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Authors: Daniel Easterman

Tags: #Intriga, #Policíaco, #Religión

El nombre de la bestia

BOOK: El nombre de la bestia
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Egipto, 1999.

Mientras el fin del segundo milenio se acerca, la tierra y el cielo son escenario de oscuros presagios. Las plagas arrasan el norte de África, los terroristas masacran Europa y el terror se ha convertido en la pesadilla de la humanidad.

El mundo se ve ensombrecido por la oscura silueta de al-Qurtubi, figura unificadora del mundo musulmán cuya existencia significa para el Papa el cumplimiento de la profecía: la llegada del Anticristo.

Occidente se prepara para la lucha contra la bestia, pero es el tortuoso y arriesgado periplo de una arqueóloga y un ex agente del Servicio de Inteligencia Británico el que ofrece alguna esperanza de encontrar el camino de la salvación.

Daniel Easterman

El nombre de la bestia

ePUB v1.0

NitoStrad
18.05.13

Título original:
Name of the Beast

Autor: Daniel Easterman

Fecha de publicación del original: diciembre 1992

Traducción: Víctor Pozanco

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

A Beth, naturalmente…

… y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto
.

Éxodo, 12,12

Prólogo

Museo Egipcio

El Cairo

3 de enero de 1999

E
gipto tuvo aquel año un extraño invierno. No de los peores, pero sí largo, frío y desapacible. Las pirámides estaban envueltas en bruma, algo insólito. En el valle de los muertos, las cámaras de las tumbas de los difuntos reyes se inundaron. En el Nilo, las falúas estaban silenciosas e inmóviles, embarradas hasta el timón. En los negros campos se sembraba cebada en silencio, bajo el tenue vaho producido por el helado aliento de las mujeres que se afanaban en la labor con sus menudas manos, y de los niños, ya en pie a esa gélida hora en que despunta el alba. Llovió donde nunca llovía; heló donde nunca helaba. Había arañas en las casas de víctimas inocentes, telas de araña en las puertas de los suicidas. Presagiaban prodigios. O torturas.

En las mezquitas, los muecines advertían del fin del mundo. Desde su alminar de El Cairo, el
shayj
Kishk profetizaba la venida de Dajjal, el anticristo de un solo ojo: se habían oído sus pasos en un estrecho callejón de la ciudad antigua. En Alejandría, un carnicero descuartizó una ternera de dos cabezas. En Tanta, una judía pelirroja parió una criatura monstruosa. En una franja del desierto cercana a Uadi Natrun cayó granizo del tamaño de huevos de paloma. Y en el vacío porche de una casa de Sayyida Zaynab, niños y niñas de manos y rostros avejentados jugaban con la hueca cabeza de una cabra blanca sin ojos.

Las vendas cayeron como tiras de seda podrida. El escalpelo se movía con cuidado y precisión, casi jubilosamente; una incisión tras otra, capa a capa; un poco de muerte a cada corte. Y la muerte mayor, serena como un atardecer de julio, aromatizada e inmóvil en la alta mesa de medición. Incisión y corte; incisión y corte. Las tiras de las viejas vendas eran desprendidas sin precipitación, marcadas y medidas. Cada una ocupaba un lugar frente a las guías metálicas que ribeteaban la mesa.

La punta del escalpelo tocó el primer amuleto. Aisha lo extrajo lentamente y con cierta reverencia. Era un pilar de
yed
de bronce, un símbolo de poder. Al lado había un ojo en forma de cuña de cerámica esmaltada azul. Luego un montón de amuletos, sin orden aparente: Maat, Orus y Ra sentados, tres escarabajos corrientes, un escarabajo en forma de corazón hecho de nefrita y engastado en montura de oro, otro pilar de
yed
, dos cinturones
tyet
y un rollo de papiro.

