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Authors: Alfonso Ussia

Tags: #Humor

El secuestro de Mamá (3 page)

BOOK: El secuestro de Mamá
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Cosas de Mamá, a veces tan inflexible.

Me he topado con Mamá en el corredor. Está impresionante. Empujaba su silla de ruedas don Ignacio, y Flora, su doncella, les seguía a una distancia de prudente respeto. Mi madre no tiene nada en las piernas, pero le gusta la silla de ruedas. No abusa de ella, y sólo la utiliza cuando le da pereza andar de un lado a otro. A don Ignacio, por otra parte, le viene muy bien hacer ejercicio. Mamá le gasta bromas, y más de una vez le ha jugado una trastada. La silla de ruedas de Mamá tiene un frenillo que se acciona desde el asiento. Equivale, más o menos, al freno de mano de los coches. Cuando lo cree oportuno, Mamá, muy disimuladamente, pilluda ella, presiona el mando y las ruedas se resisten a seguir circulando.

—Hay que engrasar esta silla, señora marquesa —comenta don Ignacio con dificultad por el esfuerzo.

—Al que hay que engrasarle es a usted, que está perdiendo facultades —le responde Mamá muñéndose de risa interior. Cuando percibe que don Ignacio está a punto del infarto, Mamá suelta el frenillo y la silla se desliza como una patineta suiza sobre el hielo.

—Me la ha vuelto a jugar, señora marquesa —protesta divertido don Ignacio. Y Mamá guiña un ojo a Flora, y ésta se troncha.

Por el corredor venían.

—Mamá, mañana firmo la venta de la Serranilla. Los Valdegumiel me han citado en un notario de Valdepeñas.

—¿Y por qué no se firma en un notario más a mano, más nuestro?

—Parece ser que por imperativos legales, Mamá.

—Pues vas a madrugar de lo lindo, Susú.

—Un madrugón, Mamá. Pero lo primero es lo primero.

—Acuérdate de llevar la estampa del Cristo del Buen Viaje.

—Sí, Mamá.

—Y no pases de cien.

—Sabes que no me gusta correr.

—Y no bebas ni una gota de alcohol con esos ordinarios de los Valdegumiel.

—El vino, ni probarlo.

—Que vaya Tomás contigo, por si pinchas.

—Me llevo a Tomás.

—No hables con él durante el viaje, para no distraerte.

—Ni una palabra.

—Ni comentar el paisaje.

—Eso, de ninguna manera.

—Que vaya en el asiento trasero, por si huele a pies.

—Te lo prometo, Mamá.

La tarde he tenido que aprovecharla al máximo. Aunque sólo sea un día, cada vez que me ausento de La Jaralera, quiero dejar las cosas atadas y bien atadas. Me gusta esa frase, que no recuerdo dónde la he leído. Revela carácter y determinación. No es fácil acuñar una expresión tan decidida.

—Tomás, dile a Pepillo el jardinero que suba a verme. Quiero dejar las cosas atadas y bien atadas antes del viaje.

—Me figuro que no será para subirle el sueldo. Hay gente que le precede en la cola, señor marqués.

—El orden de esa cola lo decido yo, Tomás. Y no te preocupes. No voy a subirle el sueldo. Voy a ordenarle que plante unas buganvillas en el pozo antiguo del patio, que está horroroso.

—Yo puedo ayudarle mañana.

—No, Tomás. Tú te vienes conmigo, por si las moscas.

—Me aburre una barbaridad viajar con usted, señor marqués. No me da charlita.

—Si te diera charlita, nos mataríamos. Vienes mañana porque así lo desea la señora marquesa viuda.

—Últimamente me mareo en el coche, señor.

—Te tomas una biodramina.

—Conduce usted fatal, señor.

—Llama a Pepillo, Tomás. No me fastidies. Lo tengo que dejar todo atado y bien atado.

Buen menestral, este Pepillo. Es muy «currista» y sólo se enfada si alguien le sombrea a Curro Romero. Por lo demás, trabajador como ninguno, limpio, afable y muy de orden. Tiene el jardín que parece un museo de flores y de plantas. Le gustaban demasiado los geranios, pero ya le he quitado la manía. Lo dijo Mamá:

—Susú, un geranio más, y esta casa va a parecer que es la de Paquita Rico.

