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Authors: José L. Collado

El día que murió Chanquete

 

Sentado en el café del aeropuerto, Jesús espera a Barry. Cruza su cabeza la ¡dea de que no aparezca. Problemas familiares de última hora, miedo a la aventura que están a punto de empezar...

Pero, ¿cómo llegó él a Irlanda? Quedan pocos minutos para embarcar, tiempo de sobra para recordar. Recordar cómo descubrió por qué compraba siempre la leche en botella y nunca en tetrabrick, o por qué prefería una copa a un vaso de tubo: las curvas eran la respuesta. Sí, le gustaban las curvas y los hombres acolchados, los bears y los chubbies, los osos amorosos y, sin saber aún por qué, Chanquete. Y cómo decidió que debía ser capaz de diferenciar entre amor y sexo. Y cómo, a pesar de todas las precauciones, un día se enamoró. De Enric. Y cómo Enric fue incapaz de responder a ese amor. Y cómo los tópicos tienen algo de verdad: el tiempo lo cura todo.

Ahora, exiliado sentimentalmente en un país que apenas soporta, se dispone a emprender una escapada iniciática. No para él sino para Barry, aprendiz tardío y sin embargo aventajado. Un fin de semana en Londres, libres de toda atadura. Lo que no puede imaginar, mientras mira el reloj porque el tiempo pasa y Barry no aparece, es que la historia vaya a repetirse aunque, en esta ocasión, los papeles estén cambiados.

«Eclecticismo. José L. Collado es un fiel soldado de esa marca y no le importa confesar que lo mismo le ha podido influir el Nietzsche de Zaratustra que
La historia interminable
de Michael Ende. En el libro nadan con idéntica naturalidad Las Grecas y los Red Hot Chilli Peppers o Puccini, Audrey Hepburn y Tamara (la mala). Y es así como en esa melé, en ese batido y batiburrillo acelerado y loco de nuestras ciudades grandes y pequeñas, en Valencia, Barcelona o Dublín, las calles por donde discurre este libro global y fieramente posmoderno, se mezclan familias infelices y tiernos osos promiscuos.»

Jesús Ruiz Mantilla

José L. Collado

El día que murió Chanquete

ePUB v1.1

Polifemo7
10.07.11

©José L. Collado, 2007

©Editorial EGALES, S.L. 2007

Cervantes, 2. 08002 Barcelona. Tel.: 93 412 52 61 Hortaleza, 64. 28004 Madrid. Tel.: 91 522 55 99
www.editorialegales.com

ISBN: 978-84-88052-34-6 Depósito legal: M-16632-2007

©Ilustración de portada: Pachi Sueiro

Diseño y maquetación: Cristihan González

Diseño gráfico de cubierta: Nieves Guerra

Imprime: Infoprint, S.L. c/ Dos de Mayo, 5. 28004 Madrid.

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A Gerardo

Prólogo - De cómo Chanquete nos marcó a todos

Aquel hombre que acompasaba su carcajada con el ritmo de una sabiduría serena, ese pescador retirado que había dejado su barco varado en la roca de una ética extraña, precursora de un balbuciente ecologismo que luego nos marcó tanto, se presentaba ante nosotros como una imagen de Dios padre en el cuerpo de Antonio Ferrandis con apóstoles desorientados en bicicleta y con una especie de María Magdalena rubia y cursilona que le tenía como confesor. Todos ellos habitaban una serie de televisión hecha con aparente inocencia, que nos alertaba de nuestros propios males: los primeros granos, el paréntesis que suponía aquel verano detenido, como un refugio para espantar el miedo al futuro entre esa acumulación de indomables erecciones lubricadas con brisa marina que dio resultados muy diversos, como puede ser esta primera novela de José L. Collado.

Que Chanquete representaba la irreductible decencia de un país que todavía creía en algo y a fuerza de repeticiones —porque
Verano azul
debe ser la serie de televisión más repuesta de la historia audiovisual— iba abduciéndonos en diferentes lecturas de su manera de ser entre anárquica y resignada, como de Quijote atrapado por la brea y el salitre, resultaba evidente. Sin duda, el personaje fue amante de una juventud perdida entre pesca de bajura y lonjas en las que no se vendía otra cosa que no fuera pescado fresco y sudor debajo de carteles en los que se podía leer: «No blasfeméis», junto a las vírgenes de cada puerto, porque a los santos siempre les ha importado más su propia honra que las vidas arriesgadas en cada salida de los hombres de la mar.

