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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La mano del Coyote / La ley de los vigilantes (14 page)

BOOK: La mano del Coyote / La ley de los vigilantes
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—¿Otra vez te pones de su parte? —gruñó Turner, volviéndose hacia su amante.

—Tú eres el único que se beneficiará, si abres los ojos a tiempo —replicó Daisy.

—Es verdad, Turner —siguió Nat—. Querer obligar a todos los demás propietarios de casas de juego a que cierren y te dejen el campo libre podrá ser ventajoso para tu orgullo, pero muy perjudicial para tu bolsillo. Eres lo bastante fuerte para imponer las condiciones que te convengan. Si mi vecino tuviese una gallina que pusiera huevos de oro, yo no cometería la locura de matarla; por el contrario, sólo obligaría a mi vecino a que me diese dos de los siete huevos semanales. Le dejaría cinco para él y estaría seguro de que se sentiría muy feliz.

Roscoe Turner sonrió amplia y astutamente. Acababa de comprender lo que su abogado le sugería, dejándole la oportunidad de que fuera él quien expusiese la idea completa y conservara así el prestigio ante su gente.

—No está mal la idea —dijo—; pero, antes de darles oportunidad de seguir viviendo, les hemos de demostrar que su vida está en nuestras manos. De lo contrario, nunca se avendrán a trabajar para nosotros.

—Eso es verdad —añadió Moorsom.

—Si empezamos por convencer a los más fuertes, los otros cederán en seguida. Comenzaremos por Eliab Harvey.

Parkis Prynn, que estaba sentado un poco a la izquierda de Turner, preguntó:

—¿No es un bocado demasiado grande para ser el primero?

—Devorando a un león convenceremos en seguida a los lobos de que somos más fuertes que ellos —replicó Turner, cada vez más convencido de que la idea de aquel plan de acción era suya—. En cambio, devorando a nueve lobos no conseguiremos convencer a un león de que también a él podemos comerlo. Eliab Harvey es el león. Robert Swaine es el tigre; pero los otros nueve no son más que cobardes que se rendirán en cuanto se den cuenta de que hemos podido vencer a los más fuertes. Empezaremos por Harvey. Y si tú no te atreves a encararte con él, Parkis, encontraré a otros que se verán con ánimos suficientes.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Parkis Prynn.

Roscoe Turner sonrió. Aquéllas eran las respuestas que más le gustaban.

—Irás a ver a Eliab Harvey y le ofrecerás nuestra protección. Es la protección de los amos de la ciudad de San Francisco. Si es prudente no la desperdiciará. Si es imprudente… Tú ya sabes lo que se debe hacer con los hombres demasiado imprudentes…

Nathaniel Moorsom se puso en pie, interrumpiendo con su acción lo que decía Turner. Éste le miró, disgustado, temiendo que el joven fuese a oponer algo más a sus órdenes; pero la idea de Moorsom era muy otra y con indiferente voz declaró:

—Creo que por ahora ya no me necesitarás. Saldré a dar un paseo.

Roscoe Turner comprendió en seguida. No deseaba conocer sus planes, tal vez porque en el fondo los desaprobaba; pero le debía fidelidad y no quería expresar una opinión distinta a la suya. Además, él era quien había señalado el camino, aunque no la forma de llegar a la meta. Estos detalles complementarios correspondían por entero al jefe supremo y, por lo que pudiera ser, prefería no conocerlos a fin, si era preciso, de poder presentarse ante el Tribunal en defensa de su jefe y protector o de aquellos que por Turner hubieran sido designados para «convencer» a Eliab Harvey.

—No, por ahora ya no te necesitamos —dijo—. Puedes ir a tus quehaceres.

—A mí tampoco me necesitarás —dijo entonces Daisy Lorillard, levantándose—. Los asuntos que vais a tratar sólo interesan a los hombres.

—Desde hiego —asintió Roscoe—; pero no te marches muy lejos.

Cuando Daisy y Moorsom salieron del amplio despacho de Turner, Parkis Prynn los siguió con la mirada. Aquella mujer podía ser el premio que aguardase al que venciera a Roscoe Turner. Daisy y el gran poder de Turner, pero este poder se afirmaba en unas pocas columnas, de las cuales él era la más firme. Coma en las luchas antiguas, el nuevo monarca se quedaría con todo lo que había sido del rey derrotado: sus tesoros, sus tierras y sus mujeres.

Al cerrarse la puerta del despacho detrás de los que se iban, Parkis volvió la cabeza y notó fija en sus ojos la maligna mirada de Roscoe Turner, que sonreía sólo con los labios por encima del humo de su cigarro. Parkis sintió un escalofrío. ¿Habría comprendido Turner sus pensamientos?

