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Authors: Michael Crichton

Tags: #Tecno-Thriller

Presa (6 page)

BOOK: Presa
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—Bueno, mira, solo quería decirte que esta noche saldré temprano… ¡por fin! Así que llegaré a casa a cenar. ¿Qué te parece si compro algo de camino?

El entrenamiento de Eric acabó tarde. Ya oscurecía en el campo de fútbol. El entrenador siempre acababa tarde. Yo me paseaba por la línea de banda, intentando decidir si quejarme o no. Era difícil saber cuándo se mimaba a un niño y cuándo se le protegía legítimamente. Nicole llamó desde su teléfono móvil para decir que había terminado su ensayo para la obra de teatro y por qué no había pasado a recogerla. ¿Dónde me había metido? Le expliqué que estaba todavía esperando a Eric y le pregunté si podía encontrar a alguien que la llevara a casa.

—Papá… —dijo, exasperada.

Daba la impresión de que le hubiera pedido que volviese a casa arrastrándose.

—Oye, no puedo moverme de aquí.

—Como tú digas —replicó ella, con mucho sarcasmo.

—Vigila ese tono, jovencita.

Pero al cabo de unos minutos el entrenamiento se suspendió de repente. Un enorme camión de mantenimiento paró junto al campo y de él salieron dos hombres con mascarillas, grandes guantes de goma y bombonas de fumigación a la espalda. Iban a rociar el campo con herbicida o algo así y nadie podía utilizarlo hasta el día siguiente.

Telefoneé a Nicole para avisarla de que iba a recogerla.

—¿Cuándo?

—Ya vamos hacia allí.

—¿Venís del entrenamiento de ese pelota?

—Nic, por favor.

—¿Por qué siempre ha de ser él el primero?

—No siempre es él el primero.

—Sí lo es. Es un pelota.

—Nicole…

—Lo siento.

—Enseguida estoy ahí.

Colgué. Los niños crecían muy deprisa hoy día: la adolescencia empezaba a los once años.

A las cinco y media los niños estaban en casa, saqueando el frigorífico. Nicole comía un trozo enorme de queso mozzarella. Le dije que lo dejara, o le quitaría el hambre para la cena. Luego empecé a poner la mesa.

—¿Cuándo cenamos?

—Enseguida. Mamá va a traer algo.

—Ya. —Nicole desapareció durante unos minutos. Al regresar, dijo—: Siente no haber llamado, pero llegará tarde.

—¿Cómo? —Yo estaba llenando de agua los vasos de la mesa.

—Siente no haber llamado, pero llegará tarde —repitió—. Acabo de hablar con ella.

—¡Por Dios! —Aquello era indignante. Procuraba no mostrar mi irritación en presencia de los niños pero a veces no podía contenerme. Dejé escapar un suspiro—. Está bien.

—Tengo mucha hambre, papá.

—Trae a tu hermano y subid al coche —dije—. Cenaremos fuera.

Esa noche Amanda estaba inquieta y se negó a dormirse. Pensé que podía deberse a las vacunas. Solo una táctica surtía efecto cuando Amanda no se dormía: había que cogerla en brazos de cara al frente y pasearla por la casa, hablándole en susurros y enseñándole las flores, las fotografías de las paredes, la vista desde la ventana. Había que seguir así hasta que bostezaba. Pero ese primer bostezo podía tardar mucho en llegar.

Así que la paseé por su habitación, mostrándole los personajes de Winnie the Pooh del estampado de la lámpara, el reloj del Monstruo de las Galletas y todos sus sonajeros. No bostezó. La llevé a la sala de estar y le enseñé las fotografías de los estantes.

Había una de Julia.

Más tarde, cuando llevaba a Amanda a la cuna, rocé con el codo una foto de la estantería de la sala de estar. Cayó ruidosamente al suelo, y me agaché a recogerla. Era un retrato de Julia y Eric en Sun Valley cuando él tenía cuatro años. Los dos vestían trajes para la nieve; Julia, con una sonrisa radiante, le enseñaba a esquiar. En la foto de al lado Julia y yo aparecíamos en nuestro undécimo aniversario de boda en Kona; yo vestía una estridente camisa hawaiana y ella lucía una vistosa guirnalda de flores en torno al cuello, y nos besábamos al atardecer. Aquel fue un viaje maravilloso; de hecho, estábamos seguros de que Amanda fue concebida allí. Recuerdo que Julia llegó un día a casa del trabajo y dijo: «Cariño, ¿verdad que, según tú, los
mai-tais
que bebíamos eran peligrosos?».. Yo contesté: «Sí». Y ella añadió: «Pues permíteme expresarlo así: es una niña». Me sobresalté de tal modo que me atraganté con el refresco que estaba tomando y el líquido me subió a la nariz. Los dos nos echamos a reír.

Luego una foto de Julia preparando magdalenas con Nicole, esta tan pequeña que, sentada en el mármol de la cocina, no le llegaban los pies al borde. No debía de tener más de un año y medio. Nicole, con un ceño de concentración, empuñaba un cucharón colmado de masa, ensuciándolo todo, y Julia se esforzaba por no reír.

