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Authors: Alfonso Ussia

Tags: #Humor

El secuestro de Mamá (4 page)

BOOK: El secuestro de Mamá
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No parecen asesinos desalmados. Lo del cuarto de baño para Mamá es un detalle. Lo malo son los quinientos millones de pesetas. Está claro que Mamá es la que más vale del lote. Por don Ignacio y por Flora poco pueden pedir. No cierro la esperanza de una negociación. Lo justo sería que a Mamá la rebajaran un poco y que a don Ignacio y Flora los entregaran sin contraprestación alguna. El mundo está lleno de curas y de sirvientes. Me voy inmediatamente al banco, para que el director me tenga al corriente de mi estado de liquidez. Sería lamentable tener que vender valores, ahora que la Bolsa ha pegado un estironcito hacia arriba.

Dejo La Jaralera en manos de la Benemérita. Pero antes he tranquilizado a mi gente.

—La señora marquesa viuda está bien.

—¿Y don Ignacio y Flora? —ha preguntado con segundas Julio el rastrojera, que es muy poco de fiar.

—Todos están bien. Atiendan a la autoridad. Me voy a Sevilla a arreglar unos asuntillos. El coche, Tomás. Aunque no esté limpio. Volveré para comer. Sí, Antonia, huevos encapotados con patatitas fritas, ternera con guisantes y canutillos de crema. Gracias, Antonia. Sí, en el comedor. Como si estuviera la señora marquesa viuda. Gracias, sargento. Buenos días.

Me espera Perona, el director del banco, en la puerta. Curioso personaje. Gordo, congestivo, sudoroso y patilludo de serranía. Al caminar, sus muslos se le juntan. Es obsequioso y competente. Ya conoce la triste noticia. Por aquí abajo todo se sabe en una ráfaga de segundo.

—Le acompaño en su angustia y desazón, señor marqués.

—Muchas gracias, Perona.

Escueto y natural. Sin emociones ni aspavientos.

Sobre la mesa de su despacho ni un papel suelto. Tiene que ser muy ordenado Perona. Curro Romero en una fotografía dedicada y un mechero-balón con los colores del Betis. Nos sentamos frente a frente y Perona instruye a sus subalternos.

—No estoy para nadie. Ni para don Emilio Botín.

No podemos perder el tiempo. Voy al grano.

—Perona, un grupo de bandidos desalmados ha secuestrado a mi madre, como usted bien sabe. Con ella se han llevado al capellán de casa y a una de las doncellas. De momento están vivos. Por ese lado, correcto. Lo que no es correcto, nada correcto, es que me exijan quinientos millones de pesetas a cambio de su integridad física. Usted es consciente, Perona, de mi desafecto, incluso desinterés hacia los asuntos económicos. Por ello vengo a pedirle información y consejo. Quiero saber dos cosas muy concretas. Primera, si tengo en mi cuenta corriente dinero disponible para hacer frente a ese sucio chantaje; y segunda, si ustedes, los del banco, están capacitados para reunir en cinco días esa barbaridad en billetes usados.

—Yo también voy a ser preciso y claro, señor marqués. Lo del dinero no es problema. Tienen ustedes muchísimo más que esos quinientos millones. Para ser exactos, el saldo de su cuenta corriente al día de hoy es de 4.327 millones de pesetas, sin contar las acciones, las imposiciones a plazo fijo y demás zarandajas. A su madre, que Dios tenga custodiada, le gusta el dinero en cuenta corriente, por si las moscas. Y por supuesto que estamos capacitados para reunir la cantidad que nos solicita en billetes usados. No en cinco días; para mañana mismo.

Ignoraba que fuéramos tan ricos. Las cuentas las lleva Mamá con el administrador y está claro que el tándem funciona bastante bien.

—Perona, de hombre a hombre, y sin reservas, ¿usted pagaría quinientos millones por el rescate?

—Si mi madre estuviera secuestrada, creo que sí, señor marqués.

