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Authors: Michael Crichton

Tags: #Tecno-Thriller

Presa (8 page)

BOOK: Presa
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—En realidad ahora estoy en el paro.

—Entiendo. Bien, ¿y desde cuándo?

—Desde hace seis meses.

—Entiendo. —Un breve silencio—. Bueno, nada, solo quería aclarar ese punto.

—¿Por qué? —pregunté.

—¿Cómo dice?

—¿Por qué me pregunta eso?

—Ah, viene en el formulario.

—¿Qué formulario? —dije—. Rellené todos los formularios en el hospital.

—Este es otro formulario —respondió—. Una encuesta del Departamento de Sanidad.

—¿A qué viene todo esto?

—Se nos ha informado de otro caso muy parecido al de su hija.

—¿Dónde?

—En el Hospital General de Sacramento.

—¿Cuándo?

—Hace cinco días —explicó el médico—. Pero se trata de una situación muy distinta. El otro afectado era un naturalista de cuarenta y dos años que dormía al aire libre en las Sierras, un especialista en flores silvestres. Tenía que ver con una determinada clase de flor o algo así. La cuestión es que lo hospitalizaron en Sacramento y su caso presentó la misma evolución clínica que el de su hija: aparición repentina y sin causa aparente, reacción eritematosa con dolor.

—¿Y el proceso se interrumpió con la resonancia magnética?

—No sé si hubo resonancia magnética —respondió—. Pero aparentemente este síndrome, sea lo que sea, es autolimitado. Aparición brusca y final súbito.

—¿Está bien ahora, el naturalista?

—Está perfectamente. Un par de días amoratado, y nada más.

—Bueno, me alegra oírlo.

—Pensaba que le interesaría saberlo —dijo, y añadió que posiblemente volvería a telefonearme para hacerme más preguntas, y quiso saber si no tenía inconveniente. Le contesté que podía llamar cuando quisiera. Me pidió que lo avisara si se producía alguna novedad en el estado de Amanda. Le aseguré que así lo haría y colgué.

Amanda había dejado el Monstruo de las Galletas y estaba de pie en la cuna, sujetándose a la barandilla con una mano y tendiendo hacia mí la otra, agarrando el aire con sus deditos.

La cogí, y al instante me quitó las gafas. Intenté recuperarlas mientras ella chillaba de satisfacción.

—Amanda…

Pero ya era demasiado tarde; las tiró al suelo.

Parpadeé.

Sin gafas veo muy mal. Aquellas eran de montura metálica, y difíciles de ver en ese momento. Con la niña aún en brazos, me arrodillé y recorrí el suelo en círculos con la mano esperando tocar cristal. No las encontré. Entorné los ojos, avancé un poco y volví a buscar a tientas. Todavía nada. Entonces vi un destello debajo de la cuna. Dejé a la niña en el suelo, me deslicé bajo la cuna, cogí las gafas y me las puse. Al hacerlo, me golpeé la cabeza contra la cuna y volví a agacharla.

Y casualmente fijé la mirada en la toma de corriente de la pared. Había una pequeña caja de plástico conectada. La desenchufé y la examiné. Era un cubo de cinco centímetros de lado, un amortiguador de onda en apariencia, un producto comercial corriente, fabricado en Tailandia. Los voltajes de entrada y salida estaban grabados en el plástico. En la parte inferior llevaba una etiqueta blanca con un código de barras y un rótulo donde se leía PROP. SSVT. Era uno de esos adhesivos que las empresas colocan en su material.

Di vueltas al cubo en la mano. ¿De dónde había salido? Me ocupaba de la casa desde hacía seis meses. Sabía qué había dónde. Y desde luego Amanda no necesitaba un amortiguador de onda en su habitación. Solo era necesario para equipo electrónico delicado, como los ordenadores.