Esa visión del ejemplo admirable creado por Ferrandis y Antonio Mercero, maestro de la España sociológica, es más o menos democrática. Pero la fuerza legítima de un escritor de verdad consiste en darnos otra perspectiva ajena y a contracorriente de la mayoritariamente aceptada, en deslumbrarnos o provocarnos con otro punto de vista y defenderlo por muy iconoclasta, heterodoxo y salvaje que sea éste. Así hace Collado transgrediendo y desvirgando de forma transparente a ese icono, a ese divino catódico que fue el impoluto pescador de nuestras transiciones. Eso es el punto de partida de
El día que murió Chanquete.
Un punto de partida que nos lleva a puertos extraños para la mayoría: los de una generación que ha querido vivir su libertad en España de manera radical, con todas sus consecuencias en lo que se refiere a la identidad y a la búsqueda, ajena a la carga de una moral castrante, sana por el propio riesgo emocional a la que se ve expuesta. Una libertad que es tan madura como inmadura y que vive vilipendiada entre las corrientes de la duda y del miedo, agarrada al sexo como a un clavo ardiendo, porque los retos que se auto impone son mucho más serios y ambiciosos que los que existían antes, cuando vivíamos adormecidos en un pasado de blancos y negros, entre el dogmatismo de los púlpitos más oscuros y las barricadas de las ideologías más resplandecientes.

Para Collado, Chanquete es todo aquello que ha sido para los demás. Pero eso resulta sencillamente anecdótico. Lo que realmente le importa a este autor, a quien hay que augurar un sólido futuro explorando folios en blanco, es la categoría de objeto sexual que Chanquete le despierta. He ahí la rareza. Mientras los adolescentes de entonces podíamos matarnos a pajas con mitos eróticos de la movida, el
punk
o Hollywood —a quién no le han salido granos con la misteriosa Blondie, los rizos de Olivia Newton John, con la fastuosa Jessica Lange de
King Kong
o a tres manos con
Los ángeles de Charlie
—, Collado se veía sorprendido por las inexplicables erecciones que le producía la imagen de Chanquete. El hombrecillo le ponía.

Esa fascinante depravación es la que hace arrancar de manera cristalina su novela. Y con ese arranque, cómo no dejarse llevar hacia donde el escritor nos proponga. Aunque se declare una y otra vez perdido, desubicado, con el germen de la posmodernidad ya balbuciente entre la pelusilla de su agitada pubertad y aun a riesgo consciente de ser carne de cañón de la más firme seña de identidad de nuestra época: el eclecticismo. José L. Collado es un fiel soldado de esa marca y no le importa confesar que lo mismo le ha podido influir el Nietzsche de Zaratustra que
La historia interminable
de Michael Ende. En el libro nadan con idéntica naturalidad Las Grecas y los Red Hot Chilli Peppers o Puccini, Audrey Hepburn y Tamara (la mala). Y es así como en esa melé, en ese batido y batiburrillo acelerado y loco de nuestras ciudades grandes y pequeñas, en Valencia, Barcelona o Dublín, las calles por donde discurre este libro global y fieramente posmoderno, se mezclan familias infelices y tiernos osos promiscuos.

Además, es difícil arrugarse y no dejarse arrastrar hacia ese mundo paralelo a la «decencia» y a las buenas costumbres que nos muestra Collado porque ha decidido dotar a su novela de una poderosa voz. Tal y como creen los escritores que hoy nos atraen más a ambos, al menos en mi caso, que me confieso preso y convicto de las fuentes contundentes que nos da la literatura de Phillip Roth, de Michel Houellebecq, de la mejor Amélie Nothomb o como ha hecho últimamente de manera magistral Antonio Muñoz Molina con
El viento de la luna.
La voz, la memoria, el discernimiento escurridizo del yo en cada página, que se nos escabulle y seguimos atrapando en la siguiente, es el motor que nos conduce a avanzar, a crearnos y a recrearnos entre la desvergüenza y el narcisismo.

No ha elegido otro camino José L. Collado. El camino de la desnudez, el tortuoso reflejo del espejo ardiente, como en los cuadros de Lucien Freud.

JESÚS RUIZ MANTILLA

Primero

El día que murió Chanquete yo tenía ocho años y un brazo escayolado. Como todos los niños del país, odié a aquellos especuladores inmobiliarios que le apedrearon para poder construir sobre su barco. Bueno no, yo les odié más que nadie, con todas mis fuerzas. Porque yo le quería. No como al padre comprensivo que todos hubiésemos querido tener. No como al sabio solitario siempre dispuesto a escuchar. Chanquete fue mi primer amor.

Diecisiete años después, el Destino nos sentó codo con codo en el patio de butacas del Teatro Principal de Valencia. Fue poco antes de su muerte real, y el Chanquete de mofletes rubicundos y panza respingona se había transformado en el anciano Antonio Ferrandis, demacrado y enfermo, huesudo y triste.

Alguien me contó que nunca pudo superar la muerte de su compañero de toda la vida.

Cruza mi cabeza la idea de que no aparezca. Problemas familiares de última hora, miedo a la realidad de la aventura que estamos a punto de empezar... Vendrá. Llevamos dos meses planeándolo y no dejaría pasar una oportunidad como esta.

Desde el taburete del Bewley's, oteo la entrada del vestíbulo ante un capuchino en vaso de papel. Capuchino. Lo más parecido a un simple café con leche que se puede encontrar en esta ciudad inerte. He terminado por acostumbrarme al café aguado, a los precios obscenos, a la gastronomía nula y al alcoholismo social. Pero no puedo con las tinieblas húmedas que la cubren once meses al año. El recogimiento y la exploración interior están muy bien el primer año; al segundo invierno ya no hay mucha vida interior que rascar; y el tercero es una pesadilla deprimente y uno llega a comprender que esta gente se tire por los acantilados de Moher o huya a Salou en cuanto tiene oportunidad.

Hace cinco minutos que debería estar aquí. Vendrá. Este es un first que nunca dejaría escapar. Es EL first.

Me contó su teoría de los firsts en una de nuestras primeras charlas de sobrecama. Tras una vida de sumisión a los convencionalismos de una sociedad hiperconservadora, la crisis de los 40 le dio la patada en el culo que necesitaba para liberar al pequeño aventurero que llevaba dentro. Decidió, a partir de ese momento, probarlo todo al menos una vez. Me lo contó sumidos en la asfixiante bruma de efluvios corporales, humo, poppers y velas aromáticas, sujetando apenas con la punta de los dedos el porro que yo le acababa de pasar, evitando el contacto con la sustancia prohibida en un gesto inconsciente, vestigio de su recto pasado. Aquel fue su primer canuto, pero no sería el último.

Ese no fue el único de sus firsts que yo propicié, aunque también es cierto que hubo otros ajenos, e incluso contrarios, a mi voluntad. Al poco de conocernos me mostró satisfecho un tatuaje recién perpetrado en su hombro izquierdo, un símbolo que yo había visto ya en forma de anillo en todas las joyerías de Dublín y que siempre me pareció el perfecto ejemplo del mal gusto irlandés. Odio los tatuajes en general, pero reconozco que la iconografía celta, tan representada en epidermis del mundo entero, posee ciertos diseños elegantes y elaborados que, al margen de su significado mitológico, tienen un indudable valor estético. No era el caso. Le miré con cara de «vaya cagada» y él se apresuró a explicarme que era el símbolo de Claddagh, un anillo tradicional irlandés originario del siglo XVII en el que el corazón central representa el amor, las dos manos que lo sujetan serían la amistad, la corona que lo cubre significaría lealtad, eterna fidelidad y bla bla bla. ¿Eterna fidelidad?, le solté con toda la sorna del mundo. Sonrió con su cara de pillo y me dijo que lo había elegido más como símbolo patriótico, que en la gran hambruna del siglo XIX (el mayor trauma en la historia de este país), los irlandeses forzados a emigrar a medio mundo llevaban el anillo de Claddagh con orgullo, como símbolo de su origen y como conexión espiritual con su amada y paupérrima isla. Yo le dije que vale, que por qué no se ponía el anillo como todo el mundo. Me contestó que ya tenía uno, pero que siempre había querido hacerse un tatuaje y no se había atrevido hasta ahora. A las pocas semanas ya estaba pensando en un pirsin en el pezón, idea que finalmente abandonó siguiendo mi consejo o, quizá, temiendo la reacción en su casa, donde al parecer no entusiasmó demasiado la inesperada aparición del corazón indeleble, por muy simbólico y patriótico que fuese.

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