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Authors: Michael Crichton

Tags: #Tecno-Thriller

Presa (3 page)

BOOK: Presa
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Y sin darme cuenta, acabé comprando manteles y considerando posibles combinaciones para la mesa en Grate and Barrel. Y todo me parecía absolutamente normal.

Julia llegó a casa cerca de las nueve y media. Yo veía el partido de los Giants por televisión, sin seguirlo con verdadero interés. Entró y me besó en la nuca.

—¿Están todos dormidos? —preguntó.

—Excepto Nicole. Aún está haciendo deberes.

—¿No es ya tarde para que todavía esté levantada?

—No, cariño —respondí—. Quedamos en que este año puede acostarse a las diez, ¿recuerdas?

Julia se encogió de hombros, como si no lo recordara. Y quizá así era. En cierto modo se habían invertido nuestros papeles; ella siempre había estado más al corriente en las cosas de los niños, pero ahora lo estaba yo. Esta situación a veces incomodaba a Julia, que por alguna razón lo vivía como una pérdida de autoridad.

—¿Cómo está la pequeña?

—Está mejor del resfriado. Solo un poco mocosa. Ya come más.

Acompañé a Julia a las habitaciones. Entró en la del bebé, se inclinó sobre la cuna y besó con ternura a la niña dormida. Viéndola, pensé que había algo en las atenciones de una madre que un hombre no podía igualar. Julia tenía una relación con los niños que yo nunca tendría. O al menos era una relación distinta. Escuchó la pausada respiración del bebé y dijo:

—Sí, está mejor.

Luego entró en la habitación de Eric, cogió la Gameboy abandonada sobre las mantas y me miró con expresión ceñuda. Me encogí de hombros, un poco molesto; sabía que Eric jugaba con la Gameboy cuando debía dormirse, pero estaba ocupado acostando a la pequeña y lo había pasado por alto. Consideré que Julia debería ser más comprensiva.

A continuación entró en el cuarto de Nicole. Nicole estaba ante su ordenador portátil, pero cerró la tapa en cuanto apareció su madre.

—Hola, mamá.

—Ya es tarde para que estés aún levantada.

—No, mamá…

—Se supone que estás haciendo los deberes.

—Ya los he hecho.

—Y entonces ¿por qué no te has acostado?

—Porque…

—No quiero que te pases la noche entera hablando con tus amigas por el ordenador.

—Mamá… —protestó Nicole, dolida.

—Las ves durante todo el día en el colegio; con eso debería bastarte.

—Mamá…

—No mires a tu padre. Ya sabemos que él hace siempre lo que tú quieres. Ahora estoy hablando contigo.

Nicole suspiró.

—Ya lo sé, mamá.

Esta clase de interacción entre Nicole y Julia se daba cada vez con mayor frecuencia. Probablemente era propio de la edad, pero decidí intervenir. Julia estaba cansada, y en momentos de cansancio adoptaba una actitud estricta y autoritaria. Le rodeé los hombros con el brazo y dije:

—Es tarde para todos. ¿Te apetece una taza de té?

—Jack, estás entrometiéndote.

—No, solo…

—Sí, estoy hablando con Nicole y tú te entrometes, como siempre.

—Cariño, acordamos que podía quedarse levantada hasta las diez; no sé a qué…

—Pero si ha terminado los deberes, debería acostarse.

—Ese no era el trato.

—No quiero que se pase todo el día frente al ordenador.

—No lo hace, Julia.

En ese punto Nicole se echó a llorar y, poniéndose en pie de un salto, exclamó:

—¡Siempre estás criticándome! ¡Te odio!

Corrió al cuarto de baño y cerró de un portazo. El ruido despertó a la pequeña, que empezó a llorar.

—Por favor, Jack, deja que me ocupe de esto yo sola —dijo Julia, volviéndose hacia mí.

—Tienes razón —contesté—. Perdona. Tienes razón.

En realidad no era eso lo que pensaba ni mucho menos. Veía cada vez más aquella casa como mi casa y a los niños como mis hijos. Julia irrumpía en mi casa ya de noche, cuando todo estaba en calma, como a mí me gustaba, como debía ser. Y organizaba un alboroto.

Pensaba que no tenía razón en absoluto. Pensaba que se equivocaba.

Y en las últimas semanas venía observando que incidentes como este eran cada vez más frecuentes. Al principio creía que se sentía culpable por pasar tanto tiempo fuera de casa. Luego comencé a sospechar que estaba reafirmando su autoridad, intentando recuperar el control de una familia que había quedado en mis manos. Después pensé que se debía al cansancio, a la excesiva presión en el trabajo.

Pero recientemente me daba la impresión de que yo mismo buscaba excusas a su comportamiento. Empecé a tener la sensación de que Julia había cambiado. Estaba distinta, más tensa, más inflexible.

La pequeña lloraba a lágrima viva. La cogí de la cuna, la abracé, la arrullé y simultáneamente introduje un dedo en la parte posterior del pañal para ver si estaba mojada. Lo estaba. La tendí en el cambiador y volvió a llorar hasta que agité su sonajero preferido y se lo puse en la mano. Por fin se calmó y me permitió cambiarla sin patalear demasiado.

