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Authors: Andrea Camilleri

Tags: #Intriga, Policíaco

La edad de la duda

BOOK: La edad de la duda
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Con las primeras luces del alba, el comisario Salvo Montalbano se despierta sobresaltado por una pesadilla angustiosa. En ella, la capilla ardiente de su propio funeral se instala en su despacho y todos sus compañeros de trabajo le dan las condolencias por su reciente fallecimiento. Y lo peor es que Livia le comunica que no tiene intención de asistir al entierro, pues aunque lo ha amado tanto en vida, no puede «desaprovechar esa oportunidad».

Pero las zozobras íntimas del comisario quedan en segundo plano cuando la llegada al puerto de Vigàta de un misterioso velero de lujo coincide con el hallazgo de un cadáver con el rostro desfigurado. Montalbano se pone manos a la obra y pronto se verá inmerso en una investigación de muy hondo calado, en la que el tráfico de diamantes africanos desempeña un papel fundamental.

Andrea Camilleri

La edad de la duda

Montalbano - 18

ePUB v1.0

Dirdam
08.08.12

Título original:
L'età del dubbio

Andrea Camilleri, 2008

Traducción del italiano de Teresa Clavel Lledó

Ilustración de la cubierta: Diane Kerpan / Arcangel Images

Editorial: Salamandra, 2012

ISBN: 978-84-9838-459-8

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

Capítulo 1

Acababa de conciliar el sueño después de una noche horrenda —pocas había pasado en su vida peor que ésa— cuando, de pronto, lo despertó un trueno que sonó como un cañonazo disparado a cinco centímetros de su oreja. Alarmado, saltó en la cama soltando tacos. Y vio clarísimo que era inútil quedarse acostado porque no volvería a dormirse.

Se levantó, se acercó a la ventana y miró al exterior. Se había desatado un temporal en toda regla: cielo uniformemente negro, relámpagos escalofriantes y olas de cuatro metros que se aproximaban sacudiendo su gran crin blanca. El agua se había comido la playa y llegaba hasta la galería. Miró el reloj: apenas eran las seis de la mañana.

Fue a la cocina, preparó café y, mientras esperaba que escampase, se sentó. Poco a poco rememoró el sueño que había tenido. ¡Qué latazo! ¿Por qué desde hacía unos años le había dado por acordarse de todas las chorradas que soñaba? Por lo que él sabía, no todo el mundo recordaba los sueños que tenía. Abrían los ojos y lo sucedido en sueños, agradable o desagradable, desaparecía. No era ése su caso. Y para colmo se trataba de sueños problemáticos, que le suscitaban interminables preguntas a la mayoría de las cuales no sabía dar respuesta. Y eso acababa poniéndolo de los nervios.

La noche anterior se había acostado de buen humor. Desde hacía una semana, en la comisaría no ocurría nada importante y él estaba planeando aprovechar esa circunstancia para darle una sorpresa a Livia presentándose de improviso en Boccadasse. Apagó la luz, buscó una posición cómoda y se durmió casi enseguida. E inmediatamente empezó a soñar.

—Catarè, esta tarde me voy a Boccadasse —decía, entrando en la comisaría.

—¡Yo también voy!

—No, tú no.

—Pero ¿por qué?

—¡Porque no!

Entonces intervenía Fazio:


Dottore
, perdone, pero piense que usía no puede ir a Boccadasse.

—¿Por qué?

Fazio parecía un poco renuente.

—Pero,
dottore
, ¿no se acuerda?

—¿De qué?

—De que usía murió ayer por la mañana a las siete y cuarto en punto. —Y sacaba un papel del bolsillo—. Usía es Montalbano, Salvo…

—¡Deja en paz el registro civil! ¿De verdad he muerto? ¿Y cómo ha sido?

—Le dio una apoplejía.

—¿Y dónde ocurrió?

—Aquí, en la comisaría.

—¿Cuándo?

—Mientras hablaba por teléfono con el
siñor
jefe
supirior
—precisaba Catarella.

Por lo visto, el cabronazo de Bonetti-Alderighi lo había cabreado hasta el punto de…

—Si quiere venir a verse… —decía Fazio—. Hemos instalado la capilla ardiente en su despacho.

Habían hecho sitio entre las montañas de papeles acumulados sobre la mesa para poner encima el ataúd abierto. Se miraba. No tenía aspecto de muerto. Pero enseguida llegaba al convencimiento de que aquel cadáver era el suyo.

—¿Habéis avisado a Livia?

—Sí —respondía Mimì Augello, acercándose. Acto seguido lo abrazaba y añadía, llorando desconsoladamente—: Te acompaño en el sentimiento.

Y una especie de coro repetía:

—Lo acompañamos en el sentimiento.

El coro lo formaban Bonetti-Alderighi, su jefe de gabinete el
dottor
Lattes, Jacomuzzi, el director Burgio y dos sepultureros.

—Gracias —decía él.

Entonces se acercaba el doctor Pasquano.

—¿Cómo he muerto? —le preguntaba Montalbano.

Pasquano se ponía hecho un basilisco:

—¿Hasta muerto tiene que tocarme los cojones? ¡Espere los resultados de la autopsia!

—Pero ¿no puede adelantarme nada?

—Se diría que ha sido un derrame cerebral fulminante, pero hay algunos elementos que no me conven…

—¡Ah, no! —intervenía el jefe superior de policía—. ¡El
dottor
Montalbano no puede investigar su propia muerte!

