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Authors: Ian McEwan

Expiación

BOOK: Expiación
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En la gran casa de campo de la familia Tallis todo parece fluir con apacible elegancia en el dia más caluroso del verano de 1935. Pero si el lector ha agudizado el oído, ya habrá percibido unas sutiles notas disonantes, y comienza a esperar el instante en que el gusano que habita en la deliciosa manzana asome la cabeza. La tensión estallará después de que Cecilia, la hija mayor de los Tallis, salga empapada de una fuente, vestida solamente con su ropa interior, mientras Robbie, el brillante hijo de la criada y protegido de la familia Tallis, la contempla…

Un libro prodigioso, que va abriéndose como un juego de cajas chinas y que contiene muchas novelas: una romántica historia de amor imposible, una durísima narración de guerra y la novela que dentro de la novela escribe uno de los personajes.

McEwan ha escrito su obra maestra.

Ian McEwan

Expiación

ePUB v1.0

nalasss
10.08.12

Título original:
Atonement

Ian McEwan, 2001.

Traducción: Jaime Zulaika

Editor original: nalasss (v1.0)

ePub base v2.0

A Annalena

—Querida señorita Morland, considere la terrible naturaleza de las sospechas que ha albergado. ¿En qué se basa para emitir sus juicios? Recuerde el país y la época en que vivimos. Recuerde que somos ingleses: que somos cristianos. Utilice su propio entendimiento su propio sentido de las probabilidades, su propia observación de lo que ocurre a su alrededor. ¿Acaso nuestra educación nos prepara para atrocidades semejantes? ¿Acaso las consienten nuestras leyes? ¿Podrían perpetrarse sin que se supiese en un país como éste, donde las relaciones sociales y literarias están reglamentadas, donde todo el mundo vive rodeado de un vecindario de espías voluntarios, y donde las carreteras y los periódicos lo ponen todo al descubierto? Queridísima señorita Morland, ¿qué ideas ha estado concibiendo?

Habían llegado al final del pasillo y, con lágrimas de vergüenza, Catherine huyó corriendo a su habitación.

J
ANE
A
USTEN
,
La abadía de Northanger

Primera parte
1

Briony escribió la obra —para la que ella misma había diseñado los carteles, los programas y las entradas, construido la taquilla con una cartulina doblada por un lado, y forrado la caja de recaudación con papel crepé rojo— en una tormenta compositiva que duró dos días y que le hizo saltarse un desayuno y un almuerzo. Cuando los preparativos hubieron terminado, no le quedó nada más por hacer que contemplar el borrador acabado y aguardar la aparición de sus primos del lejano norte. Sólo habría un día para ensayar antes de que llegara su hermano. Por momentos gélida, a ratos tristísima, la obra refería la historia de un alma cuyo mensaje, transmitido en un prólogo en verso, era que el amor que no asentaba sus cimientos en la sensatez estaba condenado. La temeraria pasión de la heroína, Arabella, por un malvado conde extranjero es castigada con el infortunio cuando ella contrae el cólera durante un avance impetuoso hacia una ciudad costera con su prometido. Abandonada por él y por casi todo el mundo, postrada en cama en una buhardilla, descubre que posee sentido del humor. La fortuna le ofrece una segunda oportunidad en forma de médico empobrecido: en verdad, se trata de un príncipe disfrazado que ha elegido ocuparse de los necesitados. Curada por él, esta vez Arabella elige sensatamente y obtiene la recompensa de la reconciliación con su familia y una boda con el príncipe médico, «un día ventoso y soleado de primavera».

La señora Tallis leyó las siete páginas de
Las tribulaciones de Arabella
en su dormitorio, ante su tocador, mientras los brazos de la autora le rodeaban el cuello. Briony examinó la cara de su madre en busca de cada rastro de emoción cambiante, y Emily Tallis correspondió con expresiones de alarma, risas de alegría y, al final, sonrisas de gratitud y gestos de juicioso asentimiento. Cogió a su hija en brazos, la sentó en su regazo —ah, aquel cuerpecito terso y cálido que ella recordaba de la infancia y que todavía no había perdido, no del todo— y dijo que la obra era «magnífica», y accedió al instante, cuchicheando en la tensa voluta de la oreja de la niña, a que esta palabra suya se citase en el cartel que habría en el vestíbulo, colocado sobre un caballete, junto a la taquilla.