Y una foto de una excursión en Colorado, Julia llevando de la mano a Nicole, que entonces contaba seis años, y yo con Eric sobre los hombros, el cuello de mi camisa manchado de sudor… o de algo peor si no recuerdo mal aquel día. Eric tenía dos años y aún llevaba pañal. Le parecía divertido taparme los ojos mientras íbamos por el camino.

La foto de la excursión se había deslizado dentro del marco y estaba ladeada. Golpeé ligeramente el marco para intentar enderezarla pero no se movió. Advertí que otras varias fotografías estaban descoloridas o la emulsión se adhería al cristal. Nadie se había molestado en cuidarlas. La niña gimoteó en mis brazos y se frotó los ojos con los puños. Era hora de acostarse. Dejé los retratos en el estante. Eran imágenes lejanas, de otro tiempo más feliz. De otra vida. Me daba la impresión de que ya no tenían nada que ver conmigo. Todo había cambiado.

El mundo había cambiado.

Esa noche dejé la mesa puesta, un mudo reproche. Julia la vio al llegar a casa a eso de las diez.

—Lo siento, cariño.

—Sé que estabas ocupada —dije.

—Lo estaba. Perdóname, por favor.

—Te perdono.

—Eres el mejor. —Me lanzó un beso desde el otro extremo de la sala—. Voy a ducharme.

La observé mientras se alejaba por el pasillo. Se asomó a la habitación de la pequeña y de pronto entró. Al cabo de un momento oí sus susurros y los gorgoritos del bebé.

En la habitación a oscuras, tenía a la niña en brazos y le acariciaba la nariz con la punta de la suya.

—Julia, la has despertado —dije.

—No, ya estaba despierta. ¿Verdad, tesoro? Estabas despierta, ¿verdad, chiquitina?

La niña se frotó los ojos con los puños y bostezó. Parecía evidente que la había despertado.

Julia se volvió hacia mí en la oscuridad.

—No la he despertado. En serio. ¿Por qué me miras de esa manera?

—¿De qué manera?

—Ya lo sabes. Con mirada acusadora.

—No te acuso de nada.

La niña empezó a protestar y finalmente rompió a llorar. Julia tocó el pañal.

—Creo que se ha mojado —dijo, y dirigiéndose a la puerta, me la entregó—. Hazlo tú, don perfecto.

En ese momento había tensión entre nosotros. Después de cambiar a la niña y acostarla, oí a Julia salir de la ducha y dar un portazo. Cuando Julia empezaba a dar portazos, era una señal para que yo fuera a tranquilizarla. Pero esa noche no me apetecía. Me molestaba que hubiera despertado a la niña, y me molestaba su informalidad, diciendo que llegaría temprano a casa y no llamando siquiera para avisar de que se retrasaría. Temía que se hubiera vuelto tan informal porque un nuevo amor la distraía. O sencillamente ya no le importaba su familia. No sabía qué hacer con esa situación, pero no me apetecía aliviar la tensión que había entre nosotros.

Me limité a dejar que diera portazos. Cerró la puerta corrediza del armario con tal fuerza que la madera crujió. Juró. Esa era otra señal de que debía acudir corriendo.

Regresé a la sala de estar y me senté. Cogí el libro que estaba leyendo y fijé la mirada en la página. Intenté concentrarme pero no pude. Estaba furioso y oía su estrépito en el dormitorio. Si seguía así, despertaría a Eric y tendría que pararle los pies. Esperaba que el asunto no llegara tan lejos.

Finalmente cesaron los ruidos. Probablemente se había acostado. Si era así, no tardaría en dormirse. Julia conciliaba el sueño sin problemas cuando discutíamos. Yo no; yo permanecía despierto, paseándome colérico de un lado a otro, procurando serenarme.

Cuando por fin me acosté, Julia dormía profundamente. Me deslicé entre las sábanas y me quedé hecho un ovillo en mi lado, lejos de ella.

Era la una de la madrugada cuando el bebé empezó a llorar. Buscando a tientas la luz, tiré la radio despertador, que se puso en marcha con música rock. Juré. A ciegas, encendí por fin la lámpara de la mesita y apagué la radio.

La niña seguía llorando.

—¿Qué le pasa? —preguntó Julia, soñolienta.

—No lo sé.

Salí de la cama y sacudí la cabeza para intentar despejarme. Entré en la habitación de Amanda y encendí la luz. Todo se me antojó muy brillante, el papel pintado con payasos muy amarillo y chillón. De pronto me pregunté: ¿Por qué no quiere manteles amarillos si en la habitación del bebé lo ha puesto todo amarillo?

La niña estaba de pie en la cuna, sujeta a los barrotes y llorando desesperadamente, la boca muy abierta y la respiración entrecortada. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Le tendí los brazos y ella se cogió a mí. La consolé, pensando que debía de haber tenido una pesadilla. La mecí suavemente.

Ella siguió berreando, implacable. Quizá le dolía algo, quizá le molestaba el pañal. La examiné y entonces descubrí un virulento sarpullido en el vientre, que se extendía en ronchas hasta la espalda y subía hacía el cuello.

Entró Julia.

