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Authors: Elvira Lindo

Tags: #Humor, Infantil y juvenil

Pobre Manolito (13 page)

BOOK: Pobre Manolito
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—¡No lo vuelvas a hacer, sólo faltaría que le pegaras a mi
Boni
el moquillo!

Mi madre cogió al Imbécil ahogándole entre sus brazos y le contestó:

—Será al revés, guapa, será tu
Boni
la que le pegue el moquillo a mi niño.

Yo no dije nada porque hay momentos en la vida en que hablar sería un riesgo innecesario, pero estaba claro que tenía razón la Luisa: no es que el Imbécil le pudiera pegar el moquillo, porque decir el moquillo a los cacho velones que le salen al Imbécil de la nariz es mentir descaradamente, es que el Imbécil le podía contagiar el mocazo. Lástima que ese tipo de producciones moquíferas no dan dinero en el mercado, que si no seríamos millonarios.

Mi madre se fue dando un portazo, pero el enfado no duró mucho porque a la media hora bajó a pedirle a su vecinita del alma que se quedara con nosotros mientras ella se iba al
hiper
. La Luisa le dijo al Imbécil al oído:

—Como se me ponga la
Boni
mala por culpa de tu chupete sólo le daré bombones al Manolito.

El Imbécil hizo como que entendía, como que estaba de acuerdo. Yo sé que es su táctica para que no le den la charla y seguir a su aire en la vida. Es un ser indómito.

El caso es que nos habíamos quedado en que la Luisa le pidió a mi madre que se quedara con la
Boni
un fin de semana y mi madre dijo: «Claro, por Dios, para eso estamos las amigas». Aunque luego por detrás mi madre se quejó de que el fin de semana de la
Boni
le descolocaba la economía del mes, porque, como ya te he dicho, la
Boni
no come cualquier porquería de las que comemos en casa de los García Moreno. La
Boni
es muy exquisita, tiene mejor paladar que la reina de España.

El viernes por la noche ya estaba la
Boni
con nosotros. Se trajo su hueso, su muñeco Pitufo (que también comparte con el Imbécil) y su cuna. Cuando mi madre se fue a acostar yo subí a la
Boni
a los pies de mi cama, pero la
Boni
no se conformó con eso: al despertarnos por la mañana vimos que se había colocado entre mi abuelo y yo y había puesto su cabeza en la almohada. Estábamos los tres abrazados mirando hacia la ventana. Al cabo del rato vino el Imbécil, como todos los sábados por la mañana, y con él llegó el escándalo, se puso a saltar encima de nuestras cabezas, la
Boni
se puso a ladrar y acabamos tirando a mi abuelo al suelo. Si hubieras estado habrías sabido lo que es morirse de la risa. Te lo perdiste. Se siente.

Mi madre vino a repartir collejas; estaba tan emocionada que una fue a parar a la nuca de mi abuelo, que gritó:

—¡Socorro, mi familia quiere matarme antes de desayunar!

Así son los sábados por la mañana en casa de los García Moreno: salvajes.

Desayunamos super-rápido porque el Imbécil y yo queríamos pasear a la
Boni
. Los dos empezamos a pelearnos en la escalera por llevar la correa.

—¡Llevadla por turnos! —nos gritó mi madre desde arriba—. ¡No te aproveches de tu hermano, Manolito, que es pequeño!

Aprovecharse del Imbécil, dice. Eso es imposible. Como le lleves la contraria te monta un pollo en plena calle que te has caído con todo el equipo. Salen todos los vecinos a las ventanas y me chillan:

—¿Pero no ves que es pequeño, Manolito?

—¿Pero no te da vergüenza hacerle rabiar a una criatura?

Esa criatura nació para dominarme.

Cuando llegamos al parque del Ahorcado soltamos a la
Boni
. Empezamos a tirarle palos para que fuera corriendo a por ellos, como hacen
Lassie
y otros célebres perros cinematográficos. Pero la
Boni
se subió al banco como pudo y se sentó con nosotros. Eso sí, miraba cómo tirábamos los palos con mucha atención. Es una perra muy observadora. El Imbécil y yo nos estábamos aburriendo jugando con una perra tan vaga, así que nos fuimos a los columpios. Yo estuve empujando el columpio del Imbécil con todas mis fuerzas. Cuando el Imbécil estaba arriba del todo, que parecía que iba a dar la vuelta completa, yo gritaba:

—¡Peligro de muerte!

Y el Imbécil se mataba de la risa. De tanto reírse le dio el
atragantamiento
y empezó a toser brutalmente, así que lo tuve que sentar en el banco. Cuántos problemas me da este niño. Le di unos cuantos golpes maestros en la espalda para encajarle la saliva en el tubo correcto cuando, de repente, nos dimos cuenta de que la
Boni
… ¡la
Boni
no estaba!

Empezamos a gritar:
¡Boni, Boni!
. Llegamos hasta las puertas de la cárcel de mi barrio y le preguntamos a un señor que debía ser un preso que acababa de salir en libertad después de cumplir una condena de cuarenta años y un día. El preso no había visto a la
Boni
. Ni tampoco la Porfiria, la panadera, ni el señor Mariano, que vende las chucherías. Nadie había visto a la
Boni
.

La Luisa nos mataría, y qué sería de una perra tan observadora y tan gorda, sola por la calle, sin amigos y sin hogar. Yo me puse a llorar y el Imbécil me ofreció el chupete como consuelo. Aunque no lo chupé (un chupete para tres me parece demasiado) se lo agradecí mucho, sé que viniendo de él es todo un detalle.

