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Authors: Iny Lorentz

La dama del castillo

BOOK: La dama del castillo
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Aventuras, intriga y pasión en el corazón de la Alemania medieval.

En el Sacro Imperio Romano Germánico, en la Edad Media, el poder del emperador Segismundo se ve amenazado por la revuelta de los husitas. El peligro de la guerra se cierne sobre los hombres como una nube oscura. A pesar de las circunstancias, Marie parece haber hallado la felicidad. Tras un pasado en el que hubo de vagar por los caminos como una ramera errante, ahora lleva una vida respetable como esposa del castellano Michel Adler.

Su bienestar se ve truncado cuando Michel es llamado a luchar contra los husitas y, tras una sangrienta masacre en la que es traicionado por el caballero Falko von Hattenheim, desaparece sin dejar rastro.

Marie, de nuevo objeto de humillaciones y ofensas, y convencida de que su esposo sigue con vida, decide huir de su castillo con el fin de buscar a su amado.

En su nuevo papel como vivandera del ejército y despojada de su elevado estatus social, Marie se enfrenta a numerosos peligros y traiciones, pero también encuentra nuevos amigos en los que poder confiar que la ayudarán a sortear las dificultades.

Iny Lorentz

La dama del castillo

ePUB v1.1

Conde1988
11.07.11

PRIMERA PARTE

LA TRAICIÓN

Capítulo I

La mirada de Marie se paseó fugazmente por los rostros de los cazadores allí reunidos antes de detenerse en su esposo. Bastaba con mirarlo montando sobre su caballo para darse cuenta de que era el más diestro de todos, sosteniendo las riendas con aparente displicencia en su mano izquierda mientras sujetaba con la derecha la ballesta, siempre lista para disparar. Junto al esposo de Marie se hallaba su anfitrión, Konrad von Weilburg, a quien también podía considerarse un gallardo caballero. Ambos eran de estatura media y de hombros anchos y musculosos; sin embargo, mientras que Von Weilburg ya comenzaba a presentar los primeros indicios de una tripa demasiado abultada, Michel seguía manteniendo la cintura delgada y las caderas estrechas de un hombre joven, y su rostro, su ancha frente enmarcada por sus cabellos castaños, sus agudos ojos claros y su fuerte mandíbula le otorgaban un aspecto más enérgico que el de su anfitrión. Konrad von Weilburg no prescindía jamás de sus calzas ajustadas ni de su sayo bordado, ni siquiera para ir de caza. Michel, sin embargo, vestía unos pantalones de montar amplios y cómodos y un sencillo chaleco de cuero sobre una camisa verde. Calzaba unas recias botas y tan sólo su birrete engalanado con dos plumas de faisán permitía adivinar que no se trataba de un siervo, sino de un oficial imperial al servicio de un noble señor.

Michel se percató de la mirada de Marie, ya que se giró agitando orgullosamente la ballesta y regalándole una sonrisa enamorada antes de espolear a su caballo y desaparecer entre el follaje del bosque, repleto de colores otoñales. Marie recordó entonces aquel día —hacía ya diez años— en que había sido desposada con su amigo de la infancia. Ese «sí, quiero» por el que ni siquiera le habían preguntado durante la ceremonia en el monasterio de la isla lo pronunciaría sin pensárselo si fuese necesario, pues no era capaz de imaginar mayor felicidad que la compartida a su lado durante esos diez años.

Irmingard von Weilburg guio a su yegua negra hasta ponerse a la par de Marie y le hizo un guiño cómplice.

—Realmente podemos estar más que satisfechas con nuestros esposos. Ambos son muy apuestos y de carácter muy afable, y en lo que respecta a nuestras noches, con mi Konrad no podría haber corrido mejor suerte. Pero venid conmigo, regresemos al punto de reunión. A mí me desagrada dispararle a los animales tanto como a vos; a mi entender, la caza es asunto de hombres, al igual que la guerra. Además, me apetece un trago de vino aromático, aunque dudo de que sea tan delicioso como el que nos ofrecisteis el año pasado —comentó, relamiéndose al recordarlo.

Marie sonrió.

—Oh, sí. Realmente era muy bueno. La mezcla de hierbas la hizo mi amiga Hiltrud, la dueña de la granja de cabras. Conoce los secretos de muchas plantas y sabe cuáles sirven para curar enfermedades y cuáles poseen un exquisito sabor.

—Conozco a esa mujer —comentó Irmingard a la vez que acariciaba con cariño el cuello de su yegua—. Hace poco, cuando mi Azabache padeció unos cólicos muy dolorosos, envié a uno de los siervos del establo a pedirle que preparara una infusión para mi yegua. Apenas terminé de dársela, noté que ya se sentía mejor, y al día siguiente amaneció curada.

Marie se alegró dé oír esos elogios. La dueña de la granja de cabras era mucho más que su mejor amiga: la había hallado medio muerta en un camino, la había recogido y curado y la había ayudado a sobrellevar los cinco peores años de su vida. Sólo había una persona a quien Marie quisiese más que a Hiltrud: su Michel, por quien sentía un amor cada vez más profundo.

Su caballo alzó la cabeza en señal de desagrado y Marie se dio cuenta de que la señora Irmingard aún seguía mirándola, esperando una respuesta. En ese instante, asintió con un gesto.

—No tengo inconveniente alguno en seguir el desarrollo de la cacería desde donde decís, ya que, a diferencia de vos, no soy tan buen jinete.

