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Authors: Ephraím Kishon

Tags: #humor

Mi familia al derecho y al revés (23 page)

BOOK: Mi familia al derecho y al revés
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En el jardín de su casa me mostró el objeto que ofrecía. Yacía dentro de una caja de zapatos y tenía el pelo rizado, las piernas torcidas y el hocico negro con unos puntos rosados. El perrito se estaba chupando el pequeño rabo, pero, al verme, interrumpió inmediatamente esta actividad, saltó ladrando hacia mí y me lamió los zapatos. Me gustó enseguida.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Como quiera usted llamarle. Puede llevárselo.

—¿Es de pura raza?

—Reúne incluso en sí varias razas. ¿Lo quiere o no?

Para no irritar más al hombre, dije que sí. Y el perro me gustaba, esto ya lo he dicho.

—¿Cuánto cuesta?

—Nada. Ya puede llevárselo.

Envolvió al animalito en papel de periódico, me lo puso en los brazos y nos empujó a los dos hasta que estuvimos fuera del jardín.

A los pocos pasos, me acordé de mi mujer y me detuve de repente. Aquello no era, pensé con un estremecimiento, aquello no era en absoluto la clase de perro de que habíamos hablado. Si me presento ante mi mujer con este perro, la que se arma.

Sin vacilar, volví a la casa de su antiguo dueño.

—¿Podría venir a recogerlo más tarde? —pregunté con una sonrisa que trataba de ser persuasiva—. Tengo que hacer varias cosas en la ciudad y no quisiera andar con él todo el tiempo en brazos…

—Oiga —respondió el antiguo propietario, cuando hubo superado un pequeño acceso de tos—. Le voy a pagar con mucho gusto unas cuantas libras encima si usted…

—No hace falta. El animalito me gusta. Dentro de unas horas volveré, no se preocupe.

—¿Y bien? —inquirió la mejor de todas las esposas—. ¿Has encontrado algo?

Yo no caigo, naturalmente, en unas trampas tan primitivas.

—Un perro no se compra así como así —respondí fríamente—. He consultado a varios especialistas y he recibido varias ofertas, entre ellas un «scoth-terrier» y dos «rattlers». Pero no eran de raza suficientemente pura.

Aunque yo no estaba seguro en modo alguno de la existencia de «rattlers» de pura raza y no soy muy entendido en cuestiones de pureza racial, al menos logré convencer a mi mujer de que no compraría a ciegas lo que me ofrecieran. Se mostró tranquilizada.

—No tenemos prisa —dijo—. Puedes tomarte el tiempo que quieras. Un perro no se compra con gran frecuencia en la vida.

Yo me apresuré a mostrar mi conformidad:

—Precisamente. Estas cosas tienen que reflexionarse con calma. Si te parece bien, quisiera buscar algunos anuncios en el periódico.

Con ese pretexto salí de casa al día siguiente, me encaminé hacia la playa, me mecí sobre las olas y jugué algunas partidas de tenis. Al mediodía, en el camino de regreso, hice una rápida visita a mi perrito.

Sus alegres ladridos se mezclaron graciosamente con la tos seca de su amo, que enseguida quería volver a cargármelo. Yo rehusé:

—Mañana. Hoy no puede ser. Hoy va a vacunarse toda nuestra familia contra la rabia y no quisiera llevar al perro a casa. Mañana, pasado mañana a más tardar. Ya ve que quiero quedármelo. De lo contrario, no habría vuelto.

Y me alejé apresuradamente.

—Estos anuncios de periódico —le dije a mi esposa, que me estaba esperando—, ni siquiera valen la tinta que se gasta para imprimirlos. No querrías creer la de monstruos que me han enseñado.

—¿Por ejemplo?

El tono de su voz tenía algo de inquisitorial, como si quisiera ponerme en un aprieto. Olvidaba que tenía ante sí a un hombre lleno de creatividad y fantasía.

—Lo mejor era todavía un perro de lanas de Yorkshire en Ramat Gan —respondí con aire pensativo—. Pero su pedigree no se remonta a más de cuatro generaciones. Además, tengo la impresión de que era un producto de consanguinidad.

—Eso no tiene nada de extraordinario tratándose de perros —fue la sarcástica respuesta que oí.

—Pero para mí, estas cosas son importantes —dije, pues había llegado el momento de manifestar mi autoridad—. Yo, si tú no tienes nada que objetar, me imagino algo muy concreto, cuando pienso en la pureza de raza. O encuentro una criatura realmente aristocrática, o no hay nada del asunto.

La mejor de todas las esposas levantó los ojos hacia mí con admiración, cosa que desde hacía mucho tiempo no había hecho.

—Tienes mucha razón —susurró—.Te había subestimado. Pensaba que traerías el primer perro callejero con el que te cruzases.

