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Authors: Francisco J. de Lys

Tags: #Misterio, Intriga

El laberinto de oro (26 page)

BOOK: El laberinto de oro
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—En esta cripta están enterrados todo tipo de delincuentes, sobre todo bandoleros y asesinos en serie. —Grieg probó, una por una, las llaves del manojo en la herrumbrosa cerradura—. Todos ellos, al igual que don Germán, eran condenados a lo que entonces se denominaba
«crudelíssima mort»
o
«mala mort», o
sea, a la más cruel de las muertes.

Lorena permanecía oculta en la penumbra y esperaba con expectación que alguna de aquellas llaves lograse abrir la puerta.

—Al reo se le conducía literalmente de la prisión al patíbulo —continuó Grieg mientras continuaba probando las llaves.

El arquitecto se refería a que, antiguamente, la prisión de Barcelona se encontraba junto a lo que hoy es la plaza del Rey y la calle Llibreteria se llamaba entonces Bajada de la prisión. Para conducir al reo hasta la horca había tres itinerarios, aunque el preferido por las autoridades era el llamado «del mar», y transcurría por la plaza del Blat, el Borne, la plaza de Sant Jaume y finalmente la plaza Nova, donde estaba situada la horca.

La comitiva que llevaba el inculpado al cadalso recorría las calles más importantes de Barcelona, siempre abarrotadas de gente ansiosa por ver de cerca la denominada entonces «mala cara» del condenado, que era transportado casi desnudo y atado a un mástil clavado fuertemente a un carromato.

—No dudo que aquí dentro esté enterrado don Germán, el asesino de los libreros, y que durante el trayecto que le condujo hasta la horca fue azotado, marcado en vivo con hierros candentes, y sufrió quizá la amputación de algún miembro. Llevaba colgada del cuello esta maldita cartulina, que no hace más que impedirme que pueda introducir adecuadamente las llaves en la cerradura —renegó Grieg.

—¡No quiero imaginarme qué encontraremos detrás de esta puerta! —dijo en voz baja Lorena, que se mostraba cada vez más inquieta.

—Te cuento todo esto porque es imprescindible que lo sepas. Antes de entrar ahí dentro, tienes que estar preparada para cualquier contingencia, como los verdugos en los tiempos de don Germán.

—Quizá no sea el momento, ni la situación más adecuada para preguntarlo, pero, ¿qué quieres decir con eso de que el verdugo estaba preparado para «cualquier contingencia»?

—Muy a menudo, durante el trayecto hasta la horca, el reo llegaba desangrado y sin vida. Por eso el verdugo le esperaba… —Grieg apretó con fuerza la llave y por fin la puerta se abrió sin estridencias—… con el
Paga Debiti.

—¡Al fin la encontraste! —susurró Lorena, que apuntó de inmediato la linterna hacia el interior, donde había numerosos ladrillos rotos provenientes del antiguo tapiado que clausuraba la puerta.

Grieg introdujo la cabeza y comprobó que la cripta estaba completamente a oscuras. Insólitamente, no se percibía en el aire el intenso hálito de humedad y lobreguez que acostumbra envolver ese tipo de lugares, ni tampoco detectó que hubiera rastros de alguna emanación de gas.

Empujó la estrecha y alargada puerta, tomó la linterna más potente y se dispuso a entrar, pero antes volvió la cabeza y miró a Lorena. Estaba en cuclillas junto a él, y su cara no podía disimular una mezcla de sentimientos: la inquietud por lo que podía encontrar en el interior de la cripta y la excitación por conseguir lo que buscaba.

—Por cierto… ¿Qué es el
Paga Debiti
? —preguntó.

—Es muy probable que encontremos uno en el interior de la cripta —contestó Grieg en voz baja—. Era un cuchillo de enormes dimensiones que tenía grabado esas dos palabras en italiano, las cuales significan «salda tu deuda». El verdugo descuartizaba al reo sobre el cadalso ante la vista de los allí congregados.

—Y los miembros de los ejecutados, tras ser expuestos en distintos sitios de la ciudad, eran enterrados ahí dentro por los cofrades, ¿no es así? —musitó Lorena, levantando visiblemente las cejas y señalando con su dedo índice completamente extendido hacia el interior de la cripta.

—Así es —respondió Grieg, asintiendo—. Bienvenida al infierno.

41

Grieg y Lorena se sorprendieron ante las dimensiones de la cripta del siglo XV. Desde un rellano rectangular situado junto a la entrada, dos tramos descendentes de escalera conducían al subterráneo.

Tanto el techo como las paredes mostraban una ausencia total de elementos decorativos, estaban recubiertas de grandes manchas negras producidas por la humedad y la sangre coagulada.

Grieg atrancó la puerta con una cuña de madera que encontró en el suelo.

—Ten mucho cuidado, Lorena. Hay restos de cera petrificada y el suelo está muy resbaladizo.

Lorena observó una de las paredes del rellano, y tardó algunos segundos en identificar adecuadamente lo que en un principio le parecieron serpientes que se abalanzaban sobre ella.
x

—¿Esas sogas…? —masculló.

