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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La mano del Coyote / La ley de los vigilantes (7 page)

BOOK: La mano del Coyote / La ley de los vigilantes
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Edwin se encogió de hombros.

—No le niego nada de cuanto dice; pero podría existir un doble. Lo cierto es que sólo cinco personas conocían lo que iba a hacer Rand Ríos. Una de esas personas es usted, otras dos somos nosotros, la cuarta es la señorita Villavicencio y la quinta es don César.

—Pero don César se quedó en su casa —opuso Mateos.

—Eso no lo sabemos, pues salimos de allí y le dejamos en su casa. Con uno de sus buenos caballos no le habría costado nada adelantarnos.

—¿Y llegar a tiempo de matar al hombre que iba a denunciarle? —preguntó Mateos.

—Eso es lo lógico.

—Tal vez tengan razón; pero… En fin, prefiero no discutir de eso y les agradeceré que ustedes no digan nada. Ante todo, registraré los bolsillos de Ríos. Tal vez encontremos en ellos algo que nos pueda dar alguna pista.

Pero el registro de Ríos por Mateos no descubrió nada anormal. Una petaca llena de tabaco negro, papel de maíz, una navaja, un peso mejicano y varios centavos norteamericanos, un pañuelo, una llave, un trozo de cordel y una pistola de dos cañones cargada.

—No hay nada interesante —dijo Mateos, mientras ordenaba aquellos hallazgos junto al cadáver—. La pistola es española, pero de un tipo muy corriente aquí. Y la navaja también… Lo demás podría encontrarse en los bolsillos de cualquier peón.

Súbitamente, Mateos se inclinó sobre el cadáver y tiró de un cordón que rodeaba el cuello de Ríos.

—¡Un escapulario! —exclamó.

En seguida comenzó a palpar los dos escapularios que pendían del cordón. Dentro de una de las bolsitas de tela se oyó crujir unos papeles, y Mateos, utilizando la navaja de Ríos, descosió el escapulario y extrajo de él un papelito. Lo desdobló cuidadosamente y a la luz del farol leyó:

«Si me ocurriese algo, quiero que todos sepan quién es
El Coyote
. Es don César de Echagüe. Él sabe que yo le conozco y tengo miedo de que haga algo contra mí».

—¿Qué dice? —preguntó Edwin.

—Nada. Lo mismo que ustedes sospechaban.

—¿Que le asesinó don César? —preguntó Mathias.

—No digas tonterías —interrumpió Edwin—. ¿Cómo iba a decir ese pobre que le asesinaron, si la muerte tuvo que ser fulminante?

—Pero si el señor Mateos ha dicho…

—¡Cállense! —gritó Mateos—. Ya han hablado demasiado.

En aquel momento llegaron varios agentes de la fuerza pública de Los Ángeles y entre todos condujeron el cadáver a Jefatura, hacia donde se dirigieron también Mateos y los Wade.

La calle quedó desierta y al cabo de un momento salió del portal en que se había ocultado el pordiosero que había escuchado toda la conversación sostenida entre Mateos y los Wade. Con una rapidez que nadie le conocía, el sordomudo alejóse de allí y al cabo de unos minutos llegó a la posada del Rey don Carlos, llamando a la ventanilla iluminada.

Asomóse a ella un rostro apenas visible y desapareció en seguida. El sordomudo se alejó de nuevo y fue a sentarse en la parte trasera de la posada. Allí permaneció casi durante doce minutos, hasta que una figura avanzó hacia él.

—¿Qué ocurre, Celestino? —preguntó el recién llegado, al mismo tiempo que un rayo de luz daba en su rostro, defendido por un antifaz.

—Señor
Coyote
—replicó el sordomudo—. Han descubierto el cadáver de Ríos. Sospechan que usted lo ha matado y creen saber quién es
El Coyote
.

—¿De quién sospechan? —preguntó el enmascarado.

