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Authors: Frank Herbert

Tags: #Ciencia Ficción

Hijos de Dune

 

Leto Atreides, el hijo de Paul —el mesías de una religión que arrasó el universo, el mártir que, ciego, se adentró en el desierto para morir—, tenía ahora nueve años. Pero es mucho más que un niño, porque dentro de él laten miles de vidas que lo arrastran a un implacable destino. Él y su hermana gemela, bajo la regencia de su tía Alia, gobiernan un planeta que se ha convertido en el eje de todo el universo: Arrakis, más conocido como Dune. Y en este planeta, centro de las intrigas de una corrupta clase política y sometido a una sofocante burocracia religiosa, aparece de pronto un predicador ciego, procedente del desierto. ¿Es realmente Paul Atreides, que regresa de entre los muertos para advertir a la humanidad del peligro más abominable?

Frank Herbert

Hijos de Dune

Dune 3

ePUB v2.1

Perseo
15.09.12

Título original:
Children of Dune

Frank Herbert, 1976.

Traducción: Domingo Santos.

Diseño/retoque portada: Lightniir.

Editor original: Demes (v1.0)

Segundo editor: Perseo (v2.0 a v2.1)

Corrección de erratas: Luismi.

Gracias especiales a Luismi por su ayuda en toda la saga de Dune.

ePub base v2.0

PARA BEV:

Por el maravilloso lazo de nuestro amor, y por

aportar su belleza y su sabiduría hasta el punto

de ser realmente ella quien inspiró este libro.

1

Las enseñanzas de Muad’Dib se han convertido en campo de juegos de los pedantes, los supersticiosos y los corruptos. Él enseñó una forma de vida equilibrada, una filosofía a través de la cual un hombre puede afrontar los problemas que surgen de un universo en constante cambio. Dijo que la humanidad está aún evolucionando, en un proceso que nunca tendrá fin. Dijo que esta evolución se produce según cambiantes principios que son conocidos tan sólo por la eternidad. ¿Cómo puede un razonamiento corrupto jugar con una tal esencia?

Palabras del Mentat D
UNCAN
I
DAHO

Una mancha de luz apareció en la alfombra rojo oscuro que cubría el suelo de la caverna. La luz ardía sin una fuente aparente, parecía existir tan sólo en la superficie del rojo tejido de fibras de especia entrelazadas. Un pequeño círculo inquisitivo de unos dos centímetros de diámetro moviéndose erráticamente, estirándose, adoptando una figura ovalada. Tropezó con el verde oscuro del borde de un lecho, ascendió, se deformó a través de la irregular superficie.

Bajo el cobertor verde yacía un chiquillo de pelo rojizo, rostro redondeado con la gordura de un niño, boca generosa… una figura a la que le faltaba la enjuta cualidad de la tradición Fremen, aunque no presentara tampoco la hinchazón del agua de un habitante de otros mundos. Cuando la luz cruzó sus cerrados ojos, la pequeña figura se agitó. La luz se apagó inmediatamente.

Ahora tan sólo se oía el sonido de su respiración y, al fondo tras él, el tranquilizador drip-drip-drip del agua colectándose en un depósito desde la trampa de viento situada muy arriba sobre la caverna.

La luz apareció otra vez en la estancia, de nuevo inquieta, un poco más brillante. Esta vez sugería la existencia de una fuente y un movimiento tras ella: una figura encapuchada había surgido del arco de la puerta y había penetrado en la estancia, y la luz surgía de allí. Una vez más la luz revoloteó por toda la estancia, investigando, buscando. Había un sentimiento de amenaza en ella, una inquieta insatisfacción. Evitó al muchacho dormido, hizo una pausa en la rejilla de aireación allá en lo alto, exploró una protuberancia en los pliegues de los cortinajes verdes y dorados que cubrían y ablandaban las asperezas de las paredes de roca desnuda.