En realidad, aquélla era una forma diplomática de aceptar su invitación y rehusar dar más explicaciones. Con la yegua mansa como un cordero que Michel le había conseguido," Marie prefería ir al paso o al trote por rutas y caminos menos agrestes. Aún no se sentía del todo cómoda sobre la montura. Se había criado en Constanza, una ciudad en donde se podía ir a pie al mercado y a la iglesia o visitar en barco los lugares de los alrededores. Por ese motivo, jamás había montado a caballo allí. Más tarde, en sus años de destierro, tuvo que recorrer miles de millas a pie, pero tras su matrimonio, al convertirse en la esposa de un castellano, no podía pasearse alegremente como si fuese una criada. Si quería visitar los castillos vecinos o la granja de cabras de su amiga Hiltrud, debía hacerlo en carruaje o a caballo. Como no deseaba mandar que enganchasen a los animales cada vez que salía del castillo de Sobernburg, le había pedido a Michel que la enseñara a montar, pero muy pronto supo que jamás llegaría a ser una amazona tan audaz como la señora Irmingard, la anfitriona de la primera cacería otoñal de ese año. Aquélla era una de las tradiciones propias de la región y consistía en que uno de los señores de los castillos de la zona inaugurara junto con su esposa la temporada de las cacerías otoñales con una celebración a la que invitaba a todos los vecinos de los alrededores.

Marie seguía distraída en sus pensamientos, mientras la señora Irmingard hablaba sin parar. La señora del castillo de Weilburg era de origen noble, al igual que el resto de los señores de los castillos vecinos allí presentes y sus esposas. Tan sólo Marie y su esposo eran de origen burgués. Sin embargo, Ludwig von der Pfalz no había considerado esa circunstancia impedimento alguno para nombrar a Michel alcaide del distrito de Rheinsobern, nombramiento que suponía darle un lugar superior al de la mayoría de los aristócratas allí presentes. A pesar de todo, Irmingard y Konrad habían trabado amistad con ellos, y ambas parejas cultivaban una buena relación de vecindad. Casi todos los que pertenecían al distrito de Rheinsobern habían aceptado el nombramiento de Michel, y si alguno se mofaba del hecho de que la pareja no fuera de origen noble, no expresaba abiertamente su rechazo; nadie quería tener a Michel Adler como enemigo debido a la estima en que era tenido por el conde. Algún día el señor Ludwig armaría caballero a su fiel vasallo: era sólo cuestión de tiempo.

Irmingard se quedó mirando a Marie, que permanecía en silencio.

—Vuestro nuevo traje os sienta espléndidamente bien. ¿Seríais tan amable de mostrarme el corte? —Con mucho gusto.

Marie salió de su ensimismamiento y devolvió una sonrisa agradecida a su paciente anfitriona. En ese momento comenzaron a acercarse otras damas que también habían abandonado la cacería. Todas ellas conocían algún chisme nuevo con el que entretenerse y así fue desarrollándose una conversación muy animada que no cesó ni siquiera al llegar al lugar de reunión al pie del castillo de Weilburg, en donde ya estaba todo dispuesto para la celebración de un banquete generoso y muy bien preparado. En cuanto las damas desmontaron de sus caballos, los pajes —vestidos con los colores de los Weilburg— se apresuraron a ofrecerles unas copas de vino aromático caliente. El día era soleado y sin apenas nubes, pero el clima comenzaba a ser fresco por aquellos últimos días de octubre, así que todas agradecieron la calidez de aquel trago caliente. Marie incluso estuvo a punto de quemarse los labios, pero saboreó con placer aquel vino, mucho más delicioso de lo que Irmingard había augurado.

—Un trago así siempre viene bien —comentó satisfecha la señora Luitwine von Terlingen, extendiéndole la copa vacía al paje para que le sirviera nuevamente. Marie prefirió no repetir y se quedó mirando a los siervos de caza, que iban trayendo a los animales cazados, poniéndolos unos junto a otros en un lateral de la explanada. El lugar que ocuparían en la despensa de Weilburg, enfriada con hielo del invierno anterior, ya era más que considerable.

Cuando comenzaron a llegar los primeros cazadores, Marie no halló rastros de Michel por ninguna parte y comenzó a preocuparse, pensando que tal vez se había arriesgado demasiado y había terminado por hacerse daño. Pero cuando por fin apareció junto con su anfitrión, tenía un aspecto alegre y vivaz. Marie corrió a su encuentro y lo abrazó con fuerza en cuanto hubo descendido del caballo.

Michel recibió su efusivo abrazo entre risas, luego apartó suavemente a su mujer y le hizo cosquillas en la nariz. —Mi amor, ¿cuántos ciervos has cazado hoy?

Marie resopló.

—Ninguno, ya lo sabes...

—No os preocupéis, señora Marie, vuestro esposo ha cazado muchísimos en vuestro nombre. Sin duda alguna, ha sido el auténtico rey de nuestra cacería.

Konrad von Weilburg llamó al vencedor de la cacería, mandó traer una corona hecha de ramas de abeto y la puso ceremoniosamente en la cabeza de Michel.

Mientras tanto, el resto de los cazadores ya había bebido la primera copa de vino aromático y comenzaba a llenar la segunda. Michel también vació su vaso por segunda vez, aunque lo hizo más por cortesía que para dejar que sus húmedos huesos entraran en calor. Luego atrajo a Marie hacia sí y la besó en la mejilla.

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