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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La mano del Coyote / La ley de los vigilantes (10 page)

BOOK: La mano del Coyote / La ley de los vigilantes
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—No, no —replicó César—. Debo volver al rancho, pues al salir me dijeron que había dos hombres subidos a unos árboles y rodeados por mis perros. Quiero ver quiénes son.

—¿Los perros? —preguntó, distraído, Mateos. Y de pronta, recordando, gritó—: ¡Pero si deben de ser mis agentes! Ahora recuerdo que no han vuelto y ya me extrañaba…

—¿Y qué hacen sus agentes subidos en mis árboles? —preguntó César.

—Vigilarle a usted.

—¿A mí? ¿Y por qué?

—Para saber si salía o no del rancho ayer.

—¡Ah! Le aconsejo que otra vez me avise, pues entonces no haré soltar los perros. Pueden alegrarse de que mis guardas no hayan disparado contra sus hombres. Adiós, señor Mateos. Adiós, Dorotea. No sabe cuánto me alegro de que no se haya visto obligada a tener que declarar una mentira.

Mientras don César salía del Juzgado, Mateos preguntó a Dorotea:

—¿Tan enamorada está usted de él?

—¡Váyase al diablo, imbécil! —gritó Dorotea, volviéndose como una fierecilla contra el jefe de Policía, que tardó varios minutos en recobrarse.

Capítulo IX: El último aviso

Cuando César de Echagüe llegó al rancho, encerró por sí mismo el coche en la cochera. Guadalupe le aguardaba ya allí y entre los dos levantaron el asiento y de debajo del mismo sacaron el traje del
Coyote
y sus armas.

—Ha corrido un peligro terrible, ¿verdad? —preguntó Guadalupe.

—No ha sido tan terrible; el único peligro que existía era el de que fallara el cálculo del tiempo a invertir. Por fortuna, todo salió tal como se había proyectado. En cuanto salté fuera del Juzgado vi a Yesares en el coche. Subí a él y Yesares montó en el caballo que ya teníamos dispuesto. Escapó al galope mientras yo torcía hacia la carretera. Dentro del coche cambié de ropa y a los pocos segundos de haber visto Mateos al
Coyote
huyendo hacia el Sur me vio aparecer por la puerta del Juzgado. Todo salió mucho mejor de lo que yo esperaba.

—Pero los hombres que deseaban perjudicarle siguen vivos.

—Sí —replicó César—. Los Wade aún están vivos; pero si continúan jugando con fuego se quemarán.

—Pero ellos quieren perjudicar a don César de Echagüe —recordó Guadalupe—. Y si han fracasado volverán a intentar hundirle.

—Volverán a fracasar.

—Esos Wade son muy malos.


El Coyote
es peor.


El Coyote
lucha noblemente, y ellos son hienas traidoras.

—No temas por mi vida, Lupita. Sé defenderme.

—Temo las traiciones.

—No pienses más en ellas. Vuelvo a Los Ángeles en seguida. Quiero hablar con José Garrido. Avisa a los peones que encierren a los perros y que dejen bajar a los hombres de Teodomiro.

—¿Y aquella mujer? —preguntó Lupe.

César se echó a reír.

—Soltó un bocado muy certero; pero abrió demasiado la boca y el pececillo se escapó. Por ahora seguirá siendo la señorita Villavicencio.

César subió a su habitación y volvió a bajar unos minutos después. En el patio vio sentados a dos hombres que parecían rendidos de cansancio.

—Tiene usted unos perros terribles —se quejó uno de ellos.

—Mis pobres perros no sabían que ustedes no eran enemigos. En otra ocasión avísenme a tiempo y haré que los aten. Si vuelven a Los Ángeles les llevaré en mi coche. Y como muestra de que no les guardo ningún rencor por haberse metido en mis propiedades, aquí van veinte dólares para cada uno.

Los dos agentes de Mateos guardaron ansiosamente el dinero y dieron por bien empleadas las molestias de la noche pasada casi entera en la copa de un árbol.

Por el camino, César les contó lo ocurrido.

—Ya sabíamos que usted no podía ser culpable —dijo uno—. Espero que no nos guardará rencor por lo que nos hemos visto obligados a hacer.

—Claro que no. Además, casi me han defendido, pues si vigilaban la casa impedían que nadie entrase con malas intenciones.

—Sus perros le defienden mejor que nosotros —dijo el otro espía.

Al llegar a la plaza, César guió su coche hasta la puerta de la posada del Rey don Carlos y se despidió de los dos policías. Éstos le vieron entrar en el establecimiento, y uno de ellos comentó:

—¡Se necesita estar loco para creer que un hombre así pueda ser
El Coyote
! Antes sospecharía del gobernador de California.

—Desde luego —dijo el otro—. El gobernador es un hombre de empuje, y ese don César es todo merengue.

—Pero tiene unos perros…

—No me hables de ellos. Creo que soñaré un montón de noches con ellos.

