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Authors: Elisabetta Gnone

Tags: #Infantil y juvenil, #Fantástico

El Secreto de las Gemelas (16 page)

BOOK: El Secreto de las Gemelas
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—¡Yo no sé volar! —exclamó.

—¡Eres una bruja, todas las brujas saben volar! —dijo Tomelilla con los ojos interrogantes por aquella imprevista revelación.

—No, no, lo digo en serio. Esta mañana he hecho una prueba y, si no hubiese sido por Babú, habría terminado en el armario.

—Esta mañana era esta mañana. ¡Prueba ahora!

—Sí, y acabaré en el rosal o entre las ortigas... ¡No, gracias!

Pervinca hizo una inclinación y se encaminó hacia la casa.

—Inténtalo... —insistió su tía.

—Si te lo dice ella, puedes fiarte —intervine yo.

Pervinca se detuvo.

—Lo intento sólo si Babú se pone delante como ha hecho esta mañana —dijo. Vainilla esbozó una extraña sonrisa.

—¿Y quién te dice que yo quiera hacerlo?

—¡Nadie!

—Entonces lo hago —dijo Babú ocupando su posición en el prado. Pervinca se alejó unos cuantos metros.

—¿Dónde vas?

—¡A tomar carrerilla!

—¡¿Para qué?! No necesitas ninguna carrerilla. Elévate y vuela, ¡venga!

Pervinca suspiró largamente, cerró los ojos y...:

—¿Vuelo? ¿Estoy volando? —preguntó sin mirar.

—Abre los ojos, tonta, y míralo tú misma —le gritó Babú riendo.

Pervinca estaba a dos metros de altura y fluctuaba en el aire como una luciérnaga.

—¡VUELO, VUELO! —gritó en el colmo de la alegría.

Los gritos de las niñas atrajeron a mamá Dalia al jardín.

—¡Ven a ver esto, cariño, Vi está volando! —gritó contenta a su marido. Cícero salió a toda prisa.

—¡Por todas las criaturas mágicas de este reino endiablado! ¡Procura no hacerte daño, hija!

—No te preocupes, papá, es muy fácil —lo tranquilizó Pervinca—. ¡Ven, Babú!

—¿¿Babú también vuela?? —casi se tambaleó Cícero—. ¡Vaya familia la mía!

—Están creciendo, amor mío, y no podemos hacer nada —lo consoló mamá Dalia tomándolo afectuosamente del brazo—. Yo también lo siento, no creas, pero es ley de la naturaleza que nuestras hijas crezcan...

—Y volar es fácil de verdad. ¡Mírame, papi! —Vainilla intentó elevarse, pero sus pies no se movieron ni un centímetro. Probó de nuevo y, como no sucedía nada, inquirió desconcertada a su tía—: Yo sé volar, ¿por qué no me elevo?

—Porque es de noche, mi niña, y tú eres una Bruja de la Luz.

Vainilla permaneció callada un momento. Luego, observando a su hermana volar entre las ramas de los árboles, murmuró:

—¿Quieres decir que nunca podré volar con ella?

—Podrás —respondió con calma Tomelilla— cuando seas un poco mayor y hayas comprendido mejor nuestra magia. Que es poderosa, Babú, más de lo que puedas imaginar.

Vainilla observó de nuevo a su hermana y esta vez sus ojos reflejaron nostalgia. Sentada en su hombro, la sentí respirar profundamente y después decir en voz baja:

—Es lo más bonito que podemos hacer y no lo podemos hacer juntas...

Instintivamente, pensé otra vez en aquellas doce horas que las habían separado al nacer: el destino había querido hacerlas distintas desde el primer día. Después, durante unos años, había permitido que sus vidas corriesen paralelas. Ahora, de nuevo, las estaba dividiendo. Eran dos personas idénticas con poderes opuestos: luz y oscuridad, como dos caras de la misma moneda, unidas y separadas para siempre. ¿Por qué?

Obtuve la respuesta, pero mucho después. En aquel momento me limité a acariciar el cabello de Vainilla en silencio.

