Read Tiempos de gloria Online

Authors: David Brin

Tags: #Ciencia Ficción

Tiempos de gloria (52 page)

BOOK: Tiempos de gloria
10.58Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

En efecto, Renna alzó los ojos en un suspiro mudo, y dirigió a Maia una mirada de disculpa antes de contestar.

—Lo que quería decir es que cada organismo individual en un ecosistema interactúa principalmente con sus vecinos, igual que en el juego, aunque, por supuesto, las reglas son muchísimo más complejas…

Maia vivió un momento de triunfo. La expresión de él significaba que prefería conversar con ella antes que disfrutar de las pegajosas atenciones de las demás, aunque fueran mayores, físicamente más maduras.

Naturalmente, su reacción habría sido diferente en verano, cuando el celo convirtiera a todos los hombres en…

.Espera un momento. Maia se detuvo en seco.
.Hemos estado hablando de la sexualidad estacional en Stratos
.

Yo he asumido que era algo igualmente aplicable a él.

¿Pero es así? ¿Tendrán algo que ver el invierno y el verano con lo que Renna siente?

Maia retrocedió, observando al terrestre describir pacientemente cómo la disposición de células negras o blancas simulaba burdamente una especie de «vid».. A pesar de lo elemental de su explicación, parecía pretender mirar solamente el tablero, evitando el contacto directo con su público. Por primera vez, Maia notó que una capa de sudor le cubría la frente.

—Tienen planes para él, ¿sabes?

Maia se volvió. Una mujer alta y rubia se le había acercado por detrás. La fornida oriental, Baltha, se hurgaba los dientes con un palillo de madera, apoyada contra el cabrestante de popa. Sonreía.

—Tu terrestre posee mucho más valor para esas rads de lo que dan a entender, ¿sabes?

Maia se sintió dividida entre la curiosidad y su repulsión hacia la mujer.

—Sé que necesitan información y consejo de la biblioteca de su nave. Quieren saber si hay algo en ella que pueda ayudarlas en su empeño de que Stratos se parezca más a otros mundos.

Baltha alzó una ceja. Tal vez se estaba burlando de ella.

—La información está bien. Pero apuesto a que buscan una clase de ayuda más inmediata.

—¿Qué quieres decir?

Baltha escupió el palillo en un arco que lo hizo caer por la borda.

—Piénsalo, virgie. Ya ves cómo se lo están trabajando. Le pedirán que se gane el sustento, allá en Ursulaborg.

Y apuesto a que es capaz.

Maia notó que el rostro se le acaloraba.

—¿Y qué? Así que potencie a unas cuantas…

Baltha la interrumpió.

—¡Potenciar, y un cuerno! ¿Es que no lo ves? Piensa, chiquilla. ¡Es un
.alienígena
! Eso puede significar que es demasiado diferente incluso para potenciar a mujeres de Stratos como nosotras. No se sabrá hasta que lo intenten.

¿Pero qué hay del otro extremo? ¿Y si su semilla funciona, eh? ¿Y si funciona como antaño,
.incluso en invierno
?

Maia parpadeó mientras asimilaba lo que Baltha quería dar a entender.

—¿Quieres decir que su esperma podría no potenciar clones… sino llegar a procrear vars? —Alzó la cabeza—. ¿No importa qué época del año sea?

Baltha asintió.

—¿Y si además sus hijos-var heredaran esa habilidad? ¿Y sus hijos? ¿Y así sucesivamente? ¡Eso sí que sería una zancadilla al Plan de Lysos! —escupió a un lado.

Maia negó con la cabeza.

—Me parece que en eso hay algo mal…

—¡Apuesta a que sí! —volvió a interrumpirla la otra var—. Intervenir en el proceso establecido por nuestras madres y superioras. ¡Arrogantes zorras rads!