Si así era, Turner lo disimuló muy bien, pues en cuanto se apagaron los pasos de Daisy y Moorsom empezó:

—Eliab Harvey no querrá, de momento, hacer caso de lo que tú vas a proponerle, Parkis; pero, de todas formas, eso es lo que más me interesa. El ataque ha de partir de él y así acallaremos a quienes pretenden levantar la voz en su favor. Irás a verle esta tarde y…

Capítulo II: Los ojos de una mujer

Al salir del despacho de Turner, Daisy y Nathaniel Moorsom sintieron sus ojos heridos por el sol del mediodía, que entraba a raudales por las abiertas ventanas. Roscoe había hecho disponer su despacho en una habitación interior lo bastante aislada para que a ella no llegase nunca el sol. Aquel despacho estaba siempre alumbrado artificialmente y en él no se advertía jamás la diferencia entre el día y la noche. El resto del edificio del «Casino», nombre con que Turner había bautizado a su elegante casa de juego, recibía durante las horas de la mañana abundante sol y aire que lo libraba de los sofocantes olores que se iban acumulando en él desde las cinco de la tarde hasta las tres de la madrugada. A las cuatro de la tarde se cerraban o entornaban las ventanas, se corrían las gruesas cortinas de terciopelo rojo o verde, y en el «Casino» se hacía de noche. En seguida se preparaba todo para la llegada de los primeros parroquianos y situábanse en sus puestos los encargados de proteger la seguridad personal de los clientes. Antes de llegar a las salas de juego, el visitante debía pasar bajo la escrutadora mirada de siete u ocho hombretones que trataban de disimular su rusticidad bajo la elegancia de sus trajes.

En el «Casino» había, además de mesas de ruleta, «baccarrá», «faro», dados, «poker» y «monte», otras mesas en las cuales se podían beber los mejores vinos de Europa y los más selectos licores de mundo entero. También se podían comer los más exquisitos manjares y, en habitaciones más reservadas y lujosísimas, podía fumarse el mejor opio traído de Hong Kong. Si alguna dama deseaba sostener una íntima y discreta entrevista con algún caballero, en el primer piso había aposentos especialmente destinados a aquel fin. Ningún marido celoso podía confiar en sorprender allí la infidelidad de su mujer, porque la barrera que se levantaba ante él era mil veces más infranqueable que la famosa muralla de China. Tampoco se cedía el camino a ninguna esposa anhelante de confirmar sus sospechas acerca de los verdaderos motivos que llevaban a su esposo al «Casino», y era igualmente inútil buscar la complicidad de ninguno de los numerosos empleados de Roscoe Turner, pues al posible soborno de sus subordinados, oponía Turner la seguridad de un castigo implacable.

El vicio era el dios de aquel templo; pero también lo era de San Francisco. El oro lo había instalado allí y sólo cuando para conseguirlo fuese necesario el trabajo cotidiano y metódico caería de su altar el monstruoso ídolo.

—Roscoe se va a lanzar a una peligrosa aventura —comentó Daisy mientras pasaban por entre los criados y mujeres encargadas de la limpieza.

—Es inevitable que lo haga —replicó Nat—. Turner es de los hombres destinados a subir muy alto…

—Para precipitarse desde allí a la sima que se habrán abierto.

—Eso dicen que ocurre siempre —sonrió Moorsom—; pero a veces se dan casos en que las cosas suceden de distinta manera.

—Cuanto más alto suba, más altas serán las ambiciones con que tropezará —dijo Daisy—. Y al fin encontrará una fuerza más grande que la suya. Casi me sentía más feliz cuando nuestros clientes eran sólo marineros borrachos, cargadores sudorosos y chinos dominados por la pasión del juego.

—Yo no puedo dominar las ambiciones de Turner —replicó el joven abogado—. Lo único que puedo hacer es irle ayudando ahora a que no dé un tropiezo fatal. Más adelante se hundirá, a menos que usted pueda desviarle.

—Creo que represento muy poco en la vida de Roscoe —suspiró Daisy.

Moorsom volvió la vista hacia la mujer que caminaba a su lado en dirección al bar del «Casino». Daisy era muy hermosa. Vestía con una elegancia tan severa que casi resultaba excesivamente llamativa, pues si su traje era negro, y su abundante cabello estaba simplemente recogido en un abundante y lustroso moño que parecía dotado de vibrante vida, y de sus orejas pendían dos hermosos brillantes idénticos al que adornaba su cuello al final de una cadenita de oro y al que lucía en su mano izquierda engastado en un aro del mismo metal, en cambio, la blancura de su carne al descubierto y el negror de su cabello le daban un atractivo exótico que era realzado por la sencillez del traje. Se llamaba a Daisy Lorillard la mujer más hermosa de San Francisco. Antes lo había sido de Nueva Orleans y de los barcos del Mississippi, donde catorce años atrás, a los dieciocho, había empezado su carrera, cuando el Sur estaba en la plenitud de su riqueza y los cosecheros de algodón eran los más espléndidos señores de toda América. Daisy Lorillard descendía de franceses y de españoles, y si su tipo era netamente español, su carácter tenía toda la finura francesa. Como ella había dicho muchas veces, nació demasiado tarde, llegando al mundo a tiempo de ver cómo el negro hierro de Ohio se imponía al blanco algodón del Sur y al azúcar de Louisiana.

—A veces creo que cometí un grave error al seguir mi camino —dijo, de pronto, Daisy.

