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Authors: David Baldacci

Tags: #Intriga, Policíaca

La esquina del infierno

BOOK: La esquina del infierno
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David Baldacci

La esquina del infierno

Camel Club 5

ePUB v1.0

Liete
15.08.12

Título original:
Hell's corner

David Baldacci, 2010.

Traducción: Mercé Diago Esteva

Editor original: Liete (v1.0)

ePub base v2.0

 

John Carr, alias Oliver Stone —uno de los más hábiles asesinos del país— observa, tal vez por última vez, la Casa Blanca desde el parque Lafayette. El presidente de Estados Unidos ha vuelto a requerirlo para una delicada misión.

Aunque lleva décadas luchando por dejar atrás su pasado, Stone no puede negarse. Pero la misión cambia drásticamente incluso antes de empezar… Una bomba explota delante de la Casa Blanca, y él deberá averiguar quién es el responsable.

Oliver recibe poderes extraordinarios para esclarecer el atentado criminal. El episodio se considera como aviso de los terroristas para cometer otro de mayor envergadura en lugar y tiempo desconocidos.

El americano cuenta con la ayuda de una colaboradora enviada por MI6 británico, puesto que la amenaza va dirigida también contra el Reino Unido. En el curso de las difíciles investigaciones, los dos agentes arriesgan su vida en numerosas operaciones, que ponen a prueba con éxito su valor e inteligencia, pese a los escasos resultados de su esfuerzo. Al fin, descubren que han sido utilizados por sus jefes como cebo para atrapar a los terroristas, aunque no por eso abandonan el cumplimiento de sus deberes patrióticos.

Para Michelle.

Veinte años de matrimonio y veinte libros.

El viaje de mi vida con la mujer que amo.

1

Oliver Stone contaba los segundos, un ejercicio que siempre le había tranquilizado. Necesitaba relajarse. Esa noche se reuniría con alguien muy importante y no sabía qué sucedería. De lo que sí estaba seguro es de que no huiría. Estaba harto de huir.

Stone acababa de regresar de Divine, Virginia, donde había conocido a Abby Ricker. Era la primera mujer por la que Stone sentía algo desde el fallecimiento de su esposa hacía ya tres décadas. A pesar del cariño que se profesaban, Abby no tenía intención de dejar Divine, y Stone no quería vivir allí. Para bien o para mal, su hogar estaba en esta ciudad y eso a pesar de lo mucho que había sufrido en ella.

Era muy posible que el sufrimiento aumentara. El comunicado que había recibido una hora después de haber llegado a casa era de lo más explícito. Irían a buscarle a la medianoche. No había nada que debatir ni negociar y cualquier compromiso quedaba fuera de su alcance. Eran los otros quienes siempre fijaban las condiciones.

Dejó de contar al cabo de unos instantes al oír las ruedas de un coche en la gravilla que recubría la entrada del cementerio de Mount Zion. Era un camposanto histórico y humilde para los afroamericanos que habían destacado por luchar por causas que sus homólogos blancos daban por sentadas, como comer, dormir, ir en autobús o tener un baño. A Stone siempre le había parecido irónico que Mount Zion se encontrara a mayor altura que un lugar tan exclusivo como Georgetown. Hasta hacía bien poco los más ricos de la zona solo toleraban a sus hermanos de piel más oscura si llevaban un delantal almidonado de doncella o servían bebidas y tentempiés sin apartar su obediente mirada del suelo encerado.

Las puertas del coche se abrieron y se cerraron. Stone oyó tres golpes metálicos. Un trío de hombres. No enviarían a una mujer, pensó, aunque tal vez se tratara de un prejuicio propio de su generación.

Llevarían Glocks, Sigs o quizás algún modelo personalizado, dependiendo de a quién hubieran encomendado aquella misión. En cualquier caso, serían armas de una eficiencia mortal. Los hombres las llevarían enfundadas debajo de unas chaquetas elegantes. Nada de tropas de asalto ataviadas de negro descendiendo de helicópteros veloces en un lugar tan pintoresco y bien comunicado como Georgetown. La misión se realizaría en silencio, sin despertar a nadie importante.

Llamaron a la puerta.

Con educación.

Respondió.

Para mostrarse respetuoso.

No tenían nada personal contra él, tal vez ni siquiera supieran quién era. Solo era un trabajo. Stone había realizado esa clase de misiones, aunque nunca había llamado a la puerta. El factor sorpresa y apretar el gatillo en un milisegundo siempre habían sido su modus operandi.

Solo era un trabajo.

«Al menos eso es lo que creía, porque no tenía agallas para aceptar la verdad», pensó.

Cuando era soldado Stone no había tenido reparo alguno en quitarle la vida a quienquiera que tratase de acabar con él. La guerra era el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias, y las normas respondían al sentido común; matar o que te mataran era una de las principales. Sin embargo, lo que había hecho después de dejar el ejército había sido bien diferente y había logrado que terminara por desconfiar de quienes ostentaban el poder.

Se quedó en el vano de la puerta, envuelto por la luz que tenía a sus espaldas. De haber sido uno de ellos, habría escogido ese preciso instante para apretar el gatillo. Un disparo rápido y fácil, imposible de errar. Se lo había puesto en bandeja.

No dispararon. No habían ido a matarlo.

Había cuatro hombres y sintió cierta aprensión por haber errado el cálculo.

El líder del grupo estaba en forma, medía metro setenta y cinco, tenía el pelo corto y una mirada que lo analizaba todo pero no transmitía nada. Le hizo una seña para que se dirigiera al vehículo aparcado junto a la puerta, un Escalade negro. Hubo una época en la que Stone habría sido digno de un pelotón de asesinos fuera de serie que habrían ido a por él por tierra, mar y aire. Pero, al parecer, esos días habían llegado a su fin. Un cuarteto de trajeados a reventar de esteroides en un Cadillac bastaba.