—¿Intentaría rebajar la cantidad?

—Eso siempre. Deformación del oficio, sin duda alguna. Más aún, señor marqués, cuando de su generosidad dependen dos personas que no forman parte de su árbol familiar.

—Coincido plenamente con usted, Perona. Esos bandidos, esos miserables, no conocen la decencia. Si fueran decentes tendrían que haber significado el valor individual, y por separado, de cada víctima del secuestro. Aprovechar a mi madre para adornar un lote es una canallada.

—Yo que usted, señor marqués, con mucho tacto y persuasión, negociaría. El «no» ya lo tiene.

—Lo que no alcanzo a calcular es el valor real de cada uno.

—Es más sencillo de lo que parece. Si le piden quinientos millones por el lote, es evidente que se puede intentar un desglose. Su señora madre, que Dios tenga amparada, tiene ochenta y siete años recién cumplidos. Perdone que le hable con tanta franqueza y sinceridad, señor marqués, pero con ochenta y siete años, por mucho que usted la quiera y más que la tenga en el palmito, su madre no puede valer más de doscientos cincuenta millones, y eso tirando por lo alto.

—Es más o menos lo que yo había calculado.

—Espero no haberle molestado, señor marqués.

—Le agradezco su sinceridad, Perona. ¿Y don Ignacio?

—Depende del valor que usted quiera aplicar a su condición religiosa. Cada día hay menos sacerdotes. Hace poco leí unas declaraciones del señor arzobispo en las que se lamentaba de la falta de vocaciones. La crisis vocacional es grande, y me temo que duradera. Los seminarios están semivacíos. Se lo digo con la autoridad que emana de una dolorosa experiencia. Mi sobrino Ginés, hijo de mi hermana mayor, acaba de colgar la sotana. Las ONG han hecho mucho daño a la Iglesia, señor marqués. Los sacerdotes escasean, y los capellanes particulares han desaparecido. Tener un capellán como don Ignacio, «full time» para ustedes, es hoy por hoy un tesoro preciadísimo. En mi opinión, peseta más o peseta menos, sí puede valer veinticinco millones.

—Me parecen muchos millones, Perona. No conoce usted bien a don Ignacio. Es muy buen capellán, y de los de siempre. Muy de latín y misa de espaldas. Odia a Darwin y cree, como Mamá y yo, que Adán fue un irresponsable y Eva una mala mujer. Pero también es diabético, y como todo sacerdote, muy goloso. No se cuida nada, y cualquier día le da un tantarantán.

—Lo entiendo. Sería muy arriesgado pagar veinticinco millones de pesetas por él y que al día siguiente se ponga a merendar buñuelos. Prohíbale los dulces y la bollería, señor marqués.

—Sería inútil. Antonia, la cocinera, le haría los buñuelos a escondidas y se los comería en la cocina.

—Usted mismo, señor marqués.

—De acuerdo. Veinticinco millones. ¿Y Flora?

—¿Cuál es el cometido específico de Flora en su casa?

—Es la «ponebaños» y doncella de mi madre. Tiene a su cargo la preparación del baño, el control de la temperatura del agua, el buen funcionamiento de los grifos y el desagüe, la permanente vigilancia de los movimientos de Mamá para que no resbale ni en la inmersión ni en la salida, y la colocación de la toalla para su posterior secado. Le da golpecitos en la espalda para entrarla en calor y es responsable de sus camisones, sus batas, su ropa de cama, de los solideos de los papas y del armario de las reliquias. Como «ponebaños», según mi madre, es la mejor que ha tenido. Superior incluso a Maruja, que se jubiló hace seis años. Muy decepcionante, Maruja. Después de treinta años en casa, se jubila, se instala en Montellano con su hijo, y no ha vuelto a La Jaralera ni de visita. Si te he visto no me acuerdo. Flora parece más humana.

—Yo la tasaría como al cura.

—Por ahí iban mis tiros, Perona.

