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Authors: Angela Sommer-Bodenburg

Tags: #Infantil

El pequeño vampiro en peligro (10 page)

BOOK: El pequeño vampiro en peligro
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—¡Uno malo! Está en contra de todo lo que a mí me divierte: en contra de mis libros, en contra de la televisión... y también en contra de mis amigos.

—Pero ella sólo tiene algo en contra de determinados libros, ¿no? —objetó el psicólogo.

—¡En contra de mis libros favoritos! —exclamó airado Anton.

—¿Y cuáles son tus libros favoritos?

—Drácula, Frankenstein..., todos los de intriga y terror.

—¿Y qué tiene tu madre en contra de ellos?

—Ella dice que no son libros valiosos.

—¿Valiosos? —repitió dubitativo el señor Schwartenfeger—. ¿Acaso cada persona no considera valioso algo diferente?

—¡Exacto! —asintió Anton—. Y a mí lo que me gusta son los libros de terror.

—¿Qué es lo que más te gusta de ellos?

—Que son apasionantes. Y además creo que en todo ser humano se esconde algo malo...

Anton se interrumpió. De repente tenía la sensación de haber dicho ya demasiado.

—Y los libros tratan de ese mal que se esconde en todos nosotros, ¿no es cierto? —dijo el señor Schwartenfeger.

—Sí —confirmó Anton poniéndose colorado.

—¡Eres un chico que observa muy atentamente el mundo y las personas que le rodean! —El señor Schwartenfeger puso una cara seria, casi solemne—. Y reflexionas sobre muchas cosas; eso me gusta. —Anton notó cómo volvía a acalorarse—. Pero, ¿no podría ser que a veces piensas demasiado?

—¿Cómo..., demasiado? —preguntó sin comprender Anton.

—Quiero decir que con ello podrías olvidarte de jugar con otros niños.

Anton le miró con los ojos muy abiertos.

—No lo entiendo.

—Tu madre habló de que no tienes verdaderos amigos.

—¿Que no tengo verdaderos amigos? —se indignó Anton—. ¡Los tengo, y además muy buenos!

—Pero ella dice que tú te quedas a menudo solo en tu habitación.

Anton adelantó con obstinación el labio inferior.

—Es que mis amigos no siempre tienen tiempo. Tienen que trabajar.

—¿Trabajar? —preguntó el señor Schwartenfeger con sumo interés—. ¿Tienen que repartir periódicos?

—Sí, algo parecido —contestó Anton logrando no reírse maliciosamente.

—Ah, vaya —dijo el señor Schwartenfeger.

Permanecieron en silencio unos instantes. El señor Schwartenfeger hizo un pequeño ruido con su cuaderno de notas y luego dijo:

—Aquí hay otra cosa. Tu madre me ha contado que tú conoces a vampiros.

Anton intentó mantenerse completamente tranquilo.

—¿Vampiros? —dijo con marcada indiferencia.

—Sí. —El señor Schwartenfeger le miró escrutándole—. ¿Es cierto?

—¿Es que cree usted en vampiros? —preguntó a su vez Anton.

El señor Schwartenfeger balanceó circunspecto la cabeza de un lado a otro.

—Yo lo expresaría de esta forma: me interesan los vampiros. —Abrió un cajón y sacó una gruesa carpeta—. ¿Sabes una cosa? He elaborado un programa didáctico para personas que sufren de fobias.

—¿De qué?

—De fobias. Así se llama a un miedo enfermizo a determinadas personas o cosas. El pánico a las arañas, por ejemplo, es una fobia. Y yo quiero ayudar a estas personas con mi programa a que pierdan sus miedos.

—Aja —dijo Anton.

—Ya lo he empleado con éxito en muchos pacientes. Tu madre ahora me ha dado la idea de probarlo también con vampiros.

—¿Con vampiros? ¿Y por qué?

—Porque tienen una aversión casi insuperable a la luz del día. ¡Si consiguiera curarles de eso, sería algo sensacional!

