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Authors: Bernard Werber

Tags: #Fantasía, #Ciencia

Las hormigas

BOOK: Las hormigas
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Famoso novelista y periodista científico, Bernard Werber se dedica desde hace quince años al estudio del fascinante mundo de las hormigas. Ha realizado viajes por varios continentes para ampliar sus conocimientos en esta materia. Su novela «Las hormigas», obtuvo un sonado éxito internacional y se convirtió en un bestseller traducido a doce lenguas. «El día de las hormigas» confirmó sus sólidas dotes de escritor.

Fue galardonado con el Gran Premio de Science et Avenir, una de las más prestigiosas revistas científicas francesas.

Un libro francamente entretenido y fácil de leer. Es como un documental mezclado con unas dosis de suspense y ciencia-ficción donde dos historias sin aparente conexión, humanos y hormigas, acaban uniéndose de la forma más sorprendente.

Bernard Werber

Las hormigas

ePUB v1.3

Dirdam
29.03.12

Título original :
«Les fourmis»

Publicación original: 1991

Traducción: Manuel Mª Escrivá de Romaní

Edición: Plaza & Janes S.A.

Primera edición: Abril, 1992

ISBN: 978-84-01-43831-8

Editor original:

Dirdam (v1.0 a v1.2)

Corrección de erratas:

v1.1 Atramentum (5/5/12)

v1.2 othon_ot (12/5/12)

v1.3 johnty (6/6/12)

A mis padres y a todos aquellos investigadores y amigos,

que han contribuido con su aportación

a la construcción de este edificio.

Durante los pocos segundos que requerirá usted para leer estas cuatro líneas:


40 seres humanos y 700 millones de hormigas están naciendo en la Tierra.


30 seres humanos y 500 millones de hormigas están muriendo en la Tierra.

SER HUMANO:
Mamífero cuya estatura varía entre 1 y 2 metros.

Peso: entre 30 y 100 kilos.

Gestación en las mujeres: 9 meses.

Nutrición: omnívora.

Población estimada: más de 5 mil millones de individuos.

HORMIGA:
Insecto cuya envergadura varia entre 0,01 y 3 cm.

Peso: entre 1 y 150 miligramos.

Puesta: según la cantidad de espermatozoides.

Nutrición: omnívora.

Población probable: 1.000.000.000 de individuos.

Edmond Wells

Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

1. El despertador

El notario explicó que el inmueble estaba clasificado como monumento histórico y que algunos viejos sabios del Renacimiento habían vivido en él, aunque no recordaba sus nombres.

—En cuanto al apartamento, es un poco especial, ya que se trata de un sótano. Pero, fíjese, es espacioso. Doscientos metros cuadrados.

Bajaron por la escalera y desembocaron en un pasillo oscuro, donde el notario tanteó un buen rato, antes de decir:

—¡Vaya! No funciona.

Se sumergieron en las tinieblas, palpando las paredes con mucho ruido. Cuando el notario encontró por fin la puerta, la abrió y pulsó, esta vez con éxito, el interruptor de la luz, vio que su cliente tenía las facciones descompuestas.

—¿No se encuentra usted bien, señor Wells?

—Es una especie de fobia. No es nada de particular.

—¿Terror a la oscuridad?

—Eso es. Pero ya me encuentro mejor.

Recorrieron el lugar. Aunque sólo se abría al exterior por unos pocos tragaluces, estrechos y situados al nivel del techo, el apartamento le pareció bien a Jonathan. Todas las paredes estaban tapizadas de un gris uniforme, y había polvo por todas partes. Pero no iba a ponerse difícil.

Su vivienda actual era ya la quinta. Por otra parte, no tenía medios para pagar el alquiler. La empresa de cerrajería en la que trabajaba había decidido hacía poco prescindir de sus servicios.

La herencia del tío Edmond era realmente una ganga inesperada.

Dos días después se instalaba en la calle de los Sybarites nº 3 con su esposa Lucie, su hijo Nicolás y su perro Ouarzazate, un caniche enano.

—Pues a mí no me disgustan todas estas paredes grises —dijo Lucie, recogiéndose la espesa cabellera roja. Podremos decorarlo como nos parezca. Está todo por hacer. Es como si tuviésemos que convertir una cárcel en un hotel.

—¿Dónde está mi habitación? —preguntó Nicolás.

—Al fondo a la derecha.

El perro ladró y empezó a mordisquearle las pantorrillas a Lucie, sin tener en cuenta que ella llevaba en los brazos la vajilla de sus esponsales.

Fue de inmediato a parar al cuarto de baño, y encerrado allí con llave, porque saltaba hasta los pomos de las puertas y sabía accionarlos.

—¿Tratabas mucho a tu tío pródigo? —preguntó Lucie.

—¿Al tío Edmond? En realidad, todo lo que recuerdo es que jugaba conmigo a llevarme en avión cuando era muy pequeño. Una vez me dio tanto miedo que me hice pipí encima de él.

—¿Ya eras un miedoso entonces? —le preguntó Lucie, con ganas de molestarle.

Jonathan hizo como quien no oye.

—No me riñó por eso. Sólo le dijo a mi madre: «Bueno, ya sabemos que no será aviador…» Mamá me decía que él seguía atentamente mi trayectoria, aunque yo nunca volví a verle.

—¿En qué trabajaba?

—Era científico. Biólogo, creo.

Jonathan se quedó pensativo. Al fin y al cabo, resultaba que ni siquiera conocía a su benefactor.

A 6 km de allí: BEL-O-KAN,

1 metro de alto,

50 niveles por debajo de la superficie del suelo,

50 niveles sobre el nivel del suelo.

La ciudad más grande de la región.

Población estimada: 18 millones de habitantes.