Luego la luz volvió a apagarse. La figura encapuchada se movió, traicionándose con un roce de sus ropas, y se situó a un lado del arco de la entrada. Cualquiera que estuviese al corriente de la rutina del Sietch Tabr habría sospechado inmediatamente que se trataba de Stilgar, Naib del Sietch, guardián de los gemelos huérfanos que un día investirían el manto de su padre, Paul Muad’Dib. Stilgar realizaba a menudo estas inspecciones nocturnas en los apartamentos de los gemelos, iniciando siempre su ronda por la estancia donde dormía Ghanima y terminándola allí en la habitación contigua, donde se aseguraba a sí mismo de que Leto no corría ningún peligro.

Soy un viejo estúpido
, pensó Stilgar.

Rozó la fría superficie del proyector lumínico antes de devolverlo a su cinto. Aquel proyector lo irritaba, aunque reconocía que dependía de él. Se trataba de un sutil artilugio del Imperio, un instrumento que detectaba la presencia de cuerpos vivos a partir de un determinado tamaño. Sólo había revelado la presencia de los dos niños durmiendo en las reales estancias.

Stilgar sabía que sus pensamientos y emociones eran como la luz. Jamás había podido dominar su inquietud interior. Algún poder más grande que él controlaba aquel movimiento. Lo proyectaba fuera de sí mismo en el preciso instante en que captaba la acumulación del peligro. Allí yacía el imán de los sueños de grandeza de todo el universo conocido. Allí yacía la riqueza temporal, la autoridad secular, y el más poderoso de todos los talismanes místicos: la divina autoridad del legado religioso de Muad’Dib. En aquellos gemelos —Leto y su hermana Ghanima— se concentraba un pavoroso poder. Mientras ellos vivieran, Muad’Dib, aún muerto, viviría en ellos.

No eran simplemente niños de nueve años; eran una fuerza natural, objetos de veneración y temor. Eran los hijos de Paul Atreides, que se había convertido en Muad’Dib, el Mahdi de todos los Fremen. Muad’Dib había prendido una explosión de humanidad; los Fremen se habían desparramado desde aquel planeta en una incontenible jihad, arrastrando su fervor a través de todo el universo humano en una de dominio religioso cuya intensidad y omnipresente autoridad habían dejado su huella en todos los planetas.

Y sin embargo, estos hijos de Muad’Dib son carne y sangre
, pensó Stilgar.
Dos simples golpes de mi cuchillo bastarían para detener sus corazones. Su agua volvería a la tribu.

Su mente indócil se rebeló ante aquel pensamiento.

¡Matar a los hijos de Muad’Dib!

Pero los años lo habían hecho sabio en introspección. Stilgar sabía el origen de tal terrible pensamiento. Surgía de la mano izquierda de los condenados, no de la mano derecha de los bendecidos. El ayat y burhan de la Vida guardaba misterios para él. Durante un tiempo se había sentido orgulloso de pensar en sí mismo como en un Fremen, de pensar en el desierto como en un amigo, de llamar al planeta en sus pensamientos Dune en lugar de Arrakis, que era como estaba señalado en todos los mapas estelares Imperiales.

Qué sencillas eran las cosas cuando nuestro Mesías era tan sólo sueño
, pensó.
Hallando a nuestro Mahdi, hemos desencadenado sobre el universo incontables sueños mesiánicos. Cada pueblo subyugado por la jihad sueña ahora con la venida de su propio líder.

Stilgar miró al oscuro dormitorio.

Si mi cuchillo liberara a todos esos pueblos, ¿harían de mí un Mesías?

Leto se agitó inquieto en su lecho.

Stilgar suspiró. Nunca había conocido al abuelo de los Atreides cuyo nombre llevaba aquel niño. Pero muchos decían que la fuerza moral de Muad’Dib había surgido de aquella fuente. ¿Habría saltado otra generación aquella terrible cualidad de
rectitud
? Stilgar se vio incapaz de responder a aquella pregunta.

Pensó:
El Sietch Tabr es mío. Yo gobierno aquí. Soy Naib de los Fremen. Sin mí no hubiera existido Muad’Dib. Y ahora estos gemelos… a través de Chani, su madre y mi consanguínea, llevan mi propia sangre en sus venas. Yo estoy en ellos, con Muad’Dib y Chani y todos los demás. ¿Qué es lo que le hemos hecho a nuestro universo?

