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Authors: Andrés Pascual

Tags: #Drama, Intriga

El compositor de tormentas

BOOK: El compositor de tormentas
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Matthieu es un joven genio de la música que, fascinado por la magia de Versalles y sus fiestas desenfrenadas, anhela formar parte de la orquesta de Luis XIV, el Rey Sol. Lo que no imagina es que un brutal asesinato le abrirá las puertas de palacio para llevar a cabo el proyecto más ambicioso del soberano: transcribir la melodía del alma.

Pronto descubrirá que no es el único que codicia esa partitura, entre cuyas notas se oculta la fórmula alquímica que permitirá a su dueño conocer los secretos del universo. Para ganar esa carrera, Matthieu se embarcará en una peligrosa expedición a Madagascar, el último edén inexplorado, una isla de leyenda elegida por su pureza para resguardar la música más antigua de todos los tiempos. A partir de entonces se enfrentará con la muerte a cada paso, pero al mismo tiempo se abrirá ante él un mundo lleno de romanticismo que le hechizará casi tanto como una bella y misteriosa mujer que parecía estar esperando su llegada…

Andrés Pascual

El compositor de tormentas

ePUB v1.1

Alias
29.08.12

Título original:
El compositor de tormentas

Andrés Pascual, 2009.

Traducción: No corresponde

Ilustraciones: Desconocio

Diseño/retoque portada: OZN

Editor original: OZN (v1.0 a v1.1)

ePub base v2.0

A Cristina

mi silencio, mi melodía

Soñamos con viajes a través del universo

pero ¿no está el universo dentro de nosotros?

Desconocemos las profundidades de nuestro espíritu.

El camino secreto se dirige haría el interior.

En nosotros, y en ninguna parte más,

están la eternidad y sus mundos,

el pasado y el porvenir.

Novalis

Opera Garnier, París - 1 de septiembre de 2010, 20:00h

Opera Garnier, París

1 de septiembre de 2010, 20:00 horas

M
ichael cerró los ojos y aspiró la esencia de mandarina. Todos sabían que no era capaz de dirigir si al tiempo no inhalaba el frescor ácido de su colonia. Algunos músicos de la orquesta se habían propuesto imitarle y, después de los ensayos, discutían sobre si se trataba de esta o de aquella marca. Se miró en el espejo del camerino. Su porte señorial no se correspondía con su aroma. Examinó las arrugas del rostro y el pelo blanco peinado hacia atrás como quien analiza de forma furtiva a otra persona. «La pajarita no está recta», pensó. La recolocó con cuidado, evitando manosearla para que conservase el blanco impoluto. El frac, bien. Miró hacia abajo. Los zapatos, bien.

Llamaron a la puerta. Era Fabien Rocher, el director del teatro.

—Pasa, por favor.

—¿Cómo estás?

—Con ganas de salir.

—Querido amigo…

Se acercó y le dio un abrazo. Después se sentó en el sillón de cuero negro y le contempló con orgullo.

—No te pongas sentimental —se quejó Michael—. Somos dos viejos.

—Estamos en la edad perfecta para ponernos sentimentales. Son tantos recuerdos… —Intercambiaron una sonrisa—. ¿Cuándo fue la primera vez?

—¿Aquí?

—Creo que dirigiste algo de Wagner…


Lohengrin,
el 17 de marzo de 1976.

—Es cierto. Rachel estaba…

Fabien interrumpió la frase.

—Estaba preciosa. Parecía un ángel, sentada en el palco.

—Era una gran mujer.

Ambos callaron durante unos segundos. Michael lanzó una mirada fugaz a su amigo.

—Fabien…

—Ya te dejo solo. Voy a atender al ministro de Cultura, que lleva toda la tarde alteradísimo. ¡La escalera central está abarrotada de celebridades y periodistas! —exclamó antes de abandonar el camerino—. ¡Suerte, Michael! ¡Ponnos la carne de gallina como tú sabes hacerlo!

