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Authors: Alfonso Ussia

Tags: #Humor

El secuestro de Mamá (9 page)

BOOK: El secuestro de Mamá
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Oh, mon dieu, mon dieu!
—gritó en el primer momento. Ya en el suelo, sus quejas se ciñeron al círculo familiar.


Oh, Marte Antoinette, oh Jean Louis, oh Pierrot, oh Thérèse, oh Dominique!
(Luego supimos que invocaba a su mujer e hijos), para terminar de nuevo con el consuelo divino.

—Oh, ma Vierge, oh Sainte Bernadette de Lourdes!

Concluida la última rogativa, Su Alteza abandonó el puesto para comprobar si las heridas de su comandante en jefe eran reparables, y al cerciorarse de que sí, volvió al puesto y siguió tirando a las perdices, bastante mal por cierto. Terminado el ojeo, el comandante fue evacuado a Sevilla con todo tipo de consideraciones.

Me gustó Su Alteza. Mamá no le quiso saludar por motivos de índole moral. Según ella, Rainiero no le fue del todo fiel a la princesa Gracia, y ha fallado como padre.

—Sus hijas son unas frescas —comentó Mamá cuando le dije que sería razonable invitarle a tomar en casa una copa después de la cacería.

—Prefiero que se tome la copa en el pabellón de caza.

Esa frase equivalía a una tajante negativa. A lo más que accedió, y muy a regañadientes, fue a arriar la grímpola con nuestros colores para izar en el mástil del patio de las buganvillas la bandera de Mónaco. Pero lo hizo con ironía.

—Más rayas rojas y parece la bandera del Athletic de Bilbao.

Conmigo estuvo encantador. Hablamos de muchas cosas. Me invitó a Mónaco con una gran generosidad. Se interesó por La Jaralera y me preguntó por el nombre de mis hijos. Cuando le dije que estaba soltero se le iluminó la mirada. Intuí una ilusión efímera, el paso de un rayo de luz por su pena acumulada. Algo muy difícil de explicar. Pero la forma de dirigirse a mí cambió por completo, y hasta me propinó un cariñoso cachete de afecto irreprimible. Creo que le gusté para su hija mayor, Carolina, la viuda. Si se lo cuento a Mamá, me echa de casa.

En el pabellón de caza —lo construyó el abuelo para meter a todos los animales disecados que mataba en África cada vez que se peleaba con la abuela-, picamos y bebimos hasta bien cumplida la tarde. Su Alteza llamó a Sevilla para interesarse por la salud del comandante de su guardia y se tranquilizó al conocer el parte médico. Veintitrés perdigones en el culo y seis en la corva izquierda. Pronóstico leve y autorización para viajar a Mónaco.

Despedimos a Su Alteza en la puerta del pabellón. Cuando me tocó el turno, Rainiero me abrazó con especial afecto. Un abrazo así sólo se justifica cuando un hombre ha encontrado al perfecto esposo para una hija. No hago juicios de valor ni me regodeo en las especulaciones. Narro sencillamente lo que ocurrió.

LA SOBRINA NIETA

Leyendo me hallaba la antología de poemas del tío Rafael de León elegida y prologada por Antonio Burgos, cuando Tomás me ha interrumpido para trasladarme órdenes.

—La señora marquesa viuda le espera en el gabinete del Santo Rosario.

Dicho y hecho, al gabinete me he dirigido. Lo llamamos así porque allí ha rezado nuestra familia el rosario toda la vida. Mamá sentada en su sillón preferido, don Ignacio el capellán a su lado, y entre ambos, como un alhelí despistado, una joven esbelta y juncal.

—Susú, te presento a María Falkowsky Woijtyla, sobrina nieta de Su Santidad.

—Bienvenida y mucho gusto —le he dicho mientras estrechaba su mano fragilísima.

—Encantada lo mismo que usted encantado —me ha respondido en un español con acento polaco envuelto en timidez y dulzura. Después, he tomado asiento.

