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Authors: David Brin

Tags: #Ciencia Ficción

Tiempos de gloria (2 page)

BOOK: Tiempos de gloria
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Abrumada, demasiado nerviosa para hablar, Maia sólo pudo ver cómo Sylvina se arreglaba el rizado cabello y se marchaba, para unirse a un grupo de niñas de edades diversas pero de aspecto similar. Había tenido lugar algún silencioso ritual de separación que dividía la habitación. En la mitad mejor, cerca del hogar, cada niña era una perfecta versión en miniatura de una madre Lamai. El mismo pelo rubio y la misma fuerte mandíbula. La misma pose característica con la barbilla levantada de modo desafiante.

Aquí, de este lado, los dos niños recibían asistencia en su rincón, como de costumbre, sin advertir ningún cambio que pudiera afectarlos. Eso dejaba a ocho niñas como Maia, esparcidas cerca de las heladas ventanas. Las había rubias y morenas, más altas o más delgadas. Una tenía pecas, otra el cabello rizado. Lo que tenían en común eran sus diferencias.

¿Era esto lo que significaba tener un padre?, se preguntó Maia. Todo el mundo sabía que los niños del verano eran más raros que los invernales, un hecho que antaño la hacía sentirse orgullosa, hasta que comprendió que, al fin y al cabo, ser «especia». no era ninguna suerte.

Recordó las tormentas de verano, el olor de la electricidad estática y el tamborileo de la lluvia sobre los tejados de Puerto Sanger. Cada vez que las nubes se alzaban, las titilantes cortinas del cielo bailaban como gigantes de seda en las lejanas colinas de la tundra, muy lejos de las puertas cerradas de la ciudad. Ahora, las constelaciones invernales sustituían el sedoso espectáculo del verano, brillaban sobre un plácido mar salpicado de escarcha. Maia ya sabía que los cambios de estación tenían relación con los movimientos de Stratos alrededor de su sol. Pero aún no había advertido qué tenía eso que ver con que los niños nacieran diferentes o iguales.

¡Espera un segundo!

Asaltada por una idea, Maia corrió hacia el armario donde se guardaban los juguetes. Cogió con ambas manos un gastado espejo de mano y se lo llevó hasta donde estaba sentada otra niña morena de su misma edad que jugaba con varios soldados de juguete, arreglándoles las espadas y cepillando sus melenas. Maia tendió el espejo, comparando su rostro con el de la otra niña.

—¡Tengo el mismo aspecto que tú! —anunció. Se volvió y llamó a Sylvina—. ¡No puedo ser una var! ¿Ves? ¡Leie es igual que yo!

El triunfo se difuminó cuando las demás se rieron, no sólo las niñas rubias, sino la habitación entera. Maia miró a Leie con el ceño fruncido.

—P-pero, tú eres igual que yo. ¡Mira!

Ajena al coro de «¡Var! ¡Var!». que hacía arder las orejas de Maia, Leie ignoró el espejo y tiró del brazo de ésta, haciéndola caer de golpe en el suelo, a su lado. Leie puso uno de los soldados de juguete en el regazo de Maia, y luego se inclinó hacia delante y susurró:

—¡No seas idiota! Tú y yo tuvimos el mismo padre. Nos iremos en su barco algún día. Navegaremos, y veremos una ballena, y nos montaremos en su cola. Eso es lo que hacen los niños del verano cuando crecen.

Tras esta sorprendente revelación, Leie siguió cepillando tranquilamente el brillante cabello de su soldado de madera.

Maia se quedó con el otro muñeco en la mano abierta, el espejo en la otra, sopesando lo que había aprendido. A pesar del aire de seguridad de Leie, su historia parecía tan tonta como lo que la propia Maia había dicho. Sin embargo, había algo sorprendente en la actitud de la otra niña… su forma de hacer que una mala noticia resultara buena.

Parecía motivo suficiente para que se hicieran amigas. Incluso uno mejor que el hecho de ser tan idénticas como dos estrellas en el cielo.

PRIMERA PARTE

Nunca subestiméis el viaje en el que nos hemos embarcado, ni lo que dejamos a sabiendas. Admitamos desde el principio, hermanas mías, que los compañeros que nos otorgó la naturaleza tuvieron sus usos, sus momentos. La fuerza y la intensidad masculinas han logrado, en ocasiones, cosas nobles y hermosas a la vez.

Sin embargo, incluso en su culminación, ¿no se malgastó siempre esa fuerza en defendernos a nosotras, y a nuestros hijos, contra otros de su género? ¿Merecen el coste sus mejores momentos?

La Madre Naturaleza trabaja siguiendo una lógica, según un código riguroso que servía cuando éramos bestias, pero ya no. Ahora dominamos sus herramientas, su arte, a fondo. Y con la habilidad aparece el deseo de cambio. Las mujeres (algunas mujeres) exigen un modo de vida mejor.

Así, camaradas, buscamos este mundo, muy lejos de la molesta moderación del Phylum Homínido. El desafío de esta generación fundadora es mejorar el diseño de la humanidad.