—¿Ah, sí? —dije temblando de cólera—. ¡Llevamos casados doce años y aún no me conoces! Para que lo sepas, mañana me voy a Haifa a ver al doctor Munczinger, el famoso especialista en perros pastor alemán…

La mañana siguiente, me fui directamente a la casa de mi amigo de la tos para jugar un poco con
Franzi
, que era el nombre que le había puesto al perrito. De la alegría que tuvo al volver a verme,
Franzi
casi me destrozó el traje. Comencé a enseñarle algunas reglas básicas de las buenas costumbres perrunas, tales como saltar vallas, rastrear la pista de delincuentes y cosas por el estilo. Por desgracia, no sólo brilló por su ausencia la capacidad de
Franzi
para aprender lo que le enseñaba, sino que el caballero de la tos estuvo aquel día de muy mal humor conmigo y me amenazó con las más terribles consecuencias si no me llevaba aquella vez a la condenada perra.

—Dispense —le dije, interrumpiendo sus maldiciones—. ¿Dijo usted perra?

—Perra —repitió—. Y váyase con ella.

La mirada suplicante que me dirigió
Franziska
parecía decir: «¡Anda, llévame contigo!».

«Ya estoy haciendo gestiones para llevarte conmigo —le di a entender con el lenguaje de los ojos—. Ten tan sólo un poco de paciencia».

Agotado por el cansancio de ir y volver en coche de Haifa, cuando llegué a casa me dejé caer en una butaca.

—Estuve con el doctor Munczinger. Me ha mostrado unos ejemplares muy interesantes, pero entre ellos no había nada que fuese perfecto.

—¿No exageras un poco? —inquirió la mejor de todas las esposas—. No hay nada perfecto en la tierra.

—No seas pusilánime, mujer —le dije—. He decidido comprar una magnífica pieza de pura raza, garantizada, de una famosa raza suiza.

—¿Y el precio?

—No lo preguntes. No acostumbro en reparar en gastos. Se trata de un perro enano que por parte de padre se remonta a Federico el Grande y por parte materna a Von Stuckler. Un animal verdaderamente noble, con ligera tendencia a la ceguera para los colores.

—¡Estupendo! ¿Y estás completamente seguro de que no te engañan?

—¿Engañarme a mí? ¿A mí? He hecho todas las averiguaciones inimaginables. El animal será llevado directamente desde el aeropuerto al centro de comprobación, donde sus documentos serán sometidos a un control minucioso. Luego se ocuparán de él dos especialistas en perros enanos. Y si su cola se inclina hacia arriba aunque sólo sea medio centímetro, se devuelve el envío.

—Que yo sepa, las colas de los perros no deben inclinarse hacia abajo…

Fue una objeción formulada con timidez, pero me puso fuera de quicio:

—¡No siempre! ¡No siempre, en absoluto! Hay caso en los que ocurre lo contrario. Y un enano suizo es uno de esos casos.

Mis palabras se encontraron con un encogimiento de hombros que no me hizo mucha gracia. Pero yo no quería retroceder ahora en el camino que había emprendido.

Los tres días siguientes fueron difíciles. La desconfianza de mi mujer crecía en la misma proporción y a la misma velocidad que la desconfianza del dueño del perro y de la tos. No quiso saber nada de que yo deseaba aplazar el llevarme a
Franziska
hasta el día del cumpleaños de mi hija pequeña, me acusó de darle falsos pretextos, se entregó a destemplados insultos contra mi persona y, cuando me alejaba indignado, me tiró a la pobre
Franziska
por encima de la valla del jardín. La acaricié para tranquilizarla, volví a arrojarla al otro lado de la valla y eché a correr para salvar el pellejo.

Entretanto, también a la mejor de todas las esposas se le habían agotado por completo sus reservas de paciencia. Cuando yo trataba de hacerle comprender que la autobiografía de
Franziska
iba a ser comprobada por el Instituto Genealógico de Jerusalén, me dijo que era un ridículo pedante y exigió que le mostrase por fin el resultado de mis arduos esfuerzos.

Franzi
estaba aguardando delante de la valla. Su dueño la había ahuyentado definitivamente entre dos accesos de tos. Le compré un collar de cuero con una linda guarnición metálica y la llevé a casa para presentarla a mi familia:


Franzi
. Directamente de Suiza.

Era la primera vez que un perro enano de pura raza, traído ex profeso del extranjero, entraba en nuestra casa. El efecto fue fulminante.

—Un animal maravilloso —murmuró la mejor de todas las esposas—. Realmente valía la pena esperar tanto tiempo.

También los niños se hicieron enseguida amigos de
Franzi
. Y ella corresponde al afecto que se le dispensa. Su rabito está sin cesar en alegre movimiento, sus ojillos irradian una increíble inteligencia. A veces se tiene la impresión de que en el próximo segundo va a empezar a hablar.

Sólo puedo esperar que esta impresión me engañe.

AMAESTRAMIENTO

F
RANZI ha establecido un dominio absoluto sobre nuestra familia. Así que empieza a amanecer, salta a nuestro lecho de matrimonio, nos despierta lamiéndonos la cara y a continuación se dispone a mordisquear los objetos circundantes. Sus dientecillos menudos y agudos han dado ya cuenta de varias zapatillas y alfombras de cama, además de un transistor, un cable y algo de literatura. Cuando comenzó a mordisquear el lado norte de mi mesa escritorio, la hice salir enérgicamente del gabinete. Desde entonces, ya no se atreve a entrar más en él, salvo de día y de noche.