Me levanté y eché un vistazo alrededor para ver qué más había cambiado en la habitación. Para mi sorpresa, advertí que todo había cambiado, pero solo un poco. La lamparilla nocturna de Amanda tenía personajes de Winnie the Pooh en la pantalla. Yo siempre dejaba a Tigger en dirección a la cuna, porque era el preferido de la niña. Ahora Eeyore estaba de cara a la cuna. La tabla del cambiador de Amanda tenía una mancha en una esquina; yo siempre dejaba la mancha en el ángulo inferior izquierdo. Ahora estaba en el ángulo superior derecho. Yo dejaba las cremas hidratantes en la repisa a la izquierda, fuera de su alcance. Ahora estaban demasiado cerca; ella podía cogerlas. Y había otros detalles…

La asistenta entró detrás de mí.

—María —dije—, ¿ha limpiado esta habitación?

—No, señor Forman.

—Pero hay cosas cambiadas.

Ella echó una ojeada alrededor y se encogió de hombros.

—No, señor Forman. Todo está igual que siempre.

—No, no —insistí—. Está cambiada. —Señalé la pantalla de la lamparilla, la tela del cambiador—. Eso ha cambiado.

María volvió a encogerse de hombros.

—Si usted lo dice, señor Forman…

Percibí su expresión de desconcierto. O no me entendía, o pensaba que me había vuelto loco. Y probablemente parecía un tanto loco, un adulto obsesionado por una pantalla de Winnie the Pooh.

Le mostré el cubo.

—¿Había visto esto antes?

Negó con la cabeza.

—No.

—Estaba debajo de la cuna.

—No lo sé, señor Forman. —Lo inspeccionó, dándole la vuelta. Hizo un gesto de incomprensión y me lo devolvió. Actuaba con naturalidad, pero tenía una mirada alerta.

Empecé a sentirme incómodo.

—Muy bien, María —dije—. No se preocupe.

Se agachó para levantar a la niña.

—Ahora le daré de comer.

—Sí, bien.

Salí al pasillo con una extraña sensación.

Por pura curiosidad, consulté «SSVT» en Internet. Encontré enlaces del templo de Sri Siva Vishnu, el centro de instrucción de las Waffen-SS en Konitz, objetos nazis en venta, Subsystems Sample Display Technology, South Shore Vocational-Technology School, Optical VariTemp Cryostat Systems, Solid Surfacing Veneer Tiles para suelos domésticos, un grupo musical llamado SlingshotVenus, la Federación de Tiro Suiza, y a partir de ahí iba de mal en peor.

Apagué el ordenador.

Miré por la ventana.

María me había dado una lista de la compra, escrita con su letra casi ininteligible. Me convenía comprar antes de recoger a los niños. Pero no me moví. A veces tenía la impresión de que el implacable ritmo de la vida en el hogar me superaba, me dejaba exhausto y vacío. En tales ocasiones tenía que quedarme sentado durante unas horas.

No deseaba moverme. No en ese momento.

Me pregunté si Julia telefonearía esa noche, y si tendría un pretexto distinto. Me pregunté qué haría si un día venía y anunciaba que estaba enamorada de otro. Me pregunté qué haría si por entonces no tenía aún trabajo.

Me pregunté cuándo volvería a encontrar trabajo. Dejando vagar la mente, di vueltas al amortiguador de onda entre los dedos sin prestarle atención.

Frente a mi ventana había un enorme bucare con espeso follaje y el tronco verde. Lo plantamos al trasladarnos a esta casa, y entonces era mucho más pequeño. Naturalmente lo hicieron los jardineros, pero estábamos todos presentes. Nicole jugaba con su pala y su cubo de plástico. Eric gateaba por el césped en pañales. Julia, recurriendo a sus encantos, había convencido a los jardineros para que se quedaran a acabar el trabajo pese a ser ya tarde. Cuando se marcharon, la besé y le quité un poco de tierra de la nariz. Dijo: «Algún día dará sombra a toda la casa».

