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Authors: Cristina Bajo

El jardín de los venenos

BOOK: El jardín de los venenos
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Rio de la Plata. Siglo XVIII. Clero dominante hasta el paroxismo. Libros secretos y la maravillosa ciencia del veneno. Magistral venganza de una mujer humillada.

Tensa, sutil y brillante,
El jardín de los venenos
no es sólo recreación de un universo y una época poco conocidos; es también una mirada sobre las más sombrías motivaciones del ser humano y algunos de los instrumentos secretos para llevarlas a cabo. Y sobre todo, una novela excepcional con el encanto de una verdadera revelación. El drama de una joven que, víctima de las exigencias de una sociedad marcada por apetitos ocultos y una religiosidad asfixiante, decide hacer justicia por su propia mano.

La llegada del oficial andaluz Lope de Soto a la cerrada ciudad colonial de Córdoba tiene especial significado para la familia de don Gualterio, su esposa Alda y su hija Sebastiana. Don Lope no tarda en convertirse en amante de la ambiciosa Alda, una mujer que domina con mano férrea el destino de Sebastiana. Tanto es así que no duda en disponer la clausura de la joven en un convento, como castigo a unos amores tempranos, y más tarde la obliga a casarse con un hombre despreciable.

Pero será precisamente en este convento donde Sebastiana aprenderá el complejo arte de las plantas medicinales y venenosas de mano de una monja experta. Arte peligroso que le dará, con la única complicidad de su fiel aya, la posibilidad de vengarse de sus enemigos. Historia de una venganza en la asfixiante sociedad colonial de principios del siglo XVIII.

Cristina Bajo
es una autora referente en el género de novela histórica en Argentina. Retrato tan verídico que impresiona, con temas costumbristas y sociales, diferencias en las clases sociales, sumisión de la mujer, luchas y conflictos en la estructura religiosa y el enfrentamiento del clero con los jesuitas. Tono marcadamente feminista que convierte a la carismática heroína en una justiciera.

Cristina Bajo

El jardín de los venenos

Sierva de Dios, ama de la muerte

ePUB v1.0

DULCEMIRADA
01.09.12

Título original:
El jardín de los venenos

Cristina Bajo, 2001 / 2011.

Portada: Editorial Sudamericana

Retoque portada: DULCEMIRADA sobre oleo de John William Waterhouse

Editor original: DULCEMIRADA (v1.0).

ePub base v2.0

«Hay dos cosas capaces de matar a través del tiempo y el espacio, y éstas son el tósigo y la palabra.

No alcanzo a distinguir cuál de las dos es más venenosa».

De las confesiones

Esta noche, cuando se disponga a dormir, le llevaré una tisana preparada. Si desconfía y no acepta beberla, me veré obligada a ponerme la bata y descansar mi cabeza junto a la suya sobre la blonda que cubre las almohadas hechas de plumón, de magnolias maceradas y de hebras de helecho.

Él fingirá dormir, o yo fingiré dormir, pero es probable que el amanecer encuentre con vida sólo a uno de nosotros.

Tal vez él consiga hacerme el amor, lo que no significa que desista de matarme, quizá con mi propia cabellera, mientras me posee. O durante el sueño, ahogándome con un almohadón para por fin aspirar mi último aliento con su boca.

Sin embargo, estoy decidida a vivir. Este instinto que tengo, que viene, dice mi nodriza, de aquellos mis antepasados que acostumbraban hacer un banquete con el cuerpo del enemigo, es el que me ha permitido burlar tantas acechanzas.

Siendo que prefiero la vida, no le temo a la muerte. Y si llega sin que pueda evitarla, me iré con una sonrisa, sabiendo que si no alcanzo a matarlo por mi mano, mi asesino morirá, de todos modos, por las disposiciones que he urdido.