—Todos creemos siempre que hemos cometido un error al elegir un camino en la vida —replicó Moorsom—; pero no siempre estamos en lo cierto. En la vida todos los caminos son duros, y a veces los más duros son los que parecen más fáciles. Tan cansado está el caminante al final de una larga y pronunciada bajada como al terminar una empinada ascensión.

—¿También usted cree que se equivocó? —preguntó Daisy—. ¿Podía haber seguido un camino mejor?

—Pude haber seguido un camino que ahora me parece más bueno; pero no sé si me seguiría pareciendo bueno de haber avanzado por él.

—Dicen que es usted un gran abogado.

—Lo dicen porque he librado de la horca a diez o doce hombres que merecían haber colgado de ella. Así se aquilata la valía de un abogado. Por eso me felicitaron muchos hombres. Dudo que estuviesen acertados. Yo creo que un buen abogado es el que salva a un inocente o hace triunfar a la razón; pero nadie piensa así. Dicen que a un inocente lo puede salvar cualquier jovenzuelo recién salido de la escuela de leyes. Lo difícil es lograr que el jurado declare no culpable a un acusado a quien todos saben culpable, incluso los miembros del jurado.

—¿Por qué no busca otro lugar donde conseguir la realización de sus deseos? Si necesita dinero, yo puedo dárselo. Algún día estará en condiciones de devolvérmelo.

—Antes he de devolver a Turner lo que él hizo por mí. Y no creo que considerara un buen pago por mi parte aceptar la ayuda de usted.

Daisy volvió su hermoso rostro hacia el joven.

—Yo sería feliz ayudándole —murmuró—. Usted es un caballero y su puesto no está entre nosotros. Tarde o temprano tendrá que romper los lazos que le atan a Roscoe.

—Usted es una señora y sin embargo…

Daisy contuvo con un ademán las palabras que iban a brotar de los labios de Moorsom.

—Yo sólo «parezco» una señora —dijo—. Soy de latón recubierto de un baño de oro. Pude haber sido una señora y hoy estaría en las ruinas de un hogar pobre. Pero entre el amor y el dinero preferí lo último. Creo que hice mal.

—Tal vez no amó lo suficiente para preferir el amor.

—Así fue. No amé lo suficiente. Hasta hace muy poco no he encontrado el verdadero amor, y el peso del oro me impide llegar hasta él.

—Si el oro es un lastre demasiado pesado, tírelo. Para conseguir algo siempre hemos de dar algo a cambio. Para llegar a ser abogado, yo tuve que dar una gran parte de mis sueños e ilusiones.

—Los sueños y las ilusiones pueden recuperarse.

—Siempre no, porque, a veces, cuando queremos volver a soñar, estamos tan despiertos que no nos es posible conciliar el sueño. O acaso nos hayamos despertado tanto, que nuestros abiertos ojos vean claramente que los sueños no son más que eso, sueños.

—En la vida sólo encontramos realidades —replicó Daisy—. Y son tan horribles y desagradables, que al fin sólo podemos defendernos de ellas buscando las fantasías. Quisiera poder soñar de nuevo.

—Inténtelo.

—Necesito ayuda ¿Quiere prestármela Nat? Usted y yo deseamos otras cosas que están lejos de aquí. Vamos a buscarlas. Sigamos el arco iris hasta donde termina.

—El arco iris, Daisy, sólo aparece después de una tormenta. Su arco iris lo hallará usted cuando termine su tempestad. Y entonces… ya no necesitará a nadie.

—¿Quiere decir que sólo podré hallarlo cuando termine mi vida?

—Sí.

—¿No hay esperanza para el ser humano en este mundo?

—En este mundo sólo hay esperanzas. Pero las realidades de estas esperanzas están más allá, al final de la tormenta, cuando la paz llega a nuestra alma.

—La muerte ¿significa la paz?

—Es la única paz que es posible esperar en la vida. Y la otra paz que podemos conseguir es la de ser fieles a nuestros amigos. La traición a quien tiene fe en nosotros nos estigmatiza para siempre. Hasta más allá de nuestra vida y de nuestra muerte.

Daisy miró a Nat como si éste la hubiese abofeteado en pleno rostro. Sus ojos parecieron cristalizarse; pero si esto fue debido a que las lágrimas los nublaron, el fuego que subió al rostro de la mujer debió de consumirlas antes de que resbalaran fuera de las pupilas. Respirando hondo y con voz forzosamente serena, preguntó:

—¿Quiere beber algo, abogado?

—Gracias —respondió Nat Moorsom—. No bebo antes de las comidas; pero si le disgusta beber sola, tomaré lo que usted tome.

—No es necesario. Seguramente usted tendrá mucho que hacer.

—Un abogado al servicio de Roscoe Turner siempre tiene mucho trabajo en San Francisco. Adiós, Daisy.

—Adiós, Nat.

Mientras Moorsom se dirigía hacia la puerta principal del «Casino», Daisy quedó recostada contra el mostrador del bar. Luego volvióse hacia el camarero, que aún iba en mangas de camisa y sin lucir el elegante uniforme que se ponía en cuanto el «Casino» se abría al público.

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