—Del señor Echagüe. Ríos llevaba en un escapulario una nota diciendo que usted era don César. Además… —Celestino contó apresuradamente lo que había oído, mientras
El Coyote
le escuchaba con gran atención.

—¿Quién mató a Ríos? —preguntó al fin.

—No lo sé. Llegué demasiado tarde; pero iba vestido como usted.

—Bien, quieren echarme tierra encima y echársela también a don César. Tendremos que hacer algo por él y por nosotros. Toma esta nota. Llévala a casa de los Wade y clávala en la puerta. Ya sabes a lo que te expones si te ven.

El Coyote
sacó un papel y con lápiz escribió unas palabras. Luego lo dobló y lo entregó al mendigo, junto con una pequeña daga y una moneda de a veinte dólares, que Celestino guardó rápidamente en un bolsillo. Después de dirigir un profundo saludo a su jefe, alejóse con la misma rapidez con que había llegado.

Al quedar solo
El Coyote
dirigióse hacia donde estaba el caballo y, montándolo marchó hacia el rancho de San Antonio. A la hora de haber salido de allí en dirección a Los Ángeles estaba de regreso.

Don César de Echagüe descendió al jardín y reunióse con Dorotea de Villavicencio, declarando:

—Hace casi media hora que la andaba buscando, Dorotea. No creí que le gustaran tanto las rosas. ¿Quiere que volvamos al salón?

—¿Precisamente ahora, cuando más hermoso está el jardín? —preguntó Dorotea—. Me ha tenido muy abandonada César. Continuemos aquí un rato más.

—El relente es malo para las señoritas —recordó César.

—¿Y también lo es la luna?

—La luna es lo peor de todo —sonrió el dueño de la hacienda—. Introduce ideas extrañas en el cerebro.

—Lo tengo muy sólido —aseguró Dorotea—. No me dejo dominar por las fantasías.

—Las fantasías nos dominan aunque nosotros no queramos.

—César. ¿No me considera usted bonita?

César de Echagüe sonrió ante lo directo de la pregunta.

—No. La considero muy hermosa. Una de las mujeres más bellas de Los Ángeles. Y también una de las más peligrosas. La temo.

—¿Por qué?

—Porque es distinta de las otras. Usted no se detiene ante ningún obstáculo. Tampoco los sortea con femenina diplomacia. Los arrolla.

—¿Es eso un defecto? —preguntó Dorotea, mientras la luna se reflejaba en su blanquísima dentadura.

—Puede serlo… Dios otorgó a la mujer unas armas muy sutiles y le prohibió que utilizara las armas recias que reservaba a los hombres.

—Eso quiere decir que la mujer ha de callar sus sentimientos y aguardar a que el hombre hable y exprese sus deseos, ¿no?

—Ésa es la ley.

—¿Por qué las mujeres no hemos de poder expresar lo que sentimos?

—Porque siempre hemos sido los hombres los que hemos elegido.

—Hace tiempo que todo el mundo nos ve juntos. ¿Qué opinión tendrán de mí?

—La misma que tenían antes.

—Pueden pensar…

En este instante se oyó una voz llamando:

—¡Don César! ¡Don César!

—Creo que tendremos que volver adentro —dijo César de Echagüe, levantándose del banco y ofreciendo su brazo a Dorotea, que de nuevo frunció el ceño y dominó difícilmente su irritación, aceptando, al fin, el brazo y dejándose conducir hacia la galería.

—Don César —dijo uno de los criados, acudiendo hacia su jefe en cuanto lo vio—. Don Teodomiro desea verle. Acaba de regresar.

—Vayamos hacia él. Si prefiere usted quedarse aquí, Dorotea…

—Prefiero acompañarle —replicó la mujer.

Cuando les vio llegar, Teodomiro Mateos acudió hacia ellos. Estaba muy alterado y parecía no saber cómo empezar. Al fin, preguntó:

—¿Podría decirme, don César, cómo ha pasado el tiempo desde que los señores Wade y yo salimos de aquí?

