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Authors: David Wellington

Tags: #Terror, Fantástico

99 ataúdes (2 page)

BOOK: 99 ataúdes
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—Desde luego —respondió Montrose.

Condujo a Jackson hacia la escalera e hizo lo que el profesor le había pedido. Algunos de los estudiantes refunfuñaron y otros le hicieron preguntas a las que Montrose no supo responder. Les prometió a todos que iba a explicárselo todo en la siguiente clase. Cuando se hubieron marchado, Montrose descendió la escalera a toda prisa, desesperado por ponerse manos a la obra.

Pero lo que encontró en el fondo de la zanja no tenía ni pies ni cabeza. El profesor estaba de rodillas junto al ataúd y sujetaba algo en la palma de la mano, un objeto negro del tamaño de un puño. Con mucho cuidado, el profesor lo introdujo en el interior de la caja torácica del esqueleto y de pronto se echó hacia atrás con gesto de sorpresa.

Jeff iba a preguntarle qué sucedía, pero el profesor levantó una mano para pedirle silencio.

—Te agradecería que también te fueras a casa, Jeff. Me gustaría estar a solas con el hallazgo durante un rato.

—¿No necesita a alguien que lo ayude a catalogar todo esto? —preguntó Montrose.

Los ojos del profesor brillaban a la luz de su linterna. A Jeff le bastó con una sola mirada para adivinar la respuesta.

—Vale, entiendo —dijo el estudiante—. Lo veré luego, entonces.

Pero Geistdoerfer tenía de nuevo la mirada fija en el interior del ataúd y no pronunció ni una palabra.

Capítulo 2

Vi al general Hancock por última vez en 1886, en Governors Island, en la bahía de Nueva York. Por aquel entonces se encontraba muy débil de salud y le habían descargado de sus funciones como comandante de la División Atlántico. Pase varias horas esperando en la antesala de su oficina. Hacía frío y tan sólo había un pequeño horno con el que calentarme. Cuando llegó caminaba con mucha dificultad y dolor; sin embargo, me saludó con la misma efusividad de siempre.

Teníamos que tomar algunas decisiones acerca de una serie de asuntos, el último de los cuales fue que hacer con el delgado fajo de documentos que había recopilado sobre mi trabajo en Gettysburg, en julio de 1863. «Yo creo que tendríamos que quemarlos», me dijo el general, sin ni siquiera mirarlos. Tenía los ojos fijos en mi rostro y una mirada penetrante y limpia, tal como la recordaba del tercer día de batalla. Por aquel entonces el dolor no había afectado aún su temible intelecto, ni tampoco su alma. «Estos documentos no tienen nada que ofrecer a la posteridad, salvo terror moral; además, de ser publicados significarían la ruina de la trayectoria profesional de muchos. ¿Qué sacaríamos de airear viejos recuerdos?»

Uno no cuestiona a un hombre de la autoridad de Winfield Scott Hancock. Doblé los papeles volví a meterlos en mi maletín. Hancock se dio la vuelta para alcanzar una taza de té que humeaba en la habitación helada.

«¿Y los soldados?», pregunté. «Todos ellos son veteranos.» Su respuesta fue inmediata: «Están muertos, señor», me dijo al tiempo que posaba el pie sobre el horno. «Y es mejor para ellos que así sea.» Entonces, con un hilo de voz, añadió: «Y también es mejor para nuestra conciencia.»

Al cabo de una semana lo trasladaron a Pensilvania, donde lo enterraron. Había muerto por culpa de una vieja herida que nunca llegó a curarse.

ARCHIVO DEL CORONEL WILLIAM PITTENGER

Capítulo 3

El coche de incógnito estaba estacionado tras una hilera de árboles, a tan sólo cien metros del caserón que llevaba largo rato observando: un conjunto de tablones de madera carcomida por el tiempo, amontonados de cualquier modo, y un par de ventanas rotas. Tenía toda la pinta de ser un lugar abandonado, o incluso en ruinas; sin embargo, ella sabía que el aforo estaba completo con los quince miembros de la familia Godwin. No había ni uno de ellos que no tuviera antecedentes penales. Por lo que veía, dedujo que todos estarían durmiendo. A punto estuvo de levantarse de un salto del asiento cuando una ardilla gris trepó a toda velocidad por uno de los tubos de desagüe de la casa, pero logró contenerse y garabateó algunas anotaciones en su libreta de espiral. «29 Sept. 2004, sigo montando guardia frente a la residencia de los Godwin, cerca de Lairdsville, Pensilvania.» «Ha llegado el momento», pensó. Al fin había llegado el día del asalto. Alzó la mirada. El reloj del salpicadero marcaba las 5.47 horas; tomó nota de ello.

