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Authors: Francesc Montaner

Tags: #Intriga, #Policíaco

Seis aciertos y un cadáver

BOOK: Seis aciertos y un cadáver
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Un elegante cadáver español es encontrado en una playa de Río de Janeiro con signos de violencia. Para tramitar su repatriación, la Policía Nacional envía desde Barcelona al inspector Dani Prats, un policía sin vocación más preocupado por los asuntos pendientes de su vida privada que por los casos que se le asignan. Primero como observador en la investigación llevada a cabo por su homólogo en Río, y después al frente del caso con su equipo de Barcelona, Prats deberá indagar en la peculiar vida de la víctima para intentar reconstruir los hechos. Tirando de un hilo que lo llevará a verse con todos aquellos que tuvieron relación (directa o indirecta) con el asesinado, para acabar de encajar todas las piezas del puzle, Prats deberá averiguar quién juega sucio y quién sabe más de lo que dice. Los métodos que utilice para ello no quedarán reflejados en ningún expediente.

Frances Montaner

Seis aciertos y un cadáver

ePUB v1.0

Crubiera
02.04.13

Francesc Montaner, 2012.

Diseño portada: B de Bolsillo

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.1

Prólogo
Vamos a contar mentiras

—¿Es usted el inspector Prats? —me preguntó Hernández.

—Sí —respondí.

—¿Está usted divorciado?

—Sí.

—¿Trabaja usted en el Departamento de Narcóticos?

—No.

—¿En Homicidios?

—Sí.

—¿Tiene usted cuarenta y dos años?

—Sí.

—¿Su padre fue presidente de Estados Unidos?

—Sí.

Hernández miró a la agente Clara Vega, quien a su vez miraba el polígrafo, que no había detectado ninguna alteración ante mi mentira. Tal como me habían pedido, yo mantuve silencio.

—¿Seguimos? —preguntó una desconcertada Vega a su jefe.

Hernández asintió y volvió a la carga con las preguntas.

—Inspector Prats, ¿hoy es miércoles?

—Sí.

—¿Estamos en noviembre del año 2004?

—Sí.

—¿Estamos en Barcelona?

—Sí.

—¿Le consta a usted que alguno de sus compañeros de departamento haya realizado algún acto por el que debiera ser expulsado del Cuerpo?

—No.

—¿Tuvo su madre algo que ver con la disolución de la Unión Soviética?

—Sí.

Prats 2—Polígrafo 0. La noche apuntaba a goleada fácil.

—Párelo —le ordenó Hernández a su ayudante.

La agente Vega desactivó el polígrafo. Hernández resopló. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Miró al techo de la sala. Vega me lanzó una mirada cargada de odio por haber dejado en evidencia su detector de mentiras.

—¿Puedo quitármelo? —pregunté mientras me liberaba de los dedales y el brazalete que acababan de revelarse inútiles.

—¿Es usted hijo de Ronald Reagan o debo tirar el aparato a la basura? —me preguntó Hernández.

—Espero que su juguete tenga garantía, porque mi padre es profesor. —Tras levantarme de la silla, añadí—: Señores, si la Unidad de Asuntos Internos quiere encontrar trapos sucios, les sugiero que lo hagan con los métodos de siempre. Si en este país no sometemos a los delincuentes al polígrafo, de lo cual me vanaglorio, porque visto el resultado se nos iban a escapar a miles, no tiene sentido que lo utilicemos entre colegas.

—Dígame, Prats —me dijo Hernández—, ¿le consta a usted que alguno de sus compañeros de departamento haya realizado algún acto por el que debiera ser expulsado del Cuerpo?

—No.

—Los métodos habituales tampoco funcionan, Clara —le dijo Hernández a su ayudante—. No están dispuestos a colaborar. Siempre cubriéndose los unos a los otros, ¿verdad, Prats?

—Si quiere investigarme, hágalo —le reté, usando el mismo tono rudo con el que él me había hecho la pregunta.

—Ahora no. Me consta que usted está limpio. Pero, más tarde o más temprano, cometerá un error. Se desviará del camino correcto, Prats, porque trabaja en un departamento bastante contaminado. Es cuestión de tiempo.