—Ephraím —me preguntó la mejor de todas las esposas—, ¿estás seguro de que amaestramos a nuestro perro como es debido?

También a mí me habían asaltado dudas al respecto. Franzi se pasa la mayor parte de su tiempo libre en nuestras butacas o en nuestras camas, recibe a cada extraño que aparece en el umbral con amistosos movimientos de cola, y solamente ladra cuando mi mujer se sienta al piano. Además, debido a que nuestros hijos la atiborran continuamente de pasteles y chocolate, cada vez se parece menos a un perro enano y cada vez más a un hipopótamo que quedó retrasado en su desarrollo. Se comprende que no quiera perder la costumbre de orinarse en las alfombras y en cualquier otra parte. Es que está un poco mimada.

—Quizá tendríamos que matricularla en un curso de adiestramiento —respondí a la pregunta anteriormente citada de mi mujer.

Debo esta idea al perro pastor alemán, Zulú, que vive en nuestra calle y cada día pasa dos veces por delante de nuestra casa con Dragomir, el conocido adiestrador de perros diplomado.

—¡De pie! —le grita Dragomir—. ¡Siéntate! ¡Échate! ¡Levántate!

Y aquel animal grande y estúpido obedece a la orden, se sienta, se acuesta y salta. Más de una vez hemos contemplado desde la ventana este denigrante espectáculo.

—Ese hombre convierte en una máquina a esa noble criatura.

La voz de mi mujer tiene un tono de profunda contrariedad.

—Es un robot sin alma —corroboro yo.

Y nuestras amorosas miradas se posaron en Franzi, que estaba destrozando un almohadón guarnecido con precioso encaje de Bruselas, antes de esparcir su contenido por la alfombra. Probablemente no quería orinarse siempre sobre la misma alfombra.

—Ve y habla con Dragomir —murmuró mi mujer bajando la cabeza.

Dragomir, un hombre regordete de edad madura, entiende el lenguaje de los animales como en otro tiempo el rey Salomón, cuando estaba en forma. En cambio, encuentra dificultades para entenderse con las personas. Hace treinta años que vive en nuestro país y sólo sabe expresarse con soltura en su lengua materna, que es el croata.

—¿Qué es eso? —preguntó al ver a Franzi—. ¿De dónde lo han sacado?

—Esto no viene al caso —respondí yo con toda la discreción que exigían las circunstancias.

Dragomir levantó a Franzi y fijó sus ojos en los de ella.

—¿Qué le dan ustedes de comer a este perro?

Le informé de que Franzi recibía cuatro veces al día su sopa predilecta y una vez rosbif con fideos o bien estofado irlandés, amén de barquillos y miel turca.

—Malo y equivocado —declaró Dragomir—. Perro sólo comer una vez al día y basta. ¿Dónde hace el perro?

De momento no le entendí lo que quería decir. Dragomir fue más claro:

—¿Dónde mea? ¿Dónde caga?

—Siempre en la casa —me lamenté yo—. Nunca en el jardín. De nada sirven los ruegos ni las súplicas.

—Perro siempre hace donde ha hecho la primera vez —explicó el amaestrador diplomado—. ¿Cuántas veces ha hecho hasta ahora en la casa?

Hice un precipitado cálculo mental:

—Unas quinientas veces —dije.


Mati moye
! ¡Tiene usted que vender su perro!

Y Dragomir me familiarizó con el hecho sobrecogedor de que gracias a nuestra negligencia pedagógica, Franzi se había acostumbrado a considerar el jardín como su vivienda y la casa como el retrete.

—¡Pero debe ser posible hacer algo contra eso, maestro! —le supliqué—. ¡Le pagaremos lo que haga falta!

El amaestrador diplomado reflexionó.

—Bien —decidió luego—. Lo primero de todo, tienen ustedes que atar al perro. Yo traigo la cadena.

La mañana siguiente Dragomir compareció con la cadena de un ancla, sujetó un extremo de ella en un mango de escoba que hincó en el suelo, en el rincón más apartado del jardín, y ató a Franzi al otro extremo de la cadena.

—Así. Aquí permanece perro todo tiempo. Una vez al día, se le lleva algo de comer. Fuera de esto, nadie se acerca al perro.

—Pero, ¿cómo va a soportar esto la pobre Franzi? —protesté yo, vigorosamente respaldado por mi mujer y mi hijo—. Franzi necesita compañía… Franzi necesita amor… Franzi llorará…

—Que llore —insistió Dragomir, despiadado—. Yo digo lo que ustedes hacen, ustedes hacen lo que yo digo. Si no, no tiene objeto. Si no, mejor vendan ustedes perro enseguida.

—¡Todo menos eso! —gemí yo, en nombre de mi familia—. Seguiremos todas sus instrucciones. ¿Qué nos va a cobrar usted por el curso?

—Ciento cincuenta sin recibo —respondió Dragomir en asombrosamente buen hebreo.

Franzi comenzó a gimotear.

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