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Authors: Lois Lowry

Tags: #ciencia ficción - juvenil

En busca del azul

 

Nora, una huérfana con una pierna torcida, vive en un mundo donde los «débiles» son dejados de lado. Desde el momento en que muere su madre, teme por su futuro hasta que es perdonada por el poderoso Consejo de Guardianes. La razón es que Nora tiene un don: sus dedos poseen la habilidad de bordar de manera extraordinaria. Supera con creces a la habilidad que mostraba su madre, por lo que se le encomienda una tarea que ningún otro miembro de la comunidad puede desarrollar. Mientras su talento la mantiene viva y le supone ciertos privilegios, se da cuenta de que está rodeada de misterios y secretos. Nadie debe saber de su intención de descubrir la verdad sobre su mundo, además de averiguar qué existe más allá de sus límites.

Lois Lowry

En busca del azul

Libro 2º El Dador

ePUB v1.0

Nibbler
01.01.12

Título original: 
Gathering Blue

Lois Lowry, 2000

Traducción: Mª Luisa Balseiro

Editor original: Nibbler (v1.0 )

Capítulo 1

—¡Madre!

No tuvo respuesta. Ni esperaba tenerla. Su madre llevaba cuatro días muerta, y Nora notaba que el último resto de su espíritu se alejaba ya.

—¡Madre!

Lo volvió a decir, en voz baja, a aquello que se iba. Le pareció sentir su despedida como se siente un pequeño soplo de brisa en la noche.

Ya estaba sola del todo. Sintió la soledad, la incertidumbre y una gran tristeza.

Aquello había sido su madre, la mujer cálida y vital que se llamó Catrina. Después, tras la inesperada y rápida enfermedad, había pasado a ser el cuerpo de Catrina, que todavía conservaba el espíritu en su interior. Al cabo de cuatro atardeceres y amaneceres, también el espíritu se había ido. Ya no era más que un cuerpo. Vendrían los cavadores y echarían una capa de tierra sobre la carne, pero aun así la desgarrarían para comérsela los animales hambrientos que venían de noche. Entonces los huesos se dispersarían, se pudrirían y se desharían hasta confundirse con la tierra.

Nora se pasó la mano por los ojos, que de pronto se le habían llenado de lágrimas. Había querido a su madre, y la iba a echar de menos terriblemente. Pero había llegado el momento de marcharse. Hincó el bastón en la tierra blanda, y apoyándose en él se levantó.

Miró a su alrededor, indecisa. Aún era joven, y hasta entonces no había vivido la experiencia de la muerte en la pequeña familia que formaban sólo su madre y ella. Había visto a otras personas, naturalmente, cumplir los ritos. Veía a algunas en el vasto y maloliente Campo de la Partida, acurrucadas junto a aquéllos a cuyos espíritus acompañaban aún. Sabía que allí estaba una mujer llamada Elena, viendo cómo el espíritu abandonaba a su niño, que había nacido demasiado pronto. Elena había llegado al Campo el día anterior. A los recién nacidos no había que velarles cuatro días; sus pequeños espíritus, apenas llegados, se iban rápidamente. Así que Elena regresaría pronto al pueblo y a su familia.

Pero Nora ya no tenía familia. Ni casa. La barraca donde vivía con su madre la habían quemado. Era lo que se hacía siempre después de una enfermedad. Aquella pequeña edificación, el único hogar que Nora había conocido, ya no existía. Vio el humo a lo lejos estando allí sentada junto al cuerpo. Mientras veía alejarse al espíritu de su madre, había visto también cómo los fragmentos de su vida de niña se disipaban en el cielo, convertidos en cenizas.

Sintió un ligero escalofrío de miedo. El miedo estaba siempre en la vida de las personas. Por miedo se hacían casas, se buscaba comida y se cultivaban cosas. Por la misma razón se almacenaban armas, en espera. Había miedo al frío, a la enfermedad y al hambre. Había miedo a las fieras.

Y el miedo la empujaba ahora, allí apoyada en su bastón. Miró por última vez al cuerpo sin vida que había contenido a su madre, y se puso a pensar adónde ir.