—¿Y eso sería posible?

El señor Schwartenfeger señaló orgulloso su carpeta.

—Con mi programa... —dijo.

—Pero... pero yo no conozco a ningún vampiro —contestó apresuradamente Anton.

«¡A ninguno que fuera a un psicólogo!», añadió con el pensamiento... y además con ello había dicho incluso la verdad.

—¿No conoces a ninguno? —En el grueso y colorado rostro del psicólogo se reflejaba la decepción—. Pero tu madre...

—¡Sí, mi madre! —le quitó la palabra Anton—, Ella sí que tiene una fo..., fo...

—¿Fobia? —le ayudó el señor Schwartenfeger.

—¡Sí, eso! ¡Es auténticamente enfermizo cómo ve vampiros por todas partes! —Se levantó de pronto y corrió hacia la puerta—. ¡Pregúntele, pregúntele usted mismo!

—Bueno, si tú quieres... —contestó el señor Schwartenfeger—. Entonces, haz pasar a tu madre.

Helado y orejas coloradas

La madre de Anton estaba sentada en una pequeña sala de espera al otro extremo del pasillo, hojeando una revista, cuando entró Anton.

—¡Te toca! —le anunció él.

—¿A mí?

—Sí. El señor Schwartenfeger quiere hablarte de tu fobia con los vampiros.

—¿De qué?

Ella le miró sorprendida.

—De tu miedo enfermizo a los vampiros. Precisamente ha desarrollado un programa en contra de eso.

—¿Un programa... para mí?

Perpleja e incrédula se dirigió a la puerta.

—¡Mucha suerte! —le gritó Anton.

Tardó casi media hora en volver.

—¿Qué? ¿Qué tal? —preguntó Anton con curiosidad.

Pero ella sólo sacudió la cabeza.

—Vamonos —dijo ella.

Por el camino hacia la parada de taxis preguntó de repente:

—¿Te apetece un helado? Allí arriba hay un café.

—¿Helado? ¿Con este tiempo? —se sorprendió Anton.

¡Ella siempre afirmaba que los helados eran sólo para el verano!

—Me gustaría tomarme un café —dijo ella—, y si tú quieres un helado...

—¿Yo? ¡Por supuesto! —se rió maliciosamente.

Diez minutos después Anton tenía delante una enorme copa de helado con frutas y nata.

«¡Por lo menos en aquel aspecto la visita al picoloco ha merecido la pena!», pensó metiendo la cuchara en su helado mientras su madre se tomaba a sorbos cortos y rápidos su café.

Cuando ella terminó se echó para atrás suspirando.

—El señor Schwartenfeger me ha dicho muchas cosas sobre ti —empezó a hablar.

—¿Sobre mí?

Anton levantó la vista de su helado con una mala sensación, pero su madre estaba sonriendo.

—Sí. Piensa que no tenernos que estar preocupados por ti en absoluto. Ha dicho que eres un chico muy despierto y que para tu edad sabes ya muchísimas cosas sobre la naturaleza del ser humano. Dices abiertamente lo que piensas y eso le ha gustado. Ha dicho que sería estupendo que todos los niños hicieran eso.

Anton notó cómo se le ponían las orejas coloradas.

—De todas formas, también ha hecho un par de observaciones críticas —añadió carraspeando.

Anton tragó saliva: ¡después de tanta alabanza ahora venía probablemente lo peor!

—Pero se refieren más bien a papá y a mí.

—¿Cómo que... a papá y a ti?

—Bueno, hay algunas cosas que... Cuando salimos fuera por las noches, por ejemplo. El señor Schwartenfeger piensa que tú todavía eres un poco pequeño para quedarte solo todos los sábados por la noche.

—¿Demasiado pequeño? ¿Yo? —exclamó indignado Anton.

—-Sí. Ha propuesto que quizá deberíamos buscarnos una «baby-sitter».

—¿Una «baby-sitter»? ¿Para mí?

¡Aquello era realmente el colmo!

