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Authors: Ariana Franklin

Tags: #Histórico, Intriga, Relato

El laberinto de la muerte

BOOK: El laberinto de la muerte
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Ariana Franklin

El laberinto de la muerte

Maestra en el arte de la muerte - 2 (de 4)

ePUB v1.0

Dirdam
28.06.12

 

La amante del rey Enrique II, Rosamunda Cliffort, ha sido asesinada y la principal sospechosa resulta ser la propia reina Leonor de Aquitania, esposa del monarca. Ante la posibilidad de que el incidente provoque una guerra civil, el rey requiere los servicios de Adelia Aguilar, maestra en el arte de la muerte, para resolver el caso.

Adelia y el obispo Rowley, hombre de confianza del rey y padre de la hija de Adelia, se enfrentan a una gran aventura en la que tendrán que viajar al castillo de Rosamunda en busca de la verdad sobre el asesinato. Allí se encontrarán con la mismísima reina, que no les pondrá las cosas fáciles.

En este laberinto de poder, intriga y asesinatos, Adelia será la única capaz de salvar al país de una tragedia y a sus amigos de la muerte a manos de un truculento asesino.

Título original:
The Death Maze

(Publicado como
The Serpent's Tale
en Estados Unidos).

Diana Norman (Ariana Franklin), 2008

Traducción: Luisa Borovsky

Edición: Suma de Letras, 2012

Diseño de cubierta: Epica Prima

ISBN: 9788483653678

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

A la doctora Mary Lynch, cardióloga,

miembro del Royal College of Physicians,

y del Royal College of Physicians of Ireland.

Literalmente, con el mas sincero

agradecimiento de mi corazón

Agradecimientos

Como siempre, mi gratitud a mi agente, Hellen Heller, por su sabio juicio de la trama y el ritmo. Y a Rachel Kahan, mi editora en Penguin Group (EE.UU.), por lo mismo. También a la Biblioteca de Londres, que contiene todo lo que un autor curioso necesita saber, y a su personal.

Y por último, pero no menos importante, a mi marido, Barry, y a la familia, por su paciencia, especialmente a mi hija Emma, que acarrea muy bien a sus hombros las cargas de secretaria y me deja libre para escribir.

Gracias.

Prólogo

L
as voces de los dos hombres se propagaban por los túneles con una reverberación que las tornaba indistinguibles. Aun así, se podía inferir que aquello era una reunión de negocios. Y lo era, de alguna manera.

Un asesino recibía órdenes de su cliente, quien —según creía el delincuente— se creaba dificultades sin necesidad; así solía actuar esa clase de cliente.

Siempre sucedía lo mismo: querían ocultar su identidad y se presentaban tan enmascarados o envueltos en sus capotes que apenas era posible oír sus instrucciones. No querían ser vistos con esa compañía, lo cual los inducía a concertar citas en páramos abominables o en lugares como aquel sótano maloliente. Estaban nerviosos porque llevaban consigo el dinero para pagar el adelanto; podían apuñalarlos y huir con el botín.

No comprendían que un asesino respetable como él debía ser confiable. De eso dependía su carrera. Si bien le había demandado tiempo,
Sicarius
—el seudónimo en latín que él mismo había elegido— estaba logrando fama gracias a su excelencia. El mote, que podía traducirse como «asesino», indicaba que era posible librarse fácilmente de un adversario político, una esposa o un acreedor sin que pudiera probarse la culpabilidad del interesado.

Los clientes satisfechos, aun cuando simulaban hacerlo en broma, lo recomendaban a otras personas afligidas: «Podríais utilizar al hombre al que llaman Sicarius. Él resuelve problemas similares al vuestro», decían. Y si los presionaban para obtener más información, agregaban: «Yo no lo sé, por supuesto, pero según los rumores se lo puede encontrar en The Bear, en Southwark». O en Fillola, en Roma. O en La Boule, en París. O en cualquier taberna de la zona donde ejerciera su oficio durante cierta temporada.

Aquel mes, en Oxford, en un sótano que un largo túnel comunicaba con la bóveda subterránea de una posada, un sirviente enmascarado y encapuchado —en realidad, sin ninguna necesidad— lo había llevado hasta allí y lo había conducido hacia un rincón donde se veía una suntuosa cortina de terciopelo rojo —detrás de la cual se escondía el cliente—, que contrastaba claramente con el moho de las paredes y el fango bajo los pies. «Maldición», pensó. Sus botas quedarían arruinadas.

—¿Será una… tarea difícil para usted? —preguntó la cortina. La voz que salía de ella había dado instrucciones muy específicas.

—Las circunstancias son poco comunes, señoría —dijo el asesino. Siempre utilizaba la palabra «señoría» cuando se dirigía a sus clientes—. No me agrada dejar evidencias, pero si eso es lo que pedís…

—Así es, pero me refería a la dificultad espiritual —dijo la cortina—. ¿Pesará esto en vuestra conciencia? ¿Teméis que vuestra alma sea condenada?

Habían llegado a ese punto, al momento en que los clientes ponían distancia entre su moral y la del asesino. Él era el sucio canalla de humilde cuna que empuñaba el cuchillo. Y ellos, tan solo los canallas ricos que le encargaban que lo hiciera.

Sicarius habría podido responder:

—Es una manera de ganarse la vida, y con holgura. Aunque sea reprobable, es mejor que morir de hambre.

O bien:

—No tengo conciencia. Tengo reglas, a las que me atengo.

E incluso:

—¿Teméis que vuestra alma sea condenada?

Pero ellos pagaban por su pizca de superioridad, de modo que él desistía.

—Mi señor: nobles o plebeyos, papas, campesinos, reyes, sirvientes, damas, niños; a todos los despacho —dijo en cambio, alegremente—. Y por el mismo precio: setenta y cinco marcos por adelantado y cien cuando el trabajo está hecho.