—Hijo; María Falkowsky Woijtyla lleva en España un año, estudiando no sé dónde con una beca de esas que tampoco sé para qué sirven. Gracias a la madre Francisca, la priora de las Meritorias Calzadas hemos sabido de su existencia. Se quedará este fin de semana en La Jaralera, y mucho me gustaría que estuvieras pendiente de ella.

—Naturalmente, Mamá. Ahora mismo le voy a dar una vuelta por la finca para que la conozca.

A todas estas, la tal María Falkowsky miraba al suelo con una vocación decidida.

En el viejo Jeep del guarda mayor he cumplido con mi obligación de anfitrión. La Dehesa, la Manchona, el Cerrillo de Doña Eulalia, el Guadalmecín, la Albariza de los Juncos…
Gus
se ha apuntado al paseo, y desde el primer momento entre María y él se ha establecido una corriente de mutua simpatía. La chica, la verdad, se ha quedado impresionada.

—Finca preciosa usted tiene, y grande, y variada mucho.

En el Cerrillo del Ombú hemos descendido.
Gus
ha salido disparado en busca de rastros interesantes. Ha metido el morro resoplón en tres madrigueras de conejos, sin resultados positivos. María ha reído abiertamente. Guapa mujer, de familia garantizada, suavemente escultural, sin estridencias. Lleva unos pantalones a lo Lech Walesa. Calza unas botas eslavas dé las que sobresalen unas medias de lana color siena. De cintura para arriba, un discreto jersey verde y una chaqueta modelo «tercer quinquenio» de la época comunista. Pero se ríe bien, enseñando unos dientes blancos y en su sitio, y su piel parece reñida con los granos. Tiene veintiséis años.

Al bajar el cerrillo, sé ha resbalado. He reaccionado a tiempo y la he sujetado con fuerza. El movimiento ha sido tan brusco que he sentido un calambre en el brazo seguido de un agudísimo dolor. Pero los Sotoancho sabemos disimular. Nos crecemos ante las adversidades. Sólo perdemos el empaque por unos segundos, para recobrar posteriormente nuestra singular apostura. María, muy lista ella, se ha dado cuenta. Ha comprendido que su tropezón me ha llevado hasta el dolor, y con una delicadeza exquisita, me ha acariciado el brazo amputable y pedido perdón.

—Si no por usted es, leche me pego. —Me ha sorprendido su vocabulario, pero no le he dado más importancia de la que tiene.

Me ha gustado María. Ojos tímidos, pómulos ligeramente sonrosados, decencia en el vestir. Si Mamá ha aconsejado nuestro paseo el objetivo no tiene duda. Se me acumulan las mujeres. Primero —aunque no he tenido noticias de ella-, la princesa Carolina de Mónaco. Ahora, la sobrina nieta de Su Santidad. A Mamá le horrorizaría la primera, pero a María la promociona. El dolor del brazo aumenta en intensidad y territorialidad. Soy un Sotoancho. Sonrío.

De vuelta a casa, el aperitivo preparado. A María le ha encantado el fino, y se ha soplado una botella de Fino Quinta en un santiamén. Ahora va por la mitad de la segunda. Mamá la mira con un deje de extrañeza.

—Vino este chachi-rechachi, me cachonda pone.

Los ojos del mochuelo común son de chinito comparados con los de mi madre.

—Anda hija, deja de beber, que te vas a agarrar una cogorza de hombre —le ha dicho Mamá con un resto de respeto.

—¡Botellas más! —ha ululado.

María Flora, el ama de llaves, se la ha llevado a su habitación, para dormir la mona.

—No sé si te conviene esta chica —ha murmurado Mamá mientras don Ignacio asentía. No he sabido responder. Pero creo que puede ser interesante. No me olvido de su risa, de su cariño a
Gus,
de su caricia en el brazo dolorido, de su timidez… y de su jolgorio incontrolado con el fino en el alma. A esta casa le falta alegría. Ya veremos. El dolor del brazo es ya espantoso. Soy un Sotoancho. Sigo sonriendo.