—He contado cinco vehículos en la parte delantera —dijo el cabo Painter—. No falta ninguno, lo que significa que toda la familia está ahí dentro. Podemos pillarlos a todos de una tacada.

Como agente subalterna de la investigación, a Caxton le habían encargado ir con uno de los agentes de más experiencia. Painter llevaba muchos años trabajando en el caso. Él tomó un sorbo de café con hielo y miró a través del parabrisas con los ojos entrecerrados.

Es su primera experiencia en una auténtica misión policial, ¿verdad?

—Supongo que se podría decir así —respondió Caxton.

En una ocasión había trabajado en algo parecido a una investigación. Había tenido que luchar por su vida contra los vampiros, unos seres mucho más peligrosos que cualquiera de los tipos malos a los que Painter había estado siguiendo la pista durante toda su carrera. Su trabajo en el caso de los vampiros le había valido a Caxton un ascenso que, sin embargo, no constaba en su expediente. Había transcurrido casi un año desde que se había trasladado de la oficina de Control de Carreteras a la oficina de Investigaciones Criminales. Durante ese tiempo había tenido que asistir a interminables clases en la academia de Hershey, había aprobado exámenes, tanto escritos como orales, y superado las pruebas de polígrafo y de experiencia, sin olvidar los innumerables exámenes psicológicos, médicos y de forma física a los que se había tenido que someter, incluyendo un análisis de orina para comprobar que no tomaba drogas. Entonces, por fin, logró la autorización para trabajar en una auténtica investigación criminal. Fue entonces cuando llegó la parte más dura, el trabajo de verdad. Durante los últimos dos meses había estado haciendo turnos de doce horas en el coche, vigilando el caserón que creían que albergaba uno de los mayores laboratorios ilegales de metanfetaminas de todo el estado. Caxton aún no le había echado el guante a nadie, tampoco había confiscado ninguna prueba, ni había interrogado a ningún individuo de interés. Este asalto probaría definitivamente si estaba hecha para las investigaciones criminales o no. La agente quería que todo saliera perfecto.

—Voy a darle un consejo, entonces. No tiene que escribir la hora cada cinco minutos si no sucede nada —dijo el cabo con una sonrisa al tiempo que señalaba la libreta de Caxton con la taza de café.

Ella le devolvió la sonrisa y se guardó la libreta en el bolsillo. Mantuvo la mirada fija en el caserón. Quena decir algo divertido, algo para que Painter pensara que ella era una más entre los chicos. Aunque, antes de que se le ocurriera nada, la radio del coche se encendió y se oyó la voz del capitán Horace, su superior:

—Llamando a todos los coches patrulla. Ya tenemos la orden de registro. Equipo de explosivos y bomberos a sus puestos. Todos los coches a punto. ¡Vamos a despertarlos!

Caxton notó cómo la adrenalina le corría por las venas. Había llegado la hora.

Painter giró la llave en el contacto y puso el coche en marcha. El vehículo avanzó lentamente hasta la carretera y luego aceleró hasta llegar a la amplia entrada sin pavimentar que había enfrente del caserón. Los neumáticos chirriaron. A su alrededor, otros coches, que habían permanecido camuflados hasta el momento preciso, llegaron desde el bosque y un grupo de policías con chalecos antibalas se desplegaron por toda la explanada de gravilla. Junto a Caxton, un par de agentes sacaron una herramienta para abrir puertas, un larguísimo tubo de PVC relleno de cemento que podría derribar incluso una puerta blindada de acero. Otro agente corrió hacia la puerta para avisar; antes de irrumpir en la vivienda amparándose en la orden de registro, estaban legalmente obligados a advertir a los inquilinos con un grito. Todos los policías llevaban chalecos y máscaras para protegerse. Caxton cogió su máscara antigás, que llevaba colgada en el cinturón, y se la colocó en la cara. En los laboratorios de metanfetaminas se producían sustancias químicas bastante tóxicas, entre ellas el fosfuro de hidrógeno, un gas que podía ser letal en cuestión de segundos. La máscara le dificultaba la visión, pero aun así Caxton corrió hacia delante, desenfundó el arma y la sostuvo junto a la cadera. El corazón le latía con fuerza. Todo sucedía muy de prisa.

