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Authors: Hernán Casciari

España, perdiste (2 page)

BOOK: España, perdiste
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Más tarde opté por llevarme al baño toallitas mojadas de papel. El objetivo era cagar y mantenerse una horita sin hacer nada, leyendo tranquilamente, y después tener algo húmedo a mano para dejar pulcra la cavidad. El truco funcionó en las estaciones estivales, pero cuando llegó el invierno, que acá es crudo, volví a extrañar el chorro caliente del bidet, la cascada de agua hirviendo que antaño me devolvía la temperatura del cuerpo y que, además de rasquetearte el ano hasta dejarlo lustroso, te generaba esa duda tan ambigua de no saber si eras friolento o si eras maricón. En conclusión: las toallitas mojadas y heladas tampoco servían.

El siguiente paso, temerario, fue el de cagar, leer y después meterme directamente a la ducha para pegarme una buena enjuagada completa, pero resultó que los libros (máxime los de la editorial Seix Barral) se me deshacían mucho con el vapor. La solución, en este caso, hubiera sido salir del baño y dejar el libro en otra parte antes de ducharme, pero el objetivo de este ritual es hacer todo sin abrir la puerta, sinó no tiene joda. Así que más o menos en 2003 ya no sabía qué carajo hacer con mi vida.

Hubo un último manotazo de ahogado que no prosperó. Fue cuando le pedí a Cristina si no me hacía la gauchada de conectar la manguera al agua caliente de la cocina y cuando yo, en cuatro patas, dijera "¡aura!", me manguereara un poco, poniendo el dedo gordo en la boca de escape para que saliera el agua filosa. Pero así como acá no hay bidet en los baños, tampoco hay desagüe en las casas, por lo que la primera y única vez que Cris accedió a manguerearme fue un enchastre. Además, el verme en posición perrito la traumatizó un poco a nivel emocional:

—Si quieres que siga apostando por este matrimonio —me dijo muy seria— deja de pedirme estas cosas.

Durante el invierno de 2003 casi no leí. Fue una época borrosa, anodina, sin grandes revelaciones intelectuales. Además, cagaba muchas veces al día y sin la pasión lúdica que caracterizaba mis deposiciones; tiraba la cadena enseguida y salía del baño tan ignorante como había entrado. Más que el cago de un joven escritor lo mío parecía el meo de una señora jubilada. Y eso, obviamente, repercutía en el resto de mis actividades cotidianas: un hombre que se la pasa cagando y no lee nunca, más que un hombre es un concejal peronista. Me sentía muy triste.

Entonces, por pura casualidad, descubrí el "Barbarela". Este bar es como todos los bares de Barcelona, pero en el baño de mujeres hay, olvidado y funcionando, un bidet argentino. La primera vez que entré al baño del Barbarela me equivoqué de puertita —cada noche agradezco a Dios la existencia de esos carteles tan ambiguos que ponen en los baños—; las siguientes veces, en cambio, me hice el equivocado para poder cagar allí.

Ya hace un año que frecuento el Barbarela todas las tardes, con una mochila llena de libros. Me pido un poleo menta que rara vez bebo, y a los diez minutos me meto al baño de mujeres. Como la lectura suele llevarme una horita diaria, cada tanto el picaporte se mueve en falso (las mujeres siempre quieren mear, no sé por qué), o alguien golpea la puerta pidiendo paso, y entonces yo debo poner la voz finita y decir:

—¡Està ocupat! —porque, ya que me finjo señora, lo mejor es fingirme señora catalana.

El dueño del Barbarella es un gordo pelado que se llama Enric, y que nunca en la vida me ha preguntado nada. Ni porqué me equivoco de baño, ni porqué tardo tanto, ni porqué hablo con voz de mujer una vez dentro, ni porqué nunca me bebo el poleo menta ni, mucho menos, porqué le dejo siempre propinas tan extraordinarias. El pelado Enric es un amigo silencioso y sabio, que ha de pensar de mí cosas horribles, pero que jamás ha dejado de decirme "adéu, fins demà", cada vez que salgo de su bar un poco más liviano y un poco más leído.