Mientras los dos hombres iban a gastar en una taberna una parte de lo que habían recibido, César había entrado en el despacho de Yesares.

—¿Todo fue bien? —preguntó al dueño de la posada.

—Sí. Galopé un rato por la carretera, me dirigí a la cueva donde dejé la ropa, me cambié y volví hacia aquí en el carrito. Por el camino me crucé con los hombres de Mateos que perseguían al
Coyote
. Como me vieron en un carricoche cargado de verduras, no imaginaron que yo pudiera ser el mismo a quien perseguían. ¿Por qué no me dejaste desempeñar a mí el papel del Juzgado? ¿Crees que no lo hubiera hecho bien?

César sonrió.

—Estoy seguro de que hubieras hecho un
Coyote
magnífico y que habría sido más convincente que me vieran a mí en el mismo sitio y en el mismo momento en que aparecía
El Coyote
; pero cuando hay un riesgo grave que correr, prefiero ser yo quien lo corra. Además, tú también te expusiste mucho, pues pudiste recibir un balazo.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Yesares.

—¿Qué opinas de la muerte de Bill Burley?

—¿Suicidio?

—Asesinato.

—¿Por qué crees eso?

—Porque si Bill se hubiera querido suicidar no habría intentado disparar contra mí. Cuando se levantó lo hizo dispuesto a empuñar su revólver. Un suicida no lo hubiera hecho.

—¿Y quién puede ser el asesino?

—Su apellido es Wade.

—¿Y su nombre?

—Edwin.

—¿Crees que es el cerebro director de la sociedad Wade?

—Es el único cerebro. Mathias sólo sabe contar dinero; pero Edwin es mucho más peligroso.

—¿Qué vas a hacer?

—Esta noche visitaré a los Wade. Quiero ver lo que guardan en su caja de caudales.

—Me anunció José Garrido que ya ha obtenido la concesión de poderes de su padre.

—¡Ah! Buena noticia. El ataque contra la fortaleza de los Wade va a resultar arrollador. Pronto ha de llegar el mensaje de Greene. En cuanto se reciba, avísame.

—Celestino está vigilando la casa de los Wade.

—Avísale que esta noche
El Coyote
ira allí. Que vigile y que dé la señal de alarma si ve algo sospechoso.

—¿Por qué no quieres que te acompañe?

—Porque hoy trabajaré mejor solo.

César de Echagüe salió del despacho de Yesares y después de permanecer un rato en el bar abandonó la posada y dio un breve paseo por la ciudad, regresando luego a su coche y otra vez al rancho.

*****

Celestino casi lanzó un grito de sobresalto al ver, de pronto, aparecer junto a él al
Coyote
.

—¿Qué novedades hay?

—Edwin y Mathias están en el salón. Archie se ha acostado ya.

—¿Está arreglada la cuerda?

—La enganché en la baranda del balcón en un momento en que una carreta pasaba por la otra calle armando un ruido de mil demonios.

—Si observas algo raro, avísame.

—No tenga miedo, jefe.

El Coyote
abandonó el escondite en que se encontraba su auxiliar y cruzando la calle, confundido con la oscuridad, llegó debajo de uno de los balcones de la casa de los Wade. Una cuerda le rozó el rostro. Pendía del balcón.
El Coyote
la cogió fuertemente y tiró de ella, comprobando que resistía. Por fin, sin hacer el menor ruido y elevándose a pulso, comenzó a ascender hacia el balcón, protegido por la absoluta ausencia de alumbrado público y por unos nubarrones que habían ocultado la luna un momento.

Así pudo llegar
El Coyote
hasta el balcón y sacando un cuchillo de hoja muy delgada la pasó por entre las junturas de la puerta del balcón, levantó el pestillo y, suavemente, empujó la puerta.

Abrióse el balcón sin que se oyera el menor ruido, y
El Coyote
se deslizó en el interior de la habitación. Durante unos minutos permaneció inmóvil, atento a todos los ruidos y tratando de captar los que llegaban allí desde el interior de la casa. AI fin, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio que se encontraba en un dormitorio desocupado.

Conocía perfectamente aquella casa, que había visitado mucho antes de que los Wade la compraran, y sabía que aquella habitación daba a un pasillo. Salió a él, después de asegurarse que estaba desierto, y con sumo cuidado deslizóse hacia la escalera.

Oyó claramente las voces de Edwin y Mathias, que se encontraban en el salón. Cautelosamente volvió sobre sus pasos y después de pasar ante tres puertas se detuvo frente a la cuarta, pegando el oído a la madera.

Del interior de la habitación no llegaba el menor ruido, y al cabo de un minuto.
El Coyote
empujó la puerta y entró en la estancia. Ésta comunicaba con otro pasillo y estaba amueblada para despacho. La escasa luz que llegaba de las dos lámparas que iluminaban el pasillo le permitió ver lo que buscaba. Era un viejo cofre fuerte, reforzado con bandajes de hierro y gruesos clavos.

—Muy débil para
El Coyote
—sonrió.