—Si me meto en algún problema confío en que su máquina de la verdad vuelva a echarme un cable.

Salí de la sala y subí a la cuarta planta, donde estaba mi mesa. Eran ya las nueve de la noche y quedaban muy pocos policías en comisaría, la mayoría de los cuales fingía estar trabajando. Lo cierto es que sobre mi mesa no había demasiado trabajo y me dedicaba a buscar al asesino de Kennedy. En la comisaría donde trabajo, cuando decimos que alguien está buscando al asesino de Kennedy nos referimos a que no está trabajando en ningún caso, sino dedicándole un montón de horas a revisar casos que acabarán archivados sin haber sido resueltos. En resumen: mucho papeleo, mucho sello y mucha cháchara con otros polis junto a la máquina de café. Que yo estuviera a esas horas en mi puesto de trabajo se debía exclusivamente a la visita sorpresa que me habían hecho los de la Unidad de Asuntos Internos para hacer el ridículo padre con el polígrafo, y no a mi vocación de poli, que, la verdad sea dicha, no la he tenido jamás. Ingresé en la policía simplemente para conseguir un trabajo seguro y más o menos bien remunerado.

Aquel miércoles, como todos los miércoles, había quedado con Silvia para ir a cenar. La había telefoneado antes de entrar en la sala donde me esperaba Hernández con su polígrafo para decirle que, debido al contratiempo, me iba a ser imposible acudir a la cita.

—Si acabas antes de las diez, llámame —me dijo Silvia—. Si no, podemos vernos el sábado, Prats.

Prats. Silvia me llama Prats, como mis compañeros de la policía. Mis padres también me llaman Prats. Todo el mundo me llama Prats. Les debe de parecer más práctico que mi nombre de pila.

No la llamé. Preferí coger mi
scooter
japonés y parar en un restaurante chino para llevarme la cena a casa, beber cerveza mexicana y pensar. Hacía tiempo que no pensaba. Sin prisa por ir a dormir, me puse un CD de Marlene Dietrich y me tumbé en el sofá de mi apartamento amueblado, en el que me instalé con carácter provisional tras huir de mi vida de casado con Elena y cuyo contrato esperaba renovar (por segunda vez) en breve.

Elena y yo nos hicimos novios en el último año de carrera. Tras cuatro años sin cruzar demasiadas palabras y de prestarnos apuntes alguna que otra vez, en el segundo trimestre del último curso coincidimos en una fiesta, me dio su teléfono y, con la calma que imponían las formas en la Barcelona de los 80, después de varios cines y de a saber cuántos cafés nos besamos en el coche de mi padre. Lo de acostarnos iba a hacerse esperar unos meses más. Elena fue la novia con la que me carteé y a la que eché de menos durante el año que cumplí el servicio militar. El sorteo me deparó el premio gordo: Melilla. Luego vino la boda, el piso y nuestro hijo Óscar, que nació en mayo del 96, año en el que nuestra relación hacía aguas por todos lados. Un año más tarde, lo nuestro acabó tan mal como todo apuntaba y me mudé al apartamento, donde los primeros meses venía a verme mi amante, una mujer que esperó a que me enamorara de ella para dejar de engañar a su marido. Una mala racha. Malditos noventa.

Estuve pagando la pensión de mi hijo solo seis meses, tiempo durante el cual a Elena le dio tiempo de conocer a un asesor financiero también recién divorciado con el que se fue a vivir tras un breve noviazgo para, finalmente, casarse por lo civil. Poco después de la boda, Elena me llamó para decirme que Óscar estaba encantado con su marido, en el que encontraba la figura del padre que yo le había escatimado. La metralla con la que cargó concienzudamente sus palabras me dejó el alma hecha añicos… aunque al menos me dio la buena noticia de que me eximía de pagar la pensión. Al bueno de su marido parecían irle muy bien los negocios.

Dejé de ver a Óscar cada quince días convencido de que era lo mejor para todos. Elena prometió avisarme si el niño tenía algún problema; ante la ausencia de noticias, deduje que a mi hijo Óscar todo le iba a pedir de boca con su madre biológica y su padre de ocasión. Como mecanismo de defensa, me fui convirtiendo poco a poco en un tipo cada vez más solitario que, a diario, trataba de autoconvencerse de que tenía un pedazo de hielo donde debería haber un corazón.