Siempre tiene razón.

—¿Se puede, señor marqués?

—Adelante, Pepillo.

—Aquí estoy, para lo que usted ordene.

—¿Has quitado ya los geranios, Pepillo?

—Sólo quedan los que dan a la zona del servicio, señor.

—Quítalos también, Pepillo. Ni un geranio. El geranio es una flor muy impertinente.

—Mañana por la mañana no quedará ni uno, señor.

—Así me gusta, Pepillo. Mañana precisamente me voy a Valdepeñas. Volveré por la noche. Pero antes de irme quiero dejar las cosas atadas y bien atadas. Creo que te mereces un aumento de sueldo.

—Yo estoy muy contento con usted, señor marqués y con lo que gano. Pero si usted lo manda, pues nada, que muchísimas gracias, que me hace muy feliz.

—A partir del próximo mes, percibirás diez mil pesetas más.

—Pues eso, señor marqués. Que muy agradecido.

—Y a ahorrar, Pepillo, que la vida es muy corta.

—Lo que usted ordene, señor marqués. Pues si no tiene nada más que mandar, me voy a arrancar los geranios.

—Anda con Dios, Pepillo. Y no le digas a nadie lo del aumento. Y a Tomás, menos que a nadie.

—Con Dios, señor marqués. Con su permiso…

Bien por Pepillo. Discreto como pocos. Cuando salía del despacho ha coincidido con Tomás, que entraba precipitadamente. Se han saludado con frialdad. Tomás viene con mala cara, con expresión revolucionaria, muy suya por otra parte.

—Señor. Lo he pensado y he tomado una decisión con carácter irrevocable. Me voy de esta casa.

Reconozco que he perdido el aplomo. Tomás se pone de cuando en cuando insoportable, pe-ro yo no podría vivir sin su ayuda. Que Tomás se vaya es demasiado para mi cuerpo. Otro mayordomo, por bueno que fuera, no le llegaría ni a la punta del zapato izquierdo, que es su zapato preferido. He intentado aparentar calma y cierta indiferencia.

—¿Qué mosca te ha picado, Tomás?

—Ninguna mosca. Me ha picado la dignidad.

—La dignidad mal interpretada se confunde con el orgullo, Tomás.

—Sinceramente, y dado que he dejado de estar a su servicio, déjese de leches, señor marqués.

El tono abrupto. Los ojos enrojecidos por el alcohol del resentimiento. Una mano en el bolsillo, desafiando a la correcta compostura. Para colmo, y a sabiendas de lo que me molesta, del asco que me da, ha sorbido.

—Espero que para mañana esté preparada mi liquidación.

—Sigo sin entender tu postura, Tomás.

Otro sorbido, más sonoro aún que el primero.

—¿Ha oído alguna vez hablar de la gota que colma el vaso de agua? Mi postura es la gota.

—Tomás, sabes muy bien lo que me cuesta interpretar tus metáforas.

—Por muchos que hayan sido los años que he estado con usted y el inevitable afecto que siento hacia su persona, la gota ha rebasado el vaso.

—Por muy importante que sea esa gota, Tomás, no termino de comprenderte.

—He permanecido detrás de la puerta durante toda su conversación con ese jardinero pelota. Me ha traicionado, señor.

—No, Tomás. Te has adelantado. Eres un precipitado. Disfrutas pensando mal. Tenía previsto darte la buena sorpresa mañana, durante el viaje.

—¿Qué sorpresa, señor?

—La de tu considerable aumento de sueldo.

—No me lo creo.

—Te lo juro por san Martín de Porres, Tomás.

—Sigo sin creérmelo.

—Por mi padre, que en paz descanse.

—Pajarillos, palabras al viento. Que no, señor.

—Por Mamá.

—¿Me lo jura por la señora marquesa viuda, señor?

—Repito que te lo juro.

—Entonces me quedo, señor marqués.

—Me alegro de tu decisión, Tomás.

—Por lo menos, veinticinco mil al mes.

—Treinta mil es lo que había establecido, Tomás.

—Es usted una gran persona, señor marqués. Le acompañaré encantado a Valdepeñas.

—Un sorbido con las narices y te dejo en Despeñaperros, Tomás.