Ahora ya estaba segura de que la momia fue profanada y vuelta a vendar. Los amuletos siempre se encontraban en determinado orden: el escarabajo en forma de corazón, sobre o junto al corazón del cadáver; el ojo en forma de cuña, sobre el sello que cubre la incisión lateral por la que se retiran las vísceras; los pilares de
yed
, sobre el abdomen y el pecho. Pero aquellos estaban fuera de su lugar habitual y amontonados, señal inequívoca de que, en uno u otro momento, las vendas habían sido manipuladas. No era infrecuente. Los ladrones de tumbas se han mostrado muy activos en Egipto desde los tiempos del Antiguo Imperio. Era raro encontrar un enterramiento intacto. Los arqueólogos se consideraban afortunados si daban con los restos dejados por los ladrones o con cuerpos apresuradamente enterrados. También ella se consideraba afortunada.

—No hay duda de que la volvieron a vendar —dijo.

El profesor Megdi asintió con la cabeza.

—No es otro Tutankamón, ¿verdad?

—Lo dudo —repuso Aisha sonriendo.

Si quería, desde la ventana de su despacho podía ver el museo. Detrás distinguía un tramo del río que centelleaba a la luz del sol y, más allá, la columna de casi doscientos metros de la Torre de El Cairo, alzándose insensatamente por encima de la isla de Gezira. Pero él no había ido a El Cairo a visitar museos, navegar por los ríos o subir a los rascacielos a contemplar el panorama. Era un hombre práctico. Un hombre que no perdía el tiempo.

Se quitó la chaqueta de hilo y la dejó doblada en el respaldo de una silla. En el suelo había un estuche de madera abierto. Se agachó y arrancó un trozo de papel marrón encerado que estaba adherido a la tapa. Luego sacó un pesado objeto envuelto en un trozo de plástico grueso de color negro. Colocó el objeto sobre la mesa y empezó a desenvolverlo.

Supieron desde el principio que la tumba había sido profanada. Habían manipulado los sellos correspondientes a la entrada oculta de la necrópolis original. Un sacerdote del templo de Amón, en Karnak, colocó sellos nuevos sobre los anteriores. Pero también éstos fueron rotos. Aisha no esperaba encontrar gran cosa en el interior: un féretro destrozado, vendas podridas, una pierna o un brazo desmembrados y abandonados precipitadamente por el ladrón en su huida. Las inmediaciones de las tumbas eran la viva imagen de la desolación y el valle olía como el jardín de una funeraria. Estaba muy impaciente. Impaciente y asustada.

Mientras manejaba el escalpelo, recordaba el instante en que al fin irrumpieron en la tumba, el chirrido de la losa, que se resistía a desplazarse. Había altos escalones tallados en la roca y a continuación, a ambos lados, paredes pintadas de vivos colores que brillaban a la luz de su lámpara. La llama despertó un mundo que dormía. Recordaba los primeros rostros de dioses pálidos y silenciosos a su izquierda y un largo túnel que se estrechaba cuesta abajo, hacia una puerta rota.

Terminó de desenvolver el arma. Era el modelo reducido del sub fusil ametrallador Walther MPK, una sólida arma de fabricación alemana comercializada en 1963 pero que seguía teniendo gran aceptación. Cogió el arma con cuidado, sopesándola, notando en los dedos la tenue capa de aceite del engrasado.

Sobre la mesa que tenía delante había cuatro maletines. Negros, impersonales, idénticos; colocados uno encima de otro formando una pila rectangular. Cogió el que estaba arriba y lo puso sobre la mesa. Parecía muy pesado. Con sus largos y expertos dedos manipuló la combinación de la cerradura. Al abrirse quedó a la vista una bandeja de borde ondulado con herramientas de minería, un muestrario de sólidos instrumentos de metal traídos de Inglaterra con la esperanza de abrir un nuevo mercado captando como cliente a la Compañía Estatal Minera de Egipto.

Megdi observaba impasible mientras ella retiraba con las pinzas fragmentos de insectos muertos y los introducía en bolsitas de plástico. Un pequeño escarabajo de la especie
Necrobia rufipes
se había abierto camino entre los vendajes. Había crisálidas y larvas de otros predadores sin identificar; todos ellos fueron etiquetados, numerados y dejados a un lado en sus bolsitas para el posterior análisis microscópico.

