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Authors: Alexis Ravelo

Tags: #Novela negra, policiaco

Tres funerales para Eladio Monroy (22 page)

BOOK: Tres funerales para Eladio Monroy
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No le había costado dar con el sitio. Le bastó con parar en Bañaderos y preguntar en un bar. Había dejado el coche lo más cerca posible. Después, se había apeado, había cogido las flores y caminado hasta allí.

De nuevo, como en los últimos días, volvió a ver el rostro de Loreto transformándose en el de Paula. Después, la cara de Paula volvía a ser la de Loreto. Entonces, la faz de Loreto ya no sonreía, sino que se retorcía en una mueca de dolor y pánico y humillación, para, un segundo después, volver a convertirse en el rostro de Paula con aquella misma expresión. Cada mañana, al despertar. Cada noche, al doblar la última esquina antes del sueño. En cualquier momento, aquella visión atormentándole.

Probablemente no volvería a ver a Paula. Tampoco los padres de Loreto volverían a verla. Nadie le había tomado la mano en el momento de expirar. Nadie había cerrado sus ojos. Nadie había llorado por ella. Nadie le había dedicado un segundo de su memoria. Su paso por el mundo había sido borrado con los de otros millones de pobres diablos que vienen al mundo casi exclusivamente para ser víctimas de unos cuantos miserables, por variados motivos y de distintas maneras, mas siempre con la misma invariable indiferencia. Se merecía, al menos, aquel pequeño ritual. Por eso Monroy arrojó el ramo de rosas blancas desde acantilado. Las vio caer sobre la superficie de las olas, quedarse allí flotando, yendo y viniendo a merced del oleaje. Recordó lo que le decía a Paula cuando ésta era pequeña y él la acostaba, en los breves intervalos en los que no estaba embarcado. Lo repitió en un susurro, mirando el ramo de flores que ahora se estrellaba contra las peñas y comenzaba a deshacerse.

—Descanse, mi niña —musitó.

Luego se volvió y comenzó a andar hacia donde tenía el Fiat. Rememoró el rostro de Paula cuando era niña. Y ese rostro se convirtió en el rostro de Loreto, un rostro de niña plácido y feliz, preparándose para dormir y soñar con mundos de fábula en los que el mal no existe.

Nota del autor

Como el atento lector habrá notado, el título de cada capítulo pertenece a una cita literaria. Ya que el lector es tan atento, le propongo el juego de dejar a su elección la atribución a su respectivo autor de cada una de las citas no especificadas en el texto. Le adelanto ya que no encontrará en la tradición literaria a los autores de dos de ellas. Si el atento lector opina que eso es trampa, le responderé que sí, pero que como el juego lo propongo yo me considero con todo el derecho a saltarme las reglas cuando me venga en gana. El atento lector está, a su vez, en su derecho de mandarme o no a freír un huevo y/o de escribir un libro y proponer su propio juego, a cuyas reglas me someteré gustoso.

Dejando los juegos y las bromas a un lado, el motivo de esta adenda es anotar cierto asunto que me gustaría poner en conocimiento del atento lector. Este asunto no es otro que el del origen del protagonista de esta novela. Conozco a Eladio Monroy desde siempre, pero no empecé a tutearle hasta hace muy poco. Mi pobre héroe es muchas personas que conozco. Es, por ejemplo, mi padre y varios amigos, vecinos y compañeros de trabajo que he tratado a lo largo de mi vida. Incluso a veces es este mismo autor que ahora escribe. Por ejemplo, cuando se equivoca; sobre todo, en su característico pesimismo.

Pero, antes que nada, Eladio Monroy es esta ciudad que habito, que amo y odio a un tiempo: interesado y sentimental; violento y tierno; cosmopolita y atado a la tierra; soez y culto; superviviente y perdedor. Y, en esto, probablemente, no se diferencie de la ciudad en la que el lector habita, sea cual fuere. Todos guardamos esa ambigua relación sentimental con el lugar donde se desarrolla nuestra existencia.

Por último, y en cuanto a la localización geográfica en la que se incardina la acción de
Tres funerales para Eladio Monroy
(si es que el atento lector es tan ingenuo como para confundir la geografía física y política con la geografía estética y literaria o, para ser exactos, la geografía con el paisaje), deseo hacer, antes de terminar, la siguiente advertencia: que nadie atribuya a un mal entendido localismo el hecho de que esta novela transcurra en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Podría haber transcurrido en cualquier otra ciudad. Cualquier ciudad es buena para una novela negra. Siempre he opinado así. Por eso recomiendo a mis conocidos igualmente a Raymond Chandler y a Patricia Highsmith, a Paco Ignacio Taibo II y Jorge Ibargüengoitia, a James M. Cain y a Manuel Vázquez Montalbán. Da igual dónde se desarrolle la historia, porque la maldad, los poderosos y sus víctimas son iguales en todos lados. Y, en ese sentido, todas las ciudades son la misma. Pero es que da la casualidad de que Eladio Monroy vive en Las Palmas. Qué se le va a hacer.

Las Palmas, 30 de julio de 2004-16 de febrero de 2005.

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