kim Harrison

Fuera de la ley

ePUB v1.0

zxcvb66
14.09.12

Título original:
The Outlaw Demon Wails

Kim Harrison, Febrero 2008

Traducción: Ana María Andreu Baquero

Editor original: zxcvb66 (v1.0)

ePub base v2.0

Para el hombre que sabe que, cuanto más

cambian las cosas, más extraño y misterioso

se vuelve todo.

Agradecimientos

Me gustaría mostrar mi más sincero agradecimiento a Mike Spradlin, no solo por la idea del título, sino también por su prolongado y constante apoyo a los Hollows, que resultó de gran ayuda durante los primeros años y que sigo considerando muy valioso. Y, como siempre, a mi agente, Richard Curtis, y a mi editora, Diana Gilí, por la preciada combinación de atención y conocimientos que ha servido para dar vida a este mundo y que tengo en gran estima.

1.

Me apoyé en el mostrador de cristal para echarle una miradita a los precios de las varitas de secuoya de calidad superior, custodiadas en sus ataúdes de cristal como si de Blancanieves se tratase. Los extremos de mi bufanda se deslizaron bloqueándome la vista, y los introduje en mi corta chaqueta de cuero. No tenía ningún motivo para estar mirando varitas mágicas. No solo no tenía dinero sino que, lo que era más importante, no estaba de compras por cuestiones laborales, sino solo por placer.

—¿Rachel? —me interpeló mi madre con una sonrisa desde el centro de la tienda mientras toqueteaba un expositor de hierbas orgánicas empaquetadas—. ¿Y qué me dices de Dorothy? Podrías cubrir de pelo a Jenks y que hiciera de Totó.

—¡Y una mierda! —exclamó Jenks. Yo di un respingo cuando el pixie se bajó de mi hombro donde había estado acurrucado al calor de mi bufanda. Al hacerlo, despidió una nube de polvo de oro que lanzó un rayo pasajero sobre el mostrador iluminando la tarde gris—. No pienso pasar Halloween entregando caramelos vestido de perro. Ni tampoco de Wendy y Campanilla. ¡Voy a ir de pirata! —sentenció aminorando la velocidad de sus alas y posándose en lo alto del mostrador junto al lugar donde se exponían clavijas baratas de secuoya adecuadas para amuletos—. Coordinar los disfraces es una estupidez.

En circunstancias normales habría estado de acuerdo pero, sin decir una palabra, me aparté del mostrador. Jamás había tenido ingresos suficientes como para permitirme una varita. Además, la versatilidad era un factor fundamental de mi profesión, y las varitas mágicas eran maravillas de un solo hechizo.

—Me voy a disfrazar de la protagonista femenina de la última película de vampiros. Esa en la que la cazavampiros se enamora de la vampiresa.

—¿Vas ir vestida de cazavampiros? —preguntó mi madre.

Entrando en calor, agarré un amuleto no invocado y me lo coloqué en el pecho para ver cómo me quedaba. Me daba una apariencia lo bastante jipi como para pasar por la actriz que intentaba emular, pero mis pechos, casi inexistentes, no estaban a la altura del busto aumentado por medio de un hechizo. Tenía que haber sido aumentado de esta manera, porque las mujeres con el pecho grande por naturaleza no corrían así.

—No, de la vampiresa —respondí avergonzada. Ivy, mi compañera de piso, se iba a disfrazar de la cazavampiros y, a pesar de que estaba de acuerdo en que coordinar los disfraces era una estupidez, sabía que, en cuanto entráramos en la fiesta, nos iríamos cada una por nuestro lado. Y en eso consistía, ¿no? Al fin y al cabo, Halloween era el único día en que se permitían los hechizos de imi­tación, y el inframundo y la pequeña porción de humanos lo suficientemente atrevidos, se aprovechaban al máximo de ello.

—¡Ah! Te refieres a la del pelo negro, ¿verdad? La que va vestida como una fulana. ¡Santo Dios! No sé si mi máquina de coser podrá con el cuero.

—¡Mamá! —protesté, a pesar de estar más que acostumbrada a su voca­bulario y a su falta de tacto. Siempre soltaba todo lo que se le pasaba por la cabeza. Ambas nos quedamos mirando a la dependienta, pero era evidente que conocía a mi madre, porque ni siquiera se inmutó. Ver a una mujer con unos elegantes pantalones de vestir y un jersey de angora hablando como un camionero solía confundir a la gente. Además, yo ya tenía el disfraz colgado en el armario.

Con el ceño fruncido, mi madre empezó a manosear los hechizos para cam­biar el color del pelo.

—Ven aquí, cariño. Veamos si tienen algo para domar tus rizos. Sinceramente, siempre eliges los disfraces más complicados. ¿Por qué no te vistes de algo más sencillo? De trol o de princesa de cuento de hadas.

Jenks se rio por lo bajo.

—Porque prefiere algo más golfo —dijo lo bastante alto para que yo lo oyera, pero no mi madre.

Yo me quedé mirándolo, y él me lanzó un sonrisita mientras volaba hacia atrás, en dirección a un estante de semillas. A pesar de medir poco más de diez centímetros, resultaba muy atractivo con sus botas de suela blanda y su bufanda roja alrededor del cuello, que le había tejido su esposa Matalina. La primavera anterior había usado una maldición demoníaca para darle un tamaño humano, y el recuerdo de su cuerpo atlético de dieciocho años, de su cintura estilizada y de sus amplios y musculosos hombros reforzados por sus alas de libélula seguían muy presentes en mi memoria. Era un pixie casado, pero la belleza está para admirarla.