El domingo en Fairy Oak

Los domingos por la mañana, los pescadores del pueblo dejaban en Fairy Oak, en los escalones a la entrada de las casas, una cestita de pescado fresco; los molineros, una barra de pan oloroso; los lecheros, una pinta de leche recién ordeñada; las abuelas, un pedazo de tarta casera; la florista, un ramillete de flores perfumadas; los campesinos, un saquito de fruta y un paquete de huevos aún tibios; los carpinteros, una pinza de la ropa en la que habían tallado el rostro de alguno de los habitantes del valle, con lo que la colada tendida parecía un pequeño Fairy Oak.

Me gustaban las mañanas de domingo.

Las niñas, nada más levantarse, corrían a buscar los regalos a la puerta mientras mamá Dalia y Tomelilla preparaban el desayuno. Pero llamar a aquello desayuno es quedarse cortos, era más bien un almuerzo. Empezaba por los dulces y terminaba por los platos salados. El señor Cícero tenía asignada la tarea de hacer las tortitas, ¡era todo un maestro! Las volteaba en el aire, sin que se le cayera ninguna, ¡una, dos, tres, hasta cuatro veces! ¡Era un espectáculo! ¿Adivináis a quién le tocaba rescatar las que terminaban espachurradas en el techo? Pero eran pocas.

El primer domingo después del ataque esperábamos no encontrar nada. Los ciudadanos de Fairy Oak se habían quedado en sus casas casi todo el tiempo y los pescadores habían restringido sus salidas nocturnas. Salvo el capitán Talbooth: nadie le habría impedido zarpar en su
Santón
a la luz de la luna. "Ni el peor de los dragones de fuego", decía siempre. "Por la noche se pesca bien y nadie te da la tabarra."

Sin embargo, en los escalones de la puerta, Vi y Babú encontraron una cesta de pescado fresco y, para nuestra sorpresa, también huevos y pastel y flores, pan caliente y la pinza para la ropa, en la que habían tallado al padre de Grisam.

Tomelilla encontró una nota en una cestita.

—Es de Duff, dice que tiene que hablar con nosotros y que vendrá hacia la una.

El señor Cícero abrió la nevera y tomó más huevos para hacer la masa.

—Con lo goloso que es, habrá que hacer doble ración de tortitas —farfulló.

—Y yo iré a despegar las que se queden en el techo… —dijo Vainilla volando hasta tocar el techo con un dedo.

—Te cedo ese honor —respondí haciendo una inclinación—. ¿Dónde está Pervinca?

—Está escribiendo un Mágico Contra-reglamento —anunció Vainilla mordiendo una galleta—. Dice que el de ahora está equivocado, y yo estoy de acuerdo con ella.

—¿Un contra-reglamento? —preguntó asombrada Tomelilla—. ¿Y qué es lo que piensa hacer?

—¿Qué PENSAMOS hacer? Dilo en plural, porque yo la ayudaré a reunir firmas y presentar a la Suma Asamblea de los Mágicos el contra-reglamento firmado por todos, así se verán obligados a cambiar ese viejo y estúpido código.

—¡Cuidado con lo que dices, señorita! —la reprendió la tía—. Ese viejo y estúpido reglamento, como lo has llamado tú, fue escrito por dos sabios en beneficio de la comunidad. Y establece que...

—¡...SERÁ LÍCITO USAR LA MAGIA EN EL COLEGIO! —la voz de Pervinca resonó de forma solemne en la escalera—. No para cambiar las calificaciones ni manipular exámenes, sino para jugar durante el recreo y mantener alejados a los entrometidos.

—¡Viva! —gritó Vainilla.

Pervinca continuó:

—Regla número dos: podremos convertirnos en lo que queramos cuando queramos. Salvo monstruos carnívoros y piojos, que quedan prohibidos por razones obvias.

Tomelilla se llevó las manos a la cabeza. "Hay que ver lo que tienen que oír mis pobres orejas...", pensó.

—Regla número tres: todos podrán volar cuando les parezca y les apetezca, de día o de noche. Sobre todo si son hermanos o hermanas... Mmm, esto hay que explicarlo mejor... —dijo escribiendo un apunte en la hoja.

—Antes de proseguir con tu lista, ¿puedo hacerte notar que el vuelo no está reglamentado por el código, sino por la naturaleza de nuestros poderes? —comentó Tomelilla.

—¡Los Sumos Magos deberán pensar en alguna manera! —contestó Pervinca con firmeza—. Regla número cuatro: quien haya infligido el código por amor será premiado por la comunidad y en su honor se erigirá un árbol para repoblar el Bosque-que-canta.

