Read Y pese a todo... Online

Authors: Juan de Dios Garduño

Tags: #Fantástico, #Terror

Y pese a todo...

 

En pleno enfrentamiento, y ante la devastación que producen las armas nucleares, los rivales deciden utilizar las armas químicas, más baratas y más fáciles de fabricar. Se crean nuevas cepas de virus ya existentes, utilizando el ADN recombinante y extinguiendo así a casi toda la población mundial.

En la ciudad de Bangor, Maine, sólo han sobrevivido tres personas. Peter, su pequeña hija y Patrick Sthendall, su odiado vecino. En una población totalmente nevada, gobernada por temperaturas que bajan de los diez grados bajo cero, los dos hombres se enfrentarán a algo más que al odio que sienten el uno hacia el otro. Unos visitantes con los que no contaban…

Juan de Dios Garduño

Y pese a todo…

ePUB v1.0

AlexAinhoa
10.11.12

Título original:
Y a pesar de todo…

© Juan de Dios Garduño, 2010

© 2012 Dolmen Editorial sobre la presente edición.

Primera edición: Julio 2010.

Diseño/retoque portada: Alejandro Colucci

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.1

A Kathy, con amor. A mis padres, por todo.

«Es de celebrar que en España esté destacando, tanto en novela como en cine, una nueva generación de especialistas en terror y fantasía, y Juan de Dios Garduño es uno de ellos.»

José Carlos Somoza

Prólogo

Bien, vamos allá. Hummm… Supongo que puede resultar adecuado hablar sobre el terror. A fin de cuentas ésta es una novela de terror, ¿no? Sí, claro. Pues adelante.

Prólogo

por David Jasso

El terror es una de las emociones más intensas que el ser humano puede experimentar, está íntimamente ligado a nuestro instinto de supervivencia. En las siguientes páginas sentiremos terror y veremos los límites a los que las ansias por sobrevivir nos pueden llevar.

El terror es lo que nos aleja de la muerte. Sentir miedo es como…

Nah, vaya mierda de prólogo, ya estamos con las generalidades de siempre. Es imposible describir el terror; lo mejor es que me olvide de viejos tópicos y deje que el lector lo descubra por sí mismo. Hablar del terror, pudiendo sentirlo al leer esta novela, no nos lleva a ninguna parte. Es redundante. Mejor probar otro enfoque.
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Quizá sea mejor centrarme en los zombis; con un buen zombi siempre quedas bien. Puede que algo con un toque personal e intimista… Veamos…

Prólogo

por David Jasso

Mantuve la respiración cuando las luces se apagaron. Zombi, clasificada S (el equivalente a la clasificación X de Saw 6), iba a empezar. Con mis dieciséis años tuve que falsificar el carné para entrar en el cine (y eso que por aquellos tiempos no existía el fotoshop; me apañé con celo y una fotocopia). Hice novillos porque pensé que si acudía al cine en horario de clase, el portero creería que yo era mayor. Recuerdo que ese martes a las cinco de la tarde en el cine Palacio sólo estábamos media docena de espectadores. El ambiente perfecto para ver una película que me marcaría para siempre. Mi corazón se aceleró cuando las luces se apagaron y comenzó la proyec…

Un momento, un momento. ¿A quién pueden interesarle los orígenes de mi zombifilia? No se trata de hablar de mi vida. Además, en esta novela no hay zombis al uso, son mucho más originales. Como nunca los había visto. Reúnen características de infectados, gárgolas, vampiros, yetis e inspectores de hacienda. Casi nada… Pero, pensándolo bien, no creo que resulte conveniente dar demasiados detalles sobre este particular. Mejor no seguir por este camino. Debería intentar otra cosa.
Delete delete delete.
Ya sé. Algunas de las referencias que he encontrado en el texto. Claro, genial. Esos homenajes más o menos evidentes que Juande se ha marcado. Sí, seguro que es lo mejor. Vamos…