—En resumen: doscientos cincuenta por la señora marquesa viuda, más veinticinco por don Ignacio y otros veinticinco por Flora, suman trescientos millones de pesetas. Se ahorraría usted.doscientos, que al ocho por ciento anual es dinerito, señor marqués.

—Vamos a ver si aceptan. No estoy muy seguro. De cualquier forma, tenga usted preparados los quinientos millones. Trescientos en un maletín y doscientos en otro. —Aquí estarán a su disposición, señor marqués. No dude en llamarme para lo que sea necesario, incluso a mi casa.

—Gracias, Perona. Me vuelvo a casa, que tengo al personal emotivo y a la autoridad de indagaciones.

—No le digo que me ponga a los pies de la señora marquesa viuda porque podría sonar a sarcasmo.

—Le agradezco la delicadeza, Perona. Buenos días.

La Jaralera sin Mamá es otra casa, otro campo, otro lugar. En el Consejo de Alcogasa (Alcoholera Gaditana Sociedad Anónima) tengo un compañero de Barcelona, Adriá Casús, muy aficionado a la naturaleza y a los bichos. Casús es socio protector del Zoo de Barcelona y tiene en el jardín de su casa de Esplugas del Llobregat pavos reales, faisanes exóticos y varias parejas de kiwis, extrañísimas aves de Nueva Zelanda. Adriá es muy dicharachero y habla por los codos. Un día me dijo algo que no se me ha olvidado: «El día que se muera el gorila blanco,
Copito de Nieve,
el Zoo de Barcelona se quedará sin su símbolo.» Comparar a Mamá y La Jaralera con
Copito de Nieve
y el Zoo de Barcelona.es irreverente, pero no encuentro un ejemplo mejor. La Jaralera sin Mamá no es nada. Un escudo sin cuarteles, un barco sin grimpolón, un desierto sin arena.

Tomás me espera en la puerta. Me informa que me ha llamado el ministro del Interior desde Madrid. Le ha dado su teléfono particular e insistido mucho en su deseo de mantener una conversación conmigo. La Guardia Civil ha reforzado su presencia y han llegado dos coches de la Secreta.

He subido al despacho para llamar al ministro. Se ha puesto inmediatamente.

—Sotoancho, lamento mucho lo ocurrido. Quiero decirle, para su tranquilidad, que ya estamos trabajando en el asunto.

—Gracias, ministro. Aquí estamos muy serenos y a la espera de noticias. ¿Sabían ustedes de la existencia del grupo terrorista HCJ?

—No; es la primera vez que actúa. Lo que sí le pedimos, Sotoancho, es colaboración e información. Sabemos que existe un riesgo, pero debe tener al corriente de todo a los investigadores.

—Señor ministro, está en juego la vida de mi madre, de un sacerdote de la Iglesia y de una fiel empleada de mi casa. Y ellos me han exigido silencio.

—Si no nos informa puntualmente, podríamos considerar su actitud como poco amistosa con la ley.

—Les informaré siempre que no ponga en peligro a mi madre. Les ruego que me comprendan. Para mí, ahora mismo, lo único importante es que Mamá vuelva a casa.

—Para lo que quiera, me llama. Un saludo muy afectuoso.

Este ministro se cree que todo el monte es orégano. Bien está informar a la policía, pero no puedo jugar con la integridad física de Mamá. Si los bandidos me exigen que no abra la boca y que acuda en solitario a la cita, así lo haré. Si es delito, seré delincuente. Hijo ante todo.