Stilgar no conseguía explicarse por qué tales pensamientos acudían a él por la noche y por qué le hacían sentirse tan culpable. Se encogió bajo su capucha. La realidad no era en absoluto parecida al sueño. El Amistoso Desierto, que en un tiempo se había extendido de polo a polo, había quedado reducido a la mitad de su tamaño original. El mítico paraíso de expansivo verdor lo llenaba de desánimo. No era como el sueño. Y, al igual que el planeta había cambiado, se daba cuenta de que él también había cambiado. Se había convertido en una persona mucho más sutil de lo que era antes un jefe de sietch. Ahora era consciente de muchas cosas… del arte de gobernar y de las profundas consecuencias de incluso las más pequeñas decisiones. Sin embargo, sentía que este conocimiento y esta sutileza eran un barniz que recubría un núcleo de acero de una consciencia más simple, más determinista. Y aquel antiguo núcleo lo llamaba, le imploraba que regresara a valores más límpidos.

Los rumores matutinos del sietch empezaron a introducirse en sus pensamientos. La gente empezaba a moverse en la caverna. Sintió una brisa en sus mejillas: estaba saliendo a través de los sellos de las puertas a la oscuridad que precede al alba. La brisa hablaba de negligencia con el correr del tiempo. Los habitantes del rocoso subterráneo ya no respetaban la rigurosa disciplina del agua de los viejos tiempos. ¿Y por qué deberían hacerlo, cuando había sido registrada lluvia en el planeta, cuando habían sido vistas nubes, cuando ocho Fremen habían muerto en una repentina inundación en un wadi? Antes de aquello, la palabra
ahogado
no había existido en el idioma de Dune. Pero aquel planeta ya no era Dune; era Arrakis… y aquel era el amanecer de un día memorable.

Pensó:
Jessica, la madre de Muad’Dib y abuela de estos gemelos reales, regresa hoy a nuestro planeta. ¿Por qué pone fin a su autoimpuesto exilio precisamente ahora? ¿Por qué abandona la comodidad y la seguridad de Caladan por los peligros de Arrakis?

Y había otros motivos de preocupación: ¿Habría captado las dudas de Stilgar? Era una bruja Bene Gesserit, graduada en el más profundo adiestramiento de la Hermandad, y una Reverenda Madre por derecho propio. Tales mujeres eran perspicaces y peligrosas. ¿Venia a ordenarle que se dejara caer sobre su propio cuchillo, como le había sido ordenado al Umma-Protector de Liet-Kynes?

¿Y le obedecería él?
, se preguntó.

No consiguió responder a esta pregunta, pero ahora pensó en Liet-Kynes, el planetólogo que primero había soñado con transformar el desierto planetario de Dune en el verdeante planeta capaz de sustentar la vida en que se estaba convirtiendo. Liet-Kynes era el padre de Chani. Sin él no habría habido ningún sueño, ninguna Chani, ningunos gemelos reales. Los resultados de aquella frágil cadena desconcertaban a Stilgar.

¿Cómo hemos aparecido todos nosotros en este lugar?
, se preguntó.
¿Cómo se han unido nuestras vidas? ¿Con qué propósito? ¿Es mi deber poner fin a todo esto, aniquilar esta gran combinación de elementos?

Stilgar admitió la terrible urgencia que habitaba en él. Podía tomar su elección, renegar del amor y la familia para hacer lo que un Naib debe hacer en tal ocasión: tomar una decisión mortal por el bien de la tribu. Por una parte, un asesinato tal representaría la suprema traición y atrocidad.
¡Matar a dos simples niños!
Pero no eran tan sólo dos simples niños. Habían comido melange, habían participado en la orgía del sietch, habían recorrido el desierto persiguiendo la trucha de arena y jugado a los otros juegos de los niños Fremen. Y se habían sentado en el Consejo Real. Eran niños de tierna edad, y sin embargo lo suficientemente listos como para sentarse en el Consejo. Eran niños en apariencia, pero su experiencia era antigua, habían nacido con una memoria genética total, una terrible consciencia que los situaba, a ellos y a su Tía Alia, aparte de todos los demás seres humanos.

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