—¿Por qué?

—No sería correcto. Está demasiado implicado personalmente. Además, esta circunstancia no está prevista en el reglamento. Lo siento. La investigación se halla en manos del nuevo jefe de la brigada.

En ese momento lo asaltaba un pensamiento y hacía un aparte con Mimì.

—¿Cuándo llega Livia?

Mimì parecía incómodo.

—Dice que…

—Habla.

Mimì se miraba la punta de los zapatos.

—Ha dicho que no sabe.

—¿Que no sabe qué?

—Si podrá llegar a tiempo al funeral.

Entonces él salía furioso del despacho, iba al patio, donde, entre montones de coronas de flores, estaba preparado el coche fúnebre, y sacaba el móvil.

—¿Livia? Soy Salvo.

—Hola, ¿cómo estás? Uy, perdona, no quería…

—¿Qué es eso de que no sabes si podrás llegar a tiempo a…?

—Mira, Salvo, si hubieras vivido, yo habría intentado por todos los medios seguir contigo. Quizá hasta me habría casado. Claro que, a mi edad y después de haber perdido la vida pendiente de ti, ¿qué otra cosa podría haber hecho? Pero, puesto que se me presenta inesperadamente esta oportunidad única, comprenderás que…

Montalbano apagaba el móvil y volvía adentro. Allí se encontraba con que ya habían puesto la tapa del ataúd y el cortejo empezaba a avanzar.

—¿Viene? —le preguntaba Bonetti-Alderighi.

—Sí, claro —respondía él.

Pero, nada más llegar al patio, uno de los porteadores se caía, y la caja iba a parar al suelo armando un estruendo que lo despertó.

Y ya no había conseguido conciliar el sueño de nuevo, asediado por infinidad de preguntas. Lo martilleaba una en especial: ¿qué significaba la frase de Livia de que quería aprovechar aquella oportunidad? Significaba simplemente que su muerte constituía para ella una especie de liberación. Y entonces la pregunta siguiente sólo podía ser ésta: ¿cuánto de verdad hay en un sueño? En este caso concreto, había verdad para dar y vender.

Porque sin duda Livia no sólo tenía que estar de él hasta la coronilla, sino que estaría hasta los mismísimos cojones en caso de que los tuviese. Pero ¿era posible que su conciencia se manifestase solamente en sueños? ¡Menudas noches le hacía pasar! En cualquier caso, el hecho de que Livia no pensara asistir a su funeral, pese a todas las razones que pudiera alegar, no decía nada bueno de ella; era de todas todas una mala acción.

• • •

Cuando salió hacia el coche para ir a comisaría, descubrió que el mar había llegado a medio metro de la explanada que había delante de su casa; nunca lo había visto subir tanto. La playa había desaparecido, era toda una extensión de agua.

El motor tardó un cuarto de hora largo y un par de centenares de juramentos en avenirse a cumplir con su deber, lo cual, naturalmente, no hizo sino empeorar el estado de sus nervios, destrozados ya por las asquerosas condiciones del día.

Antes de haber recorrido cincuenta metros tuvo que parar: una caravana de vehículos se extendía hasta perderse de vista, o sea, era todo lo larga que permitía ver el parabrisas, al que las escobillas no lograban mantener libre del agua de lluvia.

Estaba formada por coches que iban hacia Vigàta; por el otro carril, en cambio, no se veía pasar ni un ciclomotor.

Al cabo de unos diez minutos decidió abandonar la fila, ir en dirección contraria hasta el desvío de Montereale y, desde allí, tomar una carretera más larga pero que le permitiría llegar a su destino. Pero no pudo moverse, porque el morro de su coche estaba pegado al parachoques trasero del que tenía delante, y lo mismo le pasaba al coche de detrás.

No había otra; tenía que quedarse allí. Estaba encajonado, atrapado. Y lo que más rabia le daba era que no comprendía qué coño había pasado.

Perdida por completo la paciencia tras otros veinte minutos de espera, abrió la puerta y bajó. En un santiamén se le empaparon hasta los calzoncillos. Echó a correr hacia la cabeza de la caravana, y no tardó en alcanzar el punto donde se producía el atasco, cuya causa fue evidente de inmediato: el mar se había llevado la carretera. Completamente. Los dos carriles habían desaparecido, y en su lugar había un precipicio cuyo fondo no era de tierra, sino de agua amarillenta y espumeante. El primer coche de la caravana tenía el morro justo en el borde; treinta centímetros más y habría caído. Sin embargo, el comisario vio que se hallaba en peligro, porque la carretera, aunque con extrema lentitud, seguía desmoronándose. Ese vehículo estaba destinado a ser engullido por el precipicio en los próximos veinte minutos. El diluvio impedía ver quién había dentro.

Se acercó y golpeó la ventanilla con los nudillos. La bajó a duras penas una joven de poco más de treinta años, con gafas de culo de botella y aspecto de estar realmente aterrada.

Era la única ocupante del vehículo.

—Tiene que bajar.

—¿Por qué?

—Verá, me temo que si los servicios de emergencia no llegan enseguida, dentro de muy poco su coche va a despeñarse.

Ella puso cara de niña a punto de echarse a llorar.

—¿Y adónde voy? —preguntó.

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