—¿Quién hace esa pregunta? —inquirió César—. ¿Mi amigo don Teodomiro Mateos o el jefe superior de Policía?

—El jefe —replicó Mateos.

—Bien. Aunque puedo responder sin dificultades a lo que me pide, le agradeceré que me responda a otra pregunta antes. ¿Por qué quiere saberlo?

—Porque Rand Ríos ha sido asesinado —contestó Mateos.

—¿Y… sospecha que yo le maté?

—Le mató
El Coyote
—dijo el jefe.

—¿Antes de que pudiera descubrir quién era?

—No. Le mató antes de que pudiera hablar; pero
El Coyote
no sabía que Rand Ríos llevaba encima, escrito, el nombre verdadero del
Coyote
.

—¿Y qué tengo yo que ver en todo eso, Mateos?

—Tiene usted que ver mucho, porque el nombre escrito por Rand era el de usted.

—¿Otra vez? —sonrió César—. Eso ya ocurrió en Monterrey.

—La acusación y las pruebas son ahora mucho más graves, don César.

—¿Qué pruebas?

—Demuéstreme que no se ha movido usted de aquí y todas las pruebas se vendrán a tierra. ¿Dónde estuvo usted durante el tiempo transcurrido desde mi marcha hasta ahora?

—Pues… —César vaciló un momento—. Estuve en mi despacho dando unas órdenes a mi mayordomo. Ya le conoce, ¿verdad?

—Le conozco tanto que no aceptaré como prueba esa que usted me ofrece. La declaración de un hombre que le es fiel en cuerpo y alma y que se dejaría matar por usted, no tiene ningún valor.

—¿Y qué puedo hacer yo si no estoy en condiciones de ofrecerle otra prueba?

—Pues sospecho que se verá obligado a acompañarme a Los Ángeles y a quedar detenido hasta que se aclare todo esto. Le aseguro que nadie desea tanto como yo que desaparezcan las sospechas que recaen sobre usted.

—¿Qué sospechas son ésas? —preguntó César.

—Usted oyó cómo los señores Wade explicaban que Rand Ríos iba a denunciar al
Coyote
. Pudo montar a caballo, adelantarse a nosotros y matar a Ríos.

—Ya sabe que odio las armas de fuego. No me gusta disparar sobre ningún ser viviente.

—A Ríos le apuñalaron por la espalda.

—¡Oh! De eso aún soy más incapaz.

—Déme una prueba de su inocencia y le juro que me dará una gran alegría.

—Sólo puedo decirle que estuve en mi despacho dando órdenes. Si quiere que le explique cuáles fueron esas órdenes…

—Lo siento, don César; pero esas pruebas no valen nada en oposición de las que ya tenemos contra usted. Tendrá que acompañarme…

—Es inútil, César —dijo en aquel momento Dorotea—. No te esfuerces en salvar mi honor.

—¡Eh! —exclamó César de Echagüe, volviéndose hacia Dorotea de Villavicencio—. ¿Qué dices…?

—Que prefiero tu vida a mi honor, César —replicó la mujer, con rubor que parecía legítimo. Y volviéndose hacia Mateos, siguió, antes de que César pudiera impedírselo—: César y yo, señor jefe de Policía, estuvimos juntos durante una hora.

—¿En el jardín? —preguntó suspicazmente Mateos.

—No —respondió Dorotea—. En la habitación de César.

—¡Oh! —exclamó el jefe de Policía, mientras César miraba, entre divertido y furioso, a la mujer—. Pero… ¿qué hicieron durante una hora allí?

—¡Por Dios, señor Mateos, no me obligue a decirle lo que hicimos! —pidió Dorotea—. Ya puede imaginarlo.

Teodomiro Mateos se pasó una mano por la frente y miró, incrédulo, a César y a la mujer. Al fin, preguntó a ésta:

—¿Se encuentra dispuesta a declarar eso mismo ante los jueces que mañana han de iniciar la investigación sobre el asesinato?