—Naturalmente no en el sentido literal de la palabra —dijo su madre—-. Tú ya no eres un bebé. Pero quizá una estudiante simpática con la que puedas jugar o ver la televisión u oír música..., lo que te apetezca.

—Yo no necesito una celadora —dijo colérico Anton.

Su madre sonrió.

—Seguramente te tendrás que hacer primero a la idea.

—¿Hacerme a la idea? —exclamó Anton—. ¡Vosotros os debéis creer que yo cada dos semanas me acostumbro a algo nuevo... que a vosotros os convenga! ¡No, gracias, ahora me he acostumbrado a quedarme solo!

Su madre puso cara de perplejidad.

—No discutamos —dijo ella mirando a las dos señoras mayores que eran los únicos clientes restantes del café. Hicieron como si estuvieran ocupadísimas partiendo sus grandes porciones de tarta..., pero seguro que lo habían oído todo.

—¡Las demás cosas las hablaremos en casa! —dijo en voz baja la madre de Anton.

—¿Qué demás cosas? —dijo enojado Anton dándole absolutamente igual si alguien le oía o no—. ¡Para mí ya es suficiente con que vaya a tener una «baby-sitter»!

Pero a todas luces su madre estaba decidida a no perder la tranquilidad.

—¡Tú espérate primero a ver qué tal va la cosa! —dijo imponiendo calma. Y luego preguntó—: ¿Quieres pedir algo más? ¿Un trozo de tarta? ¿Una taza de chocolate?

—No —gruñó Anton..., anonadado por su repentina generosidad—. ¡Ya no puedo más!

El viaje de vuelta no resultó siquiera un poco mejor que el de ida. Sólo una cosa fue diferente: la madre de Anton se esforzó sobremanera por ser amable con él. En un quiosco le compró un tebeo a Anton, a pesar de que hasta entonces siempre había sido de la opinión de que aquellos cuadernos sólo eran «basura» y no servían más que para sacar el dinero a los niños... y a los padres. Y cuando a Anton le entró sed por el camino le dejó —para celebrar el día, como ella dijo— tomarse una coca-cola. En este sentido Anton no estaba del todo descontento con los efectos de la visita al psicólogo.

Pero seguía quedando una sensación desagradable: por las «demás cosas» de las que ella le iba a hablar. Y por Anna y Rüdiger.

Cuando el autobús en el que iban pasó al lado del cementerio y Anton vio el blanco muro del mismo y el portón de entrada, le atravesó una especie de sacudida eléctrica.

La tarde había sido tan ajetreada que apenas había tenido tiempo de pensar en los vampiros y en el peligro que les amenazaba.

¡Hubiera deseado bajarse en la parada siguiente!

Intentó atisbar la parte trasera del cementerio, pero los altos abetos le impedían la vista.

De cualquier modo, le tranquilizó la idea de que también los trabajos en el cementerio se habían visto afectados por la repentina helada. Si allá fuera helaba, no se podía seguir removiendo la tierra, ¿o sí?

¿Acaso tendrían que suspender ahora los trabajos de acondicionamiento hasta la primavera? ¿Y acaso podrían los vampiros quedarse en su cripta hasta entonces? ¡Ay, eso sería demasiado maravilloso!

—¿En qué piensas? —preguntó la madre de Anton que iba sentada a su lado en el autobús y le observaba.

—¿Que en qué pienso? —Anton retiró la vista de la ventana—. En mi cama.

Ella se rió.

—Esta es la primera vez que te oigo decir eso.

—Estoy muerto de cansancio -—dijo Anton bostezando—. Cuando lleguemos a casa me voy a meter inmediatamente en la cama.

«¡...y esperaré al pequeño vampiro!», añadió con el pensamiento.

—¡La tarde realmente ha sido agotadora! —corroboró su madre—. Para mí también. Mejor será que continuemos nuestra conversación mañana, ¿vale?

Anton asintió aliviado.

Llegados ya a su casa, él se lavó como los gatos, dio las buenas noches a sus padres y se tumbó en la cama..., con su libro preferido, , para mantenerse despierto.