De hecho, Maia no había querido decir que estuviera «ma». en ese sentido. Aunque en aquel momento no podía señalar el error, estaba segura de que había algo equivocado en el razonamiento de Baltha. De manera intuitiva, Maia sabía que el diseño de la vida humana en Stratos no sería modificado tan fácilmente, ni siquiera por la semilla obtenida de un Hombre de las Estrellas.

—Creía que odiabas que las cosas estén tal como están, tanto como las rads —apuntó, curiosa por la saña que había en la voz de Baltha—. Las ayudaste a rescatar a Renna de las Perkinitas.

—Alianza de conveniencia, virgie. Claro que mis compañeras y yo odiamos a las Perkies. Clanes atrofiados que mantienen un cerrojo sobre todas las cosas sin ganárselo. Lysos nunca pretendió que fuera así. Pero a partir de ahí, las rads y yo nos distanciamos. Sangrantes herejes… ¡Nosotras sólo queremos sacudir un poco las cosas, no cambiar las leyes de la naturaleza!

.¿Por qué me cuenta eso?, se preguntó Maia, viendo cómo le brillaban los ojos a Baltha mientras contemplaba a Renna.

—También vosotras tenéis planes para utilizarlo —concluyó Maia.

La rubia var se volvió a mirarla.

—No sé a qué te refieres.

—Vi lo que recogiste en tu cajita —escupió Maia, ansiosa por ver cómo reaccionaba la otra mujer cuando se le enfrentaban—. Allá en el cañón, mientras huíamos.

—Vaya, pequeña espía… —gruñó Baltha. Entonces se detuvo y una lenta sonrisa se extendió por sus arrugados rasgos—. Bueno, mejor para ti. Espiar es una de las verdaderas artes. Tal vez incluso sea tu nicho, encanto, si alguna vez aprendes a distinguir amigas de enemigas.

—Conozco la diferencia, gracias.

—¿De veras?

—Y también sé que utilizarías a Renna para tus propios fines, al igual que las rads.

Baltha suspiró.

—Todo el mundo utiliza a todo el mundo. Mira a tus
.amigas
, Kiel y Thalla. Te utilizaron a
.ti
, muchacha. Te vendieron a las Beller, con la esperanza de seguirte hasta la cárcel, y quizás así encontrar al Hombre de las Estrellas dondequiera que fueran a meterte.

Maia se la quedó mirando.

—Pero… yo pensaba que Calma Lerner…

—Piensa lo que quieras, ciudadana —le respondió Baltha sarcástica—. No tendría que contarle nada a una listilla de cinco años que está tan segura de saber quiénes son sus buenas amigas, y no sabe nada de nada.

La oriental se volvió y se marchó, caminando por la parte que daba a la cubierta de carga, donde empezó a conversar en voz baja con una rubia grande, una de las mujeres que servían a bordo del
.Manitú
. Abajo, en la cubierta principal, podía oírse la voz de Naroin que llamaba a un grupito de mujeres que molestaban a los marineros; era su turno en las prácticas obligatorias de combate. Baltha sonrió a Maia, recogió su pulido bastón, y se deslizó por la plancha para unirse a la sesión. Pronto se oyó un estruendo de palos al entrechocar, y alguien cayó al suelo con un golpe sordo.

Los pensamientos de Maia se desbocaron. Vio a Thalla, a punto para su turno en el coso de prácticas, sacar un bastón del bastidor. Alzando la cabeza, Thalla le sonrió, y de pronto Maia se sintió abrumada por una furiosa sensación de certeza.
.¡Baltha tiene razón, maldita sea! Kiel y Thalla pueden haberme utilizado
.

Una oleada de dolor y traición hizo que cada bocanada de aire se le atascara en la garganta. Se había enfadado con sus antiguas compañeras de casa por intentar abandonarla en Grange Head, cuando era peor. Mucho peor.

Yo… no puedo confiar en nadie.