—Eso es para que vayamos mentalizándonos —contestó él—. Se trata de algunas de las sogas de las que pendieron muchos ajusticiados. Hasta que fue abolida la pena de muerte en la horca, eran objetos de culto que se ofrendaban en las iglesias y en las catedrales a los santos' como auténticas reliquias, en las que los fieles creían percibir profundas virtudes expiatorias.

Lorena apuntó su linterna hacia el final del primer tramo de escalera, y observó que en el rellano inferior había dos ataúdes vacíos en posición vertical.

—Siempre he creído que lo más sorprendente de las iglesias se encuentra en sus criptas. ¡Fíjate en eso! —exclamó Grieg al comprobar el portentoso contenido de la estantería, que aparecía semioculto tras espesas telarañas.

Lorena desvió su linterna y la apuntó hacia el lugar que él le había indicado. Vio casi un centenar de botellas llenas de un líquido de color verdoso, que brillaba intensamente. Estaban selladas con tapones de corcho y precintadas con una generosa porción de lacre que llevaba estampado el símbolo de la cofradía de los Desamparados.

—Tenemos que analizarlo todo —dijo Lorena, excitada—. Aquí dentro hay oculto algo muy importante. Lo presiento. La persona que nos está dejando pistas en los lugares más inauditos quiere que en esta ocasión nos esmeremos a fondo. Y estoy segura de que entre los dos lo lograremos.

—Nada me atrae más que analizar lo desconocido…

—No debemos pasar por alto ningún detalle, porque quizá tras el más nimio de los objetos se esconda la clave —dijo Lorena.

—Estoy completamente de acuerdo. ¿Cuál es el cuarto paso en todo proceso alquímico? —preguntó Grieg.

—La conjunción. Significa que los elementos opuestos se ensamblan hasta transformarse en uno solo. En un sentido filosófico vendría a simbolizar que el alquimista sintetiza, en un único vocablo, dos términos supuestamente antitéticos. Por cierto, ¿qué contienen esas botellas?


Aqua ardentes.

—Muy interesante, lástima que andemos tan atareados. ¿Sabías que la fermentación y la destilación del mosto original que se obtiene de la vid fueron procesos que perfeccionaron los alquimistas?

—Sí. Sobre todo los alquimistas que llevaban hábitos y pertenecían a las órdenes carmelitas y benedictinas —contestó Grieg con sarcasmo—. Este licor, por ejemplo, huele de una forma muy parecida al
Chartreux,
lo que demuestra que incluso en el mismo infierno, si uno se lo propone, puede permitirse algunos lujos dignos de sibarita…

De repente, en un acto reflejo, sostuvo a Lorena, que había resbalado a causa de la cera del suelo.

—Gracias, Gabriel… —exclamó, y la linterna golpeó el suelo
y
se rompió el cristal.

A consecuencia de ello, la cripta quedó únicamente iluminada por la linterna más pequeña.

Grieg comenzó a descender por la escalera asegurándose de que Lorena lo hiciera junto a la pared. Al llegar al rellano donde estaban situados los dos ataúdes,
y
que formaba el vértice en que la escalera cambiaba de sentido para continuar descendiendo hasta el suelo del subterráneo, tuvieron una imagen completa de la cripta.

Varios osarios que recubrían las paredes se habían desplomado de ellas. La luz de la linterna mostraba con crudeza cómo sobresalían cráneos de gran cantidad de cajas funerarias
y
ataúdes, y centenares de huesos aparecían esparcidos por el suelo de la cripta.

—Vamos a tener que ir con mucho cuidado una vez que nos encontremos ahí abajo —dijo Grieg.

—¡Es horrible! —exclamó Lorena al contemplar la tétrica imagen que formaban los blanquecinos huesos y los troceados esqueletos cuando la luz de la linterna los iluminaba.

—Ya sabíamos de antemano que al tipo que ha planeado todo este asunto le gusta lo alegórico —añadió Grieg.

—Así es, y todo parece indicar que nos está obligando a participar en el más macabro de los juegos, ¿no crees, Gabriel?

—Por increíble que parezca, tenemos que adivinar, entre esos tres osarios repletos de huesos, cuáles son los restos que pertenecieron a don Germán. Ni más ni menos.

La cueva permaneció en silencio durante unos segundos, únicamente iluminada por la pequeña linterna que Lorena llevaba en sus manos.

—Veamos… —Por fin Grieg rompió el silencio—. Nos encontramos en una cripta y
kriptos
en griego significa «lo que está oculto».

—En un sentido filosófico —añadió Lorena—, la cripta simboliza el útero al que muchos, por no decir todos, quisiéramos volver tras la muerte.

—Eso que acabas de decir tiene relación con el cuarto proceso alquímico que tú has descrito hace un momento.

Lorena repitió mecánicamente unas palabras que había pronunciado anteriormente.

—«El alquimista sintetiza en un solo vocablo dos términos supuestamente antitéticos.»

—La vida y la muerte —concluyó Grieg.

