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Authors: Lindsey Davis

Tags: #Histórico, Aventuras

El mito de Júpiter

 

Uno de los extremos del Imperio, Londinium, está viviendo una etapa de esplendor. Posee ya un foro y un anfiteatro, el comercio está cobrando un gran empuje, la expectativas económicas son inmejorables…, un escenario idóneo para que florezca el crimen organizado. Y aun así, el investigador privado Marco Didio Falco ni se imagina que sus vacaciones a la capital britana se convertirán en una auténtica pesadilla. No tarda en tropezarse con el primer cadáver, y un asesinato le llevará a otro en una trama llena de enigmas e ironías del destino. Además de verse las caras con todo tipo de delincuentes (asesinos a sueldo, proxenetas, estafadores…), deberá enfrentarse a una turbulenta etapa de su pasado sentimental de la que creía no haber dejado pistas.

Lindsey Davis

El mito de Júpiter

La XIV novela de Marco Didio Falco

ePUB v1.0

tagus
24.08.12

Título original:
The Myth of Jupiter

Lindsey Davis, 2002.

Traducción: Monserrat Batista

Diseño/retoque portada: Redna Azaug

Editor original: tagus v1.0

ePub base v2.0

Para Ginny, que se lo merece.

Ahora mira aquí, harías bien en no esperar ni media página de tonterías sentimentales.

Si eres un tesoro y una fuente de inspiración, y un querido amigo que ha sufrido un año de estrés, sin duda no voy a decirte eso.

Después de todo, ¡esta es una dedicatoria británica!

DRAMATIS PERSONAE

Marco Didio Falco
un informante de vacaciones.
Helena Justina
compañera de vida y corazón de Falco, pobre chica.
Maya Favonia
hermana de Falco; una viuda (buscándose problemas).
L. Petronio Longo
oficial de vigiles y amigo de Falco (buscando a Maya).
S. Julio Frontino
gobernador de Britania.
Flavio Hilaris
procurador financiero de Britania.
Elia Camila
esposa de Hilaris y tía de Helena Justina.
Rey Togidubno
aliado de Vespasiano en Britania.
Verovolco
tiempo pasado, víctima de un asalto británico.
Flavia Fronta
una «respetable» camarera, supuestamente.
Crixo
un irrespetuoso centurión, que lo sabe todo.
Silvano
otro centurión, que debería saber más.
Norbano Murena
un «encantador» promotor inmobiliario; tal vez un sospechoso.
Popilio
un «honesto» abogado; definitivamente sospechoso.
Amazonia
una luchadora con futuro.
Cloris
ex novia de Falco (problemas del pasado).
«el Captor»
un proxeneta cobarde.
Epafrodito
un panadero valiente; metido en graves problemas.
Albia
una huérfana britana.
Firmo
un agente de aduanas.
Amico
el torturador oficial.
Ensambles
un tipo diferente de persuasor.
Piro
un pirómano persuasivo.
Niños, demasiado numerosos para mencionarlos
en especial a Julia, Favonia, Mario, Cloelia, Anco, Rea y Flavia.
Lo mismo ocurre con los perros.
Camareros, gladiadores, ladrones, soldados, esclavos, etc.
Un oso.
Una abeja cansada.

LONDINIUM, BRITANIA

Agosto, año 75 d. C.

I

—Depende de lo que entendamos por «civilización» —caviló el procurador.

Con los ojos clavados en el cadáver, no estaba yo de humor para hablar de filosofía. Nos encontrábamos en Britania, donde el imperio de la ley lo administraba el ejército. La justicia funcionaba de manera improvisada en un lugar tan alejado de Roma, pero las extraordinarias circunstancias implicaban que iba a ser difícil que aquel asesinato se pasara por alto.

Nos había hecho venir un centurión del pequeño destacamento de tropas local. La presencia militar en Londinium era sobre todo para proteger al gobernador, Julio Frontino, y a su segundo, el procurador Hilaris, pero como las provincias no están guarnecidas por los vigiles, los soldados llevan a cabo el mantenimiento básico del orden en la comunidad. De manera que el centurión acudió al escenario de la muerte y allí se mostró como un hombre preocupado. Al empezar a investigar, un asesinato local aparentemente rutinario presentó ciertas «complejidades».