***

Pensó en reconstruir. Si pudiera encontrar ayuda, lo cual no era probable, no tardaría mucho en construir una barraca, sobre todo en aquella época del año, el verano temprano, cuando en los árboles había ramas tiernas y junto al río barro espeso y abundante. Muchas veces había visto construir a otros, y calculaba que sería capaz de hacerse alguna clase de refugio. Las esquinas y la chimenea quizá no saldrían rectas. El techo sería difícil, porque con la pierna mala le era casi imposible trepar. Pero se las arreglaría. Construiría una barraca como fuera. Y después se las arreglaría para ganarse la vida.

El hermano de su madre había pasado dos días cerca de ella en el Campo, no velando a Catrina su hermana, sino sentado en silencio junto a los cuerpos de su mujer, la irascible Solora, y de su hijo recién nacido, que no había llegado a tener nombre. Se reconocieron y se saludaron de lejos, Nora y el hermano de su madre. Pero él se marchó una vez cumplido su tiempo de estancia en el Campo de la Partida. Tenía que atender a sus hijos; habían tenido otros dos, además del que causó la muerte de Solora. Los otros eran todavía pequeños, y sus nombres aún tenían una sola sílaba: Dan y Mar. «Quizá podría yo cuidar de ellos», pensó Nora por un instante, tratando de imaginarse un futuro en el pueblo. Pero apenas despuntó esa idea en su interior cuando se dijo que no podría ser. Los hijos de Solora serían dados, repartidos entre quienes no tuvieran. Los niños sanos y fuertes eran valiosos; debidamente enseñados, podían contribuir al sustento de la familia, y habría muchos que quisieran a aquellos niños.

Nadie querría a Nora. Nadie la había querido nunca, excepto su madre. Muchas veces le había oído contar la historia de su nacimiento —el nacimiento de una niña sin padre y con una pierna torcida—, y cómo había luchado para mantenerla viva.

—Vinieron a buscarte —susurró Catrina, relatando la historia una noche en la barraca, junto al fuego que ardía vivamente—. Tenías un día de edad; todavía no te habíamos puesto tu nombre de niña de una sílaba.

—Nor.

—Exactamente, Nor. Me trajeron comida y te iban a llevar al Campo…

Nora se estremeció. Era el uso, era la costumbre y era lo piadoso, devolver a la tierra al recién nacido imperfecto y sin nombre antes de que su espíritu le llenase y le hiciera humano. Pero se estremeció al pensarlo.

Catrina acarició el pelo de su hija.

—No lo hacían con mala intención —le recordó, y Nora asintió:

—No sabían que era yo.

—No eras tú, todavía.

—Cuéntame otra vez por qué les dijiste que no —susurró Nora.

Su madre suspiró al recordar.

—Yo sabía que no tendría más hijos —explicó—. A tu padre se lo habían llevado las fieras. Varios meses antes se fue a cazar y no regresó. Así que yo no volvería a ser madre. A lo mejor —añadió— con el tiempo me habrían dado uno, un huérfano para que lo criase. Pero según te tenía en brazos, ya entonces, cuando tu espíritu aún no había llegado, y con esa pierna torcida que significaba que nunca podrías correr, ya entonces tenías brillo en los ojos. Yo veía en tus ojos el comienzo de algo grande. Y tus dedos eran largos y bien formados…

—Y fuertes. Mis manos eran fuertes —añadió Nora con satisfacción. Había oído la historia muchas veces, pero siempre que la oía se miraba aquellas manos fuertes con orgullo.

Su madre se echó a reír.

—Tan fuertes que se agarraban con ferocidad a mi dedo pulgar y no lo soltaban. Sintiendo aquel apretón no podía dejar que te llevasen. Simplemente dije que no.

—Se enfadaron.

—Sí, pero yo me mantuve firme. Claro que mi padre vivía aún. Era viejo entonces, tetrasílabo, y había sido jefe del pueblo, Guardián Mayor, durante muchos años. Se le tenía respeto. Y tu padre también habría sido un jefe muy respetado si no hubiera muerto en la cacería. Ya estaba escogido para guardián.

—Dime el nombre de mi padre —pidió Nora.