—Equipo uno por la izquierda, equipo dos conmigo. ¡Vamos, vamos, vamos! —gritó el capitán Horace, que iba detrás de Caxion—. Equipo tres, retroceded. —Ése era el suyo—. Equipo tres —insistió—, hacia atrás, hacia at... ¡agachaos!

En el segundo piso del caserón se había abierto una ventana. Un hombre con la cabeza rapada y la cara cubierta de llagas se asomó y empezó a disparar a los policías con un rifle de caza. «Mierda —pensó Caxton—, ¿no se suponía que estaban durmiendo?» La agente continuó corriendo para resguardarse en la parte delantera del caserón, un estrecho porche cubierto donde podría cobijarse.

—¡Usted! ¡Retroceda, retroceda! -gritó Horace.

Las balas impactaban en la gravilla y algunas alcanzaron el capó del coche de Caxton, que quedó como si alguien lo hubiera golpeado con un martillo.

—¡Caxton, retroceda!

En sus veintisiete años de vida nunca le habían disparado. Se le paralizó el cerebro y notó un fuerte dolor en los riñones, como si las glándulas suprarrenales vertieran fuego en sus venas. Intentó pensar en algo. Tenía que obedecer la orden. Quería girar sobre sus talones y correr hacia atrás, pero los coches estaban demasiado lejos. Caxton estaba ahí fuera, a la intemperie, y tan cerca del porche...

Sin previo aviso, una bala que cruzaba el aire a toda velocidad le impactó en el esternón y la hizo retroceder unos pasos.

Su visión se tiñó de rojo, y luego de negro, aunque tan sólo durante unos instantes. Parecía que sus pies eran incapaces de mantenerse adheridos a la gravilla y su cabeza chocó contra el suelo emitiendo un sonido discordante. No oía nada. Sintió como si todo su cuerpo fuera una campana y alguien acabara de golpearla.

Unas manos enguantadas la agarraron por los tobillos y la arrastraron hacia atrás, lejos del caserón; las piernas le rebotaban contra el suelo sin control. No sentía nada en el brazo izquierdo. Veía caras que se agachaban para observarla, caras camufladas bajo máscaras antigás y cascos. Entonces oyó un murmullo que poco a poco logró identificar como una voz, humana que le preguntaba si seguía viva.

—El chaleco —dijo Caxton—. Ha impactado en el chaleco.

Unas manos la agarraron por el pecho y Caxton notó cómo tiraban de algo hasta arrancarlo. Alguien logró desprender la bala, un pedazo de metal reluciente y deformado. Otro hombre forcejeó con su casco, pero Caxton le golpeó las manos para que se apartara.

—Estoy bien —gritaba una y otra vez.

Ahora podía oír algo mejor. Podía oír el rugido arrítmico de los rifles de caza y la respuesta constante de los disparos de las armas automáticas.

—Lleváosla de aquí —chilló el capitán.

—¡No, estoy bien! —soltó Caxton a gritos.

Su cuerpo discrepaba. «No eres tan débil como crees», se dijo, repitiendo las mismas palabras que un antiguo compañero le había dedicado en una ocasión. No iban a dejar que se incorporase; aún la estaban arrastrando, ignorando por completo sus esfuerzos por soltarse.

—¿Qué coño ha pasado? —preguntó un agente con el hombro pegado al costado de un coche. Se asomó un poco, pero retrocedió de un brinco en cuanto unos disparos de rifle impactaron en la gravilla que tenía justo delante—. ¡Se suponía que tenían que estar durmiendo!