Jenks pasó volando como una flecha por encima de mi cesta y dejó caer un paquete de semillas de helecho, para las doloridas alas de Matalina, que aterrizó con un golpe en su interior. En ese momento avistó el aumentador de pecho y su expresión se volvió absolutamente diabólica.

—Hablando de golfería… —empezó.

—Estar bien dotada no es lo mismo que ser una golfa, Jenks —dije—. Ya va siendo hora de que crezcas un poco. Es para el disfraz.

—¿De verdad crees que eso serviría de algo? —Su sonrisa burlona me sacó de quicio, tenía los brazos en jarras con su mejor pose al estilo Peter Pan—. Te harían falta dos o tres de esos solo para que se notaran un poco. Parecen dos huevos fritos.

—¡Cierra la boca!

Desde el otro extremo de la tienda se oyó a mi madre que, ajena a la con­versación, gritaba:

—Negro azabache, ¿verdad?

Yo me giré y vi como su pelo cambiaba de color conforme tocaba los amule­tos invocados de muestra. Tenía el pelo exactamente igual al mío. O casi. Yo lo llevaba largo, con una melena salvaje y crespa que me llegaba por debajo de los hombros, a diferencia de ella, que lo llevaba muy corto para intentar domarlo. Pero teníamos el mismo color verde de ojos, y yo gozaba de su misma habilidad con la magia terrenal, que había complementado y dado un cariz profesional en una de las facultades de la ciudad. En realidad sus conocimientos eran mayores que los míos, pero no tenía demasiadas oportunidades para usarlos. Halloween siempre le había servido de excusa para presumir de sus considerables habilida­des con la magia terrenal delante de las madres del vecindario, como modesta venganza, y creo que agradecía que este año le hubiera pedido ayuda. Durante los últimos meses se la veía muy bien, y no podía dejar de preguntarme si la mejoría en su estado de ánimo se debía al hecho de que pasáramos más tiempo juntas o si, simplemente, me parecía más estable porque había dejado de visitarla solo cuando tenía problemas.

En ese momento me asaltó un sentimiento de culpa y, tras lanzar una mirada desafiante a Jenks, que cantaba una canción sobre mujeres de grandes pechos atándose los zapatos, zigzagueé por entre los expositores de hierbas y los estantes de encantos deportivos ya preparados, todos ellos con una pegatina identificativa con el nombre del autor. Los hechizos caseros seguían siendo una industria artesanal, a pesar del alto nivel de tecnología disponible para resolver los inconvenientes del día a día, pero estaba sometida a controles exhaustivos y debía llevar las licencias pertinentes. Lo más probable es que la propietaria de la tienda solo hubiera elaborado un pequeño número de los que tenían a la venta.

Siguiendo las indicaciones de mi madre, fui cogiendo uno a uno todos los amuletos de muestra para que pudiera evaluar cómo me quedaban. La dependienta, mientras tanto, exclamaba «Ooh» y «Aah», intentando forzarnos a tomar una decisión. Sin embargo, hacía años que mi madre no me ayudaba con mi disfraz, y teníamos previsto pasar toda la tarde en ello, para luego tomar un café y un postre en alguna cafetería cara. No es que ignorase a mi madre, pero mi agitada vida solía interferir en nuestra relación. Y mucho. Llevaba tres meses intentando esforzarme por pasar más tiempo con ella, tratando de ignorar mis propios fantasmas y esperando que ella no fuera tan… frágil, y hacía tiempo que no la veía tan bien. Aquella idea me terminó de convencer de lo mala hija que era.

No tuvimos muchos problemas en dar con el color adecuado, y yo asentí con la cabeza cuando mis rizos pelirrojos se volvieron de un negro tan intenso que adquirieron un tono azulado muy similar al de las pistolas. Satisfecha, metí en la cesta un amuleto sin invocar empaquetado para ocultar el aumentador de pecho.

—En casa tengo un hechizo que te vendría genial para alisarte el pelo —co­mentó mi madre alegremente, y yo me giré hacia ella sorprendida. Cuando estaba en cuarto averigüé que los hechizos que se podían comprar en las tiendas no servían para domar mis rizos. ¿Por qué demonios conservaba todavía aquellos hechizos especialmente complicados? Hacía años que no me alisaba el pelo.

En ese momento sonó el teléfono de la tienda y, cuando la dependienta se disculpó, mi madre se me acercó sigilosamente y, con una sonrisa, me acarició la trenza que me habían hecho los hijos de Jenks aquella misma mañana.

—Me pasé toda tu época del instituto perfeccionando ese hechizo —dijo—. ¿De verdad crees que voy a renunciar a ponerlo en práctica?

Sin poder evitar la preocupación, eché un vistazo a la mujer que estaba al teléfono, la que era evidente que conocía a mi madre.

—¡Pero mamá! —le recriminé en voz baja—. ¡No puedes vender ese tipo de hechizos! ¡No tienes licencia!

Con los labios apretados y visiblemente enfurruñada, me arrebató la cesta y se fue hacia el mostrador para pagar.

Yo suspiré y mis ojos se dirigieron hacia Jenks, que, sentado en un estante, se encogió de hombros. Lentamente seguí los pasos de mi madre preguntándome si la había ofendido mucho más de lo que imaginaba. A veces se le iba la olla. Francamente, ella debía saberlo mejor que nadie.

Mientras estábamos de compras, habían encendido las luces de la calle, y el asfalto, mojado por la lluvia, brillaba con la festiva iluminación dorada y violeta. Daba la impresión de que hacía frío y, cuando me dirigí a la caja, me ajusté la bufanda para Jenks.

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