«No necesitas a nadie», me repitió miles de veces mi reflejo, mirándome a los ojos mientras con una toalla eliminaba restos de espuma de afeitar.

El paso del tiempo destapó la farsa: necesitaba recuperar la relación con mi hijo. El primer paso lo di enviándole a Elena una carta escrita a mano, con mi caligrafía imposible que ella había aprendido a descifrar copiando mis apuntes y leyendo mis cartas melillenses. Le proponía vernos para hablar de mi reencuentro con Óscar. Dos semanas después de haberla enviado, seguía sin tener respuesta.

Con mis antecedentes sentimentales, cualquiera puede imaginarse que no estaba yo por la labor de liarme con nadie, aunque algunos indicios apuntaran a que Silvia y yo íbamos a cometer la torpeza de besarnos cualquier miércoles. Ella parecía muy enamorada de mí. Siempre estaba disponible cuando la llamaba y, casualmente, los modelitos que escogía cuando quedaba conmigo daban poco juego a la imaginación. Silvia acababa de cumplir los cuarenta y quería sacarse conmigo la espina de no haber vivido todavía una historia de amor mínimamente decente.

Por mi parte, yo prefería no complicarme la vida. No negaré que Silvia me gustaba, pero tampoco que me resultaba más cómodo seguir viviendo nuestro eterno prolegómeno y no dar ningún paso del que estaba seguro que me iba a arrepentir. Me bastaba con verla los miércoles y algunos sábados para cubrir mi cuota de sociabilidad. Cuantos más años cumplo, menos necesito relacionarme con nadie. Me he quedado casi sin amigos y ya me va bien.

—Ningún solitario lo es por vocación, Prats, sino porque no sabe más —me dijo mi madre cuando me divorcié.

Me serví la última Coronita de la nevera y volví a tumbarme en el sofá. Dándole vueltas a todo me dieron las cinco de la mañana. El CD de la Dietrich por poco no echaba humo. Decidí dos cosas casi al mismo tiempo: dejar de pensar en Silvia y no ir a trabajar al día siguiente. A no ser que estemos metidos de lleno en alguna investigación, los polis nos permitimos muchas licencias horarias. Los de Asuntos Internos también. Hernández no iba a controlar mis ausencias; lo suyo era remover otro tipo de mierda, de la que yo, por aquel entonces, estaba limpio.

Por aquel entonces, claro… porque esa misma noche, a la misma hora que yo apuraba una Coronita al son de
Lili Marleen
, minuto más, minuto menos, se asesinaba a un español a miles de kilómetros de la vieja Europa.

Ya han pasado dos años desde que mi jefe delegó en mí la investigación de aquel asesinato. Poco podía yo imaginar que aquel caso ribeteado con algunos ingredientes exóticos fuera a tener una incidencia tan grande en mi vida.

Espero que Asuntos Internos no meta nunca las narices en un caso que ya está cerrado.

Primera parte
El procedimiento
Cadáver español sobre arena carioca

Los que mandan lo llaman procedimiento. Los que obedecemos órdenes lo llamamos «es lo que hay».

Aquella mañana de noviembre, cumpliendo con su horario y cometido, una brigada de limpieza barría la arena de una playa de Río de Janeiro. Latas, jeringuillas, tubos de pegamento secos, preservativos, envoltorios de preservativos, papeles de periódico… Un silbido perfecto, ejecutado con los dedos en la boca, resonó en toda la playa. Quien silbó fue Gisele, que con los brazos indicó a sus compañeros de brigada que se acercaran. Algunos caminaron hacia ella con pesados pasos; cuesta caminar sobre la arena. Otros prefirieron seguir con su trabajo; la playa debía estar lista a las ocho y había ganas de acabar. A medida que se acercaban a Gisele empezaron a distinguir un bulto negro a sus pies. A veinte metros podía parecer un perro, un saco o una maleta. A menos de diez la distancia ya no engañaba ni al de las gafas de culo de vaso: era un fiambre. Llevaba un buen traje. Hombre blanco, seguramente de unos cuarenta, aunque la muerte engaña; nos hace parecer mayores.

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