Hay dos cosas capaces de matar a través del tiempo y el espacio, y éstas son el tósigo y la palabra. No alcanzo a distinguir cuál de ellas es más venenosa, y aunque se piense que el primero es definitivamente mortal (así duerma por largo tiempo en el fondo de un dulce, de una bebida, de un remedio), piénsese en lo que es capaz de lograr una mentira susurrada, un temor fingido, un anónimo que denuncia, una carta extraviada que alguien encontrará no demasiado tarde y que será la perdición del acusado. Porque la víctima no siempre es inocente y rara vez lo es del todo.

A veces juego con la idea de envenenarme y hacer creer que él lo hizo. Su ascendencia no amerita el degüello por garganta, como reza la ley de los hidalgos. Le darían muerte vil, con el garrote.

Éste, mi esposo, me deja ausente de piedad porque, con las palabras de San Agustín, «era yo no sé qué profundidad de abismo sobre la que no había luz».

1. De la pastora de la Virgen

«Por lo demás, si el Obispo defendía con ahínco, y hasta empecinamiento, lo que consideraba derecho suyo, también es cierto que los regulares hacían exactamente lo mismo, aunque las actitudes personales no hayan sido siempre idénticas».

José M. Arancibia / Nelson C. Dellaferrera.

El sínodo del obispo Mercadillo, Córdoba, 1700

Córdoba del Tucumán

Festividad del Dulcísimo Nombre de María

Primavera de 1700

En la trastienda de la botica de los jesuitas, el padre Thomas Temple, médico de la Compañía, apartó las cuadernas de hierbas medicinales, dejó la pluma sobre el tablero y se frotó los ojos con fuerza.

Desde el depósito superior le llegaba el olor a hierbajos y compuestos químicos, de fardos, canastos con raíces, potes de ungüentos balsámicos, alambiques, frascos y redomas.

Cansado del encierro, levantó la cortina y pasó a la botica, donde el hermano Peschke explicaba a un indio, con mucha paciencia, cómo tratarse las pústulas.

—Voy hasta el Convictorio —le advirtió; el otro asintió con un cabeceo descuidado.

Al pisar la calle, respiró profundamente. La Córdoba del Tucumán revivía bajo la luz de septiembre; muchas plantas habían florecido y una emoción mística parecía confundirse entre la luz y los colores.

Estaban a un día de la fiesta del Dulcísimo Nombre de María y se descontaba en la ciudad que la Sociedad de Jesús la festejaría con espléndida ostentación.

Los preparativos habían comenzado meses antes, y desde entonces, novicios y hermanos, estudiantes y cofrades se disputaron el desempolvar cortinados, lavar estandartes, airear ropas de altar y pulir el tesoro en oro y plata —proveniente del fabuloso Perú o de las misteriosas reducciones del Paraguay— destinado al culto. Se decía que sólo el hermano mayordomo, casi centenario, casi ciego, apenas oyente pero «de fidelísima memoria», podía enumerar cada una de estas piezas y señalar su procedencia.

Aunque desde el púlpito se había predicado la moderación en el vestir, se sabía que aquel día saldrían a relucir trajes de pasamanería bordados en perlas, mantillas de los más finos encajes del mundo y chapines con punteras de plata. Los hombres lucirían aceros de Toledo y dagas venecianas; el terciopelo y el brocado estarían al día, algo apolillados y con un aire de grandeza ya ida.

Lo que más atraía al sacerdote de aquel festejo era el concierto que se daría en la torre del templo esa tarde, «cuando las vísperas», que duraría hasta el anochecer. La gente ocuparía los estrados al aire libre, sacaría sillas y esteras a la vereda o se instalaría en los techos, tomando mate o chocolate mientras la música se derramaba por los aires… ¡aquel órgano que parecía el resuello de los mares o el suspiro de las esferas celestes! En sus momentos de descanso, el padre Temple solía entretenerse con las partituras —frágiles como lirios avejentados que se conservaban en el convento, traídas por los primeros religiosos desde sus países de origen.