Finalmente no fue así. Durante una tormenta se rompió una rama y después creció ya un poco ladeado. El bucare es un árbol de madera blanda; las ramas se parten con facilidad. Nunca creció lo suficiente para dar sombra a toda la casa.

No obstante conservaba un vívido recuerdo de aquel momento. Mirando por la ventana, nos vi a todos de nuevo en el jardín. Pero era solo un recuerdo. Y temía que ya no se correspondiera con la realidad.

Después de trabajar durante años con sistemas multiagente, uno empieza a ver la vida en función de esos programas.

En esencia, un entorno multiagente puede concebirse como una especie de tablero de ajedrez, donde los agentes son las piezas. Los agentes interactúan sobre el tablero para alcanzar un objetivo, del mismo modo que las piezas de ajedrez se mueven a fin de ganar la partida. La diferencia es que nadie mueve los agentes. Interactúan por sí solos para producir el resultado.

Si los agentes se diseñan para tener memoria, desarrollan cierto conocimiento acerca de su entorno. Recuerdan qué posiciones del tablero han ocupado y qué ocurría allí. Pueden regresar a ciertos sitios, con ciertas expectativas. Al final, los programadores dicen que los agentes tienen creencias respecto a su entorno y que actúan conforme a esas creencias. Eso no es verdad en sentido estricto, claro está, pero bien podría serlo, o al menos lo parece.

Pero lo interesante es que con el tiempo algunos agentes adquieren creencias erróneas. Sea por un conflicto de motivos, sea por otra razón, empiezan a actuar indebidamente. El entorno ha variado, pero en apariencia ellos no lo saben. Repiten pautas desfasadas. Su comportamiento no refleja ya la realidad del tablero. Es como si se hubiesen quedado anclados en el pasado.

En programas evolutivos, esos agentes se extinguen; no tienen sucesores. En otros programas multiagente simplemente se los excluye, se los arrincona en la periferia mientras los agentes de la corriente principal siguen adelante. Algunos programas tienen un módulo «guadaña» que actúa como criba y de vez en cuando los retira del tablero.

Pero la cuestión es que se quedan anclados en su propio pasado. A veces se recuperan y vuelven a ponerse al día; a veces no.

Esta clase de reflexiones me inquietaban mucho. Nervioso, me revolví en la silla y eché un vistazo al reloj. Con alivio vi que era hora de ir a buscar a los niños.

Eric hizo los deberes en el coche mientras esperábamos a que acabara el ensayo de su hermana.

Nicole salió de mal humor; pensaba que conseguiría uno de los papeles principales, pero el profesor de arte dramático la puso como simple comparsa.

—¡Solo dos frases! —exclamó, cerrando con fuerza la puerta del coche—. ¿Quieres saber qué digo? «Mirad, ahí viene John». Y en el segundo acto: «Eso parece bastante grave». ¡Dos frases! —Se recostó contra el asiento y cerró los ojos—. No entiendo qué problema tiene conmigo el señor Blakey.

—Quizá piensa que das pena —dijo Eric.

—¡Cagada de rata! —Amanda le dio una palmada a su hermano en la cabeza—. ¡Culo de mono!

—Ya basta —ordené a la vez que ponía el coche en marcha—. Los cinturones de seguridad.

—Este cerebro de mosquito no se entera de nada —dijo Nicole, abrochándose el cinturón.

—He dicho que basta.

—Me entero de que eres una inútil —replicó Eric.

—Basta ya, Eric.

—Eso, Eric, escucha a papá y cállate.

—Nicole… —Le lancé una mirada a través del retrovisor.

—Lo siento.

Parecía al borde del llanto.

—Cariño, es una lástima que no te hayan dado el papel que querías. Sé que te hacía mucha ilusión, y debes de estar muy decepcionada.

—No. No me importa.

—Lo siento de todos modos.

—De verdad, papá, no me importa. Ya es cosa pasada. Pienso en el futuro. —Y al cabo de un momento—: ¿Sabes a quién se lo han dado? ¡A la pelota de Katie Richards! ¡El señor Blakey es un gilipollas!