El "Barbarela" está en la esquina de Travessera de Gràcia y Torrijos; apunto la dirección exacta por si hay otros lectores argentinos viviendo en Barcelona que tampoco pueden cagar y leer en sus casas. El baño está muy bueno, tenemos desodorante de ambiente y toallitas de papel gratis. El poleo menta sale un euro. Los libros, obviamente, hay que traerlos desde casa.

Quedan todos invitados a cagar y a leer en este bar del barrio de Gràcia. No estaría mal que, de a poco, vayamos convirtiendo el sitio en un café-literario con bidet. Eso sí: de cuatro a cinco de la tarde, el baño de mujeres del Barbarella está ocupado por el socio fundador.

El tipo aburrido de la mesa del fondo

En las fiestas de casamiento yo soy el que se queda solo, sentado a un costado de la mesa, mientras los demás bailan fingiendo que son un trencito. Yo soy ése porque en la vida hay roles que debemos cumplir. Alguien debe ser el borracho que da vergüenza ajena, y alguien tiene que ser la yegua omnipresente con el vestido rojo, y alguien tiene que ser el novio, y alguien tiene que ser la bisabuela que fuma, y alguien tiene que ser un primo que vino desde Boston especialmente a la boda. Yo soy el aburrido de la mesa del fondo. Y no me quejo.

En realidad sí me quejo, pero no en ese momento, sino cuando me llega la invitación, unas semanas antes. En general mi vida es tranquila, previsible y cómoda. También solitaria. La llegada de una invitación indeclinable a lo que sea funciona en mi cabeza como si me echaran encima una bolsa de mierda. Me tambalea cualquier invitación. Pero las que tienen que ver con una fiesta, y de casamiento, me desmoronan.

Hay personas que tenemos una enorme dependencia del futuro inmediato, que vivimos gracias a la certeza de que ocurrirán pequeñas maravillas en poco tiempo. Por ejemplo: yo sé que en menos de once meses hay un Mundial, y muchas veces me levanto de la cama sólo por eso. O porque mi hija en cualquier momento conversará conmigo. Son detalles luminosos. Tener que ir a una fiesta de casamiento dentro de dos semanas me predispone en sentido contrario. Me amarga la vida, la llena de tormenta.

No me preocupa la idea de conseguir un traje, ni de tener que hacer un regalo. Ni siquiera pienso en eso porque ya alguien lo hará por mí. Me agobia saber que tendré que estar allí esas cuatro horas. Es únicamente eso: la sensación de pánico que me produce ver tan de cerca al ser humano convertido en trencito.

Intentaré ser claro: las tres deformaciones humanas que más miedo me dan en todo el mundo son los borrachos que te agarran, la gente grande que te cuenta chistes y los parientes lejanos.

Las fiestas de casamiento son un lugar en el que, por alguna razón misteriosa, se juntan estos tópicos nefastos. Incluso tengo un tío segundo que, él solito, cumple los tres roles maléficos de ser borracho, sospecharse gracioso y llevar mi ADN, todo al mismo tiempo.

Después de días de masticar la impotencia de tener que ir, cuando finalmente llego a la fiesta toda mi angustia se desvanece. Como dije, funciono a base de futuros felices. Y una vez que estoy ahí, con un traje horrible, con una sonrisa falsa, descubro que al día siguiente todo habrá pasado y volveré a mi vida de serenidad. Eso me alivia mucho, y desarrollo mi rol con cierta dignidad apresurada.