Ambos descendieron hasta el suelo del subterráneo y comenzaron a caminar entre esqueletos y polvorientos ataúdes.

—Tenemos que encontrar una pista, por remota que sea, que nos demuestre que nuestro hombre estuvo aquí.

—¿Cuál es el lugar más secreto de un cripta? —preguntó Grieg.

—En estos momentos sólo puedo pensar en el más accesible, y en largarme de aquí.

—El opuesto, el antagónico al de la torre… —dijo Grieg.

—Aclárame eso.


«In aeternum non commovebitur»
era el eximio lema de las antiguas torres de las fortalezas, y significa: «eternamente inquebrantable». Por ende… —continuó Grieg con su razonamiento—, el lugar opuesto a la torre, y teóricamente más oculto de una cripta sería…, la dirección a la que apuntaría…

La cripta volvió a quedar en silencio, hasta que dos palabras pronunciadas sagazmente por Lorena retumbaron entre las paredes.

—¡La escalera!

Los dos miraron el último escalón, el que apuntaba hacia lo más hondo, hacia la
prima materia.
Por simple limitación arquitectónica, ya no podía descender aún más en la tierra.

Grieg apartó los blanquecinos tablones de madera y apareció, entremetido bajo un recodo del escalón, un extrañísimo objeto, aplastado y mugriento, que tenía forma de caperuza cónica con la punta redondeada y que estaba fabricado con fieltro de color rojo intenso.

—¿Qué es eso?

—Aunque parezca mentira, se trata de un gorro frigio de los que usaban los
sans-culottes
durante la Revolución francesa —explicó Grieg—. Este gorro era el símbolo de la Ilustración, y lo usaban los trabajadores independientes, comerciantes y artesanos.

—¿Y qué demonios hace aquí un gorro frigio? —preguntó, muy extrañada, Lorena—. Además, está lleno de algo asqueroso.

—Son restos de barro, pasto seco y bolas confeccionadas por los pájaros. Son viejos nidos de golondrina.

—¡Qué asco! ¡Un gorro frigio convertido en nido de golondrina! Sin duda esconde un significado alegórico, ¿no?

—Veamos —contestó Grieg—. El gorro frigio nos remite a la Revolución francesa, y los nidos de golondrina en su interior, a una catedral.

—Vas a tener que explicarme eso, Guillotin.

—Tras la Revolución francesa, los revolucionarios tomaron la Bastilla y el Palacio de las Tullerías. ¿Sabes cuál fue el primer edificio eclesiástico al que le echaron el ojo?

—La catedral de Nótre Dame de París.

—Los revolucionarios veían en Nótre Dame la representación del poder, mediante el cual la iglesia y la monarquía habían logrado subyugar al pueblo, y Robespierre la quiso transformar para que desde aquel momento, entre sus gruesos muros, se honrase a la diosa razón.

—Hasta que en 1801 Napoleón Bonaparte —intervino ella— estableció un concordato retornando así la catedral al Vaticano. Todo eso ya lo sé,
mon
Guillotin. Pero, ¿y los nidos de golondrina?

—Desde entonces se convirtieron en un símbolo. Los
sansculottes
destruyeron las portadas y los enormes rosetones, y fue entonces cuando los pájaros invadieron la catedral, para construir sobre las cornisas y entre las altas columnas sus nidos, hasta que…

Grieg miró fijamente los ojos de Lorena y a continuación extrajo la moneda que encontraron en el Vulcano, y que hacía referencia a «D. T. Magofon Vitaliter», o sea, al enigmático alquimista Fulcanelli.

—¿Por qué no sigues, Gabriel? ¿Qué les sucedió a los nidos de golondrina que poblaban Nótre Dame?

—Sucedió que, en 1842, Eugène Viollet-le-Duc ganó un concurso para la restauración integral de la catedral —contestó pensativo—. Nótre Dame volvió a recuperar su antiguo esplendor, y las golondrinas no regresaron jamás.

—Pero Viollet-le-Duc fue duramente criticado por Fulcanelli, que le acusó ferozmente de haber destruido el valioso significado alquímico que atesoraban los símbolos y los dibujos ocultos en la portada, y en el interior de la catedral de Nótre Dame.

—Así que todo está muy relacionado con Fulcanelli… —dijo Grieg.

—Fulcanelli escribió tres libros sobre la simbología de las catedrales —indicó Lorena—.
El misterio de las catedrales, Las moradas filosofales
y otro que dejó inacabado tras su muerte y que está envuelto en el misterio…

—El libro inacabado era éste, ¿no?

Grieg le mostró un pequeño volumen que estaba en el interior del gorro frigio y cuyo título era
Finis Gloriae Mundi.

—Exacto, ése es el tercer libro que escribió Fulcanelli. ¿Qué hace en el interior del gorro frigio?

—Pues aún hay otro más —advirtió Grieg—, y también se titula
Finis gloriae mundi.
La edición es de Sevilla, con fecha de 1960, y se trata de una biografía de Juan de Valdés Leal.

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