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Authors: David Safier

Tags: #Humor

Yo, mi, me… contigo

BOOK: Yo, mi, me… contigo
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Ya es bastante difícil que un hombre y una mujer compartan la vida. Pero cuando un hombre y una mujer tienen que compartir además el mismo cuerpo, el caos es completo… Rosa busca soluciones para su corazón roto. Un día, mediante hipnosis, es transportada al pasado, con tan mala fortuna que se ve transformada en un caballero que está batiéndose en duelo. Estamos en el año 1594, y ese hombre se llama William Shakespeare. Rosa no podrá volver al presente hasta que descubra qué es el verdadero amor, y para lograrlo sólo cuenta con la ayuda de un Shakespeare enamoradizo que odia sentirse controlado por una mujer. Mientras discuten entre ellos compartiendo un mismo cuerpo, se darán cuenta de que antes de poder amar a alguien deben aprender a quererse a sí mismos.

David Safier

Yo, mi, me… contigo

ePUB v1.2

Carlos.
25.03.2012

Diseño original de la colección: Josep Bagá Associats

Título original:
Plötzlich Shakespeare

Primera edición: octubre 2011

© Rowohlt Verlag GmbH, Reinbeck bei Hamburg, 2010

© Editorial Seix Barral, S. A., 2011

© Traducción: Lidia Álvarez Grifoll, 2011

ISBN: 978-84-322-0941-3

A Marion, Ben y Daniel…

… y, naturalmente, también a Max:

sin vuestro ser, mi ser sería un «no ser».

ADVERTENCIA AL LECTOR

Este libro tiene una falta de fundamento histórico impresionante.

1

¡Vaya, hombre, yo era una especie de mujer cliché! Comparadas conmigo, incluso las protagonistas de las películas de Hollywood eran de lo más original: llevaba años siendo una
single
, mi reloj biológico me estaba tocando lo que no suena y me bañaba en una piscina de autocompasión: mi gran amor iba a casarse con su gran amor y, por desgracia, no era yo.

—¿Qué tiene ella que no tenga yo? —lloriqueé mientras cogía de mi desastre de nevera una botella de licor de hierbas Ramazzotti.

—Tiene estilo, Rosa —contestó Holgi, mi mejor amigo homosexual que, a diferencia de los mejores amigos homosexuales de las protagonistas de Hollywood, no estaba como un tren, sino que más bien parecía un pequeño
hobbit
.

—Hay preguntas que no quieren respuesta —suspiré, y puse la botella y una copa encima de la mesa.

—Y parece una top model —prosiguió Holgi a pesar de todo. Él creía firmemente que los amigos tenían que tratarse con absoluta sinceridad.

Y, desgraciadamente, tenía razón: mientras que Olivia tenía un tipo que haría que hasta Heidi Klum se tirara de los pelos de envidia, yo tenía celulitis, las pantorrillas demasiado gruesas y, con mala luz, parecía un puma con la tripa caída.

Lo dicho, yo era un cliché total.

—Y ha estudiado una carrera.

—¡Yo también! —protesté.

—Tú, Magisterio en Wuppertal. Ella, Medicina en Harvard.

—Cállate ya —contesté, y me serví un Ramazzotti.

—Además, es de la misma clase social que él, Rosa.

—¿Qué parte no has entendido de «cállate ya»? ¿«Cállate» o «ya»? —pregunté.

—Y no es tan respondona como tú —dijo sonriendo burlón.

—Ya sabes —comenté con una sonrisa agridulce— que tengo muchos aparatos idóneos para arrancarle a alguien su virilidad… las pinzas para los espaguetis…, el exprimidor… la batidora.

—Y tiene buenos modales.

—¿O sea que yo los tengo malos? —pregunté, y bebí un sorbo de mi Ramazzotti.

—Bueno, Rosa, tú siempre ríes demasiado fuerte, a veces eructas y amenazas a tipos muy agradables y atractivos con despojarlos de su virilidad. Además, reniegas como si fueras la hija ilegítima de Uli Hoeneß y del pato Donald.