Briony difícilmente podía saberlo entonces, pero aquél era el punto culminante del proyecto. Nada igualaba aquella satisfacción, todo lo demás eran sueños y frustración. Había momentos en los anocheceres de verano, después de haber apagado la luz, en que, acurrucándose en la penumbra deliciosa de su cama doselada, hacía que el corazón le palpitase con luminosas y anhelantes fantasías, obras breves en sí mismas, en cada una de las cuales aparecía Leon. En una, su carota bondadosa se contraía de pena cuando Arabella estaba desesperada y sola. En otra la sorprendían, cóctel en mano en algún abrevadero de moda, alardeando ante un grupo de amigos: Sí, mi hermana pequeña, Briony Tallis, la escritora, sin duda habéis oído hablar de ella. En una tercera daba un puñetazo exultante en el aire cuando caía el telón, aunque no había telón ni posibilidad de que lo hubiera. Su obra no era para sus primos, era para su hermano, para celebrar su regreso, provocar su admiración y apartarle de su alegre sucesión de novias para orientarle hacia la clase idónea de esposa, la que le convencería de que volviese al campo, la que dulcemente pediría que Briony oficiase como dama de honor.

Era una de esas niñas poseídas por el deseo de que el mundo fuera exactamente como era. Mientras que el cuarto de su hermana mayor era un desbarajuste de libros sin cerrar, ropas sin doblar, cama sin hacer, ceniceros sin vaciar, el de Briony era un santuario erigido a su demonio dominante: la granja en miniatura que se extendía a lo largo de un ancho alféizar contenía los animales habituales, pero todos miraban hacia un mismo lado —hacia su ama—, como si estuvieran a punto de cantar, y hasta las gallinas del corral estaban meticulosamente guardadas en el corral. De hecho, el cuarto de Briony era la única habitación ordenada de todas las del piso superior de la casa. Las muñecas, con la espalda rígida en su casa de muchas habitaciones, parecían haber recibido instrucciones severas de no tocar las paredes; las diversas figuras, del tamaño de un pulgar, colocadas de pie en el tocador —vaqueros, submarinistas, ratones humanoides— recordaban por el orden y la distancia que reinaba en sus filas a un ejército de ciudadanos a la espera de órdenes.

El gusto por las miniaturas era un rasgo de un espíritu ordenado. Otro era la pasión por los secretos: en un precioso buró barnizado, en un cajón secreto que se abría presionando el extremo de un ingenioso ensamblaje a cola de milano, guardaba un diario cerrado con un broche y un cuaderno escrito en un código inventado por ella. En una caja de caudales de juguete, con una combinación de seis números secretos, guardaba cartas y postales. Tenía una vieja cajita de hojalata escondida debajo de una tabla suelta debajo de la cama. En la cajita había tesoros que databan de hacía cuatro años, desde su noveno cumpleaños, cuando empezó a coleccionar: una muíante bellota doble, pirita de hierro, un hechizo para provocar la lluvia comprado en una feria, una calavera de ardilla liviana como una hoja.

Pero cajones secretos, diarios bajo llave y sistemas criptográficos no le ocultaban a Briony la sencilla verdad: que no tenía secretos. Su anhelo de un mundo organizado y armonioso le denegaba las posibilidades temerarias de una mala conducta. El tumulto y la destrucción eran, para su gusto, demasiado caóticos, y en su talante no había crueldad. Su estatuto, en la práctica, de hija única, y el relativo aislamiento de la casa Tallis, la apartaban, al menos durante las largas vacaciones del verano, de las intrigas femeniles con amigas. Nada en su vida era lo bastante interesante o vergonzoso para merecer un escondrijo; nadie sabía lo de la calavera de ardilla debajo de su cama, pero nadie quería saberlo. Nada de esto representaba para ella una congoja especial; o, mejor dicho, parecía representarlo sólo retrospectivamente, cuando se hubo encontrado una solución.