La impresión de perfidia le hizo un daño terrible. Sin embargo, lo que con más intensidad le vino a la cabeza fue que había lanzado una maldición contra Calma Lerner y su clan condenado.
.Lo siento
, pensó. Aunque resultara que Baltha se equivocaba, o aunque estuviese mintiendo, Maia se sintió avergonzada por lo que había dicho en un momento de ira, invocando maldiciones para que cayeran sobre la desdichada familia herrera, cuyas miembros nunca le habían hecho ningún daño real.

Al fondo, contrastando con sus sombrías reflexiones, la voz de Renna continuaba describiendo su estrategia para la partida de la tarde.

—… y estaba pensando si podría poner un molinete en cada extremo del tablero, cerca del límite…

La voz era una molestia que se entrometía en la sensación de culpa y frustración de Maia.
.Aunque Baltha haya mentido, nunca podré volver a confiar en Thalla y Kiel. Estoy tan sola ahora como lo estaba en la celda de la prisión
.

Cerró los ojos. Las instrucciones que Naroin impartía a gritos puntuaban el rítmico batir de los bastones de combate. Renna continuó hablando:

—… Naturalmente, serán desviados por los objetos simulados que vengan del lado del tablero de mis oponentes. La mayoría serán desviados por los brazos del molinete. Pero hay ciertas formas básicas que me preocupan.

Los caprichos del viento hicieron que el timonel ordenara un leve viraje, haciendo que el sol que asomaba tras una vela iluminara los párpados cerrados de Maia. Tuvo que apretarlos con fuerza para cortar la puñalada de los rayos de luz. En su tristeza, Maia sintió el regreso de aquella extraña sensación de desplazamiento que había experimentado esa misma mañana. La luz del sol aumentaba aquellas omnipresentes motas que danzaban sin parar ante sus retinas cubiertas… una danza sin fin, la danza que acompañaba todos sus sueños. Carente de voluntad, su consciencia cayó hacia sus destellos y remolinos; parecía reírse de sus problemas, como si todas las preocupaciones fueran efímeras.

La pavesa moteada era la única cosa duradera que importaba.

—… veréis cómo una simple
.deslizadora
, golpeando en ángulo, hará que mi molinete rompa…

Los recuerdos no solicitados de aquellos largos días y noches en prisión la abrumaron. Maia recordó cómo se había sentido fascinada por el Juego de la Vida, por las pautas maravillosamente misteriosas que la capacidad artística de Renna desplegaba ante ella. Aquello había sido un ejercicio mucho más sutil que jugar una simple partida lanzando figuras simuladas contra otras diseñadas por un oponente. Pero había trampa, ya que él había podido usar una forma
.reversible
del juego. La máquina hacía todo el trabajo. No era extraño que ahora tuviera tantos problemas tratando con los conceptos más triviales de la versión competitiva.

Ella no tenía que mirar el tablero para ver las formas que estaba describiendo. En su actual estado de consciencia, no podía
.evitar
verlas.

.Las rads sentadas a su alrededor deben de estar mortalmente aburridas, arguyó una parte de ella con cierta satisfacción. Sin embargo, era una parte pequeña. El resto de su ser había huido de la insoportable infelicidad refugiándose en la abstracción, sólo para ser capturado en un remolino de formas cambiantes.

—… así que me propongo colocar un conjunto de simples pautas de señales alrededor del molinete, así… ¿veis?

Eso debería protegerlo al menos del primer asalto…

—¡Te equivocas! —exclamó Maia en voz alta, abriendo los ojos y dándose la vuelta. Renna y las mujeres se quedaron mirándola con sorpresa cuando ella se les acercó y apartó bruscamente a una de las aturdidas vars para llegar al tablero de juego. Cogió el punzón de la mano de Renna y borró rápidamente la disposición que había estado construyendo en un extremo de la zona límite.

—¿Es que no lo ves? Incluso yo puedo verlo. Si quieres protegerte contra las deslizadoras, no dejes tus formas aquí quietas, esperando a ser golpeadas. Tu barrera tiene que salir a
.recibirlas
. Aquí, intenta…

Se mordió el labio, vacilando un momento, y luego dibujó un rápido remolino de puntos en la pantalla.