Mantener la misma tarifa era parte de su éxito.

—¿Niños? —preguntó la cortina, impresionada.

Oh, por supuesto, niños. Los niños heredaban. Eran un obstáculo para el padrastro, la tía, el hermano o el primo, que tomarían posesión de su patrimonio en cuanto la criaturita les dejara el camino libre. Los niños eran la fuente de ingresos más segura. Aunque despacharlos era más difícil de lo que parecía.

—¿Deseáis repasar las instrucciones una vez más, señoría? —dijo simplemente el asesino.

Debía hacer que el cliente hablara, descubrir quién era, previendo la posibilidad de que tratara de eludir el pago final. Era preciso eliminar a aquellos que no cumplían el acuerdo, es decir, rastrearlos y procurarles una muerte que fuera ingeniosamente dolorosa y sirviera de advertencia a futuros clientes.

Detrás de la cortina, la voz repitió lo que ya había dicho. Debía hacerse en tal fecha, en tal lugar, de tal manera, dejar esto y llevarse lo otro…

Ellos siempre querían precisión, pensó, aburrido, el asesino: hacedlo de esta o aquella manera. Como si matar fuera una ciencia en lugar de ser un arte. Sin embargo, en esa ocasión el cliente había planeado el asesinato con extraordinario detalle y conocía de cerca los movimientos de su víctima. Solo se trataba de obedecer.

Por lo tanto, Sicarius escuchó atentamente, aunque no las instrucciones —las había memorizado al oírlas por primera vez—, sino el timbre de voz del cliente. Prestó atención a los modismos que luego podría reconocer, esperó oír una tos o un tartamudeo que más tarde pudiera identificar a su interlocutor en medio de una multitud.

Mientras escuchaba, miraba a su alrededor. Nada digno de atención había en el sirviente, de pie en las sombras, cuidadosamente envuelto en una capa vulgar, con la mano temblorosa en la empuñadura de una espada que llevaba en el cinto. Al advertirlo, el delincuente se compadeció de él: habría podido morir veinte veces antes de desenvainarla. Un custodio lamentable, pero tal vez era la única criatura en la cual el cliente confiaba.

La ubicación del sótano le dijo algo al asesino. El cliente había demostrado astucia al elegirlo. Tenía tres salidas; una de ellas era el largo túnel a través del cual había sido guiado desde la posada. Las otras dos podían conducir a cualquier lugar, tal vez al castillo, o al río, según le indicaba su olfato. Solo sabía con certeza que se encontraban en algún lugar de los túneles subterráneos de Oxford. Y los túneles —tenía razones para saberlo, había descubierto algunos— eran extensos y tortuosos.

Por supuesto, habían sido construidos durante la guerra entre Esteban y Matilda. El asesino, inquieto, pensó en los túneles que literalmente habían socavado Inglaterra durante los trece años de aquella desafortunada y sangrienta pelea. Oxford, la joya estratégica que custodiaba las principales rutas —las que iban de norte a sur y de este a oeste, y por allí cruzaban el Támesis—, había sufrido sobremanera. Sitiada más de una vez, sus habitantes habían cavado como topos para entrar y salir de ella. La ciudad podía derrumbarse en cualquier momento a causa de los agujeros que habían abierto en sus cimientos.

«Oxford. Una ciudad que apoyó mayoritariamente al rey Esteban, es decir, al bando equivocado», pensó. Habían transcurrido veinte años y los perdedores aún expresaban su rencor contra el hijo de Matilda, Enrique Plantagenet, finalmente victorioso y convertido en rey.

El asesino había obtenido gran cantidad de información durante el tiempo que había pasado en el lugar —siempre era bueno saber quién se encontraba en posición ventajosa, y con respecto a quién— y le parecía posible que su cliente se contara entre aquellos que seguían resentidos a causa de la guerra y que, en consecuencia, el encargo fuera político.

En ese caso, podía ser peligroso. Codicia, lujuria, venganza: esos motivos eran indiferentes para él. Pero los clientes políticos habitualmente ocupaban una posición muy encumbrada, y tenían tendencia a ocultar su participación contratando a otro asesino para matar al primero, es decir, a él. Algo siempre tedioso, que solo producía más derramamiento de sangre, aunque nunca la suya.

Bien. El cliente oculto se había movido, y por un segundo, no más, la punta de una bota había quedado a la vista debajo de la cortina. Una bota de fino cuero de gamuza, similar a la suya, y nueva. Tal vez fabricada poco tiempo antes en Oxford, al igual que la suya. Era ineludible hacer un recorrido para visitar a los fabricantes de botas de la zona.

—¿Estamos de acuerdo? —preguntó la cortina.

—Estamos de acuerdo, mi señor.

—¿Habéis dicho setenta y cinco marcos?

—En oro, si sois tan amable, mi señor —dijo el asesino, con su tono alegre—. Y lo mismo vale para los otros cien, cuando el trabajo se haya terminado.

—Muy bien —dijo el cliente, y ordenó a su criado que entregara la bolsa con el dinero.

Y al hacerlo cometió un error que pasó inadvertido tanto para él como para su sirviente, pero constituyó un dato útil para el asesino:

—Entregad la bolsa al señor Sicarius, hijo mío —dijo.

El tintineo del oro mientras la bolsa cambiaba de manos le causó al asesino casi tanta satisfacción como el hecho de saber cuál era la ocupación de su cliente.

Y le sorprendió.

Capítulo 1

L
a mujer que estaba en la cama había perdido la capacidad de gritar. Salvo por el golpeteo de sus pies y los puñetazos en las sábanas, sus giros eran silenciosos, parecían una representación mímica de la agonía.

BOOK: El laberinto de la muerte
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