Con lágrimas en los ojos entramos en el bar el Tropezón, que es donde mi abuelo desayuna los sábados su descafeinado con gambas. Entonces fue cuando vi algo que siempre recordaré a no ser que se me olvide. No podía creer lo que mis gafas estaban presenciando: la
Boni
se había sentado en una silla y compartía la mesa con mi abuelo. Mi abuelo le pelaba las gambas y la
Boni
se las comía sin masticar, como si fueran píldoras.

—Fijaos si es lista la Marquesa que se ha venido al olor de las gambas. A eso se le llama saber seguir el rastro.

El Imbécil y yo nos sentamos también. Pedimos batidos y más gambas y patatas y aceitunas y cortezas y la
Boni
lo probó todo, aunque prefería las gambas a cualquier otra cosa.

Mi madre le echó la bronca a mi abuelo porque aquel sábado no probamos el cocido. La única que siguió comiendo fue la
Boni
y después, con su barriga repleta de garbanzos, se tiró en su postura de «ráscame la panza».

Cuando la Luisa vino a por ella el domingo, la
Boni
se despidió de nosotros con lágrimas en los ojos. Bueno, soy un mentiroso: los únicos que teníamos lágrimas en los ojos éramos mi abuelo, yo y el Imbécil.

La Boni va a la escuela

Dice mi abuelo que por la que se monta en mi escalera cada mañana parece que en vez de ir a la escuela me voy a la guerra de África. Mi madre me da unos besos en el rellano que resuenan por todo Carabanchel Alto, y que a mí me dejan hecho polvo, luego se saca el peine del bolsillo de la bata, me vuelve a repeinar, luego el Imbécil se pone a llorar, porque es un niño que no soporta separarse de mí (lógico). Entonces tengo que abrazarle a él, me deja los mocos en la camiseta, mi madre se va a por el trapo de cocina para limpiarme, me vuelve a repeinar, y de repente, sin saber por qué, mi madre, aquella que parecía tan cariñosa, se transforma y me grita directamente en el oído interno:

—¿Pero es que no ves que llegas tarde a la escuela?

Mientras bajo las escaleras voy oyendo los berridos del Imbécil. El vecino del cuarto, que no aguanta ni una, chilla como un energúmeno:

—¡Que le mojen el chupete en cloroformo a ese niño!

La Luisa, que vive en el segundo, sale como una posesa con la bata a medio poner y le contesta:

—¡Si le molesta que el angelico llore se cambia de escalera, de barrio y de nacionalidad!

Yo salgo rápidamente del portal porque odio la violencia, pero la cosa no acaba ahí. Cuando voy a doblar la esquina, oigo:

—¡Manolitooooo!

Es mi madre. Otra vez mi madre.

—¿Pero es que no te das cuenta de que te dejas el bocadillo? ¡Tiene que estar una en todo!

Con tanto beso se me olvida el bocadillo casi todas las mañanas, así que mi madre compró una cuerda espectacular para atar el bocadillo y bajarlo por la ventana.

—¿De qué es?

—¡De
chopped
! —me grita mi madre.

Siempre de
chopped
; hasta donde mi memoria llega, todos los recuerdos de todos los recreos de mi vida tienen sabor a
chopped
.

Pero entonces, la Luisa abre el portal y aparece con su chándal rosa fucsia y con una sonrisa misteriosa, y la
Boni
aparece también entre sus piernas, moviendo el rabo, y con la misma sonrisa misteriosa. Ya te dije: parecen hermanas siamesas. La Luisa se saca del bolsillo un huevo Kinder:

—Toma, Manolito, para que se te quite el sabor del
chopped
.

Yo le doy cinco besos a la Luisa porque sé que ésa es la forma de asegurarme mi huevo del día siguiente. Soy un pelota cariñoso. Cuando la
Boni
nos ve abrazarnos en la calle se pone en medio: es muy pelusona.

Esto sucede casi todos los días con ligeras diferencias, claro: unas veces la Luisa lleva el chándal rosa y otras morado, unas veces mi madre ata el bocadillo a la cuerda, y otras, si ya es muy tarde y no hay tiempo, lo lanza tipo «caída libre» y, si hay suerte, le cae en la cabeza a un señor que pasaba por ahí y el señor casi moribundo se pone a gritar llevándose la mano a la cabeza ensangrentada (aquí he exagerado un poquito), y de todas las ventanas de mi bloque salen todas las señoras y la
Boni
ladra porque a la
Boni
le pasa lo que a mí, que odia la violencia.

Ayer pasó una cosa que no había pasado nunca. Después de que la Luisa me diera el huevo a mí me entraron unas ganas terribles de hincarle el diente, así que lo abrí y me metí un pedazo en la boca. Tuve que pararme y cerrar los ojos para disfrutar de aquella felicidad sin límites. Creo que estaba a punto de levitar. Entonces, la
Boni
, que estaba echando la primera meadilla del día en el Árbol del Ahorcado vino corriendo como loca y se paró delante de mí.

—No te voy a dar,
Boni
, que estás muy gorda.

Pero la
Boni
me siguió mirando y se pasaba la lengua por el morro y me miraba con cara de pena. No sé si alguna vez te ha mirado de esa manera una perra, pero hay que ser muy inhumano para que no se te parta el corazón en cinco cachos. Corté un trocito, se lo di y eché a andar porque llegaba tarde. Cuando llegué a la esquina vi que la
Boni
me seguía.

—Vuélvete con la Luisa,
Boni
, que yo me voy a la escuela.

Le di otro trozo y le dije:

—Se acabó y se acabó, adiós.

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