De un bolsillo sacó una varilla de acero, doblada por su extremidad, y la introdujo en la cerradura. Después de varios intentos se convenció de que con ella no lograría nada y la cambió por otra semejante. Esta vez tuvo más éxito y abrió la puerta, apareciendo todo el contenido de la caja.

El Coyote
tomó un puñado de papeles y se disponía a examinarlos cuando oyó tras él, claramente, una respiración contenida.

Antes de que se pudiera volver oyó el chasquido de los muelles de un revólver al ser amartillado y en la pared reflejóse la sombra de un arma.

El Coyote
se volvió con la rapidez de una centella y su mano desenfundó el revólver.

La luz del pasillo le permitió ver la silueta de un hombre delgado, de estatura mediana, que empuñaba temblorosamente un revólver de largo cañón.

—¡Archie! —exclamó.

—Manos arriba… —empezó con débil voz el hijo de Mathias Wade.

El Coyote
sintió la desagradable sensación del que está acorralado y que no puede escapar, porque le es imposible disparar sobre el obstáculo que le cierra el paso.

Durante unos segundos los dos hombres permanecieron frente a frente. Archie, con el revólver temblando en su mano.
El Coyote
con el suyo fuertemente empuñado; pero sin decidirse a herir a aquel muchacho.

—¿Qué ocurre, Archie?

La voz de Edwin decidió al
Coyote
. Dentro de un momento tendría contra él a tres hombres y…

—Suelta ese revólver, Archie —ordenó secamente
El Coyote
.

El hijo de Mathias Wade vaciló un momento, y como ya los pasos de su padre y su tío se oían en la escalera,
El Coyote
no aguardó más. Disparó a la altura de la cadera y la bala fue a dar contra el cilindro del revólver de Archie, quien, lanzando un alarido de dolor, se llevó las manos al rostro y cayó de rodillas.

El Coyote
pasó junto a él, sin detenerse a comprobar si le había herido o no, y salió al pasillo.

Mathias Wade y su hermano llegaban corriendo, y
El Coyote
disparó dos veces para asustarlos. Lo consiguió en el caso de Mathias Wade, que retrocedió corriendo; pero en la escalera, y protegido por los escalones, desenfundó su revólver.

Cuando
El Coyote
cruzaba la puerta del dormitorio por cuyo balcón había entrado una bala astilló el quicio de la puerta.

En dos zancadas
El Coyote
cruzó el dormitorio, llegó al balcón, lo abrió y, pasando una pierna por encima de la barandilla, buscó la cuerda y comenzó a bajar.

Mas por mucha prisa que se dio no pudo evitar que Edwin Wade llegara al balcón antes de que él alcanzase la calle.

—¡Maldito! —gritó Edwin—. ¡Ahora me las pagarás!

Mientras hablaba se había inclinado para disparar contra
El Coyote
, que se encontraba en una situación muy apurada; pero antes de que pudiera apretar el gatillo, una bala disparada desde el otro lado de la calle pasó lo bastante cerca de su cabeza para obligarle a saltar a un lado. En seguida, rehaciéndose, disparó contra el sitio de donde había partido el disparo, mas la bala rebotó, inofensiva, contra unas piedras y se perdió silbando por el aire.

Al querer dedicar de nuevo su atención al
Coyote
, vio que la calle estaba vacía, como si la tierra se hubiese tragado al
Coyote
.

Furioso, Edwin Wade abandonó el cuarto y al salir al pasillo vio cómo su hermano estaba curando a Archie.

—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó.

—La bala que disparó
El Coyote
pegó en el cilindro y reventó. El pobre chiquillo tiene la cara salpicada de fragmentos de metal. No sé cómo no ha quedado ciego.

—¡Bah! No se hubiera perdido gran cosa. Tiene diez minutos ante su revólver al
Coyote
y no es capaz de matarlo…

Dejando a su hermano, que, dominado por la indignación, no encontraba palabras para responder a su comentario, Edwin bajó de cuatro en cuatro los escalones y fue hacia la puerta, siempre empuñando el revólver.

—¡Le cazaré aunque tenga que buscar por todos Los Ángeles! —gritó.

—No tendrá que buscarme mucho, Edwin —dijo una voz a su espalda, y cuando Edwin Wade quiso volverse, se lo impidió el duro contacto del cañón de un revólver, que se hundió contra sus riñoness.

—¿Quién… es? —preguntó Edwin.

—Hable en voz baja —recomendó el otro—. Soy
El Coyote
. ¿No lo ha adivinado?

—Pero…

—Sí, salí de esta casa y para evitar que usted me cazara como a un palomo, volví a entrar por el jardín. Muy sencillo. Pero sólo he venido a decirle que éste es mi último aviso, Edwin Wade. El último, no lo olvide. El mundo es grande y en él encontrará muchas oportunidades de utilizar para el bien su privilegiada inteligencia. Le doy de tiempo hasta mañana por la noche. Si entonces no se ha marchado, ya no podrá hacerlo.

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