—Lo hice para darle asco.

—He estado a punto de vomitar.

—Lo siento, señor. Y muchas gracias.

—De nada, Tomás. No voy a cenar. Quiero descansar. Mañana me despiertas a las siete de la mañana. A las diez nos esperan en Valdepeñas.

—A las siete entraré con el café, señor. Buenas noches, y gracias, señor.

—Buenas noches, Tomás.

Respiración tranquila. He salvado el escollo. Lo malo es que he jurado en falso por Mamá, porque no se me había pasado por la cabeza que Tomás se quedara escuchando detrás de la puerta, como un espía cualquiera. De cualquier forma, antes o más tarde tenía que haber dispuesto ese aumento de sueldo, y le he ganado por la mano. Cuando me ha dado una cifra, yo se la he aumentado. Se ha quedado sin argumentos. ¡Pobre Tomás! Bueno, a rezar, que mañana viajamos y hay que tener a punto los reflejos. Ya me entran las sombras y vuelan los recuerdos. Los campos, la albariza, los patos mandarines…

Tomás me ha despertado ululando. Nunca le había visto así, tan fuera de su ser y de su dominio.

—¡No está, señor, ha desaparecido!

—¿Quién ha desaparecido, Tomás? —he preguntado con la voz ronca de los despertares y los ojos orbitados por las legañas.

—¡La señora marquesa viuda!

—¿Mi madre? ¿Ha desaparecido mi madre? ¿Cuándo ha sido? ¿Cómo es posible? ¿No será un error?

—El error no es posible, señor marqués. Ha desaparecido con Flora, su «ponebaños» y don Ignacio, el capellán. Y nadie ha visto nada.

Temblor en el cuerpo. La herida de la angustia anidada en el alma. Mamá no ha desaparecido jamás. No forma parte de sus costumbres. Me siento como un niño huérfano y desamparado. Entiendo perfectamente a lord Fontleroy, el Pequeño Lord. Pero éste al menos, tenía un abuelo, como Heidi. Perder a una madre de golpe no es un trago fácil de asimilar. Por otro lado, no puedo perder la calma, ni la apariencia de firmeza, ni el tono de empaque.

—Tomás, avisa a la Guardia Civil y reúne a todo el servicio en el guadarnés. Estaré listo en diez minutos. Y no llores, Tomás. Si alguien tiene motivos para llorar, ése soy yo. Y ya me ves.

Entero como una roca. En situaciones como ésta hay que procurar no perder los nervios y contagiar el sosiego.

—Es que son muchos años, señor marqués.

—Tú de mayordomo y yo de hijo. Fuerza, Tomás.

Buen hombre, Tomás. Quiere a Mamá de verdad. En ocasiones se extralimita y abusa de nuestra confianza, pero es leal como nadie.

La cabeza me da vueltas y no alcanzo a comprender nada. Mamá no desaparece así como así, y menos en compañía de Flora y de don Ignacio. Como no haya sido una promesa, la cosa huele mal y no tiene gracia alguna. Estoy seguro de que ha sido una promesa de las que hace Mamá para que la humanidad mejore. Hace años, cuando lo del hambre en Etiopía, prometió que si se solucionaba la cosa iría de rodillas desde La Jaralera a la catedral de Sevilla para darle las gracias a Dios por haber arreglado el asunto. A pesar de su buena voluntad no tuvo que cumplir la promesa porque en Etiopía no se terminó el hambre. Y una tarde, noté algo raro en su muñeca derecha. Estaba más hinchada que de costumbre. Se lo hice ver y tuvo que confesarme la razón. Estaba cumpliendo una promesa. Prometió a san Martín de Forres que si encontraba una reliquia que había perdido, se apretaría la correa del reloj dos agujeritos más. Como la encontró, lo hizo. Pero yo llamé al médico, y el doctor le obligó a desistir de ello en presencia de don Ignacio el capellán. «Señora Marquesa. Dios la quiere sin tanta hinchazón.» Y Mamá se aflojó la correa. A regañadientes, pero se la aflojó.

En el guadarnés estaban todos. También la Guardia Civil. Cuatro números y un sargento. Una servidumbre con los ojos enrojecidos. El sargento ha sido el encargado de informarme. Lo ha hecho con la sincera crudeza que otorga la experiencia.