Prólogo

por David Jasso

Los escritores son como bayetas sucias: no pueden dejar de absorber cualquier resto de porquería que haya por las esquinas. Schurrrp. Y chupan un ambiente. Schurrrp, y se quedan con una muerte. Luego, cuando tienen que pergeñar una historia, estrujan su interior y sale un caldillo oscuro y mohoso. A eso le llaman creatividad. Estoy seguro de que el autor de esta novela ha schurrupeado de muchas fuentes. El lector probablemente pueda detectar algunos de los homenajes más evidentes, pero yo me permito destacar algunas de las referencias cinéfilas y literarias que he captado. Hay detalles de Soy leyenda, Zombi, La carretera, Salem’s lot, El resplandor, La noche de los muertos vivientes, 28 días después, El cuervo, Jeepers Creepers e incluso de Dos hombres y un destino. Un montón de clásicos, antiguos y modernos. Eso sin contar con el evidente homenaje del autor al mismísimo Stephen King al situar la acción en su tierra natal, algo que viene a ser como una declaración de intenciones de Juande, que se muestra fiel estilística y temáticamente el espíritu del autor de Maine.

Ya, sí, esto podría valer. Pero yo sé que muchas veces esas influencias, esos homenajes, son inconscientes, que el autor los saca de su interior sin ni siquiera pretenderlo. El líquido que rezuma de él brota sin que sepa de dónde procede. Así que quizá no sea adecuado dar tanta importancia a este aspecto.
Delete delete delete.
Joder, la verdad es que la novela de Juande tiene fuerza. Y me ha inspirado. Creo que ésa es una de las mejores cosas que se puede decir de un texto: que es capaz de inspirar. Que la trama, el ambiente y la historia abren tu mente a otros mundos y te generan ganas de plasmarlos.
¿Y… y si me dejo llevar y en lugar de escribir un prólogo convencional escribo lo que verdaderamente me apetece, lo que la novela me ha inspirado de veras? ¿Por qué no? Nada de convencionalismos o glosas. Adiós a lo esperado y lo habitual. A la mierda lo tradicional. Voy a escribir el prólogo que la novela de Juande verdaderamente me ha sugerido. Y que sea lo que Dios quiera.

Prólogo

por David Jasso

Una línea de luz dorada y el aire apartándose en ondas a su paso. Puede que no os lo creáis, pero he llegado a verla caer. Ha sido una casualidad. Procuro no acercarme demasiado a la ventana, pero justo estaba mirando por entre los tablones que cubren los cristales cuando la he visto. La estela que trazaba en el cielo ennegrecido tenía cierta belleza siniestra, como el arañazo que te deja en la piel la persona amada.

Desde el primer momento me di cuenta de que se trataba de una bomba; en nuestro mundo devastado ya no existen las estrellas fugaces. Ni siquiera quedan deseos que brindarles. Hay tantas cosas que ya no existen… Me preparé para morir. La bomba caía muy lejos, pero ya sé por experiencia que suelen ser potentes, probablemente me encontraba dentro de su radio de acción. Bien, es igual, ya iba siendo hora.

Llegó un momento en que los lejanos edificios la engulleron y me preparé para la onda expansiva. Estaba dispuesto a quedarme allí y verla venir, con los dedos aferrados a los tablones de la ventana, las rodillas temblando de pánico y las lágrimas corriendo por mis mejillas sin que ni siquiera me percatara. Miraría a la muerte cara a cara, al vapor ardiente desplazándose entre las calles de mi ciudad, a la ola de muerte y destrucción que barrería todo a su paso. Pronto sería una mera ramita al viento. Y luego ya no sería ni siquiera un recuerdo.

El resplandor fue tan cegador como el amor verdadero. Un fogonazo de pura luz, la antesala de la devastación. Muy pronto llegaría el calor; instantes después, el brutal impacto, y por último el estruendo, cuando ya no hubiera oídos para percibirlo. Apreté con más fuerza los inútiles tablones, como si ellos pudieran ofrecerme algún tipo de protección. Me obligué a no parpadear: ¿cuántos hombres tienen la posibilidad de ver a la muerte cabalgar directamente hacia ellos?

