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Authors: David Brin

Tags: #Ciencia Ficción

Tiempos de gloria (12 page)

BOOK: Tiempos de gloria
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—A marcharos para que mi grupo de trabajo pueda descansar también, ¿verdad? —preguntó Naroin, los puños sobre las caderas, articulando las palabras con dulzura, pero en un tono cortante.

—Ajá. Vamos, Eth. ¡Eth!

El marinero moreno agarró al que miraba a Maia, acabando con su enervante mirada y arrastrándolo consigo.

Sólo entonces empezó Maia a controlar su propia adrenalina. Se notaba la boca seca por acción de algo más que el polvo de carbón. El redoble en su pecho remitió lentamente.

—¿Qué…? —preguntó a Naroin—. ¿A qué ha venido todo esto?

La maestra de armas observó a los tres hombres marcharse; su andar no era desigual ni era el de los borrachos.

Más bien partieron de un modo acechante, incluso elegante. Naroin miró a Maia.

—No me lo preguntes.

Sin añadir palabra, se agachó y se arrastró bajo la cinta para tirar de la cuña recalcitrante, lo que dio a Maia unos segundos más para recuperarse. Era un detalle, pero Maia no había dejado de advertir algo. La respuesta de Naroin implicaba ignorancia. Normalmente, la frase significaba: «No me lo preguntes».

Pero el tono en que había sido pronunciada no era de ignorancia. No, aquello había sido una orden, pura y simple.

Maia ardía de curiosidad.

Leie demostraba su entusiasmo mientras las gemelas paseaban por el barrio del mercado antes del anochecer y mordían pasteles de pescado, escuchaban la cacofónica charla callejera, especulaban qué tratos, intrigas y traiciones debían de estar produciéndose a su alrededor.

—¡Este desvío podría ser lo mejor que nos ha sucedido! —anunció Leie—. Cuando lleguemos por fin al archipiélago, sabremos mucho más de perspectivas comerciales. Estaba pensando… tal vez el verano próximo deberíamos empezar a trabajar en una de esas fábricas de plástico…

Maia dejó parlotear a su hermana, sintiéndose pensativa, impaciente. El incidente de aquella tarde la había dejado preocupada. Todavía llevaba en el bolsillo el panfleto arrugado de la hereje, un recordatorio de que la febril actividad por todas partes podría no ser «norma»., ni siquiera para una ciudad con un puerto grande.

Ahora que los buscaba, Maia vio por todas partes signos de una economía en tensión. Cerca del ayuntamiento, los boletines de noticias indicaban que las tareas básicas, incluso las que necesitaban de manos cualificadas, se pagaban con salarios anormalmente bajos. Los contratos a largo plazo no existían, y el único puesto como funcionaria civil era en la Guardia de la ciudad.
.Igual que en casa
, pensó Maia.
.Sólo que peor
.

Y luego estaban los hombres, más de los que nunca había visto. Y no sólo jugando interminables partidas de Vida en los rincones, o tallando en madera para pasar el tiempo entre viajes, sino moviéndose con rapidez, con seguridad, con los pies bien asentados en la tierra. En cualquier calle abarrotada se veían dos o tres, de pie entre las multitudes de mujeres. Una vez más, los barcos podían ser la explicación de todo. ¿Pero por qué un porcentaje tan alto de ellos era tan joven?

En la naturaleza, el simple hecho de ser un macho era suficiente para reducir la esperanza de vida de un animal, y no era distinto entre los humanos de Stratos. Tormentas y arrecifes, icebergs y fallos de equipo, hundían barcos cada año. Pocos hombres vivían para poder retirarse. Sin embargo, parecía haber muchos hombres jóvenes en las calles. Eso la ponía nerviosa.

Mientras la mayoría de los marineros se comportaba bien, paseando, comprando o bebiendo silenciosamente en las tabernas dedicadas a su género, cada día traía entre susurros relatos de incidentes como el de la noche pasada, referidos a un cadáver ensangrentado encontrado en un callejón y a su asesino de ojos salvajes, que huyó perseguido por las guardianas de la ciudad, armadas con tridentes aturdidores.

Después del episodio de la cinta continua, Maia se encontró reaccionando desabrida a aquellas sonrisas perezosas de ligero flirteo que los hombres jóvenes solían dirigir en esta época del año, como una cortesía más que nada. Cuando un joven le guiñó un ojo, Maia lo fulminó con la mirada, provocando una expresión de desazón tan dolida que de inmediato se sintió avergonzada, contrita.

¿Hay que temer a todos los hombres, sólo porque unos cuantos se vuelven locos?

Después de todo, no sólo los hombres causaban problemas. Las tres razas (invernales, hombres y vars) se relacionaban pacíficamente por lo general. Pero las gemelas habían visto incidentes de bruscas veraniegas (diversas en sus formas y colores, pero unidas en la pobreza) que acosaban a pequeños grupos de idénticas de algún clan local. La frustración se convertía en abierta hostilidad.