Tomelilla iba a hacer otro comentario, pero al final no dijo nada. Miró a Pervinca. Después, volvió la cabeza y se alejó siguiendo un pensamiento.

—Regla número cinco... —Pervinca se disponía a enunciar la quinta regla cuando Duff Burdock llamó a la puerta.

—Voy yo —dijo mamá Dalia—. Vosotras dos, salid disparadas a vestiros y volved luego para poner la mesa.

Mientras corrían arriba, oí a Vainilla felicitar a su hermana:

—¡Perfecto, Vi! Eres brillante. ¿Qué has puesto en la regla número cinco?

—Ah, te va a gustar…

—¿Es este uno de mis lapiceros?

—Sí, pero después te lo devuelvo...

El olor de la traición

Duff Burdock llegó con un paquete bajo el brazo.

—Hola, Dalia —dijo al entrar—. Llego con antelación, pero es que le quería dar esto a Cícero antes de...

—Ponte cómodo, está en la cocina —le dijo Dalia al saludarlo.

—¡Buenos días, Felí!

—Señor Burdock, ¿ha traído los huevos? —no había terminado de hablar cuando de la cocina nos llegó la voz del señor Cícero—. ¿Cuántas tortitas crees que tengo que hacer para llenar esa enorme panza tuya, mago gordinflón, que eso es lo que eres?

Lo había oído llegar.

—Vaya, ¿has hecho ya la masa? —preguntó el señor Burdock entrando en la cocina—. Añádeles estos, ¿quieres? Mmm, has puesto poca azúcar.

—Sal de aquí y déjame trabajar, monstruo —protestó el señor Cícero golpeándole en la mano con el cucharón.

—¿Ya estás aquí, Duff? —dijo Tomelilla al entrar.

—He traído los huevos a Cícero, pero no sólo he venido por esto. Me he acordado de que le prometí a Talbooth ayudarlo esta tarde a reparar una vía de agua en el
Santón
, así que no podré estar demasiado tiempo. Ayer por la tarde, en el pub, pensamos un plan para proteger al pueblo por la noche… Quería contároslo.

Mamá Dalia entró en la cocina y entornó la puerta.

—¡Hacer rondas! —anunció Duff Burdock.

—¿Rondas?

—Exacto, tres hombres en turnos de tres horas. Recorrerán las calles del pueblo y la muralla exterior. Dos Magos de la Oscuridad y un Sinmagia, que en caso de ataque correrá a dar la alarma.

—¿De qué manera?

—Hará sonar las campanas de la vieja Torre, esas que se oyen hasta en Gogoniat.

—No es mala idea. Al menos para empezar... ¿Cómo es que no se nos ocurrió en la Asamblea?

—Porque estábamos demasiado ocupados discutiendo entre nosotros, como de costumbre.

—Sí, con todas las dudas que teníamos sobre la verdadera identidad del enemigo... —suspiró Tomelilla—. De todos modos, ¿habéis pensado ya en los grupos de las rondas?

—El primero, esta noche, lo formaremos Meum y yo. Mi hermano Vic será el Sinmagia del grupo.

¡El padre de Grisam! Sentadas en las escaleras, las niñas habían escuchado todo. "¡Espiar está mal!", les había recriminado. Pero imaginaos, una conversación así no se la habrían perdido por nada del mundo.

Después de aquella noticia, Pervinca se levantó y corrió escaleras arriba.

—¡Hay que avisar a Grisam! —exclamó.

—Pero no podemos salir sin decírselo a papá y mamá —dijo Vainilla.

—¡CLARO QUE NO PODÉIS! —confirmé yo.

Pervinca agarró su mochila.

—Si no venís conmigo, ¡iré sola! —declaró.

—Pero se darán cuenta y te castigarán durante un año —insistió Vainilla.

—Entonces ven conmigo, así nos castigarán juntas.

—¡Vaya, menuda idea! —suspiré. Pero Pervinca hablaba en serio.

—Escuchadme —dijo—, el padre de Grisam corre peligro y Grisam tiene derecho a saberlo, ¿no?

—¡No! —respondí—. Porque seguramente ya lo sabe, habrán hablado en su casa y, en todo caso, ¡tú no eres quién para tomar ciertas decisiones!

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