LAS CUESTAS

El médico de casa, siempre tan entrometido, me ha recomendado una hora diaria de paseo. He elegido como escenario de las caminatas la Dehesilla, que es plana y carece de accidentes naturales. Existe un trecho, entre el Encinarejo y la Atalayuela, de carril empinado, muy cuesta arriba. Desde la Atalayuela al Soto del Fraile el terreno se suaviza y termina declinante, que es lo sano. Los cementerios están llenos de gente que se pasó la vida subiendo cuestas. Para evitar el peligro, Tomás me va a seguir a prudente distancia en el viejo Land Rover. Cuando mi paseo alcance el punto inicial de ascensión hacia la Atalayuela, me subiré en el coche.

Cuando coronemos la montaña, volveré a echar pie a tierra para caminar sosegadamente hasta el Soto del Fraile. Llamamos así al lugar porque allí, según los eruditos de la zona, fue quemado en la hoguera de los infieles un fraile aficionado a la brujería. Según la leyenda, a su espíritu le ha gustado el sitio y por las noches ulula con malísima intención. Nunca he visitado el Soto del Fraile por la noche, porque a mí los sustos me descomponen. Siendo niño, un cartero que se llamaba Riquelme tuvo la infeliz idea de esperarme escondido detrás de un árbol mientras yo cazaba pajaritos con una escopeta de perdigones. Cuando superé su posición, Riquelme gritó:

—¡Soy el Lobo Feroz!

La impresión fue tan grande, que instintivamente volví la escopeta hacia el supuesto Lobo Feroz y presioné el gatillo, con tan mala suerte que Riquelme se quedó tuerto. Mamá se indignó con el cartero por haberme asustado:

—Podía haber matado al niño de la impresión —le dijo mientras le adecentaban un poco la hemorragia ocular. Luego supe que Papá lo arregló todo, en silencio, como él hacía las cosas, y que Riquelme se quedó sin ojo pero con bastante dinero.

—No se te ocurrirá ofrecerle un duro al que ha intentado matar a nuestro hijo —le advirtió Mamá durante un café de silencios y tensiones. Mi padre no dijo nada. Se levantó, salió al patio, pidió que le ensillaran al
Alcoreño
y desapareció trotando hacia el horizonte como si ésa fuera la mejor manera de arreglar un conflicto matrimonial. La verdad es que mi postura estaba más cerca de la de mi padre que de la de Mamá, porque me daba pena la situación de Riquelme. Me quiso gastar una broma y le salió mal pero de ahí a intentar matarme del susto hay más trecho que el que separa el Cerrillo del Ombú de la Albariza de los Juncos.

Pero hay que volver al Soto del Fraile. Ya en el Soto, volvería a subirme al Land Rover, y Tomás, que conduce fatal pero tiene carné, me llevaría a casa con el paseo cumplido. Siempre por las mañanas, para que la tarde no se acueste demasiado pronto, llegue la noche y al fantasma del fraile le dé por ulular. Que les pregunten a los dos cazadores furtivos que agarramos la semana pasada cómo ulula el fantasma.

Al Soto del Fraile van las reses a beber por las noches. Un pequeño arroyo, que muere en el Guadalmecín, serpentea por su fronda. Dos cazadores furtivos pretendieron hace cinco días hacer de las suyas en el Soto. Según su relato, a eso de las once de la noche advirtieron un movimiento entre las copas de los árboles.

—Será un mochuelo —le dijo un delincuente al otro.

Ya habían matado un venado —bastante malo, por cierto-, cuando el movimiento descendió de los árboles y pisó la tierra.

—Será un chimpancé —le comentó el segundo delincuente al del mochuelo, para quitar hierro al asunto. Pasos sobre la hierba, bamboleo de ramas, chapoteo en el arroyo.

—Un lince —anunció el más sagaz. De repente, el grito:

—¡Uhhhhhh! ¡Uhhhhhh!

