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Authors: David Wellington

Tags: #Terror, Fantástico

99 ataúdes

 

Algunos secretos deberían permanecer enterrados. Un arqueólogo descubre 100 ataúdes en Gettysburg, escenario de la batalla más sangrienta de la guerra civil americana. 99 de los ataúdes están ocupados por vampiros a los que se les ha arrancado el corazón, pero el último de ellos está roto y vacío... Laura Caxton había jurado no volver a enfrentarse a ellos. Pero cuando Jameson Arkeley, destrozado y apenas reconocible, acude a ella con un inquietante descubrimiento, su determinación se desmorona. Un arqueólogo de la zona acaba de descubrir un cementerio en Gettysburg. Aunque la ciudad, que fue escenario de la peor batalla de la guerra civil, no es extraña a estos hallazgos, éste es diferente. En él permanecen 100 ataúdes, 99 de los cuales están ocupados por vampiros que, afortunadamente, han perdido sus corazones. Pero uno de los ataúdes está roto y vacío... Ciertos documentos de la guerra civil parecen contener siniestros secretos acerca de lo que está enterrado en Gettysburg, secretos que Laura Caxton está a punto de descubrir. ¿Podrá salvar a una ciudad entera de la invasión de un ejército sediento de sangre?

David Wellington

99 ataúdes

Serie vampírica de Laura Caxton 2

ePUB v1.4

ikero
07.07.12

CHESS

Es más vieja que las rocas entre las que se alza;

como el vampiro, ha muerto muchas veces,

y ha descubierto los secretos de la tumba.

El Renacimiento.
WALTER PATER

Capítulo 1

«Cinco mil hombres murieron o resultaron heridos en este ancho valle», se dijo Montrose. Debió de ser una escena infernal: los heridos esparcidos entre los cadáveres, un cañón aún disparando desde lo alto de una colina, apuntando a la cima de otra, el relinchar de los caballos, el humo, la desesperación absoluta. Aquél era el lugar donde el país habría podido desmoronarse; y, sin embargo, ese lugar lo había salvado de la ruina total.

Aunque todo aquello había sucedido hacía un siglo y medio. Ahora, al contemplar el campo de batalla de Gettysburg cubierto por el rocío, Montrose tan sólo atinaba a ver los árboles que brillaban bajo el viento que soplaba por entre dos colinas y agitaba la hierba, alta y verde. Hacía ya mucho tiempo que la sangre se había secado y todos los cuerpos habían sido trasladados para ser enterrados. En un rincón del campo, Montrose alcanzó a divisar las reproducciones escrupulosamente fieles de las tiendas de campaña de un grupo de recreadores históricos; no obstante, parecía que también ellos habían decidido dormir hasta tarde.

Montrose intentó despabilarse frotándose la cara. Había olvidado por tercera vez en aquella mañana que aún llevaba la raya de los ojos que se había pintado la noche anterior para salir de fiesta. Jeff Montrose no era un tipo de mañanas; prefería definirse como una criatura nocturna.

Aunque, por supuesto, si el profesor John Geistdoerfer te llamaba un domingo a las seis de la mañana y te preguntaba si podías supervisar una excavación universitaria hasta que él llegara, fingías voz de despierto y te vestías en un periquete. El profesor era la eminencia más destacada en el campo de Estudios del Período de la Guerra Civil Estadounidense y una de las personalidades más influyentes de la Universidad de Gettysburg. Para un estudiante de posgrado como Montrose era imprescindible estar a buenas con él si algún día pretendía hacer carrera por su cuenta.

Y si además resultaba que la excavación en cuestión era algo especial... en fin, que incluso el ave más radicalmente nocturna podía hacer una excepción. Montrose bajó corriendo entre los árboles en dirección a la carretera y saludó al Buick del profesor, que avanzaba hacia él. El coche se detuvo en el arcén, en el lugar que le indicó Montrose.