Sin embargo, la onda expansiva no llegó. Sí, los edificios de la zona cero quedaron devastados, pero pronto pude comprobar que no se trataba de una bomba nuclear, ni siquiera de una bomba convencional con gran poder explosivo.

La nube verde comenzó a expandirse. Mucho más despacio que cualquier pulso electromagnético o la radiación ionizante, pero igual de amenazadora. Entonces comprendí que lo que había caído en el centro de la ciudad era una bomba biológica. Últimamente estaban de moda. Por la radio de onda corta que había logrado conseguir podían escucharse muchas referencias a ese tipo de ataques.

El conflicto se había enquistado y el odio entre las partes les había llevado a diseñar no sólo armas mortales, sino dolorosas. El enemigo no tenía que morir, tenía que sufrir. Si en lugar de destruir una ciudad dejabas heridos a la mayor parte de sus habitantes, los efectos eran mucho más devastadores: el enemigo tenía que atender a los afectados, destinar hombres, recursos y medios, mientras la moral caía en picado a la misma velocidad que las bombas. Sí, era mucho mejor herir al enemigo que matarlo.

Esta guerra es cruel, endemoniada, imperdonable; por eso estoy seguro de que el planeta se irá a la mierda, dejará de girar y todos, vencedores y vencidos, pereceremos en esta contienda inhumana.

El caballo de la muerte cabalga mucho más despacio de lo esperado. No es un fulgor fulminante, un rayo de extinción; es una nube verde que crece y se arrastra despacio, como las sombras cuando el sol se esconde, acariciando edificios y reptando sobre el asfalto, engullendo todo lo que encuentra a su paso.

Es como ver la muerte a cámara lenta. Y viene hacia aquí, implacable.

No, no quiero eso. Ya he visto morir a toda mi familia, uno tras otro, por enfermedades, por falta de recursos, por heridas que no se pudieron tratar… Y no quiero verme morir a mí mismo de esa manera. El rayo sí, la sombra no.

Me dirijo a mi habitación a toda velocidad y cierro la puerta. Cubro las rendijas de la puerta con lo primero que encuentro: ropa teñida de sangre, sábanas sucias… Improviso una mascarilla y me doy cuenta de que he utilizado un sujetador de mi mujer muerta. No quiero que la nube verde me alcance. No quiero arrastrarme enfermo hasta que las fuerzas me abandonen, no quiero morir entre espasmos y dolores, entre vómitos y descomposición. Me acurruco en una esquina y me cubro con una sábana; la mancha de sangre de mi hijo queda sobre mi cabeza como un sombrerito inadecuado.

No hay más que pueda hacer. Aguardo.

Al poco, noto el sabor azucarado del humo verde: es como yogur pastoso dejado al sol de agosto. Se pega en mi garganta y desciende despacio por mi tráquea, como si quisiera aferrarse a cada saliente. De nada han servido mis precarias medidas de protección. La casa está llena de grietas y ranuras. El humo ha reptado, ha hurgado entre las paredes y ha logrado salvarlas para llegar hasta mí y acariciarme. Intento contener la respiración, pero me doy cuenta de que se trata de un esfuerzo baldío. Arrojo violentamente la sábana a un lado, me pongo en pie y me quito la mascarilla que acarició en tiempos el pecho de mi mujer.

Aspiro el aire con fuerza, mientras me digo a mí mismo que no voy a morir, que yo soy más fuerte que esta guerra de locos, que mi cuerpo resistirá, que no seré afectado.

Entonces siento el mareo. Es una promesa de sueños, una bruma agradable, como si yo fuera un bebé y mi madre me recogiera en sus brazos para adormecerme.

Sé que voy a perder el conocimiento de un momento a otro. Y es en este instante cuando me llega la certeza.

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