Las dependencias de mi madre están como siempre. En el cuarto de los rezos, sus breviarios y libros de meditación. Sobre su mesa el volumen que estaba leyendo:
Para salvarte,
del padre Loring. Un bello libro que explica los pasos a seguir para ir al Cielo sin necesidad de pasar por el Purgatorio, que es lo que más le preocupa a Mamá. Está obsesionada con el Purgatorio, y aunque don Ignacio hace lo posible por tranquilizarla no hay forma de convencerla de que después de la muerte desaparece el resentimiento social. «Llego al Purgatorio para dos días, pierde la ficha un resentido social y me puedo tirar allí miles de años.» Y tiene razón. En el libro del padre Loring se analizan los pecados veniales y los mortales, sus consecuencias y, sobre todo, la manera de vencer sobre ellos, de derrotarlos, de salir airoso de los enfrentamientos con la tentación de Lucifer. Mamá sólo guarda un secreto de su vida, un resbalón de la juventud, un pecado venial que le atormenta. Me lo desveló una noche de frío y lluvia, y después de hacerlo se quedó tranquila.

Antes de conocer a Papá, mi madre salió seis meses con alguien muy conocido, y cuya identidad mantiene con absoluta reserva. Se creyó que aquello que sentía era el amor. Una tarde de verano, en San Sebastián, organizaron una excursión en bicicleta a Epeleco-Echevérri. Excursión con chocolatada. Eran más de veinte, entre chicos y chicas.

Después de la chocolatada, algunas parejas empezaron a tontear. El chico que salía con Mamá le propuso coger moras. Aunque era agosto, las moras se habían adelantado aquel verano y ofrecían desde las zarzas su oscuro tesoro.

—Con las moras haremos una mermelada —insistió el conquistador con las peores intenciones. Y Mamá aceptó la propuesta.

Del prado en el que hicieron la chocolatada partían tres senderos. Marita Dulcesauce y Lorenzo Calparsoro, que eran novios formales, eligieron uno de ellos. El segundo se lo pidieron Juaco Zugasti y Mimí San Guzmán, que eran los más frescos del grupo. Y el tercero se lo jugaron a los pies el chico que salía con Mamá y Fernando Garmendia-Zárate, que se había ligado en el Tenis la tarde anterior a Teresa Villajavier.

—Monta y cabe —dijo el que salía con Mamá, y se quedó con el atajo.

El sendero subía empinado, y a los veinte metros torcía a la derecha. A partir de ahí no había más testigos que las zarzas y los helechos. Mamá llevaba la cesta de las moras y estaba feliz.

—Aquí las hay muy gordas y buenas —anunció el conquistador. Mamá, que era inocentísima, cogió la mora más grande y se la ofreció al chico. Éste, que se las sabía todas, se la llevó a la boca, la partió de un hábil mordisco por la mitad y le entregó una de las partes a Mamá.

—Quiero compartir contigo todo, Cristina.

Mamá se puso colorada como un coche de bomberos, pero se comió la mitad de la mora.

—¡Cuidado, que tiene un gusano! —gritó él a sabiendas de que no era verdad. Mamá, que odiaba, odia y siempre odiará a los gusanos, se puso muy nerviosa y escupió la mora.

—Sólo de pensar que tengo una parte del gusano en la boca me dan ganas de devolver —comentó Mamá a punto de marearse.

—Si te queda algo, yo te lo quitaré —dijo él. Y a Mamá le pareció un héroe.

»-Cierra los ojos y abre un poquito la boca, Cristina— le dijo él. Mamá obedeció.

»-Un poquito más, Cristina, que ya veo al gusanillo. —Y Mamá abrió aún más su inocente boca. Así estaba cuando experimentó en sus labios la sensación inequívoca de un beso. Él la estaba besando, y Mamá no supo reaccionar.

Cuando el beso terminó, Mamá le pegó al ladrón de su honra una monumental bofetada.

—No te quiero volver a ver en mi vida —le dijo a modo de despedida y ruptura de relaciones. Y así fue. Jamás volvieron a verse. Pero a Mamá se le quedó el pecado en los labios, y aunque se ha confesado miles de veces, teme que en el Purgatorio se lo recuerden.

—Nunca se lo dije a tu padre. No me atreví —me susurró con un temblor emotivo en su papada que me dejó deshecho.

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