A la edad de once años había escrito su primer relato; una tontería, una imitación de media docena de cuentos populares y desprovisto, como comprendió más tarde, de ese conocimiento vital de las cosas del mundo que inspira respeto a un lector. Pero esta torpe primera tentativa le enseñó que la imaginación era en sí misma una fuente de secretos: una vez empezada una historia, no se la podía contar a nadie. Fingir con palabras era algo demasiado inseguro, demasiado vulnerable, demasiado embarazoso para que alguien lo supiera. Hasta escribir los
eya dijo
y los
y entonses
le daba escalofríos, y se sentía una tonta al simular que conocía las emociones de una criatura imaginaria. Al describir la debilidad de un personaje era inevitable exponer la suya propia; el lector no podía no conjeturar que estaba describiéndose a sí misma. ¿Qué otra autoridad podía tener ella? Sólo cuando un relato estaba terminado, todos los destinos resueltos y toda la trama cerrada de cabo a rabo, de suerte que se asemejaba, al menos en este aspecto, a todos los demás relatos acabados que había en el mundo, podía sentirse inmune y en condiciones de agujerear los márgenes, atar los capítulos con un bramante, pintar o dibujar la cubierta e ir a enseñar la obra concluida a su madre o a su padre, cuando estaba en casa.

Sus esfuerzos recibieron aliento. De hecho, fueron bien acogidos porque los Tallis empezaban a entender que la benjamina de la familia poseía una mente extraña y facilidad para las palabras. Las largas tardes que pasaba consultando diccionarios y tesauros explicaban construcciones que eran incongruentes, pero de un modo inquietante: las monedas que un maleante escondía en sus bolsillos eran «esotéricas», un matón sorprendido en el acto de robar un automóvil lloraba «con indecorosa autoexculpación»; la heroína a lomos de un semental pura sangre hacía un viaje «somero» en plena noche, la frente arrugada del rey era un «jeroglífico» de su desagrado. Briony era exhortada a leer sus narraciones en voz alta en la biblioteca, y a sus padres y a su hermana mayor les asombraba oír a la niña apacible leyendo con tanto aplomo, haciendo grandes gestos con el brazo libre, arqueando las cejas al hacer las voces, y levantando la vista de la página durante varios segundos a medida que leía, con el fin de mirar una tras otra las caras de todos y exigir sin el menor empacho la atención total de su familia mientras vertía su sortilegio narrativo.

Aunque no hubiese contado con la atención, el aplauso y el placer evidente de sus familiares, habría sido imposible impedir que Briony escribiera. En cualquier caso, estaba descubriendo, como muchos escritores antes que ella, que no todo reconocimiento es útil. El entusiasmo de Cecilia, por ejemplo, parecía un poco exagerado, quizás teñido de condescendencia, y además entrometido; su hermana mayor quería que todas sus obras encuadernadas fueran catalogadas y colocadas en los anaqueles de la biblioteca, entre Rabindranath Tagore y Quinto Tertuliano. Si aquello pretendía ser una broma, Briony hizo caso omiso. Ya estaba encauzada, y había encontrado satisfacción en otros planos; escribir relatos no sólo entrañaba secreto, sino que también le brindaba todos los placeres de miniaturizar. Se podía construir un mundo en cinco páginas, y hasta más placentero que una granja en miniatura. La infancia de un príncipe mimado podía comprimirse en media página; un rayo de luz de luna sobre un pueblo dormido era una frase rítmicamente enfática; era posible describir el hecho de enamorarse con una sola palabra: una
mirada
. Toda la vida que contenían las páginas de un cuento recién terminado parecía vibrar en su mano. Su pasión por el orden también se veía satisfecha, pues se podía ordenar un mundo caótico. Se podía hacer que una crisis en la vida de una heroína coincidiera con granizo, vendavales y truenos, mientras que las ceremonias nupciales, por lo general, gozaban de buena luz y brisas suaves. El amor al orden configuraba asimismo los principios de la justicia, en los que la muerte y el matrimonio eran los motores para el gobierno de un hogar, el primero reservado en exclusiva para lo moralmente dudoso, y el segundo como premio postergado hasta la última página.

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