Mi rol en los casamientos, como dije al principio, es convertirme inmediatamente en el aburrido de la fiesta. Esto consiste, principalmente, en no reírle los chistes a nadie, en no emborracharme, en no participar en las conversaciones masculinas que giran en torno a cogerse una prima de la novia, y en no bailar ni a punta de pistola. También consiste en mirar con los párpados entrecerrados los ritos que ocurren a cada hora: el vals, la liga, la torta, el ramo, el saca la mano antonio, el cuñado gracioso y la invitación a tomar merca de un tipo que en la vida diurna te parecía respetable. Yo nada. Impertérrito. Mi función consiste en fingir que no estoy allí.

Como todo el mundo sabe, cada rol tiene un antagonista. Por ejemplo: la señorita que ocupa el rol “yegua omnipresente con vestido rojo”, que por lo general es una separada joven que, mires para donde mires, la ves bailando; tiene su antagonista en el tipo grande que cumple el rol de “baboso con corbata en la cabeza que se sospecha inmortal” y que está siempre con un vaso de wisky porque asegura que le ha pagado al mozo para que le sirva del bueno.

Por tanto, y al igual que en la dramaturgia clásica, hay roles pasivos y roles activos. La yegua de rojo y yo somos pasivos: estamos ahí para ser vistos y que los demás no intuyan que falta algo. Los roles activos, en cambio, están en las fiestas para ser sentidos y padecidos.

El baboso es un antagonista activo y debe molestar a la yegua. Está escrito. Su consigna secreta, su tarjetita del TEG, dice: “Ocupá seis países de Asia o cogéte a la de rojo en un ligustro”. Y el baboso con corbata en la cabeza va hacia donde lo manda el instinto natural.

Yo también tengo un antagonista activo, y lo digo con pesar. Se trata de la simpaticona medio borracha que quiere sacar a bailar al aburrido. Ésa es su consigna en la fiesta. Sacarme a bailar; a toda costa.

Las chicas que cumplen el rol de “simpaticonas” no tienen ganas de bailar conmigo, ni de bailar a secas: ellas lo que quieren es convertirse en la que logró un imposible a base de simpatía. La simpaticona quiere demostrarle al mundo que yo no bailé con la yegua, ni con la novia, ni con nadie más que con ella. Y usará todas sus armas, que en general son siempre las tetas y su premeditado vaivén, para conseguirlo.

No habrá excusa válida, no habrá argumento lógico, no habrá nada que la detenga durante toda la reputísima noche. La chica que quiere sacarte a bailar es capaz de sacrificar su orgullo, es capaz de malgastar cuatro horas de su vida diciendo la palabra "dale", con tal de hacerte la vida imposible.

Debo decir, con cierta vanidad, que hasta el día de hoy ninguna simpaticona lo ha logrado. Y conste que en ocasiones simpaticona y yegua conviven dentro de un mismo cuerpo físico. Pero mi voluntad en los casamientos es de hierro; es lo que tengo. Nunca he bailado. Nunca he sonreido. Sólo he fumado como un escuerzo, he bebido cocacola y he mirado el reloj hasta que alguien me ha dicho la frase redentora: “Voy para el centro, si querés te acerco”.

Otro antagonista directo de mi rol es el “denso al que todo el mundo le escapa”. Este papel infame suelen desarrollarlo mucho los cuñados, los funcionarios administrativos y los maridos cornudos. Son tipos normales hasta que promedia la cena, pero se conoce que el vino tinto los desquicia. Una vez que el tipo descubre que nadie más le ríe los chistes, y que por donde él pasa se hace un hueco, ve en el fondo del salón a la única presa sentada. Soy yo. Entonces viene, se invita, y empieza.

El denso generalmente está erecto. Me cuenta chistes sexuales, me saca un cigarro del paquete, me pega palmadas amistosas. Yo aprieto los dientes y miro la hora, porque sé que falta poco para que la simpaticona vuelva a intentar llevarme al baile. Es lo que llamo, en términos científicos, “simplificación de antagonistas”.