Extendió la mano para pulsar el reloj, y la configuración empezó a latir, enviando óvalos concéntricos de puntos negros que se disiparon cuando llegaron a ocho casillas del centro. Recordaba la pauta cíclica y persistente de las ondas que produce el goteo de un grifo sobre un charco de agua. Si se la dejaba sola, la pequeña disposición seguiría emitiendo ondas eternamente.

Renna alzó la cabeza, sorprendido.

—Nunca he visto eso antes. ¿Cómo se llama?

—Yo… —Maia sacudió la cabeza—. No lo sé. Debo de haberlo visto cuando era niña. Pero es bastante obvio, ¿no?

—Mm. La verdad es que sí. —Sacudiendo la cabeza, Renna volvió a coger el punzón y dibujó, en el otro lado del tablero, un cañón deslizador que apuntaba hacia la figura que ella acababa de dibujar. Volvió a poner en marcha el reloj; una serie de misiles salió disparada directamente contra la pauta de ondas concéntricas.

Chocaron…

… ¡y cada uno fue tragado con apenas una ondulación!

—Que me zurzan. —Él sacudió la cabeza, admirado—. ¿Pero cómo defenderías esta pauta de algo más grande, como lo que nos lanzaron anoche?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —replicó Maia—. ¿Crees que soy un muchacho?

Varias rads se echaron a reír, inseguras, y Maia no se molestó en saber si se reían de ella o con ella. Una de las jóvenes se levantó altanera y se marchó. Maia se frotó la barbilla, sin dejar de mirar el tablero.

—Ahora que lo mencionas, puedo sugerir una forma de repeler ese bulldozer que el pinche y el grumete utilizaron contra nosotros.

—¿Sí? —Renna le hizo sitio en el banco y otra de las vars, a regañadientes, se apartó para que Maia se sentara.

—Mira, no conozco la terminología —dijo ella, con algo de su acostumbrada inseguridad—. Pero es evidente que el movimiento de regreso de la barra
.refleja
ciertas pautas que…

Fue dibujando mientras hablaba, y Renna de vez en cuando intercalaba un comentario o, con más frecuencia, una pregunta. Maia apenas advirtió que las otras vars se marcharon, una a una. Sus opiniones ya no le importaban, ni se avergonzaba de que la vieran interesada en el tonto juego de los varones. Renna se la tomaba en serio, cosa que nunca había hecho ninguna de sus compañeras mujeres. Le prestaba toda su atención, compartiendo con ella un creciente placer en un ejercicio abstracto.

A la hora de la cena, ya creían tener un plan.

Cuaderno de Bitácora del Peripatético

Misión Stratos

Llegada + 45.290 Ms

¿Qué es la inteligencia para el universo? ¿Breves momentos de reflexión? ¿La autocontemplación de las mariposas?

¿Cuál es el sentido de la vida humana, si hay que gastar una parte tan grande de ella atravesando la torpe infancia y adolescencia, reuniendo lentamente las habilidades necesarias para comprender y crear… sólo para empezar ese largo declive hacia la extinción?

Afortunado el hombre o la mujer que consigue destacar incluso durante un brevísimo instante. La luz brilla con fuerza apenas unos momentos, y luego se apaga.

En algunos mundos, la drástica prolongación de la vida se justifica en nombre de la conservación de raros talentos. Empieza con buenas intenciones, pero con demasiada frecuencia acaba en una gerontocracia de mentes sacudidas por las costumbres en cuerpos atendidos por robots, recelosamente envidiosos de cualquier pensamiento o idea que no sea propia.

BOOK: Tiempos de gloria
10.58Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Blood of Paradise by David Corbett
Home Alone 2 by Todd Strasser
Pale Kings and Princes by Cassandra Clare, Robin Wasserman
Bronagh by L. A. Casey
Sparrow Falling by Gaie Sebold
Amalee by Dar Williams