Mientras Fabien cerraba la puerta se filtró un rumor creciente que provenía de la platea. Los aficionados que ocupaban las casi dos mil butacas de terciopelo rojo se habían vuelto hacia una hilera de mandatarios de todos los rincones del globo que, siguiendo un cuidadoso protocolo, se encaminaban hacia las primeras filas. En los últimos días había tenido lugar en París una fructífera cumbre política que culminó con la firma de una serie de acuerdos para la protección del medio ambiente que hasta entonces se consideraban meras utopías, un hito histórico que aquella pintoresca pléyade de dirigentes se proponía celebrar codo con codo en aquel majestuoso edificio.

—Quizá sea sólo durante dos horas, pero por primera vez, desde que el hombre tiene memoria, todos seremos uno, hermanados gracias a la música —había dicho Fabien Rocher a los medios.

No se trataba de un concierto más de Michael Steiner, el gran compositor y virtuoso violinista que, por encima de todo, estaba considerado el mejor director de orquesta vivo. Era su último concierto. Por eso en el rostro de sus admiradores se reflejaba, más allá de la alegría que sentían por haber conseguido una entrada, su aflicción por la retirada del mito. Al menos se consolaban pensando que, según había desvelado Steiner en la rueda de prensa, al finalizar el programa interpretaría con su violín una breve composición que había guardado bajo llave durante años. Iba a ser su regalo final, el broche de oro de una carrera inigualable.

Llegó el momento. Michael Steiner salió del camerino, cerró la puerta tras de sí y, como tantas veces en el pasado, caminó por el estrecho corredor que llevaba a las bambalinas. Pasó junto a las salas de maquillaje. Los empleados del teatro le saludaron con un leve movimiento de cabeza. Vio cómo el jefe de seguridad daba las últimas instrucciones a través de su intercomunicador. Hinchó el pecho, desplazó con decisión el extremo del telón trasero y se lanzó hacia el escenario.

El público estalló en una ovación atronadora. Michael se inclinó varias veces. Parecía un final de concierto más que un principio. Sintió un nudo en el estómago. Se dio la vuelta y saludó a los noventa y seis profesores que formaban la Sinfónica de París. En sus rostros había agradecimiento, cariño, fascinación, respeto. Los aplausos fueron apagándose. Se escucharon suaves chirridos que arrancaban al barniz del escenario los tacos de goma de las sillas, el sordo retumbar de los violonchelos al ser alzados del suelo. Algunos músicos echaron un vistazo a sus partituras, otros cerraron los ojos un instante para murmurar rápidas oraciones, votos o íntimas dedicatorias. Y tras una señal consabida se hizo el silencio absoluto y todos se concentraron en los ojos del director.

Michael fue levantando poco a poco los brazos. Los mantuvo suspendidos a media altura.

Permaneció así un rato más del esperado.

Nadie se permitía siquiera respirar.

Dejó caer la batuta.

Los músicos observaron con incredulidad cómo la pequeña varilla de cedro rebotaba contra la tarima mientras el director permanecía inerte, con la mirada perdida, como un muñeco de cera suspendido en el tiempo.

Michael abandonó el escenario ante cientos de ojos atónitos. Lo hizo con una tensa parsimonia, acompañado por el resonar de sus propios pasos. Pasados unos segundos cruzó el telón negro de bastidores y desapareció detrás de la maraña de focos y cables, entre los enormes decorados del estanque umbrío de un país imaginario.

Mientras el teatro entero se fundía en una marea de murmullos cada vez más audibles, Michael se introdujo por una puerta de servicio y subió dando tumbos la escalera que conducía a la última planta del teatro. Atravesó a toda prisa el pasillo pintado de ocre y se ocultó en la que se conocía como la «Sala de Patinaje», una estancia circular situada bajo la cúpula del edificio que los coreógrafos utilizaban para pulir los últimos detalles con sus bailarines sin que nadie los molestase. Desde allí, a través de unos grandes ojos de buey por los que se filtraba el resplandor sutil de la luna, se veían los tejados del centro de París. En aquel lugar se sentía seguro. Soltó el botón del cuello del frac, hincó las rodillas en el suelo negro encerado y comenzó a toser y a sollozar.