Cuando llega la simpaticona y yo le digo que no por enésima vez, el denso erecto borracho le enfoca las tetas vaivén, le dice groserías de albañil en hora punta y me la espanta. Una vez que la simpaticona se ha ido, miro al baboso como si fuéramos amigos de toda la vida y pronuncio la frase salvadora: “Esa mina está con vos, ¿viste cómo te miraba?”, y entonces él también se va a buscarla, y así los dos antagonistas naturales me dejan por fin solo, con mi sufrimiento ancestral. Sé muchísimos trucos como ése.

Y también hay muchos otros roles. Y todo el mundo tiene su antagonista pasivo o activo. Y podría seguir hasta que me caiga desmayado de dolor. Pero yo creo que, en el fondo, no elegimos estos papeles secundarios, sino que nos vienen de fábrica. Incluso el rol “novio” y el rol “novia” forman parte de un staff de personajes involuntarios. Incluso el rol “discjokey”. Todos.

Están allí, riendo, y ya son casi las cinco de la mañana... Siguen haciendo el trencito, beben, gritan, sospechan que se divierten. Cientos de personas oyendo una música que jamás pondrían en su propio tocadisco, bailando de una manera que no tiene gollete, brindando por cosas que no son la verdad.

Todos ellos, y yo también, estamos allí componiendo la coreografía del caos. Tenemos un mandato y lo cumplimos. A la yegua le ha tocado sacar a pasear un lomo, al consuegro le ha sido dada un chaleco enorme con reloj de oro, a los niños los han vestido idénticos y les han dicho troten alrededor de las mesas pegando alaridos, a una gorda le han dicho que llore porque no ha conseguido el ramo, a un morocho le han dicho vos poné el toque étnico, a un tarado le han propuesto que no lleve traje sino vaqueros para demostrar algo... Y a mí me dijeron andá a ese casamiento que necesitamos un aburrido; andá, sentate al fondo y pensá con resignación en quiénes somos y por qué vivimos.

Y no me quejo, porque alguien tiene que hacerlo: la vida sería un disparate si todos, absolutamente todos, fingiéramos al mismo tiempo que somos un trencito de imbéciles bailando la conga; si nadie se quedara quieto en la oscuridad, con gesto incrédulo, sintiendo fascinación por la condición humana.

La pluma, el Chimbote y la palabra

Cuando Cristina no me ve, cuando se descuida, cuando baja la guardia o se duerme, unto el chupete de Nina en un tarro de dulce de leche Chimbote, y se lo pongo en la boca con gesto conspirativo. Entonces espero que mi hija deguste el manjar, que se le dilaten las pupilas, que haga esta especie de sonrisa triunfal y que se llene de genuina argentinidad.

—¡El pediatra ha dicho que solamente leche! —se queja la madre cada vez que descubre a su hija con la trompa marrón— ¡Que le van a salir parásitos, gilipollas!

—Pero son parásitos argentinos —le discuto—, que no le hacen mal a nadie.

Ella, la madre, juega con ventaja: tiene el contexto de su lado y casi no debe hacer esfuerzos para que su hija se empape de cultura catalana. Prende la tele y salen los Teletubbies diciendo "una abaçaaada", por ejemplo. Vienen los abuelos y le dicen cosas con equis. Sale a la calle y los carteles están en ese idioma tan raro.

—Nos tendríamos que ir a vivir a un país neutral —le dije un día a la madre—. Viviendo acá ganás vos seguro. Nos tendríamos que ir a Chipre. A ver quién gana.

—Esto no es un partido de fútbol —me discute ella—. Además la niña 'es' catalana, viva donde viva.

—¡Una mierda! —me retobo— Es argentina, haya nacido donde haya nacido. Si fuera catalana no sería tan linda.

Aunque lucho a brazo partido, sé que tengo todas las de perder. Me cago en el contexto. Yo tengo que hacer malabares para darle el otro cincuenta por ciento de sangre a la criatura. Ya probé también de darle mate frío, para que empiece a descubrir los placeres de la vida, pero parece que los bebés de cuatro meses no entienden el tema de chupar cosas metálicas. El sistema del dulce de leche, en cambio, funcionaba muy bien.

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