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Authors: Dominique Lapierre

Tags: #Drama, Histórico

Más grandes que el amor (40 page)

BOOK: Más grandes que el amor
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La fabricación y la venta del instrumental para efectuar la prueba
Elisa
suponía una ganancia económica considerable. Con el temor de ver escaparse un fructífero mercado de varios millones de dólares, los responsables norteamericanos se alarmaron. Robert Gallo se apresuró a denunciar unas presuntas lagunas en la invención de los franceses. Viendo en ello una maniobra para obligarles a renunciar a su explotación, éstos se mantuvieron en sus trece y el Instituto Pasteur anunció la comercialización del test
Elisa
. En abril de 1984 presentó una solicitud de patente a las autoridades norteamericanas. Poco después los norteamericanos hicieron la misma gestión para un test similar puesto a punto a partir de un procedimiento diferente. La patente les fue concedida al cabo de pocos meses, mientras que los franceses no obtuvieron satisfacción hasta dos años después.

Pero la guerra entre científicos franceses y norteamericanos ya hacía estragos.

Vejado por los inesperados éxitos de un pequeño equipo francés sin grandes recursos, el gigante norteamericano acabó por despertar. Una mañana de abril de 1983, Robert Gallo reunió a todo el personal de su laboratorio bajo el macilento neón de su sala de conferencias de la sexta planta del pabellón 37 de Bethesda.

Los
staff meetings
del eminente científico constituían casi siempre un acontecimiento para sus colaboradores. Les brindaban la ocasión de conocer a los maestros de la investigación que acudían a la sede de Gallo para exponer con prioridad sus trabajos y revelar sus últimos descubrimientos. Gracias a lo cual, aquellos investigadores privilegiados no se veían obligados a esperar la aparición de las publicaciones científicas para estar informados de los progresos que estaban en curso en todo el mundo. «Una ventaja formidable en una época en que la investigación avanza cada día a pasos agigantados», como le gustaba repetir a Gallo.

Nadie habría querido faltar a la sesión de aquel día de abril de 1983. ¡Una prodigiosa asamblea, la de aquel dispar equipo de jóvenes norteamericanos, japoneses, alemanes, indios, chinos, franceses, suecos y finlandeses reunidos en torno al sumo sacerdote! Una concentración de materia gris que representaba un instrumento de investigación tal vez inigualable. Y, sin embargo, su jefe no había sabido sacar partido de ella para responder al mayor desafío médico de este fin de milenio. El tímido bioquímico indio, elegido por él nueve meses antes para descubrir el agente responsable del sida, estaba tan poco preparado y tan poco motivado que su fiasco no tenía nada de sorprendente. Como reconocería más tarde Robert Gallo: «Aquella mañana de abril me presentaba ante mi equipo con un sentimiento de vergüenza. No lo habría confesado por nada del mundo, pero era cierto: sentía vergüenza. Vergüenza de que no hubiéramos descubierto aquel maldito virus antes que las gentes del Pasteur. ¡Y, sin embargo, disponíamos de todos los medios! ¡Cuántas veces había visto a Popovic
[19]
irrumpir en mi despacho para decirme que yo no debía haber metido a Sarin en el asunto, y que si habíamos perdido tantos meses era por mi culpa! ¡Que él habría descubierto mucho tiempo antes el virus culpable! Popovic tenía razón. Mi error fue el no haber creído lo bastante, desde el principio, en la amplitud de aquel cataclismo del sida. Me decidí a entonar el
mea culpa
».

En lo sucesivo, todo iba a cambiar. Algunos días antes, un encuentro «en la cumbre» celebrado en el despacho del doctor Vincent T. De Vita Jr., director del Instituto Nacional del Cáncer, había decidido la formación de una «Task Force» encargada de descubrir rápidamente el agente causal de la plaga. Aquella iniciativa indicaba un giro capital en la política de los responsables de la salud en los Estados Unidos. Esta vez comenzaban una lucha sin cuartel contra la epidemia. Concedían a la investigación un crédito de cuarenta millones de dólares.