Julia entró y dijo:

—Ya lo hago yo.

—No es necesario.

—La he despertado yo, y es justo que lo haga yo.

—No pasa nada, cariño, de verdad.

Julia me apoyó una mano en el hombro y me besó la nuca.

—Perdóname por ser tan tonta. Estoy muy cansada. No sé por qué me he puesto así. Déjame cambiar a la niña; nunca la veo.

—De acuerdo.

Me aparté, y ella ocupó mi lugar.

—Hola, chiquitina —dijo, acariciándole la barbilla a la niña—. ¿Cómo está mi cariñito?

Con tantas atenciones, la niña soltó el sonajero y de inmediato empezó a llorar y revolverse sobre el cambiador. Sin advertir que el sonajero caído era la causa de la rabieta, Julia le habló con palabras tranquilizadoras y, forcejeando, trató de ponerle el pañal, pero las contorsiones y patadas del bebé complicaban la tarea.

—¡Para, Amanda!

—Ahora hace eso —expliqué, y era verdad. Amanda atravesaba una etapa de resistencia activa al cambio de pañal. Y pataleaba con verdadera fuerza.

—Pues debería parar. ¡Para!

La niña lloró con más vehemencia e intentó apartarse. Se desprendió una de las tiras adhesivas del pañal, y este se deslizó. Amanda rodaba hacia el borde del cambiador. Julia tiró de ella con brusquedad. Amanda pataleaba sin cesar.

—¡He dicho que pares, maldita sea! —exclamó Julia, y dio un manotazo a la niña en la pierna. La niña lloró aún más, pataleó aún más—. ¡Amanda! ¡Para! ¡Para! —Volvió a pegarle—. ¡Para! ¡Para!

Por un momento no reaccioné. Estaba atónito. No sabía qué hacer. La niña tenía las piernas enrojecidas. Julia seguía golpeándole.

—Cariño —dije, y me incliné para interponerme—, no nos…

Julia estalló.

—¿Por qué has de entrometerte siempre, joder? —gritó, descargando la mano contra el cambiador—. ¿Qué problema tienes?

Y salió de la habitación hecha una furia.

Dejé escapar un largo suspiro y cogí a la niña en brazos. Amanda lloraba desconsoladamente a causa tanto del desconcierto como del dolor. Supuse que tendría que darle un biberón para que volviera a dormirse. Le acaricié la espalda hasta que se tranquilizó un poco. Luego le puse el pañal y la llevé a la cocina para prepararle el biberón. Solo estaban encendidos los fluorescentes situados sobre la encimera.

Sentada a la mesa, con la mirada perdida, Julia se tomaba una cerveza bebiendo directamente de la botella.

—¿Cuándo vas a encontrar trabajo? —preguntó.

—Estoy buscando.

—¿En serio? Yo creo que ni siquiera lo intentas. ¿Cuándo fuiste a la última entrevista?

—La semana pasada —contesté.

Lanzó un gruñido.

—Ojalá consigas empleo cuanto antes, porque esta situación me está volviendo loca.

Contuve la ira.

—Lo sé. Es difícil para todos —dije. Era tarde, y no quería discutir más. Pero la observaba de reojo.

A sus treinta y seis años, Julia era una mujer guapa, menuda, de cabello y ojos oscuros, nariz respingona, y esa personalidad que la gente calificaba de «chispeante». A diferencia de muchas ejecutivas del sector tecnológico, era atractiva y accesible. Hacía amigos con facilidad y tenía sentido del humor. Años atrás, cuando teníamos solo a Nicole, Julia llegaba a casa con jocosas anécdotas sobre sus compañeros de la sociedad de capital riesgo. Nos sentábamos a esa misma mesa y reíamos hasta marearnos literalmente de tanto reír, y la pequeña Nicole le tiraba del brazo y decía «¿Cuál es la gracia, mamá? ¿Cuál es la gracia?», porque quería participar en la broma. Lógicamente Julia nunca podía explicárselo, pero siempre encontraba otro chiste sencillo para Nicole, quien podía así sumarse a las carcajadas. Julia poseía un auténtico don para ver el lado cómico de la vida. A la vez, se distinguía por su ecuanimidad; rara vez perdía los estribos.

En ese momento estaba furiosa, sin duda. No se dignaba siquiera mirarme. Sentada a la mesa redonda de la cocina, en la oscuridad, tenía la mirada perdida y las piernas cruzadas, balanceando una de ellas con impaciencia. Mientras la observaba, tuve la sensación de que había cambiado. Desde luego había perdido peso recientemente, parte de las tensiones del trabajo. Los rasgos de su cara eran menos suaves: los pómulos sobresalían más; tenía la barbilla más angulosa. Eso le daba un aspecto más duro pero, en cierto modo, también más seductor.

También vestía de manera distinta. Llevaba una falda oscura y una blusa blanca, más o menos la indumentaria profesional al uso. Pero era una falda más ceñida que de costumbre. Y el balanceo del pie me hizo notar que calzaba zapatos de tacón alto y talón abierto, lo que ella llamaba «zapatos de buscona». La clase de zapatos que nunca se pondría para ir a trabajar.