Palpitos de corazón

Sin embargo, al parecer, se había quedado dormido, pues de repente un ruido le sobresaltó. Parpadeó y descubrió una pequeña sombra negra en la ventana.

—¡Rüdiger! —exclamó.

Se apresuró contento hacia la ventana y la abrió.

—¡Creo que tú necesitas gotas para los ojos! —contestó una voz clara.

—¡Anna! —dijo Anton poniéndose más y más colorado..., porque la había confundido con Rüdiger y porque estaba delante de ella con su viejo pijama gastado.

—¿Puedo entrar? —preguntó con una tímida sonrisa.

—Sí, naturalmente —dijo echándose a un lado.

Con agilidad entró de un salto en su habitación. Seguía teniendo un aspecto enfermizo y su apariencia exterior no era tan cuidada como otras veces. Pero incluso con el pelo desgreñado y su agujereada capa la encontró tan adorable que empezó a palpitarle el corazón.

—¿Están tus padres? —preguntó ella mirando preocupada hacia la puerta.

—Sí. Seguro que están en la sala de estar hablando sobre mí.

—¿Sobre ti? —Ella le miró sonriendo con picardía—. Me gustaría poder escucharles.

—¿Por qué?

—¡Seguro que sólo dicen cosas buenas sobre ti!

—No lo creo —opinó Anton.

—¿No? —Ella puso cara de incredulidad—. A mí sólo se me ocurrirían cosas buenas de ti... ¡Buenas y cariñosas!

Anton volvió a ponerse colorado. Para cambiar de tema preguntó:

—¿Qué tal tus ojos?

—Los tengo mejor..., gracias a Lumpi.

—Lumpi, ya, ya —dijo burlándose Anton.

Anna le lanzó una mirada provocativa.

—No tienes ninguna razón para hablar mal de Lumpi. ¿O es que acaso pudiste encontrarme tú las lágrimas del diablo? —Y antes de que él pudiera decir algo ella añadió—: ¿Qué? ¿Lo ves? ¡Pero Lumpi sí las consiguió! Estuvo volando toda la noche por mí, buscando por todas partes las lágrimas del diablo. Y al final...

—...en casa de un pobre y viejo herbolario encontró el último frasco que quedaba de un antiquísimo remedio milagroso. ¡Sí, sí, ya lo sé! —le cortó la palabra Anton.

—¿Cómo lo sabes?

—Rüdiger me ha contado el cuento.

—¿Cuento?

—¡Por supuesto! Fui yo quien le dio a Lumpi el frasquito de «Tu»... Bueno, de las lágrimas del diablo.

¡Le había faltado un pelo para equivocarse y decir «Tulli-Ex»!

—¿Tú? —preguntó asombrada Anna.

Ella se mordió los labios y Anton pudo casi ver cómo trabajaba su cabeza.

—¡Si eso es cierto, Lumpi se ha librado injustamente del Tour del Ataúd! —exclamó ella.

—¡Naturalmente que es cierto! —se defendió Anton..., indignado de que ella no le dijera una palabra de disculpa ni le diera las gracias por las gotas. ¿Acaso era que se sentía demasiado confusa?—. ¿Qué es un Tour del Ataúd? —preguntó-—. ¿Y qué quieres decir con eso de que se ha librado?

Anna respiró hondo un par de veces.

—Por eso he venido aquí precisamente, para contártelo todo. —Hizo una pausa—. Pero me cuesta tanto... —susurró volviéndose hacia la ventana.

Anton vio cómo se estremecían sus estrechos hombros. ¿Estaría llorando?

Para consolarla dijo:

—La helada seguro que continuará. Quizá Geiermeier y Schnuppermaul tengan que suspender sus planes de embellecimiento hasta la primavera. ¿No sería estupendo?

—Demasiado tarde —repuso insensible.

—¿Cómo que demasiado tarde? —preguntó Anton, y su voz tembló.

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