LYSOS, Discurso del Día del Aterrizaje

1

Un rayo de luz oblicua se desparramaba sobre la mesa situada junto a la cama de Maia, iluminando un metro de lustrosa trenza de color castaño. Recién cortada. Extendida a lo largo de la desvencijada mesilla de noche y atada por ambos extremos con lazos azules.

Azul de concha estelar, el color de las despedidas. Y junto a la trenza, un par de brillantes tijeras se alzaban como una bailarina haciendo equilibrios sobre un pie, una punta clavada en la superficie de la mesa. Parpadeando adormilada, Maia contempló aquellos objetos (iluminados por un trapecio de oblicua luz del amanecer), esforzándose por separarlos de los símbolos de su reciente sueño.

De inmediato, comprendió su significado.

—Lysos —jadeó, apartando las sábanas—. ¡Leie lo ha hecho de veras!

Unos escalofríos repentinos le hicieron darse cuenta de otra cosa. ¡Su hermana también se había dejado la ventana abierta! Los vientos llegados del glaciar Firme agitaban las cortinas pardas del cuartito, haciendo rodar bolas de polvo por el suelo de madera hasta su abultada mochila. Maia corrió a cerrar los postigos y contempló el rojo amanecer teñir los tejados de pizarra de las casas de los clanes de Puerto Sanger, tan parecidas a castillos.

La brisa traía los aullidos de las gaviotas y los aromas de lejanos icebergs, pero disfrutar de las mañanas era un vicio que nunca había compartido con su madrugadora gemela.

—Uf. —Maia se llevó una mano a la cabeza—. ¿Fue de verdad idea mía trabajar anoche?

Había parecido lógico en ese momento.

.Nos harán falta las últimas noticias antes de partir
—había instado Maia, firmando por ambas por última vez para atender las mesas de la casa de invitados del clan—.
.Podríamos oír algo útil, y una moneda extra o dos no nos vendrán mal
.

Los hombres del barco de madera, el
.Gaviota Galante
, estaban llenos de chismorreos, cierto, y de dulce vino lamatiano. Pero los marineros no prestaron atención a dos adolescentes veraniegas (dos mocosas
.variantes
), cuando había regordetas Lamai invernales cerca, todas atractivamente idénticas, bien vestidas y de buenos modales. Adulando y achuchando a los oficiales, las jóvenes Lamai habían chasqueado los dedos hasta pasada la medianoche, enviando a Maia y a Leie a traer más jarras de fuerte cerveza.

La ventana abierta debía de ser la forma que tenía Leie de desquitarse.

.Oh, bueno, pensó Maia, a la defensiva.
.También ella ha tenido bastantes ideas malas
. Lo que importaba era que tenían un plan, las dos, elaborado pacientemente año tras año en aquella habitación del ático. Durante toda la vida habían sabido que llegaría este día.
.Por no mencionar cuántos trabajos horribles tendremos que soportar antes de encontrar nuestro nicho
.

Justo cuando Maia pensaba en volverse a meter entre las mantas, sonó la campana de la Torre Norte, sacudiendo aquel pobre rincón del extenso compuesto Lamai. En los recintos de clase alta, las invernales no se moverían hasta al cabo de una hora, pero las niñas del verano solían levantarse con el crudo frío, ésa era la ironía de su nombre. Maia suspiró, y empezó a ponerse su nueva ropa de viaje. Calzas negras de tela-red extensible, una blusa blanca y una camiseta sin mangas, botas y una chaqueta de resistente cuero curtido. El atuendo era más de lo que muchos clanes proporcionaban como despedida a sus hijas-var, como recalcaban diligentemente las madres. Maia intentó sentirse afortunada.

Mientras se vestía, contempló la trenza cortada. Era más larga que un brazo extendido, brillante, pero sin los ricos resplandores que las Lamai puras lucían como derecho de nacimiento. Parecía tan fuera de lugar que Maia sintió un ligero escalofrío, como si estuviera contemplando la mano o la cabeza cercenada de Leie. Se detuvo en el gesto de hacer un signo con la mano para espantar la mala suerte, y se rió nerviosa por la mala costumbre. Las supersticiones campestres la revelarían como una palurda en las grandes ciudades del Continente del Aterrizaje.

Dado el acontecimiento, Leie ni siquiera había atado demasiado bien su trenza. En aquel momento, en otras habitaciones cercanas, Mirri, Kirstin y las otras cinco niñas del verano estarían arreglando sus trenzas para la Ceremonia de Partida de hoy. Las gemelas habían discutido sobre si asistían, y ahora Leie había actuado por su cuenta, de forma típica e impulsiva.
.Leie probablemente cree que esto le da categoría como adulta, aunque la Abuela Modine dice que yo fui la primera en salir del vientre de nuestra madre
.

Completamente vestida, Maia se volvió para contemplar la habitación del ático donde habían vivido durante cinco largos años stratoianos (quince según el antiguo calendario), las niñas del verano que tejían sueños de gloria invernal, susurrando un plan cuyo desarrollo tardó tanto que ninguna recordaba quién lo había planteado primero.