—¿Será preciso hacerlo? —preguntó Dorotea, bajando los ojos.

—Es inevitable.

—Pues lo declararé —afirmó rotundamente Dorotea.

—¿Y usted qué dirá, don César? —preguntó Mateos.

—Diré que la señorita quiere protegerme… Le acaba de contar una mentira. Estuve con…

—No te creerán, César. La verdad se impondrá y todos comprenderán que quieres salvarme.

—Bien, pues mañana se aclarará todo —suspiró César—. ¿Debo acompañarle a Los Ángeles?

—No… creo que no; pero mañana acuda allí. La verdad es que no esperaba esto.

—Ni yo tampoco —suspiró César.

Cuando Mateos se alejaba ya hacia la puerta, Dorotea comentó:

—Creo que te he salvado de una y buena.

César se volvió hacia ella y replicó:

—Me has clavado una puñalada a traición, Dorotea. Ahora tendré que esforzarme por salvar tu buen nombre.

—Sólo existe un medio, César.

—Debe de existir otro, amor mío —replicó César—. Me importa más tu buen nombre que mi vida. No lo olvides.

—¿Te casarás conmigo? —sonrió Dorotea.

—Si no te amara tanto, sí me casaría contigo; pero no quiero hacerte desgraciada. Esta misma noche partiré en busca del
Coyote
y lo entregaré a las autoridades para que me exima de toda culpa.

—¿Y si no lo consigues?

—¿Por qué no he de poderlo conseguir?

—Porque
El Coyote
es muy peligroso y tú no tienes nada de peligroso.

—Sospecho que estás más enamorada del
Coyote
que de mi fortuna.

—Y sospechas con razón; pero a falta de uno disfrutaré de otra. A menos que insistas en morir ahorcado en su lugar. Adiós, César. Mañana todo Los Ángeles sabrá lo terriblemente conquistador que eres.

—¿Por qué no procuras encontrar al
Coyote
y le cuentas lo mucho que le admiras?

—Porque no sé dónde encontrarle.

—Le tienes delante.

—¡Bah! Si tú fueses
El Coyote
no te habrías dejado cazar tan tontamente. Eres un corderillo con quien juega a su placer
El Coyote
, y si no fuese porque has encontrado una pastora que te defienda, ahora estarías ya en la cárcel. Debieras sentir hacia mí un enorme agradecimiento.

—Pues no lo siento, Dorotea, y te prevengo que aún no estamos casados.

—¿Serás capaz de dejar que eche por tierra mi buen nombre?… Pero no. Te conozco. Sé que eres un caballero y que no permitirás…

—Dorotea: no tienes ni la más remota idea de las cosas que yo soy capaz de permitir. Adiós.

Saludándola con una inclinación de cabeza, César de Echagüe abandonó el salón y subió a su cuarto. Guadalupe le aguardaba en él.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, en cuanto César hubo cerrado la puerta—. ¿A qué ha venido el señor Mateos?

—A prenderme, Lupe. Rand Ríos iba a denunciar al
Coyote
, pero alguien le asesino antes de que llegara a su destino. Sin embargo, llevaba encima un papel en el que decía que el verdadero
Coyote
soy yo. Mateos vino a prenderme, pero la señorita Villavicencio declaró delante de él que durante el tiempo en que se cometió el crimen ella y yo estábamos aquí solos y queriéndonos.

—¡Eh! Pero… ¿Cómo ha podido decir eso? Si…

—Es mentira, ya lo sé; pero es lo que legalmente se llama una coartada que se me ofrece y a cambio de la cual se supone que yo me habré de casar con ella.

—Y… ¿se casará? —preguntó, anhelante, Guadalupe.

—No, a don César de Echagüe no le queda ninguna carta por jugar; pero, en cambio,
El Coyote
tiene varias que ha empezado a jugarse.

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