Su madre sonrió a la luz del fuego.

—Cristóbal —dijo—. Ya lo sabes.

—Pero me gusta oírlo. Me gusta oírtelo decir.

—¿Quieres que continúe?

Nora asintió.

—Te mantuviste firme. No cediste —recordó a su madre.

—De todos modos me hicieron prometer que no serías una carga.

—Y no lo he sido, ¿verdad que no?

—Claro que no. Tus manos fuertes y tu cabeza sabia compensan por la pierna tullida. Eres una ayudante robusta y segura en el taller de tejido; todas las tejedoras lo dicen. Y una pierna torcida no tiene ninguna importancia frente a tu inteligencia. ¡Las historias que cuentas a los niños, las cosas que inventas con palabras… y con hilos! ¡Cómo bordas! No se parece en nada a todo lo que yo he visto hacer. ¡No tiene ni comparación con lo que sé hacer yo! —su madre hizo una pausa y se rió—. Ya basta. No me hagas cantar tus alabanzas. Acuérdate de que aún eres una niña, y muchas veces testaruda: esta misma mañana, Nora, se te olvidó limpiar la barraca, aunque lo habías prometido.

—Mañana no se me olvidará —dijo Nora soñolienta, arrimándose a su madre en el jergón donde dormían y buscando una postura más cómoda para la pierna torcida—. Lo prometo.

***

Pero ahora no había nadie que la ayudase. No le quedaba familia, y tampoco en el pueblo era una persona muy útil. Su trabajo de todos los días había consistido en ayudar en el taller de tejido, recogiendo las hilachas y los sobrantes; pero la pierna torcida le restaba valor como trabajadora, e incluso como futura compañera de un hombre.

Sí, a las mujeres les gustaban las historias fantásticas que contaba para entretener a los niños revoltosos, y admiraban los dibujitos que bordaba con hilos. Pero esas cosas eran pasatiempos; no eran trabajo.

El cielo, donde el sol descendía ya, arrojando sobre el Campo de la Partida las sombras de los árboles y espinos que lo cercaban, le dijo que era mucho más tarde del mediodía. La incertidumbre la había hecho demorarse demasiado. Reunió cuidadosamente las pieles donde había dormido en las cuatro noches que pasó velando el espíritu de su madre. La fogata era cenizas frías, un montón de brasas ennegrecidas. El cacharro del agua estaba vacío, y no quedaba comida.

Despacio, ayudándose con el bastón, renqueó hacia el camino que conducía al pueblo, aferrada a una pequeña esperanza de ser aún bien recibida.

Al borde del claro había unos niños jugando y correteando por el campo cubierto de musgo, con agujas de pinos pegadas al pelo y a sus cuerpos desnudos. Nora sonrió. Les conocía a todos. Estaba el hijo rubio de la amiga de su madre, nacido hacía dos veranos. Y la niña cuyo hermano gemelo había muerto; era más pequeña que el rubio, apenas había empezado a andar, pero se reía y chillaba con los otros, jugando al corre que te pillo. Los chiquillos se peleaban dándose tortas y patadas, se amenazaban con palos y se atizaban con sus puñitos. Nora recordó cómo en su infancia contemplaba a sus compañeros en aquellos juegos, que eran una preparación para las peleas reales de la vida adulta. Ella no podía participar por la pierna averiada, y miraba desde fuera con envidia.

Un niño mayorcito, de ocho o nueve años, aún lejos de la pubertad y del nombre bisílabo que entonces recibiría, estaba aclarando la maleza y amontonando las ramitas en haces para la lumbre. La miró con su cara sucia. Nora sonrió; era Mat, amigo suyo de siempre. Mat le gustaba. Vivía en la Nava, un lugar pantanoso y desagradable; debía de ser hijo de un acarreador o un cavador. Pero corría a sus anchas por el pueblo, con sus traviesos amigos y su perro siempre detrás. Muchas veces, como aquel día, hacía recados o pequeños trabajos a cambio de unas monedas o un dulce. Nora le dio una voz. El perro golpeó el suelo con su rabo torcido, enredado de hojas y palitos, y el chico respondió con una gran sonrisa.

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