.¿Son éstos realmente signos? La hereje habló de un «tiempo de cambio»., un término familiar por los teledramas y los libros de historias de miedo. La estabilidad, el gran don de Lysos y las Fundadoras, nunca estuvo garantizada para ninguna generación. Incluso las Escrituras decían que una sociedad perfecta debía sufrir altibajos, de vez en cuando.

.¿Es sólo en Lanargh, o esto sucede en toda Stratos? Maia estaba más decidida que nunca a intentar ver las telenoticias de aquella noche.

Reaccionó con un sobresalto al codazo en las costillas, y vio rápidamente que habían llegado a una de las principales plazas de la ciudad. Las transeúntes, que habían pasado el mediodía a la sombra de las logias, saltan ahora para disfrutar de los últimos rayos de sol. Leie señaló al otro lado de la amplia plaza, hacia una fila de elegantes casas de varios pisos.

—Allí, apoyada contra esa columna. ¿No es tu contramaestre, intentando pasar desapercibida?

Maia divisó la esbelta figura de Naroin que, con un hombro apoyado en una columna, actuaba como si sólo estuviera viendo pasar el mundo.
.¿Qué pretende? Esa var no se ha relajado ni un solo día en su vida
.

Como leyendo sus pensamientos (cosa que aún hacía con demasiada frecuencia) Leie dio un segundo codazo a Maia.

—Apuesto a que tu contramaestre está espiando a ese grupito de allí.

—Mm… Tal vez.

Naroin parecía bien situada para observar con discreción a un grupo mixto de hombres y mujeres suntuosamente vestidos que estaban sentados en un café al aire libre. Los hombres no parecían marineros, mientras que las mujeres tenían un aspecto acicalado y llamativo que Maia asoció con los clanes de placer, especializados en aliviar las tensiones de los demás en casas de ocio. Varias de aquellas casas ocupaban la plaza, emplazadas para servir a clientes que venían de la bahía en verano y de la parte alta de la ciudad en invierno.

Encima de cada entrada, carteles pintados de colores chillones representaban un conejo saltando, un copo de nieve, un toro sonriente que sostenía una campana entre las mandíbulas. Unos criados trabajaban en la casa que daba al café, cambiando los adornos de matices cálidos de la aurora por los de la escarcha.

En otoño, las dos clientelas de ese tipo de locales se superponían como las olas de la marea, lo que explicaba que hubiera un grupo mixto en la terraza del café. Maia se preguntó de qué podrían hablar hombres y mujeres.

¿La vigilancia de Naroin sería también debida a la curiosidad?

Improbable. Sobre todo cuando Maia distinguió entre los parroquianos a un hombre con sombrero de ala ancha.

—¿Así que ése es el tipo? —preguntó Leie—. No sé qué les ha hecho a Lem y Eth, pero esos muchachos sin duda se han metido en un lío. ¿Piensas que tu contramaestre va a provocar una pelea? El grandullón la dobla en tamaño.

Fuera cual fuese el motivo o la estación, Maia no apostaría contra la pequeña marinera.
.No me lo preguntes
, había dicho Naroin. O más bien:
.No metas la nariz en esto
.

A pesar de la fuerza de su propia curiosidad, casi hormonal por su intensidad, Maia decidió reprimirla. En su etapa de la vida, la sabiduría le dictaba no hacerse notar.

Y sin embargo…

A su izquierda se produjo un brusco estrépito. El campanario que dominaba la plaza emitió un fuert
.clong
, y unas viejas puertas de cobre, cubiertas de verdín, se abrieron de golpe. Pronto las famosas figuras del reloj de Lanargh saldrían para iniciar su baile: cinco minutos de automatismo coreografiado que acababan con el redoble de los Tres Cuartos del Día. La multitud empezó a moverse para contemplar cómo el sublime regalo de hacía cien años del Santuario de Gollancz ejecutaba su ritual vespertino, sincronizado con los pulsos de los satélites de la Universidad de Caria, situada a medio mundo de distancia.

Maia no había advertido que fuera tan tarde. El programa que quería ver comenzaría pronto.

—Vamos —instó—. O nos perderemos las noticias.

Leie sacudió la cabeza.

—Hay tiempo de sobra. Quiero ver de nuevo la primera parte. Después nos iremos, te lo prometo.

Maia suspiró, sabiendo por instinto cuándo se podía luchar contra la tenacidad de Leie y cuándo era inútil hacerlo. Por fortuna, tenían una buena panorámica cuando las puertas del campanario terminaron de abrirse con un chasquido reverberante. Entonces emergió de su portal la figura de bronce del Mono Macho, caminando encorvado sobre el público, cargando un retorcido animal de cuatro patas bajo un brazo y una piedra afilada en la boca. El mono se giró tres veces siguiendo un ritmo ensordecedor, y pareció escrutar a la gente de abajo. Luego la figura se alzó sobre sus cuartos traseros, convertido milagrosamente en la figura erecta de un hombre que arrastraba cadenas. La piedra de su boca se había transformado en la estilizada protuberancia fálica de La Bomba.