La dirección de aquella fuerza especial de intervención había sido confiada, naturalmente, al eminente descubridor del primer retrovirus humano, así como una parte sustancial de los medios financieros. Robert Gallo tenía carta blanca. No solamente podía embarcar en la aventura a los mejores elementos de su equipo, sino que también podía reclutar a todos los investigadores que quisiera, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. A tales efectos se había previsto un presupuesto especial de honorarios y gastos de representación.

Aquella mañana de abril, con un aspecto más relajado que de costumbre, deshecho el nudo de su corbata y las mangas de la camisa arremangadas, el famoso sabio anunció que había decidido lanzar a todas sus fuerzas a la batalla. Phil Markham, Mikulas Popovic, Zaki Salahuddin, M. G. Sarngadharan, Flossie Wong-Staal, sus mejores
cracks
, debían abandonar en el acto los trabajos que tenían entre manos. «Quiero que cada uno de ustedes reflexione sobre la mejor manera de encauzar esta lucha y que me comunique por escrito el fruto de sus reflexiones», les dijo. Ya había elegido a los colaboradores externos que deseaba integrar a su fuerza de choque, especialmente a Bill Jarret, un eminente especialista en retrovirus que trabajaba en Escocia, y a Wade Parks, un distinguido investigador de la Universidad de Miami.

Esta movilización no habría servido de nada si Gallo no hubiese procurado también a sus tropas las municiones que necesitaban para la lucha. Ahora bien, por inconcebible que esto pueda parecer en un país tan organizado como los Estados Unidos, los investigadores carecían de suficientes muestras de órganos, de médula o de sangre extraídas de enfermos apropiados y en el momento preciso, acompañadas de
dossiers
médicos detallados. Lo cual aminoraba terriblemente sus investigaciones. Una de las razones de tal penuria era la falta de contacto y de colaboración entre investigadores y clínicos. Estos últimos tenían tendencia a considerar a sus pacientes y sus observaciones como de su propiedad exclusiva.

Robert Gallo sabía también que, en el caso concreto de la nueva epidemia, la situación geográfica de su laboratorio representaba un
handicap
. Con la excepción del centro anticanceroso vecino, dirigido por su colega Sam Broder, casi ningún hospital de Washington había tenido que atender casos de sida. En primer lugar, porque el sida se manifestaba sobre todo en Nueva York y en California; y después, porque la homosexualidad seguía siendo tan tabú en la puritana capital norteamericana que nadie, ni siquiera en el ambiente médico, se atrevía a hablar abiertamente del «mal vergonzoso».

Robert Gallo prometió a sus colaboradores que lucharía como un diablo para que cada uno pudiese disponer del material biológico necesario. Si era preciso, se convertiría en viajante de comercio. Iría a los hospitales neoyorquinos para solicitar la ayuda de los médicos que luchaban contra el mal en la cabecera de sus víctimas. Enviaría un SOS al doctor Michael Gottlieb, el descubridor de los primeros afectados por el sida en Los Ángeles. Pediría ayuda a sus colegas Marcus Conant y Paul Volberding, que atendían ya varias decenas de casos en San Francisco. «Una cosa es segura —afirmó Gallo—; todos subiremos muy pronto al podio de la victoria».

El resultado no se hizo esperar. Las muestras de sangre, de tejidos y de órganos, acompañadas de detallados historiales médicos, comenzaron a afluir de todas partes. «Incluso recibía algunos envíos en mi propia casa y por la noche», relata el cultivador de células Zaki Salahuddin.

Robert Gallo era demasiado avisado para no tomar otras precauciones con el fin de dar a su equipo todas las garantías de éxito. Aunque estaba seguro de que el agente vírico hallado por los franceses pertenecía a la familia de su HTLV, rogó a Luc Montagnier que le enviase algunos especímenes. Con sus técnicas ultraperfectas, sus colaboradores —con Popovic y Salahuddin al frente— deberían demostrar en seguida que el presunto retrovirus francés no era más que un primo de su propio virus. Así, sus presuntuosos competidores no tendrían más remedio que reconocer su derrota.

41

Latroun, Israel — Verano de 1983
Peregrinación para un milagro

—¡Philippe!

—¡Sam!