Corriendo como liebres se presentaron en la casa del guarda. Entregaron sus armas y accedieron a que fuera avisada la Guardia Civil. Se los llevaron detenidos. Uno de ellos espera juicio en libertad provisional, y el otro ha ingresado en el Psiquiátrico de Montellano. El venado muerto se lo vendí a un carnicero. Las cuernas no valían la pena.

Don Ignacio, el capellán, se ha ofrecido a decir una misa en el lugar para ahuyentar al fantasma. Pero pone como condición que yo le acompañe de monaguillo. Teme al espectro más que a un nublado. Ya le he dicho que yo, de monaguillo, nada. Al fin y al cabo, no importa que el fantasma siga en su sitio. Guarda muy bien La Jaralera, no cobra ni un duro y me ahorro la Seguridad Social.

Y Mamá en Babia.

LOS GANSOS

Los gansos, que también se llaman ánsares, llegan a La Jaralera con el otoño y se marchan cumplidita la primavera. Son aves bellísimas, fuertes y muy impertinentes de carácter. Cuando graznan me recuerdan a una amiga de Mamá, Alejandra Morales de Arcos, ya fallecida, que emitía sonidos muy parecidos cuando devoraba los buñuelos de la merienda.

—Ya está la gansa —solía comentar mi madre cuando Alejandra tenía la boca llena de buñuelos.

—Ya habló la urraca —respondía la Morales de Arcos cuando se había tragado la masa.

—Prefiero ser una urraca a una fábrica de ruidos —contraatacaba Mamá, muy escrupulosa siempre con los masticados ajenos. En ese punto de controversia, Alejandra agarraba otro buñuelo, más para molestar que para otra cosa. Se querían una barbaridad.

En enero, y la tradición se remonta a tres o cuatro años atrás, organizo una tirada de gansos para mis amigos. Más que una tirada, es una ejecución, porque los gansos no están para muchos trotes y en el lago del Guadalmecín se lo pasan divinamente. Desde que prohibieron su caza en Doñana, los gansos llegan a la Baja Andalucía con una arrogancia y unos humos de padre y muy señor mío. Así que me las compongo para quemarles un poco las plumas y quedar bien con mis amigos.

—Mamá, pasado mañana tiramos a los gansos.

—Que salga todo bien, Susú.

Hoy me he dado una vuelta por el Guadalmecín para señalar los puestos y dar las pertinentes instrucciones a Lucas, el nuevo guarda del Sotillo. Sol de invierno, brillante y engañoso.

Al acercarme a la orilla, un chapoteo diferente, muy impropio de pato. Por cautela me he parado tras un matorral por si el chapoteo provenía de un fiero depredador.

Pero lo que he visto me ha dejado turulato. Literalmente turulato. Y he sentido en mi cuerpo un calor perdido, nunca experimentado, de muy complicada explicación.

A pesar del frío, en el Guadalmecín se bañaba una mujer, casi una niña. Álamo o junco, lo mismo da.

Estaba desnuda, y cuando se incorporaba después de nadar aparecía fresca y luminosa, con todo su cuerpo para mí. He sentido más de un estremecimiento, y tengo que decirle a don Ignacio que el pecado de la vista me ha parecido muy aprovechable. Cuando pensaba en el pecado, he perdido el equilibrio, me ha fallado la pierna derecha, y he caído al suelo. Un canto se ha clavado en mi rodilla y el grito de dolor ha sido perforante.

La bañista no le ha dado la menor importancia a mi tragedia.

Ha mirado en dirección al lugar de la catástrofe, ha salido del agua, y después de cubrirse con una blusa y una falda larga, se ha acercado hasta mí.

—¿Le ha pasado algo? —me ha preguntado con una voz que sólo la puede inventar Dios una tarde de buen humor.

—Me he roto la rodilla.

—Déjeme que se la vea. Al fin y al cabo, deduzco que usted me ha visto a mí algo más que una rodilla.

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