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Authors: Patricia Cornwell

Tags: #novela negra

El cuerpo del delito (10 page)

—También he examinado las pruebas de la aspiradora, doctora Scarpetta. Concretamente, los restos que Marino recogió con la aspiradora en la alfombra de oración son un auténtico batiburrillo —echó un vistazo a la lista—. Ceniza de tabaco, partículas de papel rosado que coinciden con el sello de una cajetilla de cigarrillos, cuentas de vidrio, dos restos de vidrio roto correspondientes a una botella de cerveza y a faros delanteros de automóvil. Como de costumbre, hay restos de insectos, de hortalizas y también una esfera metálica. Y mucha sal.

—¿Sal de mesa?

—Exactamente.

—¿Todo eso en el
kilim
de oración? —pregunté.

—Y también en la zona del suelo donde se encontró el cuerpo —contestó Joni—. Y lo mismo se encontró en su cuerpo, en las uñas y en el cabello.

Beryl no fumaba. No había razón para que en la casa hubiera ceniza de tabaco o partículas procedentes del sello de una cajetilla de cigarrillos. La sal se asocia con la comida y era absurdo que hubiera sal en el piso de arriba o en su cuerpo.

—Marino entregó seis muestras distintas de aspiradora, todas ellas recogidas en alfombras y zonas del suelo donde se encontró sangre —dijo Joni—. Además, he examinado las muestras de control recogidas en zonas de la casa o en alfombras donde no había sangre ni evidencia de lucha... unas zonas en las que el asesino no estuvo, según cree la policía. Las muestras son significativamente distintas. Los restos que acabo de enumerar se encontraron exclusivamente en las zonas donde se cree que estuvo el asesino, lo cual quiere decir que casi todo este material se transfirió desde su persona al escenario del delito y el cuerpo de la víctima. Puede que estuviera adherido a sus zapatos, a su ropa y a su cabello. Dondequiera que fuera, todo aquello que rozó recogió parte de los vestigios.

—Debía de parecer una auténtica pocilga —dije.

—Todo eso resulta casi invisible a simple vista —me recordó Joni con la cara muy seria—. Probablemente él no tenía ni idea de que llevaba todos estos vestigios encima.

Estudié la lista escrita a mano. En mi experiencia sólo había dos tipos de casos que podían explicar semejante abundancia de vestigios. Uno de ellos se daba cuando un cuerpo se arrojaba a un terraplén o algún otro lugar polvoriento como, por ejemplo, una cuneta de carretera o un parking de grava; el otro cuando un cuerpo se trasladaba de un lugar a otro en un sucio portamaletas o en el sucio suelo de un automóvil. Ninguna de ambas cosas tenía aplicación en el caso de Beryl.

—Clasifíquemelas según el color —dije—. ¿Cuáles de estas fibras podrían corresponder a alfombras y cuáles a prendas de vestir?

—Las seis fibras de nylon son de color rojo, rojo oscuro, azul, verde, amarillo verdoso y verde oscuro. Las verdes podrían ser negras en realidad —añadió Joni—. El negro no parece negro bajo el microscopio. Todas estas fibras son ásperas como las de las alfombras y sospecho que algunas de ellas podrían corresponder a una alfombra de automóvil y no a la de una casa.

—¿Por qué?

—Por los vestigios que he encontrado. Por ejemplo, las cuentas de vidrio se asocian a menudo con la pintura reflectante que se utiliza en las señalizaciones viarias. En las muestras de aspiradora de vehículos encuentro a menudo esferas metálicas. Son bolas de soldadura del montaje del chasis del vehículo. No se ven, pero están ahí. Fragmentos de vidrio roto... hay fragmentos de vidrio roto por todas partes y, sobre todo, en las cunetas de las carreteras y los parkings. Los recogemos con las suelas y los introducimos en nuestro automóvil. Lo mismo ocurre con los restos de tabaco. Finalmente, nos queda la sal y eso me induce a sospechar que el origen de los vestigios de Beryl es un automóvil. La gente entra en un MacDonald's y se come las patatas fritas en el interior de su automóvil. Probablemente todos los automóviles de esta ciudad tienen restos de sal.

—Supongamos que tiene usted razón —dije—. Digamos que estas fibras proceden de la alfombra de un automóvil. Eso todavía no explica por qué tendría que haber seis fibras de nailon distintas. No es probable que ese individuo tenga seis tipos distintos de alfombra en su vehículo.

—No, no es probable —dijo Joni—. Pero las fibras se podrán haber transferido a su automóvil. A lo mejor, su profesión lo expone a las alfombras. A lo mejor, desempeña un trabajo que le obliga a entrar y salir de automóviles distintos a lo largo de todo el día.

—¿Un túnel de lavado? —pregunté, recordando el vehículo de Beryl impecablemente limpio por dentro y por fuera.

Joni reflexionó con expresión reconcentrada.