El más anciano de los padres confesores, un francés recién retirado de las Misiones, le había murmurado mientras iban a maitines: «¡Ah, Thomas, Thomas; si tuviéramos aquí al bueno de Antonio, seguramente algo especial habría compuesto para la Nuestra Señora!». El padre Antonio Sepp, de la Corte Imperial de Viena, donde daba conciertos para el emperador, se dedicaba ahora, en el Paraguay, a escribir música coral en el idioma de los nativos.

Mientras se dirigía al Colegio de Monserrat, el médico disfrutó anticipadamente del programa de aquel día: el coro de negros honraría los Nombres de María Santísima, y el de indios respondería con los salmos de Lucas Evangelista.

Pero todo podía salir mal si el obispo Mercadillo decidía entorpecer los festejos. El prelado aborrecía a los jesuitas y había prometido al llegar: «Voy a meter a esos teatinos en un saco y los voy a apalear con el garrote de Trento». Por el momento estaba tranquilo, pues mantenía la ilusión de cobrar los diezmos de la Compañía. Muy pronto —si no era esa misma tarde— comprendería que ésta iba a presentar batalla y entonces… «Dios permita que pasemos la fiesta en paz», rogó para sus adentros.

Un grupo de mujeres dobló la esquina, dirigiéndose al templo: era doña Alda Becerra, esposa de don Gualterio Bernal de Zúñiga.

Delgada y soberbia, la señora vestía de oscuro, aunque exornada de encajes. La seguía su hija, Sebastiana, una jovencita núbil y graciosa. Detrás de ellas, un grupo de esclavas transportaba flores, varas de palma y hojas de acanto para el arreglo del templo. Doña Alda reservaba para el otro día las codiciadas flores de peonía que cultivaba con obsesiva atención; únicas en la ciudad, sólo se cortaban para la Virgen.

A la mañana siguiente, cuando sacaran en andas la imagen para que bendijera la ciudad, Sebastiana, en compañía de otras niñas vestidas de celeste y blanco, precedería el paso de la Madre de Dios alfombrando, en un martirio de pétalos, los primeros tramos de la procesión.

Observó cómo la jovencita, a espaldas de la sombría figura de la madre, aprovechaba para saludar —a salvo de su mirada de neblí— a uno que otro mozo.

Había salido la niña más al padre que a la madre, pues era de ojos claros y cabellos cobrizos, de piel luminosa y buen color. Muy lejos, sopesó el sacerdote, de la belleza meridional de doña Alda, de pelo negrísimo, cejas espesas y palidez de oliva.

El padre Thomas sonrió ante la vista de la chiquilla; pensó ver a la Virgen Niña antes que el Arcángel la visitara, alegre y aún feliz, ignorante de los tormentos que se le deparaban…

—Padre Temple.

Una voz de hombre, clara y educada, lo detuvo casi en la puerta del templo: era don Esteban Becerra y Celis de Burgos, terrateniente por derecho de descendencia, persona de importancia y alcalde de primer voto.

Don Esteban era un hombre apuesto y, aunque lo disimulara, algo pagado de su atractivo. Andaba cerca de los treinta, tenía ojos y cabellos castaños, la piel más quemada que morena y una expresión inteligente, aunque reservada. Había en sus maneras una pizca de campechanía que le sentaba.

Con el sombrero en la mano, se acomodaba el pelo con los dedos; odiaba el peluquín y, salvo cuando sus hermanas se empeñaban en ello —para alguna celebración—, prefería llevar el cabello suelto o, a lo más, atado con una cinta.

Se saludaron y don Esteban dijo, incómodo:

—Nuevamente tengo que pedirle que vaya a casa: tía Saturnina porfía en que está al morir… —y disculpándose con un ademán, terminó—: Ya sabe usted que la señora no acepta a otro médico que no sea vuestra merced.

—No se preocupe, me llegaré a atenderla. ¿Otra vez se ha excedido en la comida? —preguntó el sacerdote, pues la anciana era, además de glotona, asustadiza y tiránica ante el primer malestar.

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