Los ojos de Leie brillaban de admiración, pues el intrincado juego de placas de bronce parecía sencillo y natural. Era una renombrada versión de una de las más famosas alegorías de Stratos, la metáfora de un aspecto de la evolución.

Se abrió otra puerta. Salió la figura de la Mona Hembra que llevaba el tradicional hatillo de fruta.
.Lo mismo que la última vez, y la vez anterior
, pensó Maia.
.Es bonito, pero monótono
.

Miró un instante hacia el café… y se llevó una sorpresa. Sólo habían pasado unos segundos, pero ahora sólo quedaban botellas vacías en la mesa. También Naroin había desaparecido.

.Oh, bueno. Sacudió la cabeza.
.No es asunto mío. Además, es hora de ir al centro
.

Maia tiró del brazo de su hermana. Leie trató de no hacerle caso, maravillada por la danza de las figuras metálicas. Pero esta vez Maia insistió.

—¡Ya hemos visto esta parte dos veces! No quiero volver a perderme la emisión.

Leie suspiró dramáticamente, y Maia pensó:
.Ojalá que por una vez no se aproveche, porque cada vez que quiero algo lo considera un «favo». que hay que devolver
.

—Muy bien —accedió Leie con un exagerado encogimiento de hombros—. Vamos a ver las noticias.

Tras ellas, al otro lado de la plaza empedrada, la figura gigantesca de Madre Lysos salió por su propia puerta situada sobre la de los otros autómatas, sosteniendo un bioscopio sobre el brazo. Con expresión benigna, cogió el pergamino de leyes que llevaba en la otra mano y lo utilizó para descargar un poderoso golpe y cortar para siempre las cadenas que ataban a la Mujer a la voluntad del Hombre.

Naturalmente, cuatro calles más arriba, ante el anfiteatro de madera, se había formado una larga cola. Maia gruñó, llena de frustración.

—Supongo que tendremos que esperar nuestro turno —dijo Leie—. Oh, bien.

Así era su gemela, claro. Impaciente con los defectos de los demás. Fatalista, filosóficamente hablando, respecto a los suyos propios. Maia reflexionó en silencio, estirando el cuello para ver algún signo de movimiento delante. Una jefa de la Guardia permanecía junto a la cabina de las entradas, tanto para mantener el orden como para asegurarse de que ninguna veraniega de menos de cinco años de las casas infantiles de la ciudad se colara sin una nota de sus madres del clan. Junto a la puerta se podían ver mujeres que se asomaban al interior, escuchando partes amplificadas del discurso que luego repetían a sus amigas. Murmullos de noticias progresivamente degradadas pasaban a las hermanas. Como durante la noche de las saqueadoras, Leie escuchaba ávidamente y se unió a la comidilla, aunque las noticias que les llegaban casi no valían la pena.

—Tenías razón —informó Leie—. Han dicho algo sobre los Exteriores. —Indicó vagamente al cielo—. Pero todavía no hay imágenes de la nave que aterrizó.

Maia manifestó su decepción. Nunca antes había pensado mucho en la cicatería del Gran Consejo con las noticias. Poder y sabiduría iban unidos, según las madres de clan. Pero ahora Maia se preguntó si la hereje tenía razón. Las sabias, consejeras y altas sacerdotisas no parecían dispuestas a decir gran cosa, como si temieran la reacción de las masas.

.Desde el punto de vista de una clon, supongo que toda persona que no es una de tus hermanas plenas es un dilema impredecible. Es lo mismo para nosotras las vars, sólo que estamos acostumbradas. Maia descubrió que era una reflexión reconfortante: había un aspecto en el cual las nacidas en invierno iban por la vida más temerosas que las veraniegas.
.La incertidumbre debe de ser su mayor temor
.

La luna central, Atenea, gravitaba sobre el horizonte occidental, un fino creciente con la llanura de Mare Virginatis iluminándose rápidamente mientras el sol se ocultaba tras una masa de nubes. La noche sobre Lanargh era clara, algo fría. Las primeras estrellas empezaron a salir.

Había colas separadas de primera y segunda clase. Esta última avanzaba a trompicones hacia la cabina de las entradas, conducida por varias mujeres de nariz chata que llevaban gafas y cuya expresión era de divertido escepticismo.
.Con una demanda tan alta, podrían construir más teatros, no importa cuál sea su coste. ¿Es posible que todo este interés las haya tomado por sorpresa?

Para cuando hubo espacio de pie disponible y las gemelas pudieron entrar en la parte trasera de la sala abarrotada, habían pasado los titulares y los principales temas del programa y trataban el segmento nocturno llamado «Comentari».. La joven entrevistadora de la gran pantalla mural resultaba familiar, naturalmente, ya que el mismo programa se emitía en Puerto Sanger. Su invitada era una mujer mayor, por su aspecto una sabia de la universidad.

.… a pesar de todas las confirmaciones que hemos recibido, ¿qué garantía tenemos de que nuestros amigos Exteriores sean inofensivos, como sostienen? Las habitantes de Stratos recordamos con horror la última vez que el peligro llegó del espacio
.

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