—Bien pudiera ser algo de eso. Si trabaja en uno de esos sitios donde los empleados limpian los interiores y los portamaletas, se debe de pasar todo el día expuesto a una gran variedad de fibras de alfombra. Y es inevitable que las recoja. Otra posibilidad es que sea un mecánico de automóviles.

Tomé mi taza de café.

—Muy bien. Vamos con las otras cuatro fibras. ¿Qué puede decirme de ellas?

Joni leyó sus notas.

—Una es acrílica, otra es olefina, la otra es polietileno y la última es Dynel. Las tres primeras son de tipo alfombra. La fibra de Dynel es interesante porque no la suelo ver muy a menudo. Se asocia en general con los abrigos de piel de imitación y con las alfombras de pelo y las pelucas. Pero esta fibra de Dynel es más fina y podría corresponder a una prenda de vestir.

—¿La única fibra de prenda de vestir que ha encontrado?

—Creo que sí —contestó Joni.

—Al parecer, Beryl vestía un traje pantalón de color tostado...

—No es Dynel —dijo Joni—. Por lo menos, los pantalones y la chaqueta no lo son. Son una mezcla de poliester y algodón. Puede que la blusa fuera de Dynel, pero no podemos saberlo porque no ha aparecido —Joni tomó otro portaobjeto y lo colocó en la platina del microscopio—. En cuanto a la fibra anaranjada que he mencionado, la única acrílica que he encontrado, debo decir que su sección transversal tiene una forma que jamás había visto.

Trazó un diagrama para enseñármelo, tres círculos unidos en el centro como un trébol de tres hojas sin tallo. Las fibras se fabrican introduciendo un polímero fundido o disuelto a través de los minúsculos orificios de una hilera. Cortados transversalmente, los filamentos o fibras resultantes tendrán la misma forma que los orificios de la hilera, de la misma manera que una porción de dentífrico tendrá la misma sección transversal que la forma de la abertura del tubo a través del cual se introdujo. Yo tampoco había visto jamás aquella forma de hoja de trébol. Las secciones transversales de casi todas las fibras acrílicas tienen forma redonda, de cacahuete, de tibia, de pesa de gimnasia o de hongo.

—Observe.

Joni se apartó a un lado para hacerme sitio.

Miré a través del ocular. La fibra parecía una moteada cinta retorcida cuyos variados matices de anaranjado vivo aparecían punteados por negras partículas de dióxido de titanio.

—Como se puede ver, el color también es un poco raro —añadió Joni—. El anaranjado. Desigual y moderadamente cubierto de partículas para atenuar el brillo de la fibra. Aun así, el anaranjado es muy llamativo, como el que lucen los niños la víspera de Todos los Santos, lo cual me parece un poco raro en una fibra de prenda de vestir o de alfombra. El diámetro es moderadamente áspero.

—Y eso quiere decir que pertenece a una alfombra —apunté—. A pesar de lo insólito del color.

—Posiblemente.

Empecé a pensar en los distintos tipos de telas de color anaranjado vivo con los cuales yo me había tropezado.

—¿Y qué me dice de las prendas de tráfico? —pregunté—. Son de color anaranjado vivo y una fibra de este tipo encajaría con los vestidos que usted ha identificado.

—No es probable —dijo Joni—. Casi todas las prendas de tráfico que he visto son de nailon y no acrílicas; la trama suele ser muy áspera y no se deshilacha fácilmente. Además, los blusones y las chaquetas de los obreros que trabajan en las carreteras o de la policía de tráfico son muy lisas, no se deshilachan y suelen ser de nailon. Tampoco creo que lleven muchas partículas para eliminar el brillo... un blusón de tráfico tiene que brillar.

Me aparté del estereoscopio.

—En cualquier caso, esta fibra es tan curiosa que debe de estar patentada. Seguramente alguien la podría identificar aunque nosotros no podamos compararla con ningún tejido conocido.

—Pues le deseo mucha suerte.

—Ya lo sé. Derechos de propiedad. La industria textil es tan celosa con sus patentes como lo es la gente con sus citas galantes.

Joni se desperezó y se aplicó un masaje en la nuca.

—Siempre me ha parecido un milagro que los federales obtuvieran tanta colaboración en el caso de Wayne Williams —dijo, refiriéndose al terrible período de veintidós meses, en Adanta, durante el cual se cree que murieron nada menos que treinta niños negros a manos del mismo asesino en serie. Los restos fibrosos encontrados en doce de los cuerpos de las víctimas estaban relacionados con el domicilio y con los automóviles utilizados por Williams.

—Convendría que Hanowell echara un vistazo a estas fibras y, particularmente, a la anaranjada —dije.

Roy Hanowell era un agente especial del FBI de la Unidad de Análisis Microscópicos de Quantico. Había examinado las fibras del caso Williams y, desde entonces, numerosos organismos de investigación de todo el mundo le pedían constantemente que examinara toda clase de cosas desde fibras de lana de cachemira a telarañas.

—Le deseo suerte —repitió Joni en tono burlón.

—¿Le llamará? —le pregunté.

—Dudo de que quiera examinar algo que ya ha sido examinado —contestó—. Ya sabe usted cómo son los federales. —Le llamaremos las dos —sentencié.