Los dos nombres brotaron con una misma voz gozosa. El americano y el joven monje de Latroun no se habían vuelto a ver desde hacía casi dos años. Algún tiempo después de su accidente, Philippe Malouf supo que sus dos amigos arqueólogos que estuvieron junto a él durante su caída al fondo de las excavaciones de Gezer habían dejado el equipo de excavadores para regresar a los Estados Unidos. Recibió varias tarjetas postales: de México, de Haití, de París. Después, los dos americanos no habían enviado más noticias, como si quisieran borrar de sus memorias el recuerdo de su compañero paralizado en una cama de hospital.

Sam Blum no tuvo tiempo de correr hacia su amigo para abrazarle. Vio la silla de ruedas lanzarse sobre él como un auto de choque de feria, maniobrado diestramente por Philippe, cuya mirada triunfadora era la de un niño que acaba de realizar una proeza.

—Como ves, ya no estoy totalmente de luto por mi cuerpo. Me desplazo como una auténtica gacela.

Soltaron ambos una carcajada, y el monje se avino a relatar su metamorfosis. Ésta había comenzado unas semanas después del accidente con un estremecimiento de los hombros. Tal acontecimiento atrajo inmediatamente la atención de los médicos. Si Philippe conseguía recuperar el uso de sus brazos, aunque fuese parcial, su invalidez se vería transformada radicalmente. Le bastaría con someterse a una intervención quirúrgica inventada por un cirujano sueco para poder colgarse por los brazos de un soporte. Entonces podría pasar solo de su cama a la silla de ruedas. Esa relativa autonomía cambiaría sus condiciones de vida. Después de doce meses de ejercicios para fortalecer sus músculos deltoides, los cirujanos de Jerusalén procedieron a «una transposición muscular». Desviaron los haces inferiores de los deltoides, desde los hombros hacia las articulaciones de los codos, que la lesión vertebral había dejado inertes. Al cabo de cierto tiempo, gracias a esas nuevas conexiones, Philippe Malouf pudo mover, estirar y doblar los brazos. Una segunda operación en las muñecas completó el resultado: esta vez, el joven monje pudo sostener una cuchara entre dos dedos, apretar un botón y teclear en una máquina de escribir. Era una resurrección.

Sam Blum escuchó a su amigo con un escalofrío de emoción. Volvió a ver las imágenes del accidente, la subida del cuerpo desarticulado, la carrera hacia Jerusalén y la expresión lívida del cirujano a la salida de la sala de operaciones. Como en sobreimpresión y por debajo de la voz gozosa de Philippe, oía al facultativo responder a las preguntas de su compañero Josef Stein, ansioso de saber si la parálisis de su amigo sería definitiva: «En el estado actual de nuestros conocimientos, me temo que sí».

Sam tomó las manos del monje entre las suyas.

—Has ganado, viejo amigo —dijo con admiración.

Philippe hizo retroceder su silla algunos metros.

—¿No ha venido Josef? —inquirió, súbitamente confuso por haber hablado de sí mismo antes de hacer esa pregunta.

El rostro del americano se ensombreció. Se quitó las gafas y las secó lentamente con el faldón de su camisa.

—Josef está enfermo.

El monje hizo una mueca.

—¿Algo grave?

Sam inclinó varias veces su cráneo, casi calvo ahora.

—Una porquería que los médicos no saben curar.

Philippe Malouf ignoraba que una extraña epidemia estaba diezmando a numerosos jóvenes norteamericanos, y que lo hacía de una manera atroz. Incluso la palabra sida era desconocida para él.

—Un año… Tal vez un poco más. De todas maneras, está perdido —dijo Sam. Y esforzándose en sonreír, añadió suspirando—: ¡A no ser que ocurra un milagro!

Era precisamente la esperanza de un milagro y la apremiante petición de su compañero las que hicieron que él hubiese emprendido su viaje a Israel. Su visita coincidía con la Pascua judía. Al día siguiente iría al Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Colocaría entre dos piedras el trocito de papel sobre el cual Josef había escrito una súplica al Dios de los judíos, para pedir su misericordia. Una vez cumplida su misión, camino del aeropuerto se detendría de nuevo en la abadía de los Siete Dolores de Latroun para volver a ver a Philippe y despedirse de él.

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