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Authors: Marcela Paz

Tags: #Infantil

Papelucho

BOOK: Papelucho
11.94Mb size Format: txt, pdf, ePub
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"Es bueno dejar un diario cuando uno se muere para que la gente comprenda lo que uno era por dentro y conozca sus intenciones." Así explica Papelucho por qué escribe acerca de lo que sucede. Él es un niño, como todos los niños, que siente y que piensa como todos los niños del mundo, que tiene ideas geniales con las que evita aburrirse. Sus ocurrencias, como preparar un sándwich para un supuesto ratón goloso, adiestrar moscas para convertirlas en moscas mensajeras, montar un criadero de jaibas o crear una revista de chistes : Chistelandia, entre otras, siempre con buenas intenciones, son a veces incomprendidas por los mayores. Este Diario, el primero de la serie creada por Marcela Paz, nos introduce a la asombrosa imaginación, al corazón bueno y transparente, a la manera de describir sus pensamientos y sus sentimientos, de este niño de ocho años, quien se ha convertido en un clásico de la literatura infantil.

Marcela Paz

Papelucho

ePUB v1.3

ZirKo
27.05.2012

Título original:
Papelucho

Marcela Paz, 1947

Editor original: ZirKo

ePub base v2.0

Lo que sucede es terrible. Muy terrible y anoche me he pasado la noche sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca. Y yo sé que mientras no la haya contado no podré dormir. Le pregunté a la Domitila qué hacía ella cuando tema un secreto terrible. — Se lo cuento a otra — me contestó. — Pero, ¿si es algo que no se puede contar a nadie?.

— Entonces lo escribo en una carta.

— Tú no entiendes nada — le dije. — Es algo que no puede saberlo nadie.

— Entonces, escríbaselo a nadie — me dijo, y soltó la risa. Otra vez es de noche y ya debería estar durmiendo. Pensando en lo que dijo la Domitila, he decidido escribirle a "nadie", como ella dice, y que es lo que otros llaman su "diario". Cuando esté escrito, me habré librado de seguir pensando.

Yo tenía en mi laboratorio un frasco con un invento. Era hecho de muchas cosas y, entre otras, tenía dos cajas de cabezas de fósforos, Rinso, miel de abeja, un poco de aceite, crema para la cara y pólvora. La idea mía era ver lo que resultaba y por eso hice con él un sándwich para algún ratón goloso.

Lo dejé sobre mi velador, pero cuando volví, no estaba. Y la Domitila me dijo que se lo había comido. Naturalmente que a ella no podía decirle yo que estaba envenenada. Pero le pregunté qué haría si supiera que se iba a morir.

— Me daría una vuelta de carnero —dijo— porque la muerte es la felicidad del pobre.

—¿Y qué otra cosa más harías?

—Me daría una fiesta y gastaría mil pesos en comer…

—Toma —le dije—. Te doy lo de mi alcancía (treinta y dos pesos). Cómete algo bueno, pero sería mejor que te confesaras.

Me miró con cara de lagartija y me preguntó:

—¿Por qué cree que me voy a morir?

—Porque la muerte viene cuando menos se piensa —le contesté y me encerré en mi cuarto a pensar. Pensé que tal vez sería bueno que ella tomara un purgante, pero después pensé que sería peor. Pensé que debería decirle lo que le pasaba y pensé después que a lo peor se moría del corazón. Porque no hay seguridad de que se muera del veneno.

Es claro que, si se muere, yo deberé entregarme a la policía. Le escribiré una carta a mis padres y después me entregaré y cuando cumpla mi condena ya no seré culpable.

En la cárcel puedo estudiar para ser inventor, porque tendré toda mi vida libre para eso. Y, tal vez, cuando invente lo que habré de inventar, me absuelvan y todo.

Este pensamiento me pone más tranquilo. Pero lo terrible es estar esperando que suceda la muerte. Es decir, que a ratos me dan ganas que se muera pronto para arreglar mis cosas de una vez.

A la hora del té, la encontré pálida y sentí frío en el estómago. Le pregunté qué tenía y ella soltó la risa.