Cuando regresé a mi despacho, me encontré media docena de hojitas rosas de mensajes telefónicos. Una me llamó inmediatamente la atención. En ella figuraba el número de una centralita de Nueva York y una nota que decía: «Mark. Por favor, devuelva la llamada cuanto antes». Sólo se me ocurría una razón que explicara su presencia en Nueva York. Había ido a ver a Sparacino, el abogado de Beryl. ¿Por qué el bufete Orndorff & Berger estaba tan profundamente interesado en el asesinato de Beryl Madison?

El número de teléfono era, al parecer, la línea directa de Mark, pues éste contestó al primer timbrazo.

—¿Cuándo estuviste por última vez en Nueva York? —me preguntó como el que no quiere la cosa.

—¿Cómo dices?

—Hay un vuelo que sale de Richmond dentro de cuatro horas exactas. Es directo. ¿Podrías tomarlo?

—¿De qué se trata? —pregunté en tono pausado mientras se me aceleraba el pulso sin que yo pudiera evitarlo.

—No me parece oportuno discutir los detalles por teléfono, Kay —me contestó.

—Pues a mí no me parece oportuno ir a Nueva York, Mark —repliqué.

—Por favor. Es muy importante. Sabes que no te lo pediría si no lo fuera.

—No es posible...

—Me he pasado toda la mañana con Sparacino —dijo Mark, interrumpiéndome mientras unas emociones largo tiempo reprimidas luchaban contra mi determinación—. Han surgido un par de cosas relacionadas con Beryl Madison y tu oficina.

—¿Mi oficina? —pregunté, perdiendo la aparente calma—. ¿Qué tiene mi oficina que ver con todo eso?

—Por favor —repitió Mark—. Te pido, por favor, que vengas.

Vacilé.

—Acudiré a recogerte a La Guardia. —La urgencia de Mark cortó todos mis intentos de retirada.— Buscaremos un lugar tranquilo para hablar. La reserva ya está hecha. Lo único que tienes que hacer es recoger el billete en el mostrador. Ya te he reservado habitación y me he encargado de todo.

Oh, Dios mío, pensé, colgando el aparato. Inmediatamente entré en el despacho de Rose.

—Tengo que ir a Nueva York esta tarde —le expliqué en un tono que no admitía preguntas—. Es algo relacionado con el caso de Beryl Madison y permaneceré ausente del despacho por lo menos durante todo el día de mañana —añadí, evitando su mirada.

Aunque mi secretaria no sabía nada de Mark, temía que mis motivos estuvieran tan claros como puede serlo un tablón de anuncios.

—¿Hay algún teléfono donde yo pueda localizarla? —preguntó Rose.

—No.

Abriendo la agenda, Rose empezó a examinar las citas que tendrá que cancelar mientras me decía:

—Antes llamaron del
Times
, algo relacionado con un artículo sobre usted.

—Ni hablar —repliqué en tono irritado—. Lo que quieren es acorralarme a propósito del caso de Beryl Madison. No falla. Siempre que se produce algún brutal asesinato cuyos detalles me niego a discutir, aparece de pronto un reportero que quiere saber en qué universidad estudié, si tengo perro o si abrigo sentimientos contradictorios sobre la pena de muerte, cuáles son mi color y mi plato favoritos y la película o la modalidad de muerte que prefiero.

—Les diré que no —musitó Rose, extendiendo la mano hacia el teléfono.

Abandoné mi despacho justo con el tiempo suficiente para regresar a casa, poner unas cuantas cosas en una maleta y adelantarme al tráfico de la hora punta. Tal como Mark me había prometido, el billete me esperaba en el aeropuerto. Me había hecho una reserva en primera clase y, en cuestión de una hora, me vi instalada en una fila para mí sola. Me pasé una hora tomando Chivas con hielo y tratando de leer, mientras mis pensamientos vagaban como las nubes del encapotado cielo que veía a través de la ventanilla ovalada.

Quería ver a Mark. Me daba cuenta de que no era una necesidad profesional sino una debilidad que ya creía haber superado por completo. Me sentía alternativamente emocionada y asqueada. No me fiaba de él, pero deseaba desesperadamente poder hacerlo. «No es el Mark que conociste en otros tiempos y, aunque lo fuera, recuerda lo que te hizo.» Por muchas cosas que dijera mi mente, mis sentimientos no querían escucharla.

Leí veinte páginas de una novela escrita por Beryl Madison bajo el seudónimo de Adair Wilds sin tener ni la más remota idea de lo que había leído. Las novelas históricas no son de mi agrado y la verdad es que aquélla no hubiera podido ganar ningún premio. Beryl escribía bien y su prosa era a veces inspirada, pero el argumento era muy flojo y más pesado que el plomo. Era una de esas novelas de segunda categoría que seguían un esquema estereotipado y yo me preguntaba si Beryl hubiera conseguido cultivar la literatura a la que aspiraba si hubiera vivido más tiempo.

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