Y entonces caí en la cuenta de que todo en ella era distinto —su actitud, su aspecto, su humor, todo— y en una súbita revelación supe por qué: mi mujer estaba liada con otro.

El agua del cazo comenzó a despedir vapor; saqué el biberón y me eché unas gotas en el antebrazo. Se había calentado demasiado y tendría que esperar un minuto a que se enfriase. La niña empezó a llorar. Subiéndomela al hombro, la zarandeé un poco mientras me paseaba por la cocina.

Julia no dirigió la vista hacia mí en ningún momento. Simplemente siguió balanceando el pie con la mirada perdida.

Había leído en algún sitio que eso era un síndrome. El marido se queda sin trabajo y decae su atractivo masculino; su esposa le pierde el respeto y se distancia. Lo había leído en
Glamour
o
Redbook
o alguna de las revistas que había por casa y yo hojeaba mientras esperaba a que acabara el ciclo de la lavadora o se descongelara una hamburguesa en el microondas.

Pero en ese momento me invadían sentimientos confusos. ¿Sería verdad? ¿Acaso solo estaba cansado y me imaginaba historias absurdas? Al fin y al cabo, ¿qué más daba si se ponía faldas más ajustadas y otra clase de zapatos? Las modas cambiaban. Las personas no se sentían igual todos los días. Y el simple hecho de que se enfadara de vez en cuando ¿significaba realmente que tenía un amante? Claro que no. Quizá aquello se debía solo a que yo me sentía poco atractivo, inferior. Probablemente estaban aflorando mis inseguridades. Mis reflexiones siguieron durante un rato por estos derroteros.

Pero por alguna razón no pude convencerme de lo contrario. Estaba convencido de que era verdad. Había convivido con esa mujer más de doce años. Sabía que estaba distinta y sabía por qué. Percibía la presencia de otro, un intruso, una persona externa a nuestra relación. Lo percibía con una certidumbre que me sorprendía. Era un presentimiento, algo visceral.

Tuve que apartarlo de mi mente.

La niña se tomó el biberón y gorjeó alegremente. En la cocina en penumbra, me miró a la cara con esa peculiar mirada fija de los bebés. Contemplarla resultaba en cierto modo tranquilizador. Al cabo de un rato cerró los ojos y aflojó los labios. Me la eché al hombro y la hice eructar mientras la llevaba a su habitación. La mayoría de los padres dan a los bebés palmadas demasiado fuertes para hacerlos eructar. Es mejor frotarles la espalda con la palma de la mano y a veces incluso basta con un suave masaje con dos dedos a lo largo de la columna. Dejó escapar un pequeño eructo y se relajó.

La metí en la cuna y apagué la lamparilla. Ahora, en la habitación, la única luz procedía del acuario, que borboteaba en el rincón con un resplandor azul verdoso. Un submarinista de plástico recorría lentamente el fondo dejando una estela de burbujas.

Al volverme para salir, vi la silueta de Julia recortada en el umbral de la puerta, su pelo oscuro iluminado desde atrás. Había estado observándome. Fui incapaz de interpretar su expresión. Avanzó hacia mí. Me puse tenso. Me rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en mi pecho.

—Perdóname, por favor —dijo—. Soy una idiota. Haces un trabajo extraordinario. Estoy celosa, solo es eso.

Noté la humedad de sus lágrimas en el hombro.

—Lo entiendo —contesté, abrazándola—. No pasa nada.

Esperé a ver si mi cuerpo se relajaba, pero no fue así. Me sentía receloso y alerta. Tenía un mal presentimiento respecto a ella, y no desaparecía.

Salió de la ducha y entró en el dormitorio secándose el pelo con una toalla. Yo, sentado en la cama, intentaba ver el resto del partido. Se me ocurrió pensar que Julia rara vez se duchaba por la noche; siempre lo hacía por la mañana antes de irse a trabajar. En cambio ahora, caí en la cuenta, a menudo volvía a casa e iba derecha a la ducha antes incluso de saludar a los niños.

Seguía tenso. Apagué el televisor.

—¿Cómo ha ido la demostración? —pregunté.

—¿La qué?

—La demostración. ¿No tenías hoy una demostración?

—Ah, sí —dijo ella—. La hemos hecho. Ha ido bien cuando por fin hemos podido empezar. Los inversores alemanes no han podido quedarse hasta el final por el cambio de hora, pero… Por cierto, ¿quieres verla?

—¿Cómo?

—Tengo una copia de la grabación. ¿Quieres verla?

Sorprendido, me encogí de hombros.

—Sí, claro.

—Me interesa mucha saber cuál es tu opinión, Jack.

Advertí un tono de condescendencia. Mi esposa me incluía en su trabajo, me hacía sentirme parte de su vida. La observé mientras abría su maletín y sacaba un DVD. Lo introdujo en el reproductor y vino a sentarse conmigo en la cama.

—¿Qué presentáis en la demostración? —pregunté.

—La nueva tecnología de formación de imágenes médicas —contestó Julia—. No sé si está bien que yo lo diga, pero es francamente impresionante.

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