Geistdoerfer era un hombre alto, tenía una espesa mata de pelo canoso y llevaba un bigote cuidadosamente peinado. Se apeó del vehículo y se puso en marcha sin pararse a escuchar lo que el estudiante tenía que decirle.

—En cuanto lo encontramos, lo llamé de inmediato —trató de explicarse Montrose sin dejar de perseguir al profesor—. Nadie ha bajado aún; me he asegurado de ello.

Geistdoerfer asintió con la cabeza, pero permaneció en silencio mientras ambos se dirigían con paso presuroso hacia el emplazamiento. Resiguió con los ojos la zanja principal, un hoyo irregular excavado por manos inexpertas. En el fondo, todavía medio enterrado bajo la tierra oscura, se adivinaba un suelo de tablones de madera deteriorada. Los estudiantes que habían cavado el hoyo participaban en el proyecto tan sólo por los créditos que obtendrían a cambio y ninguno de ellos cursaba estudios específicos sobre la guerra civil estadounidense. Ahora estaban allí de pie, junto a la zanja, llevaban ropa de Colores vivos y tenían pinta de estar o bien aburridos, o bien asustados. En las manos sujetaban las espátulas y las palas. Geistdoerfer era un profesor popular, aunque podía ser muy severo a la hora de evaluar, por lo que ningún estudiante quería provocar su cólera.

Aquel emplazamiento estaba destinado al trabajo estudiantil porque se suponía que tan sólo suscitaría un interés pasajero para la historia. En su día había sido un polvorín, una angosta bodega subterránea donde los confederados almacenaban barriles de pólvora. Al finalizar la batalla, después de que los soldados se batieran precipitadamente en retirada, volaron el depósito para evitar que terminara en manos de las tropas victoriosas de la Unión. Geistdoerfer no esperaba encontrar nada interesante en la excavación, salvo tal vez algún fragmento de barril chamuscado y un puñado de balas minié de plomo blanqueadas idénticas a las que se podían comprar en cualquier tienda de suvenires de la ciudad.

Durante las primeras horas de excavación los alumnos no encontraron ni eso, pero de pronto las cosas empezaron a ponerse interesantes. Marcy Jackson, una estudiante de criminología, estaba excavando en el fondo de la zanja cuando, una hora antes de que Geistdoerfer llegara, salieron a la luz los tablones del suelo del depósito. Ahora Montrose le hizo un gesto a la estudiante para que se adelantara. La chica tenía las manos hundidas en los bolsillos.

—Marcy golpeó uno de los tablones del suelo con la espátula y le pareció que sonaba hueco. Como si debajo hubiera un espacio subterráneo —explicó Montrose—. Después dio un par de golpes a los tablones hasta que éstos cedieron. Debajo hay un espacio vacío, puede que bastante amplio.

Lo que significaba que el emplazamiento era seguramente algo más que un mero depósito de pólvora, aunque nadie sabía qué otro uso podría haber tenido.

—Sólo quería ver lo que había ahí abajo —dijo Jackson—. Se supone que debemos tener curiosidad, ¿no? Lo dijo usted en clase.

—Sí, es cierto —dijo Geistdoerfer al tiempo que la escrutaba—. Y también les dije, jovencita, que en una excavación se suele esperar, antes de destrozar nada, a que el profesor al cargo del emplazamiento le eche un vistazo. —Montrose vio cómo a Jackson le temblaban los hombros al tiempo que bajaba la mirada, pero el profesor permaneció impertérrito—. Aunque, teniendo en cuenta el resultado, esta vez lo pasaremos por alto —añadió Geistdoerfer con una sonrisa afectuosa e incitante—. ¿Será tan amable de enseñarme lo que ha encontrado?

La estudiante se mordió el labio y se metió en la zanja; Geistdoerfer la siguió. Examinaron juntos el agujero que había en los tablones. El profesor llamó a Montrose, que aún estaba arriba, y le pidió que le llevara linternas y una escalera. Geistdoerfer bajó primero, seguido de Montrose y Jackson. Una vez en el fondo, alumbraron con las linternas aquí y allí, sin tener la menor idea de lo que iban a encontrar.