Producción anual: 50 litros de jarabe de pulgón,

10 litros de jarabe de cochinilla, 4 kilos de setas garzas.

Arena expulsada: 1 tonelada.

Kilómetros practicables de corredor: 120.

Superficie a nivel del suelo (en metros cuadrados): 2.

Una pata acaba de moverse. Es el primer gesto desde la entrada en hibernación, hace tres meses de eso. Otra pata se mueve despacio hacia delante; acaba en dos garras que se separan poco a poco. Una tercera pata se extiende. Luego, un tórax. Luego, un ser. Luego, otros doce.

Tiemblan para ayudar a su sangre transparente a que circule por la red de arterias. La sangre pasa de un estado pastoso a otro más fluido y luego al estado líquido. Poco a poco, la bomba cardiaca vuelve a ponerse en marcha. Impulsa el jugo vital hasta el extremo de los miembros. Los biomecanismos se calientan. Las articulaciones de extraordinaria complejidad se mueven. Todas las articulaciones con sus placas protectoras buscan y encuentran el punto de máxima torsión.

Se levantan. Sus cuerpos recuperan el aliento. Sus movimientos son desordenados. Una danza lenta, se sacuden ligeramente, se agitan. Sus patas delanteras se unen ante sus bocas como para rezar, aunque no, mojan sus garras para lustrarse las antenas.

Los doce que han despertado se friccionan entre sí, Luego, intentan despertar a sus vecinas. Pero apenas tienen fuerza suficiente para mover sus propios cuerpos, no tienen energía que entregar. Renuncian.

Entonces, echan a andar con dificultad entre los cuerpos rígidos de sus hermanas. Se dirigen hacia el gran Exterior. Es necesario que sus organismos de sangre fría capten las calorías del astro del día.

Se mueven con fatiga. Cada paso es un dolor. Tienen tantas ganas de volver a tenderse y estar tranquilos como millones de sus semejantes. Pero no. Han sido los primeros en despertar. Ahora tienen que reanimar a toda la ciudad.

Cruzan el límite de la ciudad. La luz solar les ciega, pero el contacto con la pura energía es tan reconfortante.

Sol, entra en nuestros caparazones,

mueve nuestros músculos doloridos

y une nuestros pensamientos divididos.

Es una antigua canción de las hormigas rojas del centésimo milenio. Ya en aquel entonces sentían deseos de cantar en sus cerebros con el primer contacto con el calor.

Una vez fuera, empiezan a lavarse metódicamente. Secretan una saliva blanca y con ella impregnan sus mandíbulas y sus patas.

Se cepillan. Es toda una ceremonia inmutable. Primero, los ojos. Las trece mil celdillas que forman cada ojo esférico son desempolvadas, humidificadas, secadas. Hacen lo mismo con las antenas, con los miembros inferiores, los miembros medios, los miembros superiores. Para acabar, lustran sus hermosas corazas rojas hasta que brillan como gotas de fuego.

Entre las doce hormigas que han despertado figura un macho reproductor. Es algo más pequeño que la media de la población belokaniana. Tiene unas mandíbulas estrechas y está programado para no vivir más allá de unos meses, pero también está provisto de ciertas ventajas desconocidas entre sus congéneres.

El primer privilegio de su casta: como hormiga sexuada, tiene cinco ojos. Dos grandes ojos situados en disposición triangular en la frente. Esos ojos supernumerarios son de hecho captores de rayos infrarrojos que le permiten detectar a distancia cualquier fuente de calor, incluso en la oscuridad más absoluta.

Esta característica resulta tanto más preciosa cuanto que la mayoría de los habitantes de las grandes ciudades este cien mil milenio se han vuelto completamente ciegos a fuerza de pasar toda su vida bajo tierra.

También posee (como las hembras) unas alas que un día le permitirán volar para hacer el amor.

Su tórax está protegido por un escudo especial: el
meso-tonum.

Sus antenas son más largas y más sensibles que las de los demás habitantes.

Este joven macho reproductor se queda largo rato sobre la cúpula, llenándose de sol. Luego, cuando ya está caliente, vuelve a la ciudad. Temporalmente forma parte de la casta de las hormigas «mensajeras térmicas».

Circula por los corredores del tercer nivel inferior, donde todo el mundo duerme todavía profundamente. Los cuerpos están congelados. Las antenas yacen laxas.

Las hormigas sueñan aún.

El joven macho adelanta una pata hacia una obrera a la que va a despertar con el calor de su cuerpo. El contacto tibio provoca una agradable descarga eléctrica.

Al sonar el segundo timbrazo se oyen unos pasos como de ratón. La puerta se abre tras un compás de espera cuando la abuela Augusta retira la cadena de seguridad.

Desde que sus dos hijos murieron, vivía recluida en sus treinta metros cuadrados de piso, volviendo una y otra vez sobre los viejos recuerdos. Eso no podía ser bueno para ella, aunque no había cambiado en nada su amabilidad.

—Ya sé que es ridículo, pero ponte las zapatillas, he encerado el parqué.

Jonathan lo hizo así y ella echó a andar delante de él, guiándole hacia un salón en el que los numerosos muebles estaban todos ellos cubiertos con tapetes. Instalándose en el borde del gran sofá, Jonathan no pudo evitar que el plástico rechinase.

—Estoy tan contenta de que hayas venido… Quizá no te lo creas, pero tenía intención de llamarte un día de éstos.

—¿Sí?

—Imagínate, Edmond me había dejado algo para ti. Una carta. Y me dijo: Si muero, has de entregarle esta carta a Jonathan cueste lo que cueste.

—¿Una carta?

—Una carta, sí, una carta… A ver, ya no sé dónde la ha dejado. Espera un momento… Él me da la carta, yo le digo que la voy a guardar, y la meto en una caja. Debe de ser una de las cajas del armario grande.

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