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Authors: Douglas Preston & Lincoln Child

Tags: #Intriga (Trilogía Diógenes 1)

La mano del diablo

BOOK: La mano del diablo
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La huella de una garra quemada en la pared... El hedor inaguantable de azufre… ¿Serán las marcas del diablo?

La muerte de Jeremy Grove, famoso crítico de arte, es inexplicable. Su cuerpo es encontrado en una habitación cerrada con llave desde dentro y con la marca de un crucifijo grabada en su pecho como una quemadura. Hasta los menos supersticiosos empiezan a hablar del diablo...

Para investigar este extraño caso, el inspector Pendergast, del FBI, tendrá que viajar desde Nueva York a la región de la Toscana, en Italia, donde veinte años atrás cuatro hombres hicieron un juramento diabólico.

A partir de entonces, Pendergast se verá obligado a enfrentarse con fuerzas desconocidas; y hasta parece que él mismo puede llegar a ser la próxima víctima de una venganza abominable, de la que no está nada claro si conseguirá sobrevivir…

Douglas Preston y Lincoln Child

La mano del diablo

Trilogía Diógenes 1

ePUB v1.2

Mónica
17.11.11

Douglas Preston lo dedica a a

Barry y Jody Turkus.

Lincoln Child dedica este libro

a su hija Verónica

Agradecimientos

Lincoln Child desea dar las gracias a Bruce Swanson, Mark Mendel, Pat Allocco, Chris y Susan Yango, Jerry y Terry Hyland y los doctores Anthony Cifelli, Norman San Agustín y Lee Suckno por su amistad y ayuda. Gracias, como siempre, al agente especial Douglas Margini por sus consejos sobre Nueva York, New Jersey y todo lo relacionado con las fuerzas de seguridad de ámbito nacional. Gracias a Jill Nowak por su luminosa lectura del texto. Mi agradecimiento a Bob Przybylski por la obtención de varios datos sobre armas de fuego. Gracias también a monseñor Bob Diacheck por leer y comentar el manuscrito. Gracias a mi familia, nuclear y extensa, por aguantar a un escritor excéntrico, y en especial a mi mujer Luchie y mi hija Verónica por su amor y su apoyo.

Douglas Preston está en deuda con Alessandro Lazzi por su amable invitación a presenciar la caza del jabalí en su finca de los Apeninos toscanos. Mi agradecimiento a Mario Spezi por haberme suministrado muchos datos útiles sobre el funcionamiento de los carabineros italianos y sobre la investigación criminal en general. Quisiera expresar mi gratitud a Mario Alfiero por haberme ayudado con el dialecto napolitano. Algunos escenarios de la novela no habrían sido posibles sin la amable ayuda de mucha gente, en especial de la familia Cappellini, propietaria del magnífico Castello di Verrazzano, en Greve, de la familia Matta, titular de Castello Vicchiomaggio, y de los monjes de La Verna y Sacro Speco (Subiaco). Vaya mi agradecimiento, asimismo, a Niccolò Capponi por su extraordinaria ayuda, y a nuestro traductor italiano, Andrea Cario Cappi, por sus consejos y su apoyo. Agradezco a Andrea Pinketts que nos haya prestado su ilustre nombre. Por último, pero no menos importante, vuelvo a dar las gracias a mi familia, que se merece todas las del mundo: Isaac, Aletheia, Selene y Christine.

Y, como siempre, nuestra especial gratitud a quienes hacen posibles las novelas de Preston y Child: Jaime Levine, Jamie Raab, Eric Simonoff, Eadie Klemm y Matthew Snyder.

Para acabar, queremos pedir disculpas de cada mala interpretación de la escritura de Wayne P. Buck, o de la aplicación incorrecta de la proporción áurea del profesor Von Menck. Todas las personas, departamentos de policía, corporaciones, instituciones, agencias gubernamentales y lugares estadounidenses e italianos mencionados en esta novela son ficticios o utilizados de manera ficticia.

LA MANO DEL DIABLO

Uno

Agnes Torres estacionó su Ford Escort blanco al pie del seto, en el pequeño aparcamiento, y salió al aire fresco del amanecer. El seto, de cuatro metros de altura, era tan impenetrable como un muro de ladrillo. Desde la calle solo se veían las últimas tejas de la mansión. En cambio se oía el romper de unas olas invisibles, y olía a mar.

Agnes tomó la precaución de cerrar el coche con llave (siempre era mejor hacerlo, incluso en un barrio así). Después buscó la llave en medio del manojo y la metió en la cerradura. La pesada verja, de chapa metálica, basculó hacia dentro y dejó a la vista un gran césped verde flanqueado por dos dunas, que se extendía trescientos metros hasta la playa. Al otro lado de la verja, el piloto rojo de un teclado empezó a parpadear. Agnes introdujo el código con nerviosismo. Disponía de treinta segundos antes de que se disparasen las alarmas. Un día se le cayeron las llaves, tardó más de la cuenta en introducir el código y casi despertó a todo el pueblo, además de provocar la llegada de tres coches patrulla. El señor Jeremy se enfadó tanto que sacaba fuego por la nariz. Qué mal trago pasó.

Pulsó el último botón y suspiró aliviada al ver que el piloto se ponía verde. Cerró la verja con llave e hizo una pausa para santiguarse. Después sacó el rosario y cogió la primera cuenta con veneración. Ya estaba protegida. Se volvió y empezó a caminar por el césped con piernas cortas y gruesas, lo bastante despacio para poder musitar en español sus padrenuestros, avemarías y glorias. Siempre que entraba en la finca de Grove rezaba una decena del rosario.