El capitán Horace se quitó la máscara antigás y miró hacia el caserón con el ceño fruncido.

—Supongo que se meten su propia bazofia. Los adictos a las metanfetaminas se levantan antes que la gente normal.

Unas manos se le acercaron y la ayudaron a incorporarse contra la puerta de un coche. La máscara le obstruía la vista. No podía respirar.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡Aún puedo disparar!

—¡No se levante! —exclamó Horace mientras aguantaba a Caxton por los hombros con fuerza —. No tengo tiempo para esto. Es una orden. Ya desobedeció la última, no puede hacerlo por segunda vez. Quédese aquí sentada y no vuelva a meterse en medió, joder.

Caxton quiso protestar, pero sabía que al capitán no le interesaría su opinión.

—Sí, señor —dijo.

El capitán asintió y se dirigió corriendo hacia la parte trasera de otro coche. Caxton se quitó la máscara antigás con gran dificultad y la dejó caer junto a ella, sobre la gravilla. Acto seguido se acomodó sin abandonar su posición.

Pasaron horas hasta que el tiroteo finalizó y se llevaron al último sospechoso. A continuación Caxton observó cómo el resto de agentes salían desfilando de la casa con las manos llenas de piezas del laboratorio ilegal envueltas en plástico y cubiertas de pegatinas de riesgo biológico. Las ambulancias se llevaron a los heridos y a alguien se le ocurrió avisar a un médico de emergencias para que le echara un vistazo al contusionado pecho de Caxton. El médico le quitó el chaleco, le desabrochó la camisa y la examinó. Finalmente le dio una bolsa de hielo y le dijo que estaba bien. Después de que el médico la dejara marcharse, el cabo Painter se acercó para ver cómo estaba.

—Se ha perdido toda la diversión —le dijo sonriendo.

El cabo Painter se agachó y le extendió una mano para ayudarla a levantarse. Al ponerse en pie le crujió la caja torácica, pero Caxton sabía que estaba bien.

—No ha salido exactamente como esperaba, ¿verdad? —preguntó el cabo.

Caxton negó con la cabeza.

—Me voy a casa —le comunicó. Se sacó la libreta del bolsillo de los pantalones y se la arrojó a Painter—. Aquí tiene, redacte usted el informe.

Capítulo 4

Me han pedido que cuente mi historia. No quisiera tener que hacerlo, pero me lo ha exigido el Ministerio de Guerra y, además, aún ha de nacer el hombre que pueda llamarme HOLGAZÁN, de modo que consignaré mi historia en estas páginas, lo que nos sucedió a mí y a los hombres que estaban a mi cargo, los horrores que mis ojos han visto y las tragedias que han sucedido. También confesaré nuestros pecados. Que así sea.

Permítanme empezar mi relato una vez finalizada la batalla de Chancellorsville, pues los acontecimientos anteriores no son de ninguna relevancia para la presente narración. Baste con decir que los miembros del 3.º batallón de voluntarios de la infantería de Maine fueron los últimos en huir de aquel infierno de fuego de cañones y muerte. Cuando al fin se nos comunicó la orden de retirada, nos marchamos a toda prisa, como está mandado. El 21 de junio de 1863, tras varias horas de marcha, acampamos en un lugar llamado Gum Spring, en Virginia. Sin embargo, antes de que pudiéramos descansar, el sargento llegó a nuestra posición procedente del frente con una vela en la mano y golpeó un pequeño tambor al tiempo que nos daba nuevas órdenes. Debíamos hacer de piquetes, tarea que a ningún soldado satisface. Cinco hombres y yo, que conformábamos un cuarto de los supervivientes de la compañía H, reanudamos la marcha hasta que nos hubimos alejado aproximadamente un kilómetro y medio del frente, donde debíamos buscar al enemigo y, si se presentaba la ocasión, establecer contacto con él. A Hiram Morse, a quien he tachado de cuentista y de otras cosas peores, aquello le gustaba menos que a nadie. «Esto es trabajo de perros», refunfuñaba sin cesar. «¡Mandarnos al corazón de la zona confederada en plena noche! ¿Acaso quieren que perdamos la vida?»

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