Antes de que yo pudiera despegar los labios, se echó a llorar con sonoros e histriónicos sollozos. Eric me miró y puso los ojos en blanco.

En el coche, camino de casa, tomé nota mentalmente de que debía hablar con Nicole acerca de su vocabulario después de la cena cuando se hubiera calmado.

Estaba troceando judías verdes para meterlas en la vaporera cuando Eric apareció en la puerta de la cocina.

—Oye, papá, ¿dónde está mi MP3?

—No lo sé —contesté. No acababa de acostumbrarme a la idea de que debía saber dónde estaban las pertenencias de mis hijos: la Gameboy de Eric, su guante de béisbol, las camisetas de Nicole, su pulsera…

—Pues no lo encuentro.

Eric se quedó en la puerta, sin acercarse, por si acaso le pedía que me ayudara a poner la mesa.

—¿Lo has buscado?

—Por todas partes, papá.

—Ya. ¿Has mirado en tu habitación?

—De arriba abajo.

—¿En el salón?

—En todas partes.

—¿En el coche? Quizá te lo has dejado en el coche.

—No, papá.

—¿No lo habrás dejado en tu taquilla del colegio?

—No tenemos taquillas; tenemos casillas.

—¿Has buscado en los bolsillos de tu cazadora?

—Vamos, papá. Ya he hecho todo eso. Lo necesito.

—Puesto que has buscado ya en todas partes, tampoco yo lo encontraré, ¿no crees?

—Papá, ¿podrías ayudarme, por favor?

Al estofado le quedaba aún media hora. Dejé el cuchillo y fui a la habitación de Eric. Busqué en los lugares habituales: al fondo del armario, donde la ropa estaba amontonada de cualquier manera (tendría que hablar con María al respecto), bajo la cama, detrás de la mesilla de noche, en el último cajón del mueble del cuarto de baño y debajo de las cosas apiladas en su mesa. Eric tenía razón. Su MP3 no estaba en la habitación. Nos dirigimos hacia el salón. Al pasar frente a la habitación del bebé, eché un vistazo dentro. Y lo vi al instante. Estaba en el estante contiguo al cambiador, junto a las cremas. Eric lo cogió.

—¡Gracias, papá! —exclamó, y se marchó corriendo.

Era inútil preguntar qué hacía en la habitación del bebé. Regresé a la cocina y continué cortando las judías verdes. Casi de inmediato:

—¡Papá!

—¿Qué?

—¡No funciona!

—No grites.

Eric volvió a la cocina malhumorado.

—Lo ha roto —protestó.

—¿Quién lo ha roto?

—Amanda. Ha babeado encima o algo, y lo ha roto. No es justo.

—¿Has comprobado la pila?

Me lanzó una mirada lastimera.

—Claro, papá. ¡Lo ha roto, ya te lo he dicho! ¡No es justo!

Dudaba que su MP3 estuviera roto. Aquellos aparatos eran sólidos, sin piezas móviles. Y era demasiado grande para que la niña pudiera manipularlo. Eché las judías verdes en la bandeja de la vaporera y tendí la mano.

—Déjamelo.

Entramos en el garaje y saqué la caja de herramientas. Eric observaba todos mis movimientos. Tenía un juego completo de pequeñas herramientas para ordenadores y aparatos electrónicos. Desenrosqué cuatro tornillos de estrella, y la tapa se desprendió. Examiné la placa base. Estaba cubierta de una fina capa de polvo grisáceo, como hilas de una secadora de ropa, que oscurecía todos los componentes electrónicos. Sospeche que Eric, jugando al béisbol, se había lanzado a la primera base con el aparato en el bolsillo. Probablemente por eso no funcionaba el aparato. Pero examiné el borde del plástico y vi una junta de goma donde se encajaba la tapa posterior. Lo habían diseñado hermético… como era lógico.

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