La casa, grande y gris, se erguía como un cíclope severo, cuyo ojo era la única ventana del tejado, nota amarilla en el gris acerado de la casa y el cielo. Un grupo de gaviotas la sobrevolaba.

Agnes estaba sorprendida. No recordaba haberla visto nunca encendida. ¿Qué hacía el señor Jeremy en el desván a las siete de la mañana? Normalmente no se levantaba hasta mediodía.

Al final de la oración guardó el rosario y volvió a santiguarse. Fue el gesto rápido y automático de una mano encallecida por varias décadas de trabajo doméstico. Esperaba que el señor Jeremy no estuviera despierto. Prefería trabajar con la casa vacía; con él resultaba todo tan desagradable... La ceniza de cigarrillo que tiraba al suelo al paso de su mopa, los platos que amontonaba en el fregadero justo después de que ella hubiera terminado de fregar, los comentarios y tacos entre dientes, al teléfono o leyendo el periódico, seguidos siempre por una risa bronca... La voz del señor Jeremy era como los tajos al aire de un cuchillo oxidado. Era un hombre delgado, una mala persona, que apestaba a tabaco y almorzaba con coñac, y recibía a sodomitas en su casa a todas las horas del día y de la noche. Una vez intentó decir algo a Agnes en español, pero ella le paró los pies. A ella no le hablaba nadie en español, salvo sus parientes y amigos; además, Agnes Torres hablaba perfectamente inglés.

Por otra parte, ya había trabajado para mucha gente, y como jefe el señor Jeremy era muy correcto; pagaba bien y con una puntualidad infalible, nunca le pedía horas extra, nunca le cambiaba los horarios y jamás la había acusado de robo. Un día, muy al principio, blasfemó contra el Señor en su presencia, pero bastó un simple comentario para que se disculpase con educación y no reincidiese.

Al llegar al final del camino curvo de losas, introdujo otra llave en la puerta y accionó nerviosamente el segundo teclado para apagar la alarma interna.

Era un edificio lúgubre y gris, con una fachada de ventanas con molduras orientadas a una playa larga y llena de algas, al pie de un mar furioso. Dentro de la casa casi no se oían las olas. Hacía más calor de lo habitual.

Agnes percibió un olor extraño, como si un trozo de carne con bastante grasa se hubiera quedado en el horno más tiempo de lo debido. Entró en la cocina con pasitos cortos, pero no había nadie, solo platos amontonados y el desorden de siempre, con restos de comida por todas partes. Pero no era eso lo que olía. Por lo visto el señor Jeremy había hecho pescado para cenar. Los martes Agnes no solía limpiar la casa, pero la noche anterior se había celebrado una fiesta, una de tantas. Había transcurrido un mes desde el día del Trabajo, y sin embargo los fines de semana de juerga del señor Jeremy durarían hasta noviembre.

Al pasar al salón volvió a notar el mismo olor. Decididamente algo se estaba cociendo. También olía a otra cosa, como si alguien hubiera jugado con cerillas.

Empezó a ponerse nerviosa. Todo estaba más o menos igual que como lo dejó el día antes a las dos del mediodía, menos los ceniceros rebosantes de colillas, las típicas botellas vacías de vino en el aparador, el fregadero lleno de platos y una mancha de queso fundido en la alfombra, con la huella de un zapato.

Levantó su cara regordeta y volvió a husmear. El olor procedía de arriba.

Subió por la escalera sin hacer ruido, se detuvo a husmear en el rellano y siguió avanzando por el pasillo de puntillas. Al final del primer tramo, donde estaban el estudio y el dormitorio de Grove, cambió de dirección y se dirigió a la puerta del segundo piso. El olor era más intenso que abajo, y el ambiente más cargado y caluroso. Quiso abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Sacó el manojo de llaves, lo sacudió, encontró la llave que buscaba y abrió la cerradura. ¡Madre de Dios! Olía mucho peor. Trepó por los peldaños de la escalera, empinada e inacabable: uno, dos, tres... Sus piernas artríticas descansaban un poco en cada escalón. Cuando llegó al último, recuperó el aliento.

Se encontraba en un gran desván, con un largo pasillo que reunía media docena de dormitorios infantiles inutilizados, además de un cuarto de juegos, varios baños y un espacio inacabado que servía como almacén, atiborrado de muebles, cajas y horribles cuadros modernos.

Vio una franja de luz amarilla al fondo del pasillo, bajo la puerta del último dormitorio.

Después de unos pasos vacilantes, volvió a santiguarse. Su corazón latía muy deprisa, pero con el rosario en la mano se sentía a salvo. El olor se hizo más intenso al acercarse a la puerta.

Dio unos golpecitos por si había algún invitado del señor Jeremy durmiendo la mona, pero no contestó nadie. Al poner la mano en el pomo, le sorprendió encontrarlo un poco caliente. ¿Qué pasaba? ¿Un incendio? ¿Se había dormido alguien con el cigarrillo en la mano? Olía un poco a humo, pero también había un olor más fuerte, más... pútrido.

Intentó girar el pomo, pero estaba cerrado con llave. Se acordó del colegio de monjas, cuando murió la loca de la hermana María y tuvieron que derribar la puerta.

Podía haber alguien dentro que necesitara su ayuda, alguien enfermo o inmovilizado. Buscó de nuevo entre sus llaves. Desconocía cuál era, así que tuvo que intentarlo unas diez veces antes de que girara el pomo. Abrió la puerta aguantando la respiración, pero solo pudo empujarla unos centímetros. Algo la bloqueaba. Empujó mucho más fuerte y oyó que algo se caía al otro lado.

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