El depósito de pólvora estaba construido encima de una caverna natural, determinaron al cabo de poco. Había muchísimas por todo Pensilvania, aunque la mayoría de cavernas importantes se encontraban al norte de Gettysburg. Parecía que los confederados sabían de su existencia, pues en varios puntos había maderos que apuntalaban el techo, del cual asomaban afiladas estalactitas. Se apreciaba también que alguien había in-tentado nivelar el suelo. Las linternas apenas iluminaban la caverna, sumida en una oscuridad total, pero bastaban para dejar ver que no estaba vacía. Había una gran cantidad de objetos alargados y de poca altura, apiñados en la penumbra, algo así como unos enormes cajones.

Jackson dirigió el haz de su linterna hacia una de las cajas y de pronto chilló como un ratón. Los dos hombres iluminaron la cara de la chica con sus linternas y Jackson parpadeó con gesto de irritación.

—Estoy bien. Es sólo que no esperaba encontrar un ataúd.

Montrose se agachó junto a la caja que Jackson había examinado y se dio cuenta de que estaba en lo cierto.

—Dios mío —susurró.

Al descubrir la caverna, Montrose había dado por sentado que contendría armamento viejo, o tal vez comestibles podridos desde hacía una eternidad y otros materiales. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de que pudiera tratarse de una cripta.

Empezó a temblar de entusiasmo. Todo arqueólogo, en el fondo, sueña con desenterrar antiguos yacimientos funerarios. Las puntas de flecha de sílex y las reliquias antiguas pueden suscitar interés, pero la motivación que en un primer momento empuja a dedicarse a la arqueología es el deseo de ser los descubridores del siguiente Tutankamón o de los próximos guerreros de terracota. Montrose enfocó con la linterna las otras cajas y vio que eran todas iguales: alargadas y de forma octagonal. Se trataba de ataúdes de madera lisa con sencillas tapas unidas a la base por bisagras oxidadas.

A Montrose se le agolpó en la cabeza un abanico de posibilidades. Dentro habría huesos, desde luego, y eso tenía un gran interés; pero quizá también encontrarían restos de ropa, o tal vez joyas de la época de la guerra civil estadounidense. ¡Habría tantas cosas que hacer, tendrían tanto trabajo de catalogación y descripción! Tendrían que trazar los gráficos de toda la caverna y dibujar los diagramas...

Pero perdió el hilo de su pensamiento cuando Jackson se acuclilló para levantar la tapa del ataúd más cercano.

—Eh, no... —gritó Montrose.

Pero Jackson ya lo había abierto.

—Jovencita... —dijo el profesor, pero entonces se detuvo y soltó un suspiro al tiempo que movía la cabeza de un lado a otro.

Montrose se acercó para echar un vistazo. ¿Cómo podía resistirse?

En el interior del ataúd yacía un esqueleto en un estado de conservación casi perfecto. Tenía todos los huesos intactos, aunque, curiosamente, estaban completamente despojados de carne. Incluso después de ciento cuarenta años, lo razonable era encontrar restos de cabello o piel seca, pero esos huesos estaban igual de limpios que las muestras de museo. Y, no obstante, lo más sorprendente de todo era que el cráneo estaba deformado. La mandíbula era más grande de lo que debería haber sido y poseía más dientes de lo normal. Muchísimos más dientes, y no había entre ellos ningún premolar ni ningún molar. Tan sólo había dientes triangulares de aspecto maligno, ligeramente translúcidos, como los de un tiburón. Montrose reconoció aquellos dientes, los había visto en algún sitio, pero era incapaz de ubicarlos.

Al parecer, Geistdoerfer tenía mejor memoria. Montrose notó cómo el profesor se quedaba paralizado.

—Señorita Jackson, ahora tendré que pedirle que nos deje a solas —dijo el profesor—. Este lugar ya no es apropiado para estudiantes. De hecho, señor Montrose, ¿sería tan amable de subir y mandar a todos los estudiantes a casa?

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