—Marqués: su madre, el capellán de su madre y la servidora de su madre han sido secuestrados.

Parálisis facial. Carne de madera. Venas de plástico. Puré de sangre. Mamá secuestrada por unos bandidos. ¿Para qué pago a ocho guardas? ¿A qué hora sucedieron los hechos? El sargento se ha adelantado a mi pregunta.

—Los hechos se produjeron a primera hora de la noche de ayer. Ya hemos hablado con el servicio y nadie vio, ni oyó, ni sospechó, nada extraño.

Ayer por la tarde acudí a besar a Mamá a su cuarto de estar. Me encontraba cansado y no cené con ella. Tuve un día malísimo, de mucho trabajo. Por la mañana asistí a un consejo en Jerez, con comida después y todo lo que ese tipo de actos acarrea. Se jubilaba el director general de la empresa y le entregamos una placa de alpaca agradeciéndole sus cuarenta años de dedicación a la compañía. Discursos y todo eso. Llegué a casa agotado y decidí no cenar. A las nueve de la noche estaba roque, laminado por el viaje y las emociones del día. Buen director general, el pobre Gutiérrez. Entró en la compañía cuando mi padre era el presidente. Me abrazó con especial cariño cuando se despidió de mí. Además de la placa le hemos dado unos cuantos milloncejos para que se vaya con buen sabor de boca. Se los merece, porque levantó la empresa con métodos americanos. Pero me agotan los consejos de administración, y el bla bla bla del actual presidente, y la cuenta de resultados, que para mí es como si leyera chino, y el acta de la reunión anterior, que lee el secretario con una voz que me saca de quicio. Eso me pasa por trabajar demasiado. Si no hubiera ido al consejo, habría cenado con Mamá, y los bandidos, muy probablemente, al verla acompañada de un hombre —don Ignacio es un sacerdote-, convenido el repliegue y la huida. Tengo la conciencia negra y el ánimo alterado. Entre Mamá y Gutiérrez no hay comparación posible. Pero el sargento me entrega un sobre.

—Aquí está la prueba, marqués. Es una carta de los secuestradores confirmando el hecho delictivo y planteando las exigencias pecuniarias.

El sobre está dirigido a mí. Y también la carta. La leo con una emoción indescriptible.

Marqués:

El grupo reivindicativo HCJ -Herederos de Curro Jiménez-, ha arrestado a su madre, al cura que le acompañaba y a la compañera sirvienta que la atendía. Los tres se encuentran en perfecto estado de salud y disfrutan de todas nuestras limitadas atenciones. Formamos un grupo reivindicativo, y nuestro objetivo no es otro que devolver al pueblo lo que le corresponde. No es nuestra intención dejarle a usted sin nada. Respetamos la propiedad privada siempre que no sea abusiva. Sabemos a cuánto asciende su patrimonio y no creemos que suponga un abuso proponerle el intercambio de las tres personas arrestadas por la ridícula cantidad de quinientos millones de pesetas. No aceptamos negociaciones, ni intentos de rebaja, ni justificaciones de falta de liquidez. Su madre está muy bien, incluso de un humor excelente. Nos ha contado cosas de usted bastante divertidas. El sacerdote la acompaña en sus rezos y la compañera sirvienta la atiende como si estuviera en su casa. Por ese lado, no se preocupe. Tienen televisión, con Canal Plus incluido. En el lugar que hemos elegido para que pasen los días de arresto, hay tres cuartos de baño. Su madre nos sugiere que, para su tranquilidad, le hagamos partícipe de esta circunstancia. Un cuarto de baño exclusivo para uso de su madre, y los otros dos para el resto. El sacerdote ha protestado un poco, pero ya está calmado.

En menos de una semana recibirá otra carta con las indicaciones. Estamos seguros de que usted acudirá a la Guardia Civil o a la Policía. Si lo hace, declinamos nuestra responsabilidad adquirida en el arresto y cambiaremos de actitud. Le señalaremos el lugar del canje. Irá usted solo, con un maletín con quinientos millones de pesetas en billetes usados. Nos encarga su madre que le recordemos que no se olvide de rezar antes de acostarse. Atentamente, HCJ. ¡Viva el reparto equitativo!

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