—Prefiero no imaginar el acto de procreación entre los dos —respondí.

Desgraciadamente, mi amigo también tenía razón en lo de los modales. Mientras que Jan siempre sabía exactamente cómo había que comportarse en un restaurante de postín, yo ya estaba contenta si reconocía el cuchillo del pescado y no hacía el ridículo al leer la carta y preguntar cosas como: «¿Vitello Tonnato no es un cantante italiano?»

Me quedé mirando la foto de la invitación a la boda: Jan y Olivia formaban una pareja de película, algo que Jan y yo nunca habríamos podido ser. Sin embargo, habíamos creído que estábamos hechos el uno para el otro. Eso había sido en otra época, cuando nos conocimos, el día en que le salvé la vida. Fue en la playa de Sylt. Yo tenía veintitantos años y estaba con Holgi de vacaciones en el camping; Jan pasaba las vacaciones con sus amigos de Harvard en la casa de veraneo de sus padres en Kampen. Sí, exacto, no sólo procedíamos de dos mundos distintos, sino también de dos universos distintos.

Si a Jan no le hubiera dado un calambre mientras nadaba y yo no me hubiera dado cuenta, seguramente nunca nos habríamos conocido. Y él se habría ahogado. Pero nadé unos pocos metros hacia él —en aquella época estaba más o menos en forma física—, me sumergí y lo saqué, casi inconsciente, a la superficie. Acudieron los socorristas en una lancha y nos subieron a bordo. Jan volvió a abrir los ojos cuando ya estaba en la barca. Me miró con sus maravillosos ojos verdes y susurró fascinado: «Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca.»

Y yo susurré: «Gracias, igualmente.»

Fue amor al primer susurro.

En cambio, la madre de Jan, que no me tragaba, valoraba ese primer encuentro de manera no tan romántica: «Su amor por ti lo provocó la falta de oxígeno.»

En realidad, yo fui un dolor de muelas para la distinguida familia de Jan, sobre todo después de presentarles a mis padres. Cegados por nuestro amor, Jan y yo habíamos considerado atractiva la idea de que nuestros padres se conocieran en una cena informal. Desgraciadamente, la reunión se transformó en el peor encuentro de dos bandos distintos desde la batalla de Stalingrado.

Al principio, todos se esforzaron: los padres de Jan explicaron solícitamente sus vacaciones en un club de golf en las Seychelles, y mis padres hablaron jovialmente de su parcela en el camping. Entonces mi madre comentó divertida que había contraído una infección vaginal por hongos muy molesta en Badesee.

Acto seguido, la madre de Jan apartó a un lado su plato.

Mi padre no se dio cuenta y se sintió obligado a comentar que, ahora, él también necesitaba pomada fungicida. Entonces, el padre de Jan también apartó a un lado su plato. Y yo me pregunté si a mi edad aún podía conseguir que alguien me adoptara. La madre de Jan, mosqueada, calificó a mis padres de «rústicos originales», a lo que mi madre replicó: «Mejor rústicos que estirados.» A partir de ahí, la velada cayó en picado: acabó antes de los postres, con la recomendación de mi madre a la madre de Jan de «vomitar la escoba que se había tragado», y con la recomendación de la madre de Jan a su hijo de «buscarse a una mujer en un establo de más categoría».

Al final, Jan y yo nos quedamos solos en la mesa del restaurante, yo me zampé con tristeza tres de las seis raciones de tiramisú que habíamos pedido y no sentía el más mínimo entusiasmo ni por mi establo ni por el de Jan.

Cuando estaba a punto de apurar de un trago el Ramazzotti, Holgi añadió:

—Pero hay una cosa que tú tienes y Olivia no.

—¿Padres que hablan de hongos vaginales?

—Sí. Pero me refería a otra cosa.

Puse los ojos en blanco, no quería oír nada más.

—No te preocupes, sólo pretendo completar mi lista —dijo Holgi con una sonrisa de ánimo.

Quizás, pensé, también le oiría decir algo agradable. Así pues, decidí seguirle el juego:

—Vale, ¿qué tengo yo que no tenga esa guarra?