Había muy poca resina en los vendajes. Podía dar gracias por ello. Tiempo atrás, otros colegas tuvieron que utilizar sierras para cortar los vendajes, convertidos en pétreo estuche a causa de la solidificación de la resina. El procedimiento no sólo era burdo, sino potencialmente peligroso, de modo que debían hacer todo lo posible por no utilizarlo, sobre todo teniendo en cuenta las escasas momias que quedaban por examinar.

El museo se había mostrado muy reacio a acceder a que se le retirase el vendaje a la momia. Tras haberse efectuado esta operación con las regias momias encontradas en Dar al-Bari y en el Valle de los Reyes, los conservadores del Museo Egipcio habían denegado el permiso para trabajar con los cuerpos custodiados en la institución. La última vez que se le había retirado el vendaje a una momia fue en el Museo de Bristol, en 1981, cuando se autorizó la manipulación de la momia de Horemkenesi, sacerdote de segundo orden de Ramsés III, para evitar que se siguiese deteriorando por efecto de las sales alcalinas.

Aisha adujo razones similares. Habían encontrado ocho cuerpos en la tumba y ninguno de ellos se hallaba en buen estado. Los vendajes habían resultado dañados a causa de la frenética búsqueda de oro y joyas. A una de las momias le habían arrancado el vendaje casi por completo, dejándola a merced de la humedad, que agravó el deterioro. La momia en la que entonces trabajaban no tenía nombre, sólo un código de identificación, J3, y presentaba síntomas de putrefacción. Era evidente que los vendajes habían sido manipulados, pese a lo cual, las radiografías mostraron que el interior permanecía intacto. El aparato de rayos X, con pantalla amplificadora incorporada, les permitió ver el esqueleto de un hombre de unos cincuenta y cinco años, de un metro setenta y cinco de estatura, sin fracturas ni muestra de enfermedades óseas. Era un excelente ejemplar para la investigación que, de otro modo, no haría sino pudrirse en uno de los almacenes del sótano del museo. Los conservadores aceptaron.

Aunque no había en el arma ningún cargador, no quiso correr riesgos y accionó el selector hasta la posición «D» para desmontar el mecanismo. Luego, sosteniendo con una mano el cuerpo del arma, apretó el muelle de la pieza de ensamblaje del cañón y la culata y la desmontó con cuidado.

Aisha no había encontrado la tumba por casualidad, sino tras un meticuloso análisis de numerosas claves y después de seguir una pista tan tortuosa como incierta. Existía una posibilidad —no muy grande, pero no por ello menos apasionante— de que hubiese dado con los restos de varios faraones cuyos cuerpos no habían sido hallados en los enterramientos descubiertos hasta entonces. Era bastante habitual que los sacerdotes de los últimos períodos de la civilización egipcia, al encontrar tumbas de la realeza desvalijadas y profanadas, trasladasen los cuerpos de sus reyes y reinas a lugares más modestos donde pudieran reposar a salvo, por lo menos, de los profanadores. Un descubrimiento así bastaba por sí solo para consagrarla profesionalmente.

Practicó otra incisión. Su ayudante, Butrus, enfocaba desde atrás con su cámara de vídeo la mesa, grabando cada paso de la exploración. En 1975, en Inglaterra, se retransmitió en directo por televisión la operación de desvendaje de una momia, practicada por la doctora Rosalie David. Los conservadores del museo consideraron la idea, pero la rechazaron aduciendo que el Gobierno no la aprobaría. Los musulmanes ortodoxos siempre se habían mostrado contrarios a la disección de los cadáveres y se temía que, con la tensión por entonces existente, la manipulación y exploración de un ser humano, por más muerto y putrefacto que estuviese, podía excitar innecesariamente los ánimos. La Cámara de Conservadores de Museos no podía olvidar que, en 1981, el Presidente Sadat mandó cerrar la cámara de las momias del museo por temor al descontento musulmán. A los pocos meses, moría ametrallado por un asesino.

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