No se pronunciaron palabras innecesarias. Le cachearon con pericia y le condujeron hasta el vehículo. Se sentó en el centro, entre dos hombres. Notaba el contacto de sus brazos musculosos. Estaban tensos, listos para impedir que Stone tratara de arrebatarles las armas. A Stone eso ni se le había pasado por la cabeza. Al ser cuatro a uno, llevaba las de perder y, caso de cometer tamaño error, como recompensa tendría un tatuaje negro en la frente, un tercer ojo. Tiempo atrás seguramente habría acabado con cuatro hombres mejor preparados sin apenas pestañear, pero aquello formaba parte del pasado.

—¿Adónde vamos? —‌No esperaba que le respondieran y no lo hicieron.

Al cabo de unos minutos estaba frente a un edificio que cualquier estadounidense habría reconocido. No tardaría en cambiar de entorno. Llegaron otros hombres de mayor rango. Estaba en el círculo restringido. Cuanto más se acercaba al centro, mayor era la cualificación de los agentes. Le escoltaron por un pasillo repleto de puertas. Todas estaban cerradas y no porque fuera tarde. Allí nunca se descansaba.

La puerta se abrió y se cerró. Stone volvió a quedarse solo, pero no por mucho tiempo. Se abrió otra puerta de la sala y entró un hombre. No miró a Stone, pero le hizo una seña para que se sentara.

Stone se sentó.

El hombre se acomodó al otro lado del escritorio.

Stone estaba allí de forma extraoficial. Normalmente solían registrarse todas las visitas, pero aquella noche era una excepción. El hombre vestía de manera informal con pantalones chinos, una camiseta de cuello abierto y mocasines. Se puso las gafas y rebuscó entre los documentos del escritorio. Solo había una luz a su lado. Stone lo observó con detenimiento. La expresión del hombre era intensa y resuelta. Era necesario para sobrevivir en aquel lugar, para no sucumbir al trabajo más difícil del mundo.

Dejó los documentos en el escritorio y se colocó las gafas en lo alto de la frente arrugada.

—Tenemos un problema —‌dijo el presidente de Estados Unidos, James Brennan‌—, y necesitamos que nos ayudes.

2

Stone estaba un tanto asombrado, pero permaneció impasible. No era recomendable mostrarse sorprendido en esa clase de situaciones.

—¿Un problema con qué?

—Con los rusos.

—Vale. —‌«Vaya novedad», pensó Stone. «Siempre hemos tenido problemas con los rusos.»

—Has estado allí —‌prosiguió el presidente. No era una pregunta.

—Muchas veces.

—Hablas su idioma. —‌Tampoco era una pregunta, por lo que Stone no repuso nada‌—. Conoces bien sus tácticas.

—Las conocía bien, pero hace ya mucho de eso.

Brennan esbozó una sonrisa sombría.

—Pasa lo mismo que con los peinados y la ropa, si vives lo bastante ves que las cosas de antes vuelven a ponerse de moda, incluidas, al parecer, las técnicas de espionaje.

El presidente se recostó y colocó los pies en el escritorio que la reina Victoria había regalado a Estados Unidos a finales del siglo XIX. Rutherford B. Hayes había sido el primer presidente en usarlo, y Brennan, el último.

—Los rusos tienen una red de espionaje en este país. El FBI ha detenido a varios y ha infiltrado a otros, pero carecemos de información sobre un gran número de ellos.

—Los países se espían los unos a los otros continuamente —‌dijo Stone‌—. Me extrañaría mucho que no tuviéramos operaciones en marcha en su país.

—Eso no viene a cuento.

—Vale —‌repuso Stone, aunque en realidad creía que sí que venía a cuento, y mucho.

—Los cárteles rusos controlan los principales canales de distribución de droga del hemisferio oriental. Las sumas que hay en juego son astronómicas. —‌Stone asintió. Lo sabía‌—. Pues ahora también controlan los canales del hemisferio occidental.

Eso Stone no lo sabía.

—Por lo que tengo entendido los mexicanos han quitado de en medio a los colombianos.

Brennan asintió con aire pensativo. A juzgar por su expresión cansada, debía de haber leído con detenimiento un buen puñado de informes ese mismo día para comprender a la perfección ese y otros asuntos de vital importancia. La presidencia devoraba todo atisbo de energía y curiosidad intelectual.

—Al final se dieron cuenta de que la distribución vale más que el producto. Esa porquería se puede hacer en cualquier lugar, pero lo importante es hacerla llegar al comprador. En este lado del mundo los compradores son los norteamericanos. Los rusos se han deshecho de nuestro vecino meridional, Stone. Se han abierto paso a base de asesinatos, bombardeos, torturas y sobornos, y ahora controlan al menos el noventa por ciento del negocio. Un problema bien grave.

—Creía que Carlos Montoya …

El presidente le interrumpió con impaciencia.

—Eso es lo que dicen los periódicos. La Fox y la CNN lo dan por la televisión y los expertos se ciñen a eso, pero lo cierto es que Carlos Montoya está acabado. Era la peor escoria de México. Mató a dos de sus hermanos para apoderarse del negocio familiar, pero no pudo con los rusos. De hecho, tenemos razones para pensar que está muerto. Los rusos son los más implacables de todos en el mundillo de las drogas.

—Vale —‌repuso Stone con tranquilidad.

—La situación era manejable cuando nuestro enemigo eran los cárteles mexicanos. No era lo idóneo, claro está, pero no suponía un problema de seguridad nacional. Lo combatíamos en las fronteras y en las zonas metropolitanas en las que los cárteles se habían infiltrado, sobre todo en las pandillas. Con los rusos es distinto.

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