—Olivia no lo ha engañado.

—¡Yo tampoco he engañado nunca a Jan! —protesté, y apuré de un trago el Ramazzotti.

—Sí lo hiciste, Rosa —objetó Holgi, sonriendo amablemente.

—Cuestión de definiciones —contesté tímidamente, sabiendo con exactitud que la definición no dejaba mucho margen de maniobra.

Ocurrió exactamente dos años atrás. Con el paso del tiempo, nuestro maravilloso amor había cambiado. Habíamos empezado como Romeo y Julieta y nos convertimos en Romeo y la Dromedario. Al menos así me sentía yo, que iba con la autoestima por los suelos. En esa época, Jan era ya un dentista de éxito, propietario de una consulta enorme con laboratorio dental anexo en el centro de Düsseldorf, y yo sólo era una insignificante maestra a la que no le gustaba demasiado su trabajo. Cada día me preguntaba más y más qué hacía un hombre tan maravilloso, exitoso y cosmopolita como Jan con una mujer tan mediocre como yo. Una pregunta que, por cierto, también se planteaban muchas personas de su entorno.

Yo contaba con que en cualquier momento Jan me engañaría con una de las muchas mujeres de bandera que sus amigos, sus padres y sus colegas le presentaban continuamente con la esperanza de que Jan reconociera de una vez por todas que sería mejor enviarme al desierto, a ser posible sin agua.

Por eso fue tan edificante para mi autoestima que Axel, el profesor de gimnasia y ciencias naturales, intentara ligar conmigo en una fiesta con la gente del trabajo. Axel era un ligón tronera y sumamente encantador, que se parecía a Hugh Jackman y se había acostado más o menos con todas las maestras del mundo occidental. Yo era la única a la que aún no había logrado seducir porque yo quería mucho a mi Jan. Seguro que eso también era lo único que me hacía atractiva a sus ojos; Axel necesitaba mi foto para completar su álbum de trofeos.

En la fiesta, mientras sorbíamos un ponche de frutas tras otro y nos comíamos la fruta macerada en alcohol, Axel estuvo flirteando conmigo. Me hizo cumplidos e incluso consiguió que el término «maciza» me pareciera halagador. Al final, cuando se ofreció a acompañarme a casa, me entraron calores, puesto que estaba claro que sólo me llevaría a casa después de hacer una paradita en su piso. Me despedí a toda prisa de él y salí corriendo al exterior, donde me recibió un aire sofocante de tormenta de verano. Sin embargo, Axel no aflojó, me siguió afuera y me susurró al oído con voz profunda:

—Tú también quieres, Rosa.

La elocuencia no era precisamente su fuerte. Pero sí la espontaneidad. Me estrechó resuelto entre sus brazos, me atrajo hacia él y… qué voy a decir… Estaba borracha. Hacía calor, bochorno… Y yo sólo soy una mujer.

Axel me besó salvajemente, pero eso encajaba con un tipo que se parecía al actor que interpretó a Lobezno en el cine. Mientras mi conciencia realizaba los últimos intentos de lanzar una advertencia, mi libido gritaba de alegría, a coro con mi maltratada autoestima, que se sentía revaluada por el interés de aquel hombre atractivo. Lástima que a Jan se le hubiera ocurrido la idea de venir a buscarme a la fiesta porque habían anunciado tormenta y sabía que me daban miedo. Era un hombre tan tierno, tan cariñoso.

Cuando nos pilló, a Axel y a mí, besuqueándonos, preguntó conmocionado:

—Rosa… ¿qué estás haciendo?

—¿A ti qué te parece? —contestó Axel.

La delicadeza tampoco era su fuerte.

Yo sólo miraba fijamente la cara de espanto de Jan. En ese momento tendría que haberle dicho que lo había hecho por complejo de inferioridad, que el rechazo de sus amigos y de su familia me destrozaba… Pero, en vez de eso, balbuceé:

—Yo, ejem… Tenía una cosa en la boca… y él quería ayudarme…

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