—¿No puedes calmarla? —preguntó.

—Le pasa algo —contesté, y le mostré el sarpullido.

—¿Tiene fiebre?

Toqué la frente a Amanda. Estaba sudorosa y caliente, pero eso podía deberse al llanto. El resto del cuerpo parecía a temperatura normal.

—No lo sé. Creo que no.

A continuación vi el sarpullido también en los muslos. ¿Lo tenía en los muslos hacía un momento? Habría pensado que casi lo veía propagarse ante mis ojos. La niña lloró aún más fuerte si cabía.

—¡Dios mío! —exclamó Julia—. Llamaré al médico.

—Sí, llámalo.

Había tendido a Amanda de espaldas y le examinaba detenidamente todo el cuerpo. El sarpullido se extendía, sin duda. Y por cómo lloraba la niña, debía de provocarle un intenso dolor.

—Lo siento, cariño, lo siento —dije.

Era evidente que se extendía.

Julia regresó y dijo que le había dejado un mensaje al médico.

—No voy a esperar —respondí—. La llevo a urgencias.

—¿De verdad crees que es necesario? —preguntó.

Sin contestar, entré en el dormitorio para vestirme.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Julia.

—No, quédate con los niños.

—¿Seguro?

—Sí.

—De acuerdo —dijo. Volvió al dormitorio. Cogí las llaves del coche.

El bebé seguía llorando.

—Sé que no es agradable —decía el interno—, pero no creo que sea prudente administrarle un calmante.

Nos encontrábamos en un cubículo delimitado por cortinas en la sala de urgencias. Inclinado sobre mi hija, que no dejaba de llorar, el interno le examinaba los oídos con un instrumento. Amanda tenía ya todo el cuerpo de un rojo encendido. Daba la impresión de que la hubieran sumergido en agua hirviendo.

Estaba asustado. Nunca había oído hablar de nada semejante, un bebé que se ponía totalmente rojo y lloraba sin cesar. No me fiaba de aquel interno, que parecía demasiado joven para ser competente. No podía tener mucha experiencia; ni siquiera parecía afeitarse aún. Yo, nervioso, desplazaba el peso del cuerpo de un pie a otro sin cesar. Empezaba a estar enloquecido, porque Amanda no había dejado de llorar ni un solo instante en la última hora. Aquello iba a acabar conmigo. El interno hacía como si no la oyera, y yo no me explicaba cómo era capaz.

—No tiene fiebre —dijo, tomando notas en un gráfico—, pero a su edad eso no significa nada. En los menores de un año, puede darse el caso de que la temperatura no suba ni una sola décima aun con infecciones agudas.

—¿Es eso? —pregunté—. ¿Una infección?

—No lo sé. Por el sarpullido, supongo que se trata de un virus. Pero deberíamos tener el resultado del análisis de sangre preliminar dentro de… esto, bien… —Una enfermera que pasaba le entregó un papel—. Mmm… —Guardó silencio por un momento—. Bueno…

—Bueno ¿qué? —dije, sin poder parar quieto.

Mientras miraba el papel, el interno movía la cabeza en un gesto de negación. No contestó.

—Bueno ¿qué?

—No es una infección —declaró por fin—. El recuento de glóbulos blancos es normal; proteinemia, normal. No presenta la menor movilización inmune.

—¿Qué quiere decir eso?

El interno estaba muy tranquilo, allí de pie, pensando con el entrecejo fruncido. Me pregunté si acaso sería simplemente estúpido. La gente más capacitada ya no estudiaba medicina, no desde que los de Sanidad ocupaban todos los puestos de control. Aquel chico debía de pertenecer a una de las nuevas promociones de médicos estúpidos.

—Debemos ampliar el espectro diagnóstico —dijo—. Voy a pedir la opinión de cirugía, la opinión de neurología, y vienen ya hacia aquí un dermatólogo y un especialista en enfermedades infecciosas. Eso implica que varías personas hablarán de su hija con usted, le repetirán las mismas preguntas una y otra vez, pero…

—Está bien —contesté—. No importa. Pero ¿qué cree que le pasa?

—No lo sé, señor Forman. Si no es nada de tipo infeccioso, buscaremos otras posibles causas para esta reacción cutánea. ¿No ha salido del país?

—No. —Negué con la cabeza.

—¿No ha estado expuesta recientemente a metales pesados o toxinas?

—¿A qué se refiere?

—Vertederos, plantas industriales, sustancias químicas…

—No, no.

—¿Se le ocurre algo que pueda haber provocado esta reacción?

—No, nada… Un momento, ayer la vacunaron.

—¿De qué?

—No lo sé, las vacunas correspondientes a su edad.

—¿No sabe de qué la vacunaron? —dijo. Tenía el cuaderno abierto, el bolígrafo a punto sobre la página.

—¡No, por Dios! —exclamé malhumorado—. No sé qué vacunas eran. Cada vez que va allí le ponen alguna inyección. El médico es usted, maldita sea.

—No se preocupe, señor Forman —dijo con tono tranquilizador—. Sé que es una situación tensa. Si puede darme el nombre de su pediatra, yo me pondré en contacto con él. ¿Le parece bien?

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