Al poco, mientras las primeras notas de la
Sinfonía
del Nuevo Mundo
de Antonin Dvorak se insinuaban en la distancia, oyó voces detrás de la puerta. Alguien la abrió con cautela. Era Fabien Rocher Le seguían el jefe de seguridad del teatro y algunos miembros del cuerpo de gendarmería.

—Yo me ocupo de él —los calmó.

—Apártese —ordenó un inspector que pretendía hacerse cargo de la situación.

—Es mi teatro —se opuso el director con una equilibrada combinación de deferencia y rotundidad—. Y él es Michael Steiner. ¿Qué le preocupa, por Dios?

Cerró la puerta dejando al otro lado el gesto resignado del inspector y fue a sentarse en el suelo junto a su amigo. Permanecieron un par de minutos sin decir nada, contemplando su oscuro reflejo en el gran espejo que se alzaba junto a la puerta. Se escuchaban bocinas lejanas a través de los cristales. La bóveda vibraba de forma tenue a cada golpe de timbal.

—Lo siento —acertó a decir por fin Michael.

—Tu sustituto es un buen director —le tranquilizó Fabien—. Pero si en cualquier momento quieres tomar el relevo…

Michael le dedicó una mirada desvalida.

Fabien supo que no dirigiría aquella noche.

Nadie escucharía su melodía secreta.

—Ya le daremos cualquier explicación a la prensa. Déjalo en mis manos —dispuso con suavidad—. Llamaré a mi chófer para que te lleve al hotel.

A Michael se le descompuso el rostro. Se llevó las manos a la cara.

—Es que… —sollozó—. Lo que ocurre…

—No hace falta que digas nada —dijo Fabien, convencido de que lo que atenazaba a su amigo tenía que ser demasiado grave como para abordarlo en aquel momento.

—Quizá ése sea el problema —siguió, con los ojos aún tapados—. Llevo tanto tiempo sin decir nada… —Le mostró las palmas de las manos—. ¡Ni siquiera puedo desprenderme de su olor!

Aquello cogió a Fabien desprevenido.

—¿De qué estás hablando?

—¡Llevo años impregnándome de su colonia! —alzó la voz—. ¡Necesito a Rachel! ¡Nunca he podido hacer nada sin ella!

Fabien trató de encontrar una frase.

—Rachel está dentro de ti, lo sabes.

—Está dentro de mí, está a mi alrededor… ¡Está encerrada en todas partes!

—¿Cómo?

—Es por esa maldita melodía.

—Te refieres a…

—La pieza para violín que iba a tocar esta noche. La enigmática melodía secreta —dijo con un atisbo de sorna.

—¿Qué tiene que ver esa pieza con Rachel?

Michael tomó aire de forma entrecortada.

—Hace diez años que la compuse —comenzó—. Ya mientras la tocaba me di cuenta de que se trataba de una pieza única. No se parecía a nada que hubiera creado antes. Al principio me preguntaba si no estaría plagiando de forma inconsciente alguna composición ajena. Cuando advertí su extrema perfección no podía creerlo. Incluso llegué a pensar que se trataba de una melodía que algún dios había depositado en una dimensión paralela, y que él mismo me había llamado para que yo la trajese a este mundo.

—Nunca me lo habías contado —dijo Fabien aprovechando una pausa.

—Fui a toda prisa a ver a Rachel —continuó. Durante un instante, una sonrisa se dibujó en sus labios—. Recuerdo que estaba sentada junto a la mesita que teníamos frente al mirador, escribiendo uno de sus relatos. Toqué la pieza allí mismo. Quedó tan maravillada que, cuando terminé, permanecimos varios minutos mirándonos a los ojos. Estábamos encadenados, yo parado en medio del salón con el violín en la mano y ella en su silla, con la pluma alzada. —Michael cambió el tono—. Al día siguiente llegaron los resultados de los análisis. Ya sabes lo que decían. Me volví loco. Me obsesioné con la idea de que su cáncer era el tributo que se me exigía a cambio de haber sido escogido para componer la melodía.

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