—Parece que ustéd se está enfermando de la cabeza —me dijo—. A cada rato me pregunta unas cosas... Y me mira con unos ojos... —y se rió otra vez. Es una suerte que la Domitila no tenga hijos y ella dice que no le hará falta a nadie. Eso es muy tranquilizador.

Ahora se me quiere ocurrir que no es cierto que se haya comido el sandwich y que me ha engañado. Quiero pensar que, como es tan mentirosa, me ha mentido otra vez. Con este pensamiento creo que podré dormir.

Enero 1

La Domitila todavía no se ha muerto. Yo hice una promesa para que no se muriera y prometí ser santo. Hoy regalé todas mis cosas, porque para ser santo es necesario regalarlo todo. Todo, menos mi pelota de fútbol, mi escopeta, mi revólver y otras cosas que necesito. Yo no me creo santo porque los santos nunca se creen que lo son. Me gustaría que Javier también fuera santo y me regalara su raqueta. Cuando yo sea santo, voy a hacer verdaderos milagros y que los pobres tengan aviones y cosas por el estilo.

Hoy es año nuevo, el aniversario del día en que Dios hizo el mundo. ¿Qué día sería antes?

Me cargan los días de fiesta, porque ya son; prefiero el día antes, porque entonces es "mañana" el día de fiesta.

Sin querer estoy escribiendo mi diario, pero si no escribo, no puedo dormir con este negocio de la Domitila. También es bueno dejar su diario cuando uno se muere para que la gente comprenda lo que uno era por dentro y conozca sus intenciones.

Inventé una oración, y eso que no tengo más que ocho años. La repartí a todos, porque tiene mil años de indulgencia.

Hoy hubo pollo para el almuerzo y postre de helados de fresas, y para la comida, lo que sobró del almuerzo. Pusieron las copas finas y una se quebró en mi asiento. Me gusta que vengan visitas porque así no hay boche en las comidas. A mí no me alcanzó postre, pero no importa, porque me lo había comido antes.

Ahora que no tengo útiles para hacer mis experimentos, tengo que hacerlos con las cosas de otro. Por eso le pedí a Miguel, el jardinero, que me diera un alicate y un alambre. Y tuve que regalarle dos corbatas de mi papá. Papá tiene demasiadas corbatas, y eso es como avaricia, y también hace que Miguel se ponga comunista.

Resulta que junté los alambres del teléfono con los de la lamparita del velador de mi mamá. Lo que yo quería era ver si salían luces del teléfono y voces de la lamparita. Pero nada de eso.

Cuando se hizo de noche, la casa estaba a oscuras y no había a quién llamar porque era día de fiesta y porque estaba descompuesto el teléfono. Pero yo saqué como pude mi instalación, y cuando llegó mi papá cambió los tapones y ¡listo! Ni siquiera hubo alboroto. Siempre es así: cuando uno cree que se va a armar la grande, no pasa nada.

Parece que se murió la señora de la casa de enfrente y había quince autos en la puerta y dos Mercedes Benz de ocho cilindros.

Enero 3

Anoche, cuando estaba durmiendo, desperté con la idea de que la Domitila se había muerto y me puse a pensar y pensar y, por último, me levanté a verla. Resulta que mi papá creyó que andaban ladrones por la casa porque una puerta se cerró de golpe y sacó revólver y todo. Dice que recorrió la casa entera y por suerte no me vio. La Domitila estaba roncando en su cama, y como yo creí que agonizaba, la desperté y ella me mandó a acostarme y me recomendó que me pusiera un paño frío en la cabeza para mis nervios. Pero no sé qué pasó que amaneció mi cama mojada y yo con tos. Y resulta que sólo después del almuerzo he tosido ya ciento ocho veces.

A lo mejor me voy a morir y, en ese caso, me gustaría que me enterraran en un cajón bien pobre y con la plata del fino le compraran chocolates a los niños pobres. También recomiendo que no me registren mis cajones y que le den alpiste a mi canario. Y que no lloren por mí, porque a lo mejor me voy al cielo.

BOOK: Papelucho
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