Ahora…
.hoy
… el barco
.Ave Sombría
las llevaría a lejanas tierras occidentales donde se decía que las oportunidades esperaban a jóvenes brillantes como ellas.

Aquélla era también la dirección en la que había sido visto por última vez su barco-paterno, algunos años atrás.

—No puede perjudicarnos mantener los ojos abiertos —había propuesto Leie, aunque Maia se había preguntado, escéptica:
.Si alguna vez conocemos a nuestro padre genético, ¿de qué podríamos hablar?

Todavía salía agua tibia del grifo del rincón, lo que Maia tomó como un agradable presagio.
.El desayuno también estará incluido
, pensó mientras se lavaba la cara
., si llego a la cocina antes que las mocosas invernales
.

Frente al diminuto espejo de mesa (una propiedad del clan que echaría terriblemente de menos), Maia se arregló la trenza característica de la Familia Lamatia, haciendo obstinadamente un trabajo mejor que el de Leie.

Ató los extremos superior e inferior con lazos azules, sacados de su bolsillo. En un momento determinado, sus propios ojos castaños la miraron, levemente ensombrecidos por las claras cejas no-Lamai, legado de su desconocido padre. Al contemplar aquellos oscuros iris, Maia se sorprendió al encontrar lo que menos quería ver: un húmedo destello de temor. Una contrición. Conciencia de un ancho mundo esperándola más allá de la familiar bahía. Un mundo a la vez atractivo y notablemente implacable con las jóvenes vars solitarias que no tuvieran inteligencia o suerte. Tras cruzar los brazos sobre el pecho, Maia luchó contra un estertor de protesta.

¿Cómo puedo dejar esta habitación? ¿Cómo pueden obligarme a marchar?

Un brusco pánico se cernió sobre ella atenazándola como un bloque de hielo, trabando sus miembros, su respiración. Sólo su acelerado corazón parecía capaz de moverse, agitando su pecho, acelerando inevitablemente… hasta que rompió el hechizo un pensamiento penetrante:

¿Y si Leie vuelve y me encuentra así?

¡Un destino aún peor que aquel que el simple mundo podía depararle! Maia se rió nerviosa, sacudiéndose el temor, y con una mano se secó los ojos.
.De todas formas, no puede decirse que vaya a estar completamente sola ahí fuera. Que Lysos me ayude, siempre tendré a Leie
.

Por fin contempló las brillantes tijeras, clavadas en la mesa. Leie las había dejado así como un desafío. ¿Se arrodillaría Maia mansamente ante las matriarcas del clan, recibiría pomposos consejos, un Beso de Bendición, y el corte de rigor? ¿O se marcharía con valentía, sin pedir ni aceptar una despedida hipócrita?

Lo que la hizo detenerse, irónicamente, fue una consideración de carácter puramente práctico.

.Sin la trenza, no habrá desayuno en la cocina.

Tuvo que usar ambas manos y mover las tijeras de un lado a otro para liberarlas de la madera ajada. Maia hizo girar las hojas gemelas a la luz que fluía a través de los postigos.

Se rió en voz alta y tomó una decisión.

Ni siquiera las niñas del invierno eran totalmente idénticas. Un ojo experto podía distinguir las raras dobles veraniegas como Maia y Leie. Para empezar, eran gemelas de
.espejo
. Si Maia tenía un pequeño lunar en la mejilla derecha, Leie lo tenía en la izquierda. Su pelo se dividía en lugares opuestos, y mientras que Maia era diestra, su hermana sostenía que el hecho de ser zurda era un claro signo de grandeza. Con todo, las sacerdotisas de la ciudad las habían estudiado. Tenían los mismos genes.

Al principio, se les había ocurrido una idea: usar esta situación para su provecho.

Su plan tenía límites. No podían ponerlo en práctica ante una sabia, ni entre las majestuosas casas de mercaderes del Continente del Aterrizaje, donde los ricos clanes aún usaban la magia de los datos de la Vieja Red. Por eso Maia y Leie habían decidido permanecer embarcadas algún tiempo, con los marinos y los vagabundos, hasta encontrar alguna ciudad rústica donde resultara fácil engañar a las madres locales y los visitantes masculinos fueran más taciturnos que los chismosos y barbudos cretinos que surcaban el mar de Parthenia.

.Así lo conceda Lysos. Maia se tiró de una oreja para darse suerte y siguió cargando su petate mientras bajaba las retorcidas escaleras traseras de la Casa Infantil de Verano de Lamatia, gastadas ya por el paso de generaciones. Ante cada ventana hendida una brisa helada le acariciaba la nuca, provocándole la extraña sensación de que la seguían. El petate era pesado, y Maia tuvo la sospecha de que su hermana lo había cargado con algo más mientras le daba la espalda. Si hubieran conservado sus trenzas una hora más, las madres podrían haberles asignado un lugar para que llevara sus efectos a los muelles. Pero Leie había dicho que contar con los lúgars las volvería blandas, y en eso probablemente llevaba razón. No habría gigantes dóciles para suavizar su trabajo en el mar.

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