El centurión nos contó que había acudido al bar esperando encontrarse con uno de los acostumbrados apuñalamientos o palizas de borrachos. Hallar a un hombre ahogado metido de cabeza en un pozo era una cosa algo insólita, emocionante quizá. El «pozo» era un profundo agujero situado en una esquina del diminuto patio trasero del bar. Hilaris y yo nos inclinamos para escudriñar su interior. El agujero estaba recubierto con las duelas de madera impermeable de lo que sin duda sería una enorme cuba de vino germánico; el agua casi la colmaba. Hilaris me había explicado que aquellos toneles importados eran más altos que una persona y que, tras ser vaciados de vino, a menudo se volvían a utilizar de esa forma.

Cuando llegamos ya habían sacado el cuerpo, por supuesto. El centurión había tirado de la víctima cogiéndola por las botas con la intención de arrojar el cadáver a un rincón hasta que el carro del estercolero de la ciudad se lo llevara de allí. Quería sentarse a tomar una copa gratis mientras contemplaba los atractivos de la chica que servía.

Sus atractivos no eran gran cosa. No lo eran según los parámetros del Aventino. Todo depende de lo que entendamos por «atractivo», tal como reflexionaría Hilaris, si acaso fuera de esa clase de hombres que hacen comentarios sobre las camareras. Yo sí era de ésos, y en cuanto entramos en el oscuro establecimiento me había fijado en que ella medía un metro veinte de altura, tenía una ridícula mirada lasciva y olía como el forro de unas botas viejas. Era demasiado corpulenta, demasiado fea y demasiado dura de mollera para mi gusto. Pero yo vengo de Roma. Tengo unos principios morales elevados. Aquello era Britania, me recordé a mí mismo.

Sin duda no había ninguna posibilidad de obtener bebida gratis ahora que Hilaris y yo estábamos allí. Éramos funcionarios del gobierno. Quiero decir funcionarios de verdad. Uno de nosotros ostentaba un maldito alto rango. No era yo. Yo no era más que otro advenedizo de clase media. Cualquiera que tuviera un poco de gusto y estilo podría notar mi origen barriobajero al instante.

—Evitaré el bar —bromeé en voz baja—. ¡Si tienen el agua llena de muertos seguro que su vino está contaminado!

—No, yo tampoco voy a hacer ninguna degustación —asintió Hilaris empleando un tono de voz discreto—. No sabemos qué pueden llegar a meter en sus ánforas…

El centurión se nos quedó mirando fijamente, mostrando su desprecio ante nuestro intento de ser graciosos.

Aquel suceso era aún más incómodo para mí que para el soldado. Al fin y al cabo, él, de lo único que tendría que preocuparse era de si mencionaba o no en su informe aquellas «complejidades». Yo, en cambio, tenía que decidir si revelarle o no a Flavio Hilaris —Gayo, el tío de mi mujer— la identidad del muerto. Pero antes de hacerlo necesitaba evaluar las posibilidades de que el propio Hilaris hubiera reconocido el cadáver atascado en el tonel.

Allí el importante era Hilaris. Era procurador financiero en Britania. Para ser objetivos, yo también era procurador, pero mi papel, que implicaba la teórica supervisión de los Gansos Sagrados de Juno, era uno de los cien mil honores sin sentido que concedía el emperador cuando le debía un favor a alguien y era demasiado mezquino para pagarlo con dinero. Vespasiano consideraba que mis servicios ya le habían costado bastante, así que saldó las deudas restantes gastándome una broma. Ése era yo: Marco Didio Falco, el payaso imperial. En tanto que Gayo Flavio Hilaris, que había conocido a Vespasiano muchos anos atrás en el ejército, estaba entonces únicamente por debajo del gobernador provincial. Puesto que conocía a Vespasiano en persona, el querido Gayo era los ojos y oídos del emperador (como bien sabría el gobernador